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Mi nombre es Yesennia ... subo adaptaciones jemi en youtube pero aveces como son largas lo subo a este blog este es mi canal http://www.youtube.com/channel/UC93vtXRXWvbXxe_1js_HRJg/videos?flow=grid&view=0 ...
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viernes, 5 de abril de 2013

Unfaithful capitulo 7 - jemi en español






Capitulo 7:


-¡Ya basta! -dijo Joe, pasándose la mano por el pelo- ¡Deja ya de tomarte la revancha! No solías disfrutar haciendo daño a los demás.
Eso era cierto. Era extraño comprobar cómo podía cambiar una persona de la noche a la mañana. Nunca había tenido ningún desea de hacer daño a nadie, pero, de repente, ni siquiera le importaba que sus padres estuvieran preocupados par ella. Probablemente, la madre de Joe estaría sentada en su apartamento, apenas a un kilómetro de allí, esperando con inquietud una llamada que le dijera que su adorable Demi estaba bien.
-Haz esas llamadas y no tendrás que escucharme -replicó Demi can la vista fija en la taza de café que tenía entre las manos.
Joe la miró con furia. Parecía a punta de estallar, pero, para sorpresa de Demi, suspiró profundamente y se marchó. Demi oyó que cerraba de un portazo la puerta del estudia e hizo una mueca.
Subió al piso de arriba para darse una ducha. Recogió su larga melena en el garro de baño y se metió bajo el agua.
Después de ducharse, mientras se ponía el albarnoz recordó que no había hecha la maleta de Joe.
Con una maldición, entró apresuradamente en la habitación, recogió la maleta de cuero, la dejó sobre la cama y la abrió.
-No hace falta que lo hagas -dijo Joe, desde la puerta- Esta tarde he cancelado el viaje.
-Vaya par Dios -dijo Demi, mientras él cerraba la puerta- Qué decepción se habrá llevada Taylor.
Joe se encogió, como si alguien le hubiera golpeado can un látigo. Demi sintió pánico al ver su semblante pálido. Joe se acercó, la agarró por los brazos y ella se estremeció.
-Ya no puedo soportarlo –dijo Joe entre dientes-. ¡No vas a cambiar de .opinión sobre mí a pesar de la que haga o diga!
-Ya he cambiado de opinión sobre ti! -replicó Demi, sintiendo temor ante el extraño brillo de los ojos de Joe-. ¡Pensaba que eras un santo, ahora sé que eres un cerdo!
-¡Pues, entonces, voy a portarme como un cerdo!
-exclamó Joe y la besó.
No fue un beso persuasivo, ni dulce, fue un beso brutal. Demi gimió. Joe clavó sus manos como garras en sus hombros. Demi hizo esfuerzos para apartarse, tratando de no tocar su cuerpo.
Joe le metió la lengua entre los labios, y ella quiso morderle. Pero Joe, que preveía su reacción, apretó sus labios con fuerza para impedírselo y le acarició la lengua con sensualidad. Demi se estremeció y le golpeó el pecho con los puños, en un desesperado intento por detener el ardor que despertaba en su cuerpo. Aunque lo odiara desde lo más profundo de su ser, seguía siendo vulnerable a sus caricias.
Gimió de nuevo y le dio una patada con su pie desnudo. Pero dio igual. Joe no estaba dispuesto a soltarla. El cuerpo de Demi no era más que un junco que se doblaba ante la voluntad de Joe. Con una mano la agarró por la cintura y con la otra la melena, tirando de ella para obligarla a abrir la boca ya recibir su beso.
Demi estaba ardiendo, su cuerpo se sacudió con una oleada de calor al sentir el cuerpo de Joe apretándose contra ella. Pero no era sólo la temperatura de su cuerpo la que había sobrepasado los límites, sino también sus sentidos. Estaba fuera de control, ansiosa, como una abeja precipitándose hacia la miel más dulce de la Tierra.
«¡No es justo!», pensó con desconsuelo. «¡No es justo que me siga haciendo esto!» Se odiaba a sí misma y odiaba a Joe por obligarla a darse cuenta de su debilidad.
-iMaldito seas! -exclamó cuando Joe se separó de ella para respirar.
Joe tenía las mejillas sonrosadas y sus ojos eran como oscuros estanques llenos de frustración.
-Sí -dijo con un susurro- Maldíceme cuanto quieras,Demi, pero me deseas. Me deseas tanto que casi no puedes pensar en otra cosa.
Era la amarga verdad. Se encogió un poco, pero se dispuso a hacer algo en lo que había pensado muchas Veces en los últimos días. Con un gruñido animal, y sin importarle el dolor. que le hacía Joe al tirarle del pelo, levantó los brazos para arañarlo.
Sólo sus buenos reflejos salvaron a Joe. Echó la cabeza hacia atrás y Demi sólo alcanzó su cuello. -¡Vaya, qué gatita! -dijo soltándola el pelo para tocarse el cuello.
-¡Te odio!
-Mejor -dijo Joe atrayéndola hacia sí- Así será más fácil hacerte el amor de cualquier manera, sin importarme lo que sientas por mí.
-¡Estupendo! ¿Por qué no añadir la violación al adulterio?
-¿Violación? ¿Desde cuándo he tenido que recurrir a la violación al acostarme contigo? ¡En toda mi vida no he conocido a una mujer más caliente que tú!
-¿Ni siquiera Taylor?
Joe la apartó de un empujón y cruzó las manos detrás de la nuca, como si se estuviera conteniendo para no tener que pegarle. En sus ojos se divisaba algo muy parecido al tormento.
-Ya basta, Demi-dijo entre dientes- Deja ya de provocarme antes de hacer algo que podamos lamentar.
Demi se preguntó a qué se refería. ¿Acaso lo estaba provocando, lo estaba poniendo furioso para que le hiciera el amor?
Se dio cuenta de que era eso lo que estaba haciendo exactamente. Tentándole con cada mirada cuando debía irse de allí mientras podía. Pero quería alimentar el odio que le tenía, llevar al límite su angustia, su decepción y, sobre todo, el profundo dolor que no había abandonado su pecho desde la llamada de Miley.

Se oyó a sí misma decir, como desde el otro lado de un largo túnel:
-Entonces, vete! ¿Por qué no haces lo que debes hacer y te vas de aquí? ¡No hay nada que te impida marcharte con tu preciosa Taylor!
- ¡Deja ya de mencionar su maldito nombre!
-Taylor -repitió ella al instante- Taylor, Taylor, Taylor.
Un brillo, tal vez de angustia, cruzó la mirada de Joe. Se mordió el labio y agarró a Demi por los brazos.
-¡No! -dijo entre dientes- ¡Tú, tú, tú!
Con un rápido movimiento, la obligó a girar y a echarse sobre la cama.
Lo que sucedió estuvo muy lejos de tener algo que ver con el amor. Fue una batalla. Una batalla para ver quién de los dos lograba excitar más al otro. Una batalla de los sentidos donde cada caricia era deliberada y respondida por otra, donde cada mirada recibía como respuesta otra mirada de burla. En cuanto uno de los dos se excitaba, más lo excitaba el otro, lanzados frenéticamente a un torbellino de sensaciones dolorosas, rotas.
Por un instante, Joe pareció a punto de recuperar el sentido común y trató de apartarse de Demi. Pero ella se dio cuenta. Tuvo miedo, pánico a perderlo, y se aferró a él y lo besó con frenesí. Joe suspiró y pronunció su nombre en una ardiente súplica. Pero ella no atendió aquella súplica. En aquellos instantes, era ella la que jugaba el papel de seductora, la que dominaba la situación. Y mantuvo aquel papel desde el desesperado principio hasta el tumultuoso final. Dominó a Joe, y al terminar, se apartó y se hizo un ovillo, presa de la frustración. Su cuerpo había exigido algo que se le negaba hacia días, pero sólo se sentía abatida y asqueada con sigo misma.
Así que, ¿quién ganó la batalla? Se preguntó. Nadie.


Su comportamiento le daba náuseas. Había hecho el amor con él, no porque lo quisiera, sino por su miedo a perderlo. Era esencial para su integridad mental saber que, a pesar de todas las Talyors que pudiera haber habido o que hubiera en el futuro, ella, la pequeña y aburrida Demi todavía podía volverlo loco en la cama.
Y además, tenía que reconocer que lo había deseado,...
el deseo que había sentido por él no dejaba espacio para el orgullo ni el respeto por sí misma. Pero, sin embargo, hacer el amor no había supuesto ningún alivio para la tristeza y el dolor que sentía desde hacia una semana. Era como si su alma herida se negara a concederle a Joe un respiro.
Una solitaria lágrima se derramó por sus mejillas.
Demi, en su desesperado deseo de probarse que todavía podía excitar a su marido, había perdido más de lo que había ganado. Se había dado cuenta de que ya no sentía lo mismo por él. Había perdido la confianza ciega y, con ella, su forma de amarlo libremente.
Le dolía y le daba miedo. Se sentía más sola que si Joe se hubiera marchado y la hubiera dejado. Porque no sabía si algún día volvería a sentir por él lo que antaño sintiera.
-¿Demi?
Demi se dio la vuelta. Joe la contemplaba con una mirada sombría.
-Lo siento -dijo tranquilamente.
¿Qué lamentaba, hacer el amor o toda aquella horrible situación? Qué importaba, se dijo. Al fin y al cabo, ya nada importaba. Se sentía como una cáscara vacía, perdida y sola y ningún lamento lograría que se sintiera mejor.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
-Me avergüenzo de mí misma -le dijo con voz grave y temblorosa.
A Joe se le humedecieron los ojos.
-Ven aquí -dijo estrechándola entre sus brazos- Te juro que no volveré a hacer nada que pueda hacerte tanto daño, Demi. Palabra de un hombre que en su vida se ha sentido peor.
¿Podía Demi arriesgarse a creerlo? Sería fácil. Y sería fácil perdonarlo y olvidarlo todo, con la esperanza de que el perdón y el olvido se llevaran el dolor para Siempre.
-Te quiero -le dijo Joe con voz grave- Te quiero mucho, Demi.
-¡No! -exclamó Demi violentamente, abandonando la idea de perdonado al escuchar aquellas tres palabras falsas. Ya le había creído una vez, y sólo le había servido para hundirse en el lodo.
-No me hables de amor -le replicó amargamente- El amor no tiene nada que ver con lo que acaba de suceder, ¿o es que te casaste conmigo por amor?
El desayuno transcurrió en medio de una atmósfera enrarecida. Los mellizos no dejaban de mirados con extrañeza y curiosidad. Demi sabía que se habían hecho muchas preguntas acerca de su ausencia del día anterior, pero era obvio que Joe les había ordenado que no hicieran preguntas. No pudo evitar una media sonrisa cuando Kate abrió la boca para decir algo y Joe la silenció con una mirada. Sam se comportaba de forma distinta. No dejaba de mirada, pero no decía nada, en realidad, no había dicho nada desde que había bajado a desayunar.
-Come, Sammy -le dijo Demi amablemente, después de que el niño estuviera jugando con la cuchara un buen rato-. A media mañana vas a tener hambre si ahora no comes nada.
Sam frunció el ceño y la miró. Tenía los mismos ojos que su padre.
-¿Adónde fuiste ayer? -le preguntó de repente, y miró a su padre.
-Pues ... salí a pasar el día por ahí -respondió Demi con una sonrisa, para demostrarle a su hijo que no sucedía nada anormal- No te importa; ¿verdad?
Sam se removió en la silla. Demi se inquietó. Sam no era como su hermana, extrovertida y comunicativa con todo el mundo, siempre se callaba sus problemas.
Si le hacía aquella pregunta era porque estaba realmente preocupado.
-Pero, ¿adónde fuiste? -insistió el niño.
Demi suspiró y le acarició el pelo. Sam no protestó, como solía hacer.
-Estaba muy cansada -respondió, tratando de encontrar una explicación que un niño de seis años pudiera comprender-. Además, como me paso el tiempo en casa, me apetecía dar un paseo. Eso es todo.
-¡Pero normalmente vas con uno de nosotros, para que te cuide! -dijo mirando a su padre, pero esta vez para decide que se mantuviera al margen de aquella conversación.
-¿Quién ha dicho eso? -dijo Demi en broma, tratando de tomarse aquella afirmación con buen humor,cuando, en realidad, estaba horrorizada de que su hijo también pensara que era incapaz de cuidar de sí misma- Ya sabes que soy mayor y que puedo cuidar de mí misma.
-Papá dijo que no -intervino Kate-. Llamó a la abuela, • y estaba muy nervioso. Y habló por teléfono con la tía Miley, y se puso furioso.
-Ya basta, Kate -dijo Joe con calma, pero en un tono tajante.
-¡Pero sí lo dijiste! ¡Y te portaste como un toro loco!
-¿Como un qué? -preguntó Joe.
-Como un toro loco -repitió la niña- Eso es lo que nos dice mi profesora cuando corremos por la clase, ”Los toros al campo” dice -dijo Kate y esbozó una de sus encantadoras sonrisas, de ésas con las que se le caía la baba a su padre- Pero mamá volvió sana y salva, como dije yo.
 Así que, al menos, había un miembro de su familia que la creía capaz de cuidar de sí misma. «Gracias, Kate», pensó Demi.
-Acábate el desayuno -dijo-. Como podéis ver, estoy sana y salva, así que vamos a olvidarlo, ¿vale?
En cuanto los niños se marcharon a recoger sus cosas del colegio, le dijo a Joe:
-Puedes irte a Birmingham, si quieres.
...
Joe estaba guardando el periódico en su cartera.
Al oír a Demi se detuvo por un instante y luego, cerró la cartera.
Tenía todo el aspecto de un hombre de negocios.
Con la camisa de seda blanca y el chaleco. Parecía fuera de lugar en aquella cocina de atmósfera tan familiar, su atuendo era apropiado para una mansión de estilo georgiano, con muebles de caoba. Demi sintió una gran tristeza al pensar en lo mucho que Joe había evolucionado con los años mientras ella permanecía estancada.
-Ya no tengo que ir -dijo Joe-. Jack Brice puede ocuparse de todo tan bien como yo.
Entonces, ¿por qué no iba él desde un principio?, se preguntó Demi.
-¿Tenías miedo de que te abandonara mientras tú no estabas en casa? -le preguntó con un sincero interés por saber su respuesta. A Joe le importaban mucho ella y los niños, pero no sabía en qué medida sería para él una tragedia que dejaran de formar parte de su vida.
Joe se dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo junto a la ventana que daba al jardín trasero de la casa, lleno de juguetes.
-Sí -admitió sobriamente.
Demi experimentó un gran alivio al oír su respuesta, lo que, por otro lado, la puso furiosa, porque no era más que una muestra de su propia debilidad.
-Yo 'no tengo por qué irme -replicó- Eres tú quien tiene que hacerlo.
-Sí -dijo Joe, y agachó la cabeza antes de darse la vuelta. N o la miró, pero hizo como si examinara su cartera de nuevo- Sé que, si me quedara un átomo de orgullo, debería recoger mis cosas y marcharme. Pero no quiero marcharme, no quiero echar a perder lo que hemos ... tenido. Sé que tengo que probarte que puedo y volver a ser el mismo. Sé que me va a costar algún tiempo, pero no voy rendirme, Demi -dijo y se atrevió a mirarla con determinación -Puedes hacer lo que
quieras, pero no voy a ser yo quien me vaya.
-Podría pedirte la separación -le espetó Demi de repente- Para hacer que te marches.
Joe frunció el ceño.
-¿ y cómo sabes que si pides la separación puedes 0bligarme a irme? -dijo Joe, preguntándose si Demi habría hablado con algún abogado. No la creía capaz, pero no estaba seguro.
A Demi le encantaba verlo tan desconcertado. Le hacía recuperar algo de orgullo, así que se encogió de hombros y dijo con sarcasmo:
-Veo mucha televisión.
-Entonces, ¿vas a ... acabar con nuestro matrimonio? Demi tenía que admitir que era muy listo. Con una
simple pregunta le había dejado a ella toda la responsabilidad.
-Has sido tú el que has empezado a estropear nuestro matrimonio, Joe -respondió con tranquilidad- Pero no, no voy a hacer nada por cambiar esta situación ... todavía.
-¿Todavía? ¿Si quieres pedir el divorcio por qué no lo haces cuanto antes? -dijo Joe, dando un suspiro, recogiendo la chaqueta del respaldo de la silla.
Demiobservó cómo se la ponía. Se fijó en su anillo de oro. No significaba nada, sólo era un trozo de oro que le habían puesto allí hacía un millón de años. Era un anillo sencillo y barato. Cuando se casaron, no habían podido pagar nada mejor. Al cabo de algunos años, Joe le había regalado una sortija de oro con un diamante engastado.
Recordaba el día que lo habían comprado; «Te quiero, Demi», había dicho poniéndoselo en el dedo, «sin ti y los mellizos, mi trabajo no tendría sentido».
Pero Joe se equivocaba. Sin ella ni los mellizos, habría llegado mucho más lejos, de eso estaba segura.
Joe la observaba con aquella mirada sombría, mientras esperaba la respuesta de Demi. Por un instante, se cruzaron una mirada, luego, Demi agachó la cabeza.
-No lo sé. Pero creo que quiero verte sufrir -respondió Demi con sinceridad.
Para su sorpresa, Joe sonrió y se llevó la mano al cuello, donde era visible el arañazo de la noche anterior.
-Yo creía que ya me habías hecho sufrir bastante-dijo.
-No lo suficiente -dijo Demi, sonrojándose ligeramente.
-Ya veo.
-Me alegro.
-Así que ahora vamos a iniciar un periodo en el
que me toca recibir a mí -dijo Joe, sonriendo de nuevo y agachándose para besar a Frankie-. Pues que así sea -añadió y salió orgullosamente de la habitación, dejando a Demi desconcertada.
Durante las dos semanas siguientes, vivieron en una especie de tiempo muerto, como si su matrimonio hubiera entrado en coma. En realidad, se estaban tomando una tregua para recobrarse antes de afrontar su futuro.
Demi no volvió a dormir en la habitación de Frankie. Dormía con Joe, sin saber muy bien por qué. Tampoco le rechazaba cuando la buscaba, en el prolongado silencio en que sus noches se habían convertido. Y llegaron a compartir cierto afecto, aunque aquellos encuentros no fueron demasiado satisfactorios para ninguno de los dos. Demi se dejaba llevar y recorría con Joe el largo y sensual camino del placer. Pero, en los instantes de mayor intensidad, palpitando de deseo entre sus brazos y sintiendo cómo él se estremecía y profería pequeños gemidos, no podía dejar de imaginar a Taylor en su lugar, de pensar que Taylor le había llevado al mismo estado de pasión desenfrenada. Y, en aquellos momentos, se apartaba de él con angustia, y el placer se extinguía tan rápidamente como había surgido.
Entonces daba la espalda a Joe y se hacía un ovillo para soportar su desesperación en soledad mientras Joe estaba tendido a su lado cubriéndose el rostro con una mano, sabiendo, aunque nunca hablaban de ello, que Taylor se interponía una vez más entre ellos. En aquellos momentos, el dolor de la infidelidad y la angustia de los celos azotaban a Demi con toda su crueldad y no podía soportar que Joe la tocara. Y él se quedaba quieto y ni siquiera lo intentaba.
Demi pasaba los días preocupada, pensando en aquellos momentos con temor, porque sabía que, si había algo que pudiera hacer volver a Joe a brazos de Taylor era su estúpido comportamiento en la cama.
Que Joe viera aquellos momentos como el modo en que Demi quería devolverle su infidelidad, sólo hacía que se sintiera peor, porque era lo último en que pensaba cuando Joe la buscaba.
Y se sentía más tensa y sufría cada vez más cuando Joe trataba de hacer el amor, porque sabía que no podrían alcanzar una satisfacción plena. Y aun así, lo necesitaba, a pesar de que no podía darle lo que pedía. Necesitaba experimentar el pequeño placer de los primeros escarceos y necesitaba saber que Joe la necesitaba.

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Espero que les haya gustado .
Si no hay comentarios no subo capítulos .

Unfaithful capitulo 6 - jemi en español



Capitulo 6

-Nunca has salido sin nosotros, espera a que todos...
Demi apenas lo oía. Pero Joe tenía razón, ella nunca había salido sola. Si no con él, con los niños, o con su madre. Durante toda su vida adulta, había vivido bajo el amparo protector de otros. Primero sus padres, luego sus amigas y finalmente, Joe. Sobre todo, Joe.
¡Pero por Dios, estaba a punto de cumplir veinticuatro años! Y allí estaba, convertida en ama de casa, cada día menos atractiva, con tres hijos y un marido que...
-¡Me voy sola! ¡No te va a pasar nada porque, por una vez, te quedes con los niños!
-¡No me estoy quejando de eso! -dijo Joe, sus­pirando y acercándose a ella- Pero, Demi, nunca habías...
-¡Exactamente -exclamó Demi, apartándose de él-. Mientras tú te ocupabas de hacerte rico y de buscar a una amante, yo estaba sentadita en esta maldita casa, muriéndome de asco.
-¡No digas tonterías! -dijo Joe, agarrándola por la muñeca- Esto es ridículo, te estás portando como una niña.
-Precisamente, Joe, de eso se trata, ¿no te das cuenta? -dijo Demi, apelando a la comprensión a pesar de que lo que más deseaba era irse de allí cuanto antes- Eso es exactamente lo que soy... una niña. Una niña a la que han explotado, a la que han herido profundamente. No he crecido porque no me han dado la oportunidad de crecer. ¡Tenía diecisiete años cuando me casé contigo! -le gritó- ¡No había terminado el colegio! Y antes de que aparecieras tú, mis padres me tenían entre algodones. Dios mío, qué decepción debió ser para ellos descubrir que su dulce y pequeña hija se había estado acostando con el lobo feroz.
Joe se rió. A Demi no le sorprendió, sabía que su calificación era tan acertada que no tenía más remedio que reírse si no quería llorar.
-y me quedé embarazada -prosiguió-, y cambié a unos padres por otros, tú y tu madre.
-Eso no es cierto, Demi -protestó Joe-. Yo nunca te he visto como una niña. Yo...
-¡Mentira! ¡Eres un maldito hipócrita mentiroso! ¿Y sabes por qué sé que eres un mentiroso? Por el miedo que te da que yo quiera pasar algún tiempo sola.
-¡Esto es una locura! -dijo Joe, negando con la cabeza, como si no creyera que aquella conversación pudiera tener lugar.
-¿Una locura? -repitió Demi-. ¿Cómo crees que me siento sabiendo que he dejado que me hicieras todo eso? Lo único que hice fue sentarme y dejar que me trataras como te daba la gana... y mira qué he conseguido. Veinticuatro años, tres hijos y un marido que se ha cansado de mí. Así que, por favor, deja que me yaya.
Con un sollozo, se apartó de él y salió de la habitación.
Corrió escaleras abajo, recogió el bolso de la mesita del recibidor y salió precipitadamente a la calle.
El BMW de Joe cerraba el paso a su Ford Escort blanco, así que tuvo que irse a pie, alejándose de la moderna casa en la que vivían desde hacía cinco años. En una casa situada en una de las zonas más acomodadas de Londres. Aquella casa le encantaba porque les ofrecía mucho más espacio que el pequeño piso alquilado del centro de Londres en el que vivían anteriormente.
Sin embargo, en aquellos momentos, lo único que quería era alejarse de allí lo más deprisa posible. Se apresuró por la acera, bajo la sombra de los árboles, sabiendo que Joe no la seguiría. Todavía tenía que vestirse y vestir a los niños, así que no podría detenerla antes de que tomara el autobús.
El primero que llegó se dirigía al centro de Londres.
Se sentó junto a la ventanilla y miró a través del cristal manchado de polvo y de gotas de barro. Se fijó en el parque al que solía llevar a los niños. ¿O eran ellos los que la llevaban a ella? No lo sabía, ya no estaba segura de nada.
Se subió el cuello del anorak para protegerse del frío aire de septiembre, se metió las manos en los bolsillos y comenzó a pasear por Londres, cuyas calles siempre estaban solitarias los domingos por la tarde. Estaba perdida en un mar de tristeza. Un mar más profundo a medida que un ojo interior se abría cada vez más para mostrarle cómo era la verdadera Demetria Jonas.
Una mujer de veinticuatro años que se había estancado emocionalmente a la edad de diecisiete. Pensó que Joe la amaba porque había hecho el amor con ella, y nunca se preguntó si la quería realmente.
Pero había llegado la hora de hacerlo. Y, aunque la idea la mortificaba, se daba cuenta de que sólo se había casado con ella para aceptar su responsabilidad por haberla dejado embarazada.
Puede que Joe considerara que estaba en su derecho de llevar otra vida, aparte de la que ya llevaba con ella. No cabía duda, se trataba de eso. Joe quería llevar otra vida, una vida aparte de la que llevaba con ella.
Demi se dio cuenta, en aquellos momentos en que su vida estaba al borde del precipicio, de que Joe nunca había compartido con ella aquella otra vida excitante y apresurada. Sólo había construido su matrimonio para ella, para que jugara a ser esposa y madre de sus hijos, porque era lo que ella quería ser.
Pero, ¿acaso se trataba sólo de un juego, de una fantasía? No lo sabía, no podía saberlo.
Caminó durante horas. Horas y horas, sin darse cuen­ta del tiempo que pasaba. Tristes horas de reflexión, contemplando la intensidad de su propio dolor. Hasta que el más completo agotamiento la obligó a regresar a casa. Estaba agotada y hacía frío, así que tomó un taxi.
De repente, su casa se convirtió en el único lugar del mundo en el que quería estar.
Pero, al darse cuenta, experimentó una sensación de derrota, porque aquello significaba que sus horas de libertad no le habían hecho ningún bien.

 
Cuando entró en el salón, Joe estaba sentado en el sofá con un libro entre las manos. Tenía el aspecto de alguien que no se hubiera movido del sitio durante horas. No se molestó en saludar a Demi, que, tras una corta pausa, esperando su repentina explosión de furia, que no llegó, cerró la puerta y se dirigió a la cocina. Esbozaba una sonrisa. Joe no la engañó ni por un momento con su a...ire de indiferencia, le había visto mirando por la ventana justo antes de entrar por la puerta del jardín.
Dejó el abrigo sobre una de las sillas de la cocina, se quitó las botas y preparó café. Joe entró como un gato en busca de su comida diaria. Llevaba vaqueros y camisa de algodón.
-Será mejor que llames a Miley -murmuró, apartando una silla con el pie para sentarse en ella
-¿Por qué? -dijo Demi con curiosidad, y mirándolo por un instante.
-Porque no he parado de llamarla creyendo que estarías en su casa, y ella no me lo quería decir.
-¿Y por qué estás tan seguro de que no ha sido así?
Antes de contestar, Joe guardó silencio por unos instantes.
-Porque llamé a mi madre para que cuidase de los niños y me fui a su apartamento para ver si era verdad.
-Así que no sólo Miley, sino también tu madre sabe que he estado fuera todo el día -dijo Demi con acritud sirviéndose el café, que ya estaba listo.
-No puedes echarme la culpa de que estuviera tan preocupado después de cómo te fuiste -se quejó Joe.
«Eso está mejor», pensó Demi. «Eso le enseñará a no tratarme como a una niña. Puede que lo sea, pero eso no significa que me guste que me traten como tal. Además, así se dará cuenta de que su predecible esposa no es tan predecible después de todo.»
Se sentó frente a él, tomando con gusto la taza de café caliente entre las manos, todavía frías. Joe se pasó las manos por el pelo y luego las apoyó sobre la mesa y comenzó a tamborilear con los dedos, como si algún pensamiento le rondara en su interior. Inclinó la cabeza hacia delante. Tenía el pelo revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él muchas veces.
Demi nunca lo había visto así, con un aspecto tan frágil.
-Tus padres también lo saben -dijo inesperadamente- Los llamé cuando no se me ocurrió ningún otro sitio donde pudieras haber ido. Han estado esperando que aparecieras por Altrincham toda la tarde. Será mejor que los llames para decirles que estás bien.
Así que sólo se le había ocurrido llamar a tres sitios para localizarla. ¿Qué le decía eso a ella de sí misma? Se preguntó, pero decidió que ya había hecho suficiente auto análisis aquel día y decidió posponer la respuesta.
-Te voy a decir una cosa, Joe -le sugirió- ¿Por qué no los llamas tú ya que fuiste tú quien los has preocupado? Llama a tu madre y a Miley, no tengo ninguna gana de hablar con ella.
-¿Con quién? ¿Con mi madre?
-No, con Miley -dijo Demi sarcásticamente- Has sido tú la que la has vuelto a meter en este lío después de decirle que se ocupara de sus asuntos, así que, si crees que está preocupada, llámala tú.
-iTodos estábamos muy preocupados! -exclamó Joe, dirigiéndole una mirada furiosa.
-No pienso suicidarme -dijo Demi con calma, sorbiendo su café. Cuanto más nervioso estaba Joe, más tranquila estaba ella- Puede que me hayas tomado por una imbécil, pero no me voy a perder el resto de mi vida por eso.
-¡Yo no te he tomado por una imbécil!
-Claro que lo has hecho. Por ejemplo, cuando has
perdido el tiempo pensando que había hecho una tontería -dijo Demi con mordacidad.
Joe tragó saliva. Quería contenerse, evitar cualquier disputa.
-¿Dónde has ido? -preguntó.
-A Londres -respondió Demi, irguiendo la cabeza
con orgullo.
-¿A qué parte de Londres? ¿Y para qué? Has estado fuera desde las diez de la mañana, ¡casi doce horas! ¿Qué has estado haciendo durante doce horas si las tiendas están cerradas?
-¡Puede que haya salido con un hombre! -exclamó Demi, y vio con satisfacción que a Joe le mudaba el semblante- No es tan difícil encontrar uno, ¿sabes? Puede que haya decidido echar una canita al aire e irme a buscar... comprensión, ya que, últimamente, no encuentro mucha en esta casa -dijo con ironía.
Joe se puso de pie, dando un golpe con la silla contra el suelo.

Unfaithful - capitulo 5 - jemi en español





Capitulo 5:


Cada noche, durante la cena, Joe hacía algún intento por mantener una conversación, pero Demi permanecía en silencio, de modo que él desaparecía en su estudio en cuanto terminaban de cenar. Demi reco­gía la mesa y subía a acostarse a la habitación de Frankie, sintiéndose cada día un poco más sola, un poco más deprimida.
Saber que su marido la engañaba había supuesto para ella un golpe brutal que había conseguido anular su voluntad, de modo que su vida transcurría en una lenta monotonía y no se daba cuenta de lo que hacía. Joe la observaba, serio y en silencio, esperando que Demi saliera de su letargo y estallara.
En aquellos momentos, la pregunta de su hija la devolvía a su cruda situación. Se sonrojó ligeramente, y se las ingenió para dar una respuesta coherente.
-A Frankie le están saliendo los dientes otra vez.
Joe arrugó ligeramente el periódico que estaba leyendo, y Demi se dio cuenta de que estaba escuchando. Y puede que también la estuviera mirando de reojo. Ella no lo miró. En realidad, le importaba muy poco lo que pudiera hacer.
Rubia y con ojos azules, Kate tenía, además, la misma mirada inteligente de su madre. Asintió, como si comprendiera perfectamente lo que decía Demi. Los dientes de Frankie habían sido un tormento para todos en las noches anteriores. Aunque a Demi no se le había ocurrido irse a dormir a su habitación. Pero aquello no se le había ocurrido a Kate, que prestaba atención a su querido padre.
-Seguro que echas de menos no poder abrazar a mamá, ¿verdad, papá? -dijo bajándose de la silla y acercándose a Joe-. Si me lo hubieras dicho, habría ido a darte un abrazo -dijo y fue a sentarse sobre las rodillas de su padre, sabiendo que sería bien recibida.
La tensión se apoderó de la habitación.
-Muchas gracias, mi reina -dijo Joe, doblando el periódico para prestar atención a su hija- Pero creo que puedo estar solo unos días más antes de que me sienta completamente triste.
Si aquel comentario iba dirigido a ella, Demi lo ignoró, y siguió sentada bebiendo café, sin revelar el esfuerzo que le costaba.
Observó a Joe, allí sentado, con su albornoz azul, que dejaba al descubierto la mata de vello que le cubría el pecho. Besó a Kate en la mejilla y esbozó una sonrisa tan encantadora que a Demi se le hizo un nudo en el estómago, como si tuviera celos de su bija.
“¿Celos de su propia bija! ¿Cómo era posible tanta amargura?”
No pudo evitar dar un respingo mientras recogía los platos. Joe la miró y ella le devolvió la mirada. Joe debió ver algo en sus ojos azules, porque frunció el ceño. Demi se dio la vuelta de inmediato. Estaba incómoda y desconsolada.
Pero su marido y sus hijos parecieron ignorar su reacción. Sam intervino en la conversación que Joe estaba teniendo con Kate, e incluso Frankie insistió en que le sacaran de su silla. Joe lo sacó y lo sentó sobre sus rodillas, mientras el niño alegraba la conversación con sus particulares gorgojeos. Demi no pudo soportarlo. Había algo en aquella atmósfera de cariño que le ponía los nervios de punta. Se sentía incapaz de unirse a ellos, como habría hecho normalmente. Taylor se lo impedía. Su imagen era como un muro infranqueable que la separaba de su familia, del afecto y el amor de los suyos.
Dejó de fregar los platos, porque corría el riesgo de romper alguno y salió de la cocina diciendo entre dientes:
-Voy a hacer las camas.
Nadie la oyó y se sintió aún peor, más apartada de su familia.
Estaba en su dormitorio, el dormitorio de Joe y ella, mirando al vacío, cuando entró Joe. Con un gesto nervioso se dirigió al baño, tratando de aparentar que eso estaba haciendo cuando Joe abrió la puerta. Cuando salió, Joe seguía allí, al lado de la ventana y con las manos metidas en los bolsillos. Era alto y gallardo y, en aquel momento, estaba tan atractivo que a Demi le daban ganas de tirarle algo, de hacer cual­quier cosa para mitigar su profundo dolor.
Haciendo un esfuerzo por ignorar su presencia, comenzó a arreglar la habitación. Se acercó a la cama, que, desde la llamada de Miley, se había convertido en el mueble más odioso de la casa. Cada día era más difícil estirar las sábanas, ahuecar las almohadas, cubrirla con la colcha. Olía a Joe, a su olor limpio y masculino. Despertaba sus sentidos, que creía dor­midos. Al contrario de lo que había esperado, su deseo por Joe no había disminuido, sino todo lo contrario. La traición de Joe no había provocado más que la odiosa actitud de estar siempre pendiente de él. El odio alimentaba el deseo, y el deseo hacía su tormento todavía mayor.
Joe se dio la vuelta lentamente y observó a Demi.
Al cabo de un rato, cuando el silencio comenzaba a hacerse insoportable, se acercó a ella y se interpuso en su camino. -Demi... -dijo con suavidad.
Demi permaneció con la cabeza agachada, sin querer mirarlo a los ojos.
-¿Te acuerdas de que tengo que pasar la semana que viene en Birmingham?
No, no se había acordado hasta aquel momento. Sirvió una ira repentina al comprobar...
que Joe anteponía sus negocios a su vida privada, cuando ésta estaba en crisis
-¿Qué te meto en la maleta?
¿Iba a ir Taylor con él? ¿Iban a dormir en la misma habitación? ¿Iban a pasar toda una preciosa semana sin que nadie les interrumpiera?
Le palpitaba el corazón, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no retroceder para apartarse de él. Retroceder habría sido como otorgarle una especie de victoria, así que se quedó donde estaba, sin mirarlo, con el semblante pálido.
Físicamente, no habían estado más cerca desde la noche en que todo estallara por los aires. Demi sintió escalofríos.
-Cualquier cosa -replicó Joe con impaciencia. Demi solía hacerle la maleta siempre que él se marchaba de viaje. Y le encantaba hacerlo, guardar sus camisas, contar los pares de calcetines, la ropa interior, meter algunos pañuelos, las corbatas y los trajes. Incluso en aquellos momentos, mientras rogaba que se apartara de su camino para poder alejarse de él y con ganas de decirle que se hiciera él la maleta, no podía evitar hacer, mentalmente, una lista con todo lo que necesitaba.
Joe permaneció inmóvil, y la tensión entre ellos se hizo intolerable. No se atrevía a decir nada por miedo a que Demi lo utilizara en su contra.
-¿Vas a estar bien? -preguntó por fin- Puedo llamar a mi madre para que se quede contigo, si no quieres quedarte sola, si te hace falta compañía, o…
-¿Y por qué me iba a hacer falta compañía? -le espetó Demi, dirigiéndole una mirada penetrante- Nunca me ha hecho falta una niñera cuando te vas de viaje y no me va a hacer falta ahora.
Joe apretó la mandíbula, pero mantuvo la tran­quilidad.
-Yo no estaba poniendo en duda tu capacidad -di­jo-, pero estás muy cansada y me preguntaba si, con todo lo que está pasando, no te vendría bien alguna ayuda.
«Muy cansada», se repitió Demi, no estaba sólo cansada, estaba agotada.
-¿Tu secretaria va contigo?
Demi se arrepintió de aquella pregunta nada más hacerla.
-Sí, pero...
-Entonces no tengo por qué preocuparme por ti, ¿verdad?
-Demi -dijo Joe, dando un suspiro-, Taylor no...
-¡No quiero saberlo! -dijo Demi empujándolo, pre­firiendo rozar su cuerpo a permanecer allí quieta por más tiempo soportando aquella conversación.
-Entonces, ¿para qué me lo preguntas? -exclamó Joe en voz alta e, inmediatamente, hizo un gran esfuerzo por controlarse- ¡Demi, tenemos que hablar!
Demi estaba haciendo la cama. Apretaba los dientes y seguía con su trabajo porque era lo único que le que­daba por hacer.
-No podemos seguir así -dijo Joe-. ¡Tienes que darte cuenta! A Kate le parece muy raro que duermas con Frankie, lo que significa que, a partir de ahora, va a estar pendiente de nosotros, que va a vigilarte, a calcular los días que te quedas en la habitación de Frankie...
-Y no debemos molestar a tu querida Kate, ¿verdad? -exclamó Demi, y se avergonzó al instante. ¿Cómo podía sentir celos de su propia hija? Pero era cierto, estaba horriblemente celosa de su hija, porque tenía el amor de su padre.
-No pienso responder a eso, Demi -dijo Joe sobriamente.
Demi terminó de hacer la cama, podía marcharse.
-Deja que te explique qué Taylor no... -dijo Joe.
-¿Qué vas a hacer hoy? ¿Vas a quedarte en casa?
-Sí -dijo Joe, desconcertado-. ¿Por qué?
-Porque yo tengo que salir y, si tú te vas a quedar, no tengo que llamar a tu madre para que se quede con los niños.
Por qué había dicho aquello, Demi no podía saberlo.
Su decisión de salir no había sido una decisión consciente. Pero nada más decirlo pensó que pasar unas horas sola, completamente sola, era vital para su integridad mental.
Abrió el armario, impaciente por salir y alejarse de su familia, y sacó lo primero que encontró, su anorak impermeable. Joe parecía un poco aturdido, y se limitó a quedarse allí de pie, observándola.
-Demi -dijo por fin-, si quieres salir, sólo tienes que decirlo.
Demi no atinaba a cerrar la cremallera y se estaba poniendo cada vez más nerviosa. «¿Es posible sofocar sus propias emociones?», se preguntaba. Porque creía que eso era precisamente lo que estaba haciendo.
-Dame diez minutos y me voy contigo...

¡Los zapatos! ¡No se había puesto los zapatos! Se inclinó y revolvió en la parte baja del armario. Joe seguía quieto en el mismo sitio, cada vez más perplejo.
Demi encontró sus botas de cuero negras y se sentó sobre la moqueta para ponérselas. Luego metió los pantalones en las botas con dedos temblorosos.
-¡Demi... no hagas esto! –dijo Joe.
Demi se dio cuenta de que estaba realmente afectado porque quisiera irse sola, su voz era grave y denotaba impaciencia.

Unfaithful Capitulo 4 - jemi en español




Capitulo 4 :
 
No estaba allí. Oyó ruido en el baño y Joe apareció al cabo de un instante. Llevaba una camisa blanca y pantalones grises. En cuanto la vio, se detuvo bruscamente.
Desde que lo conocía, Demi nunca se había sentido tan vulnerable en su presencia. Era consciente de su desamparado aspecto: de sus ojos enrojecidos por el llanto, de la palidez de su semblante y de sus cabellos enredados.
También estaba alerta ante él. Observaba lo alto que era, la fortaleza de su cuerpo y sus músculos esbeltos. El ancho pecho, las caderas estrechas y las piernas largas y poderosas...
Tragó saliva y levantó la vista. Cruzaron una mirada. Tampoco él tenía buen aspecto. Parecía cansado, como si no hubiera dormido mucho. Debía haber estado pensando, tratando de encontrar una solución, la salida a una situación imposible. Era una de sus virtudes convertir los fracasos en éxitos. Era la causa principal de su prosperidad.
Acababa de afeitarse, su barbilla parecía limpia y suave... Demi absorbió el familiar aroma de su loción de afeitar y se dio cuenta de que sus sentidos respondían. La atracción sexual no conocía límites, reconoció amargamente. Incluso en aquellos instantes, sin dejar de odiarlo y despreciarlo, sabía que era el hombre al que había amado ciegamente durante muchos años.
Se acercó a la cama, apoyó la rodilla en el colchón y dejó a Frankie sobre la colcha. Entonces, se dio cuenta de que Joe no había dormido en aquella cama, la única evidencia de que la había utilizado era la huella de su cuerpo sobre el edredón de color melocotón.
Frankie se puso a patalear, tratando de captar la atención de su padre, que, sin embargo, no apartaba los ojos de Demi. El niño gritó con frustración y se puso colorado del esfuerzo de tratar de sentarse sobre la cama. Demi sonrió al ver sus dificultades y le tendió una mano, que el niño usó para equilibrarse.
Joe se acercó al otro lado de la cama e, inconscientemente, estiró el brazo para ayudar a Frankie. -¡Pa! -dijo el bebé triunfalmente, librándose de ambas manos para prestar toda su atención a la colcha.
Demi mantuvo la vista fija en su hijo, dándose cuenta de que Joe no apartaba los ojos de ella.
-Demi, por favor, mírame -dijo Joe con una súplica que conmovió las entrañas de Demi.
-No -dijo ella con un susurro, tratando de mantener la calma.
Joe profirió un suspiro. Levantó a su hijo, le dio un beso en la mejilla y lo volvió a dejar sobre la cama.
Demi fue a levantarse, pero Joe fue más rápido que ella. La agarró por la cintura y tiró de ella hasta que pudo estrechada entre sus brazos.
A Demi le dieron ganas de sumergirse en el calor que Joe le ofrecía. Se puso tensa y tuvo que hacer esfuerzos por no llorar.
-No llores -le dijo Joe.
Era lo peor que podía haber dicho, porque, al ver el gesto de ternura de Joe, Demi comenzó a sollozar sobre su hombro. Joe la estrechó con fuerza y enterró la cabeza entre sus cabellos.
-Lo siento -dijo una y otra vez- Lo siento, lo siento, lo siento...
Pero no era bastante. No podía ser bastante. Joe había acabado con todo. El amor, la fe, la confianza, el respeto, todo se había desvanecido, y las disculpas no iban a devolvérselo.
-Estoy bien -murmuró Demi, haciendo un esfuerzo monumental por recobrar la calma y apartarse de él.
Pero Joe la estrechó con fuerza.
-Sé que te he hecho mucho daño -dijo, tratando de contener sus propias lágrimas. Demi podía sentir la tensión de su pecho, el ritmo errático de su corazón- Pero no tomes ninguna decisión precipitada mientras... Lo tenemos todo para ser felices si nos das otra oportunidad. No lo tires todo por la borda sólo porque he cometido un error estúpido. ¡No puedes tirarlo todo por la borda!
-No he sido yo quien lo he hecho -replicó Demi. Aquella vez, Joe dejó que se separara de él. Tenía una mirada triste y desolada. Demi, buscando algo que ponerse, fue del armario a la cómoda y vuelta al armario, sin saber realmente lo que estaba eligiendo.
Había pasado muchos años comprendiendo sus ambiciones, teniendo una fe ciega en él. Muchos años aguardándole en casa, esperando sus caricias como un perro o un gato, como una mascota, mientras él alimentaba en casa sus necesidades básicas: comida, bebida y un paseo de vez en cuando, y ella lo había aceptado con alegría.
« ¡Qué criatura más patética eres!». Se dijo.
Frankie dejó escapar un chillido. Los dos dieron un respingo. El niño, aburrido de jugar solo, reclamaba su desayuno.
Demi se quedó inmóvil en el centro de la habitación, con la ropa en las manos, preguntándose qué hacer a continuación. Vestirse o atender a Frankie. Era una elección muy sencilla, pero no parecía en condiciones de tomarla.
Fue Joe quien finalmente levantó al niño. -Yo me ocupo de él. Vístete tranquilamente, todavía es temprano -dijo y se marchó por la puerta. Demi suspiró, sintiendo que la tensión de la habitación se relajaba.
El desayuno fue horrible. Demi veía una provocación en cada gesto. En Kate porque comía demasiado, en Sam porque se comió los cereales con muy poca leche, ella llenó demasiado la cafetera y su café estaba demasiado amargo. Al final, se enfadó consigo misma por reaccionar contra todo, frustrada por no saber lidiar con su propia desgracia. La emprendió con Sam porque se había dejado el ordenador encendido la noche anterior, con todos los juegos esparcidos sobre la alfombra. Cuando terminó de reñirlo, el pobre niño estaba pálido, rígido, Kate sorprendida, Frankie callado y Joe... Joe simplemente estaba sombrío. El resto del desayuno transcurrió en silencio. Los niños se mostraron visiblemente aliviados cuando su padre los mandó a recoger sus cosas para irse al colegio.
-¡No tenías por qué tratar así a Sam! -le espetó Joe en cuanto Sam y Kate no podían oído- ¡Sabes muy bien que normalmente es muy ordenado! Vas a convertirlos en un manojo de nervios si no pones más cuidado. Son unos chicos estupendos y se comportan muy bien la mayor parte del tiempo. ¡No vaya dejar que la tomes con ellos porque estés enfadada conmigo!
Demi se dio la vuelta hecha una furia.
-¿Y desde cuándo estás aquí el tiempo suficiente para saber cómo se comportan? -le dijo, viendo con gran satisfacción que se ponía tieso como un clavo- Los ves durante el desayuno, ¡pero sólo cuando dejas de leer tu precioso Financial Times! ¡La mayoría del tiempo ni siquiera te acuerdas de que tienes tres hijos! Los... los quieres como quieres... a esa pintura de Lowry que compraste, eso cuando piensas en ellos. ¡Así que no me digas cómo tengo que educar a mis hijos cuando como padre eres un completo inútil!
¿Qué le ocurría? Se preguntó dando un paso atrás mientras Joe se ponía en pie y se acercaba a ella. -Me puedes acusar de muchas cosas, Demi -dijo Joe entre dientes- Y, probablemente, la mayoría de ellas me las merezco, ¡pero no me puedes acusar de no querer a nuestros hijos!
-¿De verdad? -le preguntó Demi con sarcasmo- ¡En primer lugar, te diré que sólo te casaste conmigo porque estaba embarazada de los mellizos! ¡Incluso Frankie fue un error al que te costó acostumbrarte!
Joe dio un puñetazo sobre la mesa. Demi parpadeó al verlo levantar la mesa, apartarla para levantarse y acercarse a ella. La violencia casi se podía palpar. A Demi se le secó la garganta al ver cómo Joe se aproximaba a ella con la intención, creía ella, de estrangularla.
En el último momento, cambió de opinión y la agarró por los hombros. Demi se dio cuenta de que estaba temblando.
-Es demasiado pequeño para comprender lo que estás diciendo -dijo con una voz ronca y señalando a Frankie con la cabeza-, pero si los mellizos te oyen, si les das alguna razón para que piensen que no los quiero, te...
No terminó la frase. No hacía falta, Demi sabía exactamente cómo continuaba. Joe siguió mirándola por unos instantes, luego la soltó y salió de la cocina.
Tragó saliva y dio un profundo suspiro, y sólo entonces, se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Sólo por pura necesidad de consuelo, levantó a Frankie y lo meció en sus brazos.
Se avergonzaba de sí misma. Y también estaba furiosa, porque, al haberle gritado de aquella manera, le había dado el derecho a meterse con ella, cuando, hasta ese momento, era ella la que tenía todo el derecho a meterse con él.
Al llegar el fin de semana, los mellizos se dieron cuenta de que algo extraño sucedía. Y, como siempre, fue la observadora y callada Kate quien quiso saber qué era.
-¿Por qué estás durmiendo en la habitación de Frankie, mamá? -preguntó el domingo por la mañana mientras toda la familia estaba reunida en la cocina, .desayunando.
La niña lo había descubierto porque aquella mañana Frankie...


había dormido hasta más tarde de lo acostumbrado, con lo cual, su madre también se había despertado tarde. Después de pasar varias noches durmiendo mal el una cama demasiado pequeña y atormentada por sus pensamientos, estaba exhausta; la noche anterior, para su alivio, había conciliado el sueño nada más meterse en la cama, y no se había despertado hasta que Sammy entró en la habitación. Pero no se sentía mucho mejor que los días anteriores, Porque, si dormir había servido para dar descanso a su cuerpo, su mente no había reposado en absoluto. -sabía qué había soñado, pero, desde luego, sus sueños no habían aliviado el peso de su corazón, ni su rabia, ni su amargura. Incluso se aborrecía a sí misma por no hacer nada para remediar la situación. Joe le había aconsejado que no tomara ninguna decisión hasta que no estuviera un poco más tranquila -hasta que dejara de ser la criatura patética en que se había convertido-, pero aquel consejo sólo le servía como excusa para no enfrentarse a la realidad.
Joe no tenía mejor aspecto que ella, su rostro reflejaba la misma tensión. Desde la noche fatídica de la llamada de Miley, había estado llegando a las seis y media todos los días. Demi sospechaba que se debía más a que lo había criticado como padre que al deseo de demostrarla que su aventura había terminado.
Llegaba a tiempo de bañar a los niños y meterlos en la cama mientras ella preparaba la cena. En apa­riencia, su vida transcurría normalmente, y los dos hacían un gran esfuerzo por que los niños no se enteraran de sus problemas.

Unfaithful Capitulo 3 - jemi en español

 


Capitulo 3 :


«Así debe sentirse uno», se decía, «cuando muere un ser querido».-Quiero el divorcio -dijo.
Fue lo primero que le vino a la cabeza y se sorprendió tanto de oírlo como el propio Joe.
-Tú puedes marcharte, yo me quedaré con la casa y los niños. No creo que tengas dificultades para mantenemos -añadió y se encogió de hombros. No cabía en sí de asombro ante su propia tranquilidad, cuando lo normal era gritarle como una esposa ofendida.
-¡No seas estúpida! -gruñó Joe-. Eso no es posible y tú lo sabes.
-No grites, vas a despertar a los niños.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Joe se puso en pie y dejó el vaso sobre la repisa de la chimenea con un sonoro golpe y derramando el líquido sobre el mármol de la repisa.
Joe miró a Demi con furia, pero no pudo sostener por mucho tiempo su mirada. Agachó la cabeza apesadumbrado y se metió las manos en los bolsillos.
-Mira... -dijo al cabo de unos instantes, tratando de recobrar la calma- No era lo que tú crees, lo que esa zorra te ha hecho creer. Sucedió sólo... por casualidad... y se acabó casi antes de empezar -dijo haciendo un seco ademán.
«Pobre Taylor», pensó Demi, «guillotinada de un plumazo».
-Tenía mucha presión en el trabajo. La compra de Harvey's ha sido muy arriesgada y amenazaba todo lo que he conseguido -prosiguió Joe, y tomó el vaso de whisky y dio un largo trago-. He tenido que trabajar día y noche. Tú has tenido que ocuparte de Frankie y he pasado más tiempo con ella que contigo. Luego, los mellizos tuvieron sarampión y no quisiste que contratáramos a una enfermera. Estabas agotada, casi enferma, y yo estaba preocupado por ti, por los mellizos, por Frankie, que no dormía más de media hora seguida, y con más dificultades que nunca en la empresa. Creí que lo mejor para ti era que no te preocupara contándote mis problemas en la oficina...
Joe hablaba de los meses anteriores. Un periodo en que Demi pensó que todo lo que podía ir mal había ido mal. Pero no se le había ocurrido añadir a su lista de problemas que su marido la engañaba con otra mujer.
-Demi... -dijo Joe con voz grave- no era mi intención. Ni siquiera quería hacerlo. Pero ella estaba allí cuando yo necesitaba a alguien, y tú no estabas, y yo...
-¡Cállate! -exclamó Demi.
Le dieron náuseas y tuvo que llevarse la mano a la boca para no vomitar sobre su preciosa -y carísima alfombra. Se levantó, Joe hizo intención de ayudarla y ella le dirigió una mirada hostil. Fue dando tumbos hasta el mueble bar y, con manos temblorosas, se sirvió whisky. Era una bebida que detestaba, pero, en aquellos momentos, sentía la angustiosa necesidad de beber algo fuerte.

Joe seguía de pie. La miró con desconsuelo al veda beberse el whisky de un trago y cerrar los ojos echando la cabeza hacia atrás.
Demi trataba de mantener la calma, pero la tormenta se había desencadenado. Su cuerpo fue sacudido por un mar de emociones violentas. Le palpitaba el corazón y trató de respirar profundamente, pero tenía la sensación de tener los pulmones en...
charcados. Tenía paralizados los músculos del estómago, su cerebro, al contrario, estaba sumido en un torbellino de angustia y dolor.
-¡Se ha acabado, Demi! -dijo Joe con una voz grave que ella nunca le había oído-. ¡Por Dios, Demi, se ha acabado!
-¿Cuándo se acabó? -le preguntó mirándolo a los ojos- ¿Cuando te permitiste el lujo de volver a hacer el amor conmigo? Pobre Taylor.
El whisky comenzaba a. hacer el efecto deseado. -¿Me pregunto a quién de las dos tomas por imbécil? Joe sacudió la cabeza negándose a aceptar la lucha.
-Simplemente, ocurrió -dijo tristemente, pasándose la mano por el pelo-. Ojala no lo hubiera hecho, pero no puedo echar marcha atrás, aunque sea lo que más deseo. Por si te sirve de algo, te diré que me avergüenzo de mi mismo. Pero, y te lo juro por Dios, te doy mi palabra de que no volverá a suceder de nuevo.
-Hasta la próxima vez -dijo Demi y fue a salir de la habitación antes de que los sentimientos sombríos que se agolpaban en su interior estallaran con amargura.
-¡No!-exclamó Joe, agarrándola del brazo y atrayéndola hacia sí-.¡Tenemos que arreglado! Por favor, sé que te he hecho daño pero necesitamos...
-¿Cuántas veces? -le espetó Demi, perdiendo el control- ¿Cuántas veces has venido oliendo a su perfume? ¿Cuántas veces me has hecho el amor por obligación después de haberte acostado con ella?
-¡No, no, no! -dijo agarrándola por ambos brazos mientras ella trataba de liberarse- ¡No, Demi! ¡Nunca! ¡No he dejado que llegara tan lejos!
Se puso pálido ante la mueca de incredulidad de Demi.
-¡Te quiero, Demi! -dijo con voz grave- ¡Te quiero!
Por alguna razón, aquella declaración desesperada la enervó y, llevada por la violencia, le dio una bofetada.
Joe se quedó de piedra. Demi se apartó de él.
Nadie que la conociera la habría creído capaz de sentir tanto odio como revelaban sus ojos. Joe estaba atónito, tratando de digerir el horror que contenía aquella mirada.
Sin decir nada más, Demi dio media vuelta y salió de la habitación. Se detuvo en la puerta de la habitación que compartía con Joe y luego, se dirigió a la habitación de Frankie.
El niño ni se movió cuando entró. Demi se acercó se inclinó sobre la cuna y se quedó mirando a su hijo preguntándose si el intolerable dolor que sentía en su interior la haría enfermar.
Luego, el dique que contenía sus emociones se rompió y con un sollozo cayó sobre la cama que sería Frankie cuando creciera. Se arropó con la manta y ahogó su llanto en la almohada, para que nadie la oyera.
La mañana comenzó con el gorjeo de Frankie, que,completamente despierto, pataleaba alegremente en su cuna. Demi tardó unos instantes en darse cuenta de por qué estaba durmiendo en aquella habitación.
Sintió que algo se rompía en su interior al recordar la noche anterior, pero, a los pocos instantes, experimentó una gran calma, se sentía vacía, hueca.
Se levantó y frunció el ceño al darse cuenta de que llevaba la misma ropa del día anterior. Se llevó la mano a la cabeza. Tenía aún el pelo recogido con una goma. Se la quitó y sacudió la melena. Tenía un aspecto desastroso y se sentía muy mal. Ni siquiera se había molestado en quitarse las zapatillas de deporte para dormir. Se sentó en la cama y se las quitó. En aquel momento, el niño se dio cuenta de su presencia y dio un gritito de alegría.
Demi se inclinó sobre la cuna. La sonrisa de su hijo fue como un bálsamo para su triste corazón. Por unos instantes, se sumergió en la alegría que suponía disfrutar de su hijo. Le dio unos golpecitos en el vientre y murmuró las cosas que las madres suelen decirles a sus hijos, y que sólo ellas y sus hijos entienden.
Aquello le pertenecía, se dijo. No importaba qué cosas querría arrebatarle o concederle la vida, jamás podría quitarle el amor de sus hijos. «Esto», se dijo, «es sólo mío».
Frankie estaba empapado. Demi le quitó el pañal antes de sacarlo de la cuna. Frankie siempre estaba alegre por las mañanas. No dejó de gorjear y moverse cuando lo llevó al baño, para limpiarlo y refrescarlo.
Lo sacó, lo envolvió en una toalla y volvió a su habitación para vestirlo. Normalmente, lo habría llevado a la cocina para darle el desayuno sin siquiera vestirlo y sin vestirse ella. Normalmente, lo hacía cuando los niños se habían ido al colegio y su marido a trabajar, pero no podía despertar a los mellizos con aquel aspecto. Le preguntarían por qué tenía una pinta tan desastrosa sin el menor rubor.
Hizo acopio de valor y abrió la puerta de su habitación. Sabía que Joe sólo estaría medio dormido. Entró sin hacer ruido y miró hacia la cama, sumida en la penumbra del amanecer.


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