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lunes, 5 de agosto de 2013

Atraccion capitulo 11 - jemi en español


 
Capitulo 11
 
Joe fue incapaz de controlarse. Al ver a demi con aquellos vaqueros ajustados y aquella camiseta negra, con el pelo rubio cayéndole a la espalda, perdió la cordura y lo invadió un súbito deseo incontenible. Sentirla en sus brazos, contra su cuerpo alto y poderoso, lo impactó como un potente narcótico.

—Abre la boca, demi  —susurró con voz ronca contra sus labios. La apretó con más fuerza contra sí, y añadió con un tono seductor—: vamos, cielo… hazlo, abre la boca…

Ella lo hizo al intentar hablar, y soltó un jadeo ante la explosión de sensaciones mientras Joe la volvía loca de deseo. Era la primera vez que quería pertenecer a un hombre. Su pecho musculoso estaba apretado contra sus senos, y notaba su respiración jadeante y los latidos de su corazón… o quizás eran los del suyo propio.

Al notar que él iba perdiendo el control, los recuerdos empezaron a salir a la superficie, y empezó a empujarlo para que se apartara. Él obedeció de inmediato, y la contempló claramente sorprendido mientras luchaba por recobrar el aliento.

—Sí, ya lo sé —demi_ alzó una mano, y se obligó a esbozar una sonrisa—. Has reaccionado de una forma instintiva que no puedes entender, pero yo tengo la explicación. Le pedí a la señorita Lettie que hiciera un muñeco que se pareciera a ti, y como lo froté con una foto mía, ahora te parezco irresistible.

Joe se echó a reír.

—¡Maldición!

—No suelo usar esos métodos, porque todos los hombres se sienten atraídos por mi increíble belleza —bromeó ella.

Joe respiró hondo. Era una suerte que a demi se le diera bien neutralizar situaciones potencialmente peligrosas, porque él había perdido el control. No parecía enfadada, pero como no quería asustarla, tenía que tener en cuenta lo que le había sucedido en el pasado. Era una mujer muy inocente para su edad, pero a pesar de la mala experiencia que había sufrido, era obvio que le gustaba estar con él. La idea lo excitó.

—Vaya, y yo que pensaba que era el único hombre de tu vida.

—Perdona que te lo pregunte, pero… ¿qué haces aquí?

—Eh… no lo sé —le contestó él con perplejidad.

—No creo que en tu trabajo sean buenas las pérdidas de memoria…

—¡Soy un agente de primera!

—¡Pues menos mal!

—Tengo que ir a Palo Verde para interrogar a un hombre.

Márquez había localizado a un antiguo policía de la zona que recordaba el caso de la niña asesinada dos años atrás, y que le había dicho que un vecino de la pequeña había declarado que había visto a un hombre con ella el mismo día del secuestro. Al parecer, la policía lo había tenido en cuenta, pero cuando los inspectores habían ido a hablar con él de nuevo, habían descubierto que se había marchado, y nadie había vuelto a intentar localizarlo porque se habían recibido otras muchas llamadas de gente que decía haber visto algo.

Joe quería hablar con el testigo si seguía viviendo en Palo Verde, porque a lo mejor había recordado algo más con el paso de los años. A lo mejor podría darles alguna pista que los llevara a un posible sospechoso que estuviera relacionado con los dos asesinatos. Estaba convencido de que se trataba de un asesino en serie, porque los casos eran muy parecidos.

—¿Te toca trabajar hoy? —le preguntó a demi.

—He estado en la floristería esta mañana, pero estoy libre.

—Qué suerte. ¿Quieres venir conmigo?

El rostro de demi reflejó la alegría que la embargó. Se dijo que Joe no debía de estar interesado en la sobrina de la señora Tabor, si la invitaba a salir.

—Voy a cambiarme de ropa.

—¿Qué tiene de malo lo que llevas puesto? Como ves, hoy no voy trajeado.

Demi  se había dado cuenta de lo guapo que estaba. Llevaba unos pantalones de color canela que enfatizaban sus piernas musculosas, una camisa de un tono limón pálido que delineaba los músculos de su pecho y de sus brazos, y una chaqueta ligera.

—¿No vas siempre trajeado cuando estás trabajando?

—Sólo cuando voy a arrestar a alguien y sé que la prensa va a aparecer —bromeó él—. Al FBI le gusta que demos una imagen de profesionalidad a todas horas.

—Vaya.

—Pero como no creo que tenga que arrestar al hombre al que voy a ver, puedo ir más informal.

—Voy a por mi bolso y un jersey.

Joe la esperó junto al coche, y cuando ella volvió y se pusieron en marcha, comentó:

—No he visto al gato por ninguna parte.

Demi se mordió el labio antes de contestar.

—Salió de la casa cuando yo no estaba, y lo encontré… —tragó con dificultad antes de añadir—: está muerto.

—Lo siento —le dijo él con sinceridad, ya que sabía que ella le tenía mucho cariño a su mascota—. Nuestra gata blanca ha tenido una camada. Vive en el granero, nos ayuda a mantener a raya a las ratas. Cuando los gatitos hayan crecido un poco, puedes venir a por uno.

—Gracias —demi  parpadeó para intentar contener las lágrimas.

—De nada, así tendré que alimentar una boca menos.

—¿Cómo está la señorita Turner?

—Tuvo que ir a San Antonio, su padre sufrió un ataque al corazón.

—¡Pobrecita! Es la única familia que le queda, ¿te ha llamado para decirte cómo está?

—Aún no, pero seguro que lo hace.

—¿Por qué tienes que interrogar a ese hombre?

—Creemos que pudo ver al culpable de un caso de asesinato que había quedado archivado, y puede que se acuerde de algo que nos dé una pista útil para el caso en el que estamos trabajando ahora. Si no es así, sólo tendremos las pruebas forenses para intentar localizar al asesino.

—Ese caso que había quedado archivado… es el de la niña a la que asesinaron allí, ¿verdad?

—Eres muy lista.

—Palo Verde es un sitio pequeño, sólo sale en las noticias si pasa algo muy grave. Cuando mencionaste el asesinato que estás investigando, pensé que era muy parecido al que había sucedido allí.

—Márquez ató cabos.

—¿Encontrasteis alguna prueba en la autopsia? —demi se esforzó por aparentar indiferencia.

—Muchas, incluso restos de ADN. Si logramos encontrar al culpable, no tendremos problemas para demostrar que fue él.

—Si este estado no fuera tan grande…

—Acabaremos encontrándolo tarde o temprano. ¿Has oído hablar del principio de intercambio de Locard?

—No.

—Es una teoría que sustenta la investigación forense de hoy en día. El doctor Edmond Locard era un policía francés que se dio cuenta de que los criminales dejan rastros de su presencia a su paso, y que también se llevan consigo pruebas de los lugares por los que van. Es un intercambio de fibras, pelo, y otros materiales, y analizando esas pruebas, se puede situar al criminal en la escena del crimen.

—Me encantan las series policíacas que dan por la tele, es fascinante la forma en que el más mínimo detalle puede ayudar a resolver un caso.

—Sí, a mí también me gustan, pero gran parte del trabajo policial se limita a la vigilancia, y a interrogar a los testigos y a los familiares de las víctimas. Puede ser bastante aburrido.

—A alguien que trabaja a tiempo parcial para poder ganarse la vida, le resulta muy interesante. ¿Cuánto hace que trabajas en el FBI?

—Desde que tenía veintitrés años.

—Y ahora tienes unos ochenta, así que…

—Oye, que tengo treinta y seis.

—¿Siempre te has dedicado a los homicidios?

—No. Sólo me habían asignado una vez un asesinato múltiple, cuando vivía en el este, pero durante casi toda mi carrera he trabajado en casos de crímenes violentos. Estuve seis años en el equipo de rescate de rehenes, y cuatro en el primer equipo SWAT del FBI en Washington. Después fui a Austin, y ahora estoy en la oficina de San Antonio. Dirijo un equipo que se ocupa de los crímenes violentos.

—Lo del rescate y lo del SWAT… son trabajos peligrosos, he visto cómo operan esos equipos en las películas.

—Sí, son trabajos muy peligrosos.

—Pero tú los elegiste —demi  lo miró pensativa, y al final comentó—: a ti también te pasó algo traumático, ¿verdad?

—Sí —Joe le lanzó una breve mirada, y le dijo con firmeza—: no me gusta hablar del tema.

—No estaba curioseando, pero tú me preguntaste si había hablado con alguien sobre lo que me había pasado.

—Y hablaste de ello conmigo.

—Exacto. Por eso he pensado que no te molestaría hablar de ti mismo.

Joe permaneció en silencio durante unos segundos mientras recordaba su pasado, la angustia de aquellos años. El dolor seguía desgarrándolo.

Al darse cuenta de que había metido la pata, demi  intentó pensar en algo que pudiera aligerar la tensión palpable que llenaba el ambiente.

—¿Crees en los hombres lobo? —le preguntó de repente.

—¿Qué? —dijo él con incredulidad.

—Vi una película muy realista, y me di cuenta de que conozco al menos a una persona a la que no se le ve el pelo en las noches de luna llena. Las balas normales no les hacen nada, tienen que ser de plata.

—No tengo balas de plata.

—Pues vamos a tener problemas si nos encontramos con uno —comentó ella con sequedad.

—Si ves a un hombre lobo, dímelo. Iré corriendo a casa, fundiré unas cuantas piezas de la cubertería de plata, y me pondré a hacer balas como loco.

—Trato hecho.

Joe empezó a relajarse. A pesar de que era una solterona tímida y traumatizada, era una buena compañía que hacía que olvidara el pasado, y le gustaba estar con ella.

Demi  estaba sintiendo algo parecido. Se estremeció de placer al recordar la pasión con la que la había besado antes, y se preguntó por qué no estaba casado. A lo mejor era porque le resultaba difícil mantener una relación estable.

Fueron a la comisaría de Palo Verde para hablar con Gil Mendosa, el jefe de policía. El hombre se mostró un poco avergonzado cuando Joe le dijo que Márquez había estado intentando contactar con él en vano.

—Recibimos unos correos electrónicos que escandalizaron a la señorita Tibbs. Tiene setenta años, y se ocupa del teléfono y del correo. Le dijimos que, si en el encabezado del mensaje no aparecía algo concreto relacionado con un caso, se limitara a borrarlo. Dile a Márquez que lo siento.

—Descuida. Nos interesa saber si le ocultasteis a la prensa algún detalle interesante relacionado con el asesinato de la niña —al ver que el policía miraba de reojo a demi_, añadió—: puedes hablar con confianza.

—De acuerdo. Sí, hubo un detalle que no aireamos: el asesino la estranguló con un lazo rojo.

Joe logró atrapar a demi  antes de que se desplomara.

—¡Por el amor de Dios, siéntate aquí! ¿Qué te pasa?

Demi  luchó por respirar. No podía delatarse, no podía…

—Es ese virus estomacal que está pillando todo el mundo —soltó una débil carcajada, y añadió—: ayer empecé a encontrarme mal, y me ha dado bastante fuerte. Es una forma muy drástica de perder peso.

—¿Quieres beber algo? —le preguntó el jefe de policía.

—Un martini estaría bien —comentó.

—Puedes tomar una coca-cola light —Joe fue hacia la máquina expendedora, mientras se sacaba unas monedas del bolsillo—. Si tengo suficiente suelto, claro.

—No le metas un dólar entero, se queda con el cambio —le dijo el jefe de policía.

—¿Dejáis que una máquina robe a la gente en vuestra propia comisaría? —le preguntó demi.

—Un tipo al que arrestamos el mes pasado logró hacerse con una pistola, y le pegó un tiro a la máquina. Dos meses antes, uno de los agentes golpeó a la máquina anterior con un bate de béisbol —antes de que ella pudiera preguntarle cómo era posible que alguien golpeara accidentalmente a una máquina con un bate, añadió—: no preguntes. Como comprenderéis, no podemos pedir que nos traigan otra máquina más.

—Supongo que tienes razón —le dijo demi. Cuando Joe le dio una lata de bebida, la abrió de inmediato y tomó un buen trago—.Vaya, me siento mucho mejor. Gracias.

—Tendrías que haberme dicho que no te encontrabas bien —le dijo él.

—Si lo hubiera hecho, no habrías dejado que te acompañara —al ver que él fruncía los labios y la miraba con un extraño brillo en los ojos, no pudo evitar ruborizarse.

Joe se obligó a centrarse en Mendosa, y le contó lo del testigo del que le habían hablado a Márquez.

—Se llama Sheldon, y vivía a dos casas de la víctima. Unos inspectores de homicidios de San Antonio hablaron con él; al parecer, recordaba haber visto al sospechoso.

—Nosotros también tuvimos a un testigo potencial, un tipo llamado Homer Rich, pero nuestro antiguo jefe dijo que era un chalado, y no quiso que lo interrogáramos. Vivía justo al lado de la niña, pero se fue de la zona poco después del asesinato.

—¿Era un sospechoso?

—No. Era un tipo atractivo que se ganaba bien la vida, aunque no sé a qué se dedicaba exactamente. Tenía novia, pero nadie la conocía. No lo consideramos sospechoso; de hecho, participó en la búsqueda cuando la familia se dio cuenta de que la niña había desaparecido, y hasta imprimió folletos con la foto de la pequeña.

Joe se limitó a tomar notas sin hacer ningún comentario, pero sabía que a veces los culpables participaban en las búsquedas e incluso hablaban con la policía sobre el progreso de la investigación. No se lo mencionó a Mendosa porque no quería incomodarlo, el hombre intentaba hacerlo lo mejor posible con los pocos recursos que tenía a su alcance.

—¿Sabes adonde fue Rich?

—No, era un tipo poco sociable —le dijo el policía—. Podríais preguntarle a Ed Reems, era su casero —después de anotar la dirección, le dio la hoja a Joe y añadió—: a Ed le encanta hablar, te dirá todo lo que sepa.

—Gracias.

—De nada. Si necesitas algo, llámame, todos estamos en el mismo equipo cuando se trata de un crimen. Me encantaría resolver aquel caso, no he podido olvidar lo que le pasó a aquella pobre niña. Un agente que trabaja a tiempo parcial y yo nos ocupamos de todo aquí, tenemos que pedirle ayuda al sheriff del condado si surge algún asunto especialmente grave. No tenemos los recursos necesarios para llevar a cabo una investigación adecuada. Espero que atrapéis a ese tipo.

—Todos estamos deseándolo —le dijo Joe—. Los asesinos de menores no le dan pena a nadie, tendrían que estar todos entre rejas.

—Amén. Si necesitas ayuda, llámame.

—Lo haré, gracias.

Demi  apuró su bebida justo cuando llegaron a una calle poco transitada situada a las afueras de Palo Verde. Joe aparcó delante de un remolque bastante destartalado, y le dijo:

—Quédate aquí, tardaré poco.

Ella lo siguió con la mirada mientras se dirigía hacia el remolque. Lo vio llamar a la puerta, que se abrió al cabo de unos segundos. Él mostró sus credenciales, y entró en la vivienda.

Demi se preguntó si el casero iba a poder ayudarlo. No había podido controlar su reacción cuando el policía había mencionado el lazo rojo, y tenía miedo de que Joe sospechara algo. No quería que él supiera por qué se había sentido tan afectada… era demasiado pronto.

Al cabo de cinco minutos, lo vio salir con expresión seria.

—¿No estaba en casa? —le preguntó, cuando entró en el coche.

—Sí. Me ha dicho que Rich no le dijo adonde se iba, y que no se llevó de la casa ni el mobiliario ni los electrodomésticos que había comprado. Está claro que tenía mucha prisa por largarse de aquí.

Demi se mordió el labio, y dio voz a lo que ambos estaban pensando.

—Es posible que no fuera un simple testigo… ¿crees que puede ser el asesino?

—Exacto —Joe arrancó el coche—.Voy a dejarte en comisaría, quiero ir a preguntar a algunas casas.

—¿No puedo ayudarte?

—No tienes credenciales —le dijo él, con una sonrisa amable—. Le pediré a Mendosa que me eche una mano. Con un poco de suerte, puede que encontremos algo.

Cuatro horas más tarde, aún no habían encontrado a ningún posible testigo.

—Me gustaría enviar a un equipo forense a la casa donde vivía Rich, puede que allí haya algo —le dijo Joe a Mendosa—. Se pueden encontrar restos de sangre, aunque hayan limpiado con desinfectante y con lejía.

—Hablaré con el casero, y con los inquilinos actuales. ¿Te va bien esta misma semana?

—Perfecto. Te agradezco tu ayuda.

—Lo mismo digo. A nadie le gusta que un criminal se escape.

—Por supuesto.

A demi  la fascinó el hecho de que un criminal no pudiera borrar por completo las manchas de sangre, y en el camino de regreso no dejó de preguntarle sobre los patrones de las salpicaduras de sangre, los protocolos que se seguían en la escena de un crimen, y lo que el laboratorio del FBI podía hacer con un simple cabello humano.

—Parece sacado de Star Trek —comentó, asombrada.

Joe soltó una carcajada.

—Sí, es verdad. Nuestras herramientas de última generación nos ayudan muchísimo a la hora de resolver un crimen.

—Si no fuera por lo sangriento que es, me parece que me gustaría ser policía.

 

Joe no pudo imaginársela en la escena de un crimen, aunque por otro lado, había ahuyentado a un coyote armada con una rama. Estaba claro que tenía agallas, y la admiraba por ello, pero se preguntaba qué secretos escondía.

—Gracias por invitarme a que te acompañara —le dijo, cuando Joe se detuvo frente a su casa—. Lo he pasado muy bien.

—Yo también. Eres una compañía muy agradable —comentó él, mientras la acompañaba hasta la puerta.

—Como la señorita Turner está fuera, vas a tener que prepararte la cena tú mismo —tras un instante, añadió—: puedes venir a cenar aquí si quieres, tengo carne y patatas.

Joe vaciló por un segundo. Tenía hambre, y no le apetecía intentar cocinar.

—Debes de estar cansada —comentó.

—Qué va. Además, me encanta cocinar.

—Vale, ¿a qué hora? —le preguntó él, con una sonrisa.

—¿A las siete?

—Aquí estaré.

Cuando se fue, demi  se apresuró a entrar para empezar a preparar la cena. Se sentía como una niña esperando un regalo. Nunca había disfrutado de la compañía de un hombre… era un buen comienzo.

Permanecieron sentados en la cocina durante mucho rato después de cenar, hablando de un montón de cosas, y se dieron cuenta de que estaban de acuerdo en muchos temas; de hecho, tenían ideas parecidas en política y en religión, que se decía que eran las dos cuestiones más controvertidas del mundo.

—El café está muy bueno —comentó él, cuando apuró una segunda taza.

—Es descafeinado.

—Da igual —Joe le echó un vistazo a su reloj, y comentó—: lo siento, pero tengo que irme. Mañana tengo que ir muy temprano a recoger a un agente al aeropuerto, va a hacer una inspección de varios días en la oficina.

—¿Una inspección?

Joe esbozó una sonrisa.

—Así se aseguran de que somos eficientes.

—Si quieres, te escribo una recomendación —le dijo ella, en tono de broma.

—Me temo que con eso no bastaría —cuando salieron al porche, alzó la vista hacia el cielo—. La luna tiene un halo, así que me parece que va a llover.

—Eres un tipo de ciudad, ¿cómo sabes esas cosas?

Él la miró sonriente, y comentó:

—Me crié en un rancho, en el oeste de Texas. Había un vaquero de unos ochenta años que había trabajado con los rangers, y que podía predecir el tiempo que iba a hacer. Solía pasarme horas escuchando sus historias de cómo había atrapado a un montón de atracadores de bancos. Supongo que por eso me hice agente de la ley. Tal y como él lo contaba, parecía que era una causa sagrada, y en ciertos aspectos, supongo que es así. Somos la voz de las víctimas que ya no pueden hablar.

—¿Crees que vas a atrapar a ese asesino? —le preguntó ella con voz suave.

—Espero que sí —Joe se le acercó un poco más antes de añadir—: no es ningún principiante y está claro que es bastante listo, pero dejó pruebas que van a condenarlo si logramos encontrarlo.

—Mi abuelo decía que la mayoría de los criminales son idiotas. Me contó que una vez arrestó a un tipo que dejó su tarjeta de visita en el bolsillo del hombre al que acababa de asesinar, y que un atracador se equivocó de puerta al salir de un banco, tropezó con un perro, y se quedó inconsciente al golpear contra el suelo.

Joe se echó a reír.

—Nosotros también tenemos casos así, pero hay criminales que no son tan fáciles de atrapar.

—Lo conseguirás —le dijo ella, con una fe ciega.

Joe se acercó aún más, la tomó de los brazos, y la apretó contra su cuerpo.

—Eres buena para mi ego, demi… pero me parece que yo no soy demasiado bueno para ti.

Ella le rozó con los dedos uno de los botones de la chaqueta sin mirarlo a los ojos, y le dijo con voz queda:

—Quieres decir que no quieres nada permanente, ¿verdad? No pasa nada, a mí tampoco me interesa.

—Algún día querrás tener hijos…

Ella inhaló con fuerza, y admitió:

—No… no puedo.

—¿Qué?

Le dolía decirlo, pero ya casi eran amigos, y Joe tenía que saberlo por si acababan teniendo una relación. Se obligó a mirarlo a los ojos, y le dijo:

—Tuve un… accidente a los doce años. Sufrí varios cortes, sobre todo en el vientre, así que no puedo tener hijos.

Joe lo sintió muchísimo por ella, porque estaba seguro de que demi  habría querido tener una familia si se hubiera casado. Sintió un tremendo vacío en su interior al pensar en ello, pero no alcanzó a entender por qué.

—Lo siento —le dijo.

—Sí, yo también, porque me encantan los niños —lo miró con expresión penetrante antes de añadir—: tú puedes tenerlos, si llegas a casarte algún día.

—No voy a casarme —le dijo él con voz cortante.

Demi  estaba convencida de que le había pasado algo horrible, algo de lo que se negaba a hablar. Los dos tenían secretos, pero estaba segura de que los suyos eran más terribles que los de Joe.(de hecho si Joe se puede largar a freir esparragos ¬¬ Lo odio)

—Lo tendré en cuenta —le dijo. Para intentar aligerar un poco el ambiente, comentó—: pero tú estás al final de mi lista de posibles maridos, al final de todo.

Él enarcó una ceja, y contestó:

—Por mí, perfecto.

—Puedo conseguir al hombre que quiera, me enteré gracias a la tele. Hay un perfume nuevo que hace que los hombres se tiren en paracaídas con ramos de rosas y anillos de diamantes, sólo tengo que ponerme unas gotas detrás de las orejas.

—¿Y qué pasa si atrapas al hombre equivocado?

—Eso es imposible, el tipo del anuncio es guapísimo.

—No te tocará el tipo que sale por la tele.

—¿Cómo lo sabes? A lo mejor hacen un concurso, y lo ofrecen como premio —demi  soltó una carcajada—. ¿No te sientes decepcionado?

—No. No quiero que un hombre me regale rosas y anillos.

Ella se echó a reír.

—¡Lo digo por lo de estar al final de mi lista!

Joe frunció los labios, se le acercó un poco más, y murmuró mientras se inclinaba hacia ella:

—Cielo, si quisiera ser el primero de tu lista, no necesitaría rosas para convencerte —le colocó una mano en la nuca, y fue acercándola más y más—. Sólo necesitaría esto —susurró, antes de besarla.

 

1 comentario:

  1. porfavor síguela síguela please please te lo pido de todo corazón no tardes mucho me quede en shock que va a pasar esa noche?? que le va a decir Joe a Demi ahhhhh síguela y cuando la termines me mandas mensaj vale, please please please vere como seguite hahahahahahahaha saludos desde Los Angeles

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