Atracción
Capitulo 1 :
La vieja propiedad de los Jacob estaba en bastante mal
estado, porque el último propietario había sido muy descuidado. En el despacho
había una gotera, y quedaba justo encima del condenado ordenador.
Joe Grier la contempló con exasperación desde la puerta.
Llevaba un elegante traje gris, porque acababa de llegar a Jacobsville desde
Washington D.C., donde había asistido a un curso de investigación de homicidios
en Quantico. Era su nueva especialidad dentro del FBI. Trabajaba en la oficina
de San Antonio, pero recientemente había dejado el apartamento en el que vivía
allí y se había trasladado a aquel enorme rancho de Jacobsville.
Su hermano Cash era el jefe de policía de la población.
Habían estado distanciados durante un tiempo, porque Cash había repudiado a su
familia cuando su padre se había vuelto a casar días después de que su madre
muriera a causa de un cáncer, pero la situación se había arreglado. Cash estaba
felizmente casado con Tippy Moore, una modelo y actriz afamada a la que se
conocía con el apodo de «la luciérnaga de Georgia», y acababan de tener una
hija.
Para Cash, la pequeña era como las joyas de la corona, pero
a Joe le parecía más una pequeña ciruela pasa enrojecida que no dejaba de mover
los puños. Aunque la verdad era que con el paso de los días iba haciéndose más
bonita. Le encantaban los niños, a pesar de que no lo parecía. Tenía un
carácter directo y brusco, apenas sonreía, y solía mostrarse reservado y seco
incluso con las mujeres… sobre todo con ellas. Se le había roto el corazón
cuando el amor de su vida había muerto de cáncer, y estaba resignado a
permanecer solo durante el resto de su vida. Era lo mejor, porque no tenía nada
que ofrecerle a una mujer. Tenía treinta y seis años, y vivía por y para su
trabajo. Aunque lo cierto era que le habría gustado tener hijos… sí, habría
estado bien tener un crío, pero no estaba dispuesto a arriesgar el corazón.
La señorita Jane Turner, el ama de llaves a la que había
contratado, entró en el despacho tras él y lo miró con resignación.
—No pueden venir a arreglar la gotera hasta la semana que
viene, señor Joe —le dijo, con un marcado acento texano—. Será mejor que
pongamos un cubo por ahora, si no quiere subir usted mismo al tejado con un
martillo y unos clavos.
—No tengo por costumbre subir a tejados —le contestó, sin
inflexión alguna en la voz.
Ella recorrió su elegante traje gris con la mirada, y
murmuró:
—No me extraña —sin más, dio media vuelta para marcharse.
Joe la miró con sorpresa. Aquella mujer parecía pensar que
siempre iba trajeado, pero se había criado en un rancho del oeste de Texas.
Podía montar cualquier ******* con cuatro patas y en su adolescencia había
ganado varios rodeos. Aunque en ese momento sabía más de armas y de investigaciones
que de rodeos, era más que capaz de dirigir un rancho; de hecho, había empezado
a criar ganado, Angus negros de pura raza, y pensaba ser un duro competidor
para sus hermanos y su padre en las ferias de ganado. Había planeado criar
sementales capaces de ganar cualquier competición, pero para eso tenía que
conseguir que los vaqueros accedieran a trabajar para un recién llegado. Las
poblaciones pequeñas parecían blindarse contra los forasteros, y la mayoría de
los menos de dos mil habitantes de Jacobsville parecían contemplarlo con
suspicacia a través del visillo de las ventanas cuando iba al pueblo. Por el
momento estaban observándolo, tomándole la medida y manteniendo las distancias.
Los habitantes de Jacobsville formaban una enorme familia de casi dos mil
personas, y eran muy cuidadosos a la hora de admitir nuevos miembros.
Le echó un vistazo al reloj. Iba a llegar tarde a la reunión
a la que tenía que asistir en la oficina del FBI en San Antonio, pero su vuelo
de la noche anterior había sufrido un retraso en Washington por causas de
seguridad, y no había llegado a San Antonio hasta primera hora de la mañana.
Desde allí había ido en coche hasta Jacobsville, y apenas había dormido.
Salió al amplio porche delantero, donde había un balancín
blanco y varios muebles nuevos de mimbre con cojines, también blancos. Estaban
a finales de febrero, y el ama de llaves le había dicho que tenía que haber un
lugar adecuado en el que las visitas pudieran sentarse y pasar el rato. Cuando
él le había contestado que no esperaba tener ninguna visita, ella se había
limitado a soltar un bufido burlón y había encargado los muebles de todas
formas; al parecer, era toda una autoridad en la zona, y sin duda iba a
intentar imponerle sus criterios a él también. Cuando le había dejado claro lo
que pasaría si se atrevía a chismorrear sobre su vida personal, ella se había
limitado a mirarlo con una sonrisa que ya había empezado a aborrecer. Si
hubiera podido conseguir a otra empleada que fuera tan buena cocinera…
Alzó la mirada al oír el motor de un coche, y vio un viejo
cacharro negro de marca desconocida avanzando a duras penas y petardeando humo.
Era el vehículo de su vecina, cuya casa de listones blancos ribeteada en verde
era apenas visible a través de los pecanes y los mezquites que separaban ambas
propiedades. Se llamaba Demi Carver, y
cuidaba de su abuela, que estaba enferma del corazón. Era una mujer bastante
anodina, llevaba el pelo rubio recogido en una coleta, casi siempre vestía
vaqueros y sudadera, y solía mostrarse muy tímida cuando coincidían; de hecho,
parecía tenerle miedo. A lo mejor su reputación había llegado a oídos de la
gente de la zona.
Se habían conocido cuando el viejo pastor alemán de demi se había escapado y había entrado en sus
tierras. Ella había ido a buscarlo, y se había disculpado una y otra vez. Tenía
los ojos grises, el rostro oval, y sus únicos rasgos destacables eran su boca y
su tez perfecta. Se había limitado a presentarse y a pedirle disculpas sin
acercarse lo bastante para estrecharle la mano, y se había largado casi de
inmediato llevando casi a rastras a su perro.
No la había vuelto a ver, pero hacía más o menos una semana
que la señorita Jane le había dicho que el animal había muerto, y que de todas
formas a la abuela de demi , la señora Collier, no le gustaban los perros.
Cuando él había comentado que la señorita Carver parecía
bastante nerviosa al hablar con él, el ama de llaves había contestado
crípticamente que demi era «peculiar»
con los hombres y que no salía demasiado, pero no había entrado en detalles y
él no le había preguntado nada más al respecto, ya que no estaba interesado. De
vez en cuando disfrutaba de alguna velada con una mujer atractiva,
preferiblemente alguien moderno y culto, pero las mujeres como la señorita
Carver nunca le habían interesado.
Después de echarle un vistazo a su reloj, cerró la puerta
principal y fue hacia el coche oficial al que tenía derecho por trabajar en el
FBI. Llevaba allí el equipo y los accesorios de trabajo, a pesar de que en el
garaje tenía un Jaguar negro nuevo y un imponente Ford Expedition, porque era
el coche con el que iba a trabajar. Aunque tardaba unos veinte minutos en
llegar a San Antonio, se había cansado de vivir en un apartamento. A pesar de
que era una mujer áspera, la señorita Turner era muy buena cocinera y se
ocupaba de la casa sin martirizarlo con un parloteo incesante, así que se
consideraba afortunado.
Se puso en marcha, y miró con curiosidad hacia el coche de demi;
seguramente, ni siquiera se había dado cuenta de que aquel trasto tenía algún
problema mecánico. De vez en cuando, la veía cuidando sus rosales. Eso era algo
que tenían en común, porque a él le encantaban las rosas, y había plantado
diversas variedades durante su corto matrimonio. En el rancho tenía espacio más
que de sobra para disfrutar de aquel pasatiempo, pero casi ningún rosal
florecería en febrero.
La oficina era un hervidero de actividad, y encontró a un
inspector de homicidios de San Antonio esperándolo en su despacho.
—Ni siquiera he tenido tiempo de presentar mi informe al
agente especial al mando, ¿qué demonios quiere? —le dijo en voz baja a la
secretaria que compartía con otro agente.
El inspector de homicidios estaba de pie junto a la ventana,
con las manos en los bolsillos. Era un tipo alto, su pelo negro estaba recogido
en una coleta aún más larga que la de su hermano Cash, y a juzgar por su
aspecto, debía de ser una especie de rebelde.
—Algo relacionado con un caso en el que está trabajando,
tiene que ver con el secuestro de una niña —le contestó ella.
—Yo no me ocupo de secuestros, a menos que acaben en
asesinato.
—Trabajo aquí, sé a qué te dedicas.
—No te hagas la listilla.
—Y tú no te pongas borde. Ganaría veinte dólares por hora si
fuera fontanera.
—Joceline, ni siquiera sabes ponerle una arandela a un grifo
—le contestó él con paciencia—. ¿No te acuerdas de lo que pasó cuando
intentaste arreglar el del lavabo de mujeres?
Ella se apartó un mechón de pelo oscuro de la cara, y
comentó con altivez:
—Había que secar el suelo de todas formas. Si quieres saber
lo que quiere el inspector Márquez, ¿por qué no se lo preguntas tú mismo?
—Vale. ¿Qué me dices de una taza de café? —le dijo con
irritación.
—Ya me he tomado una, gracias —le contestó ella, con una
sonrisa.
—No soporto a las mujeres liberadas.
—¿Es que no puedes prepararte un poco de café tú solito?
—Ya hablaremos cuando vengas a pedirme un aumento de sueldo.
—Pues ya hablaremos cuando necesites que te pasen a limpio
algún informe.
Joe entró en su despacho sin dejar de mascullar
imprecaciones en voz baja, aunque Joceline no dio muestra alguna de oírlo.
El inspector se volvió al oírlo entrar. Tenía los ojos
negros, un tono de piel oliváceo, y parecía preocupado.
—Hola, soy Márquez —le dijo, mientras se daban la mano—.
Supongo que tú eres el agente especial Grier, ¿no?
—Si no lo fuera, no tendría que ocuparme de todo el papeleo
que hay encima de ese escritorio —le contestó Joe con sequedad—. Siéntate, ¿te
apetece un café? Aunque tendremos que ir a buscarlo nosotros mismos, claro…
¡porque mi secretaria es una mujer liberada! —añadió en voz alta, cuando
Joceline pasó junto a la puerta.
—El ordenador está a punto de borrar la carta de seis
páginas que le has escrito al fiscal general sobre tu propuesta para una nueva
legislación —le contestó ella—. Es una pena, no sé si tienes alguna copia de
seguridad…
—¡Si llegas a casarte, yo mismo te entregaré encantado!
—Si llego a casarme, seré yo quien te entregue a ti.
Joe se sentó tras su escritorio, y comentó:
—Debe de ser hermana de mi ama de llaves. Aunque fui yo
quien las contrató, no dejan de darme órdenes.
Márquez esbozó una sonrisa y le dijo:
—Tengo entendido que diriges un equipo que se ocupa de
crímenes violentos contra niños.
Joe se puso serio de inmediato y se reclinó en su silla.
—Técnicamente, dirijo un equipo que se ocupa de crímenes
violentos, incluso de asesinatos en serie. Pero nunca me he ocupado del
asesinato de un menor.
—Entonces, ¿quién se ocupa de esos casos?
—El agente especial Trent Jones era nuestro especialista en
ese tema, pero acaban de transferirlo a Quantico para que se ocupe de un caso
de altos vuelos, y aún no hemos tenido tiempo de reemplazarlo —Joe frunció el
ceño y añadió—: pero Joceline me ha dicho que has venido por una desaparición.
—Empezó siendo una desaparición, pero se ha convertido en un
homicidio. Era una niña de diez años. Hemos investigado a todo su entorno,
incluyendo a sus padres, pero como no hemos encontrado a ningún posible
sospechoso, creemos que pudo ser un desconocido.
Se trataba de un tema muy serio y, por desgracia, no era
algo fuera de lo común. Había habido varios casos por todo el país de niños
asesinados por delincuentes que ya habían sido condenados por crímenes
sexuales.
—¿Tenéis alguna pista?
—No, encontramos el cuerpo ayer. He venido porque he
encontrado un caso parecido, y creo que podría tratarse de un crimen en serie.
—¿Cuándo la secuestraron?
—Hace tres días.
—¿Alguna huella?
—No. Los criminólogos inspeccionaron la habitación de la
niña a conciencia, pero no encontraron nada.
—¿Se la llevó de su propia habitación? —le preguntó Joe,
sorprendido.
—En medio de la noche, y nadie oyó nada.
—¿Huellas de pies, o de ruedas…?
—Nada. O es un tipo con mucha suerte, o…
—O no es la primera vez que hace algo así —dijo Joe.
Márquez respiró hondo.
—Exacto, pero mi teniente no cree que ése sea el caso; según
él, un pedófilo se la llevó y la asesinó, pero yo le recordé que es la segunda
vez en dos años que tenemos un caso en el que secuestran a la víctima en su
propia habitación. El último fue en Palo Verde, y asesinaron a la niña de forma
parecida. Encontré la información en el VICAP, nuestro programa de aprehensión
de criminales peligrosos, pero el teniente me dijo que estaba perdiendo el
tiempo.
—¿Comprobaste si había datos de otros homicidios infantiles?
—Sí, y encontré dos en Oklahoma de hace ocho años.
Sucedieron con un año de diferencia, y secuestraron a las niñas de sus casas a
plena luz del día. Cuando le enseñé la información al teniente, me dijo que era
pura coincidencia, y que la única similitud era que las niñas habían sido
estranguladas y apuñaladas.
—¿Cuántos años tenían las víctimas?
Márquez se sacó una Blackberry del bolsillo.
—Entre diez y doce años. Las violaron, las estrangularon y
las apuñalaron.
—Dios… ¿qué clase de animal sería capaz de hacerle algo así
a una cría?
—Una verdadera alimaña. Creía que en los casos del VICAP que
concordaban con este homicidio aparecería un lazo rojo, pero no ha habido
suerte.
Cuando Márquez se sacó una bolsa para pruebas del bolsillo y
se la dio, Joe la abrió y miró lo que había dentro.
—¿Un lazo rojo de seda?
—Es el arma del crimen. Los primeros agentes que lleJoe al
lugar pertenecían a la policía de San Antonio, y lo encontraron alrededor del
cuello de la niña. El cuerpo apareció ayer, detrás de una pequeña iglesia que
hay al norte, y lo trajimos hasta aquí para el examen forense. No hemos
informado a la prensa sobre lo del lazo.
Todos los inspectores de homicidios intentaban mantener en
secreto una o dos pruebas, para poder sacar información a sospechosos que
podían estar mintiendo sobre su implicación en un crimen. Siempre salía algún
chalado que se confesaba culpable por razones que sólo la psiquiatría podía
explicar.
Joe rozó el lazo y comentó:
—A lo mejor el tipo tiene alguna clase de fantasía.
Había asistido a seminarios del Departamento de Ciencias del
Comportamiento del FBI, y había visto cómo trabajaban los criminólogos.
El modus operandi era el método que se utilizaba para perpetrar el
crimen, y la firma era un detalle que relacionaba a las víctimas de un asesino
en serie, algo que tenía importancia para el criminal en cuestión y que no
cambiaba. Algunos dejaban a sus víctimas con alguna pose obscena, otros las
marcaban de algún modo, pero muchos de ellos dejaban algo que los identificaba.
—¿Has comprobado en la base de datos si se han encontrado
lazos parecidos en otros casos?
—Fue lo primero que hice, pero nada. Si se ha encontrado
alguno, a lo mejor lo han pasado por alto o no lo han incluido en el archivo.
He intentado ponerme en contacto con la policía de Palo Verde, que fue donde
tuvo lugar el último homicidio, pero es una jurisdicción muy pequeña y no
contestan ni a las llamadas telefónicas ni a los correos electrónicos.
—Buena idea. ¿Qué quieres de nosotros?
—Un perfil estaría bien para empezar. A mi teniente no va a
hacerle ninguna gracia, pero hablaré con el capitán para pedirle que os pida
ayuda de manera formal. Fue él quien me sugirió lo del perfil.
—Avisaré a uno de los ayudantes del agente especial al mando,
para que esté al tanto de la situación.
—¿A uno de los ayudantes?
—Nuestro agente especial al mando está en Washington,
intentando conseguir los fondos para un nuevo proyecto que queremos poner en
marcha. Se trata de una colaboración con los institutos de la zona, para
concienciar a los chicos sobre los efectos nocivos de las drogas.
—Pues va a tener que pedirle dinero a alguien que tenga más
que el gobierno —comentó Márquez con sequedad—. A nivel local, nuestro
presupuesto es mínimo. Tuve que pagar yo mismo una cámara digital para poder
tomar fotos en la escena del crimen.
—Sé cómo te sientes —le dijo Joe, con una carcajada.
—¿Es verdad que muchos casos no aparecen en el VICAP?
—Sí. Los formularios son más cortos que antes, pero se tarda
una hora en rellenarlos y a algunos departamentos de policía les falta tiempo.
Si encuentras otro caso en el que aparezca un lazo rojo, puede que consiga
convencer a tu teniente de que se trata de un asesino en serie… antes de que
vuelva a matar.
—¿Podréis cedernos un agente, si formamos un equipo para
cazar a ese tipo?
—Yo estoy disponible. El resto de mi equipo está intentando
atrapar a una banda que asalta bancos con armas automáticas. No soy
imprescindible, mi ayudante puede encargarse de dirigir la operación en mi
ausencia. He trabajado en casos de asesinatos en serie, y conozco a varios
agentes de la Unidad de Ciencias del Comportamiento que podrían ayudarnos.
Estaré encantado de trabajar con vosotros.
—Gracias.
—De nada. Todos estamos en el mismo equipo.
—¿Tienes tarjeta?
Joe se sacó de la cartera una sencilla tarjeta blanca con
letras negras y le dijo:
—Aquí tienes mi número de teléfono, y también mi móvil y mi
dirección de correo electrónico.
—¿Vives en Jacobsville? —le preguntó Márquez, después de
echarle un vistazo a la tarjeta.
—Sí, he comprado un rancho —Joe soltó una carcajada—. Se
supone que no tenemos que involucrarnos en ningún negocio fuera del trabajo,
pero moví algunos hilos. Vivo en el rancho, y como el capataz se ocupa del día
a día, no tengo problemas.
—Yo nací en Jacobsville —le dijo Márquez, con una sonrisa—.
Mi madre aún vive allí, tiene una cafetería.
En el pueblo sólo había una cafetería, y Joe había comido
allí varias veces.
—¿Te refieres a la Cafetería de Bárbara?
—Exacto.
Joe frunció el ceño. No quería ser maleducado, pero Bárbara
era rubia.
—Estás pensando en que es extraño que tenga una madre rubia,
¿verdad? —le dijo Márquez, sonriente—. Mis padres tenían una pequeña casa de
empeño en el pueblo, y murieron en un intento de robo. Bárbara no se había
casado, y estaba sola. Mis padres solían enviarme a comprar comida a su
cafetería, y ella me adoptó después del funeral. Es una señora de armas tomar.
—Eso he oído.
Márquez le echó un vistazo a su reloj.
—Tengo que irme, te llamaré cuando hable con el capitán.
—Será mejor que me mandes un correo electrónico. Hoy me esperan
un montón de reuniones, tengo que ponerme al día.
—De acuerdo. Hasta pronto.
—Adiós.
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Espero que les haya gustado el capitulo 1 , es un poco aburrido pero poco a poco sera mejor .

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