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sábado, 1 de febrero de 2014

9 months ♥ ♥ - Capitulo 1 - jemi en español



9 months

Capitulo 1:

El lu­joso Fer­rari des­perta­ba mi­radas de cu­riosi­dad en el tran­qui­lo pueblecito in­glés de Lit­tle Molt­ing, pero para la pro­fe­so­ra demi lovato só­lo sig­nifi­ca­ba una cosa: Joseph Jonas había vuel­to a su vi­da. Cu­atro años antes, con el ramo de novia en la mano, demi supo que su guapísi­mo prometi­do griego no iba a re­unirse con el­la en el al­tar. Aho­ra él había vuel­to para exi­gir lo que era suyo.

-¡ME DA IGUAL que es­té en medio de una con­fer­en­cia, es­to es ur­gente! Joseph lev­an­tó la mi­ra­da cuan­do Dim­itri, el di­rec­tor ju­rídi­co de la naviera Jonas,en­tró en su despa­cho con un mon­tón de pa­pe­les en la mano y el ros­tro de col­or es­car­la­ta



—Ten­go que col­gar —Joseph in­ter­rumpió la con­fer­en­cia con su equipo en Nue­va York y Lon­dres—. Co­mo no te he vis­to cor­rer en los diez años que ll­evas tra­ba- jan­do para mí, imag­ino que traes malas noti­cias. ¿Se ha hun­di­do un car­guero?

—Rápi­do, conéc­tate a In­ter­net —el nor­mal­mente tran­qui­lo Dim­itri recor­rió el es­pa­cio que los sep­ara­ba en dos zan­cadas, chocó con­tra el es­crito­rio y tiró los pa­pe­les por el sue­lo.

—Ya es­toy conec­ta­do —in­tri­ga­do, Joe miró la pan­talla—. ¿Qué se supone que de­bo bus­car?

—Ve a
eBay —le pidió Dim­itri, con voz es­tran­gu­la­da—. Aho­ra mis­mo. Ten­emos tres min­utos para ofertar. Joe no perdió el tiem­po di­cien­do que hac­er ofertas por In­ter­net no solía for­mar parte de su jor­na­da de tra­ba­jo. En lu­gar de eso, ac­cedió a la pági­na y miró a su abo­ga­do con ex­pre­sión in­ter­ro­gante.

—Es­cribe «dia­mantes»... grandes dia­mantes blan­cos. Joe tu­vo una pre­moni­ción. Pero no, no podía ser. No podía haber­lo he­cho. Pero cuan­do la pági­na de
eBay apare­ció en la pan­talla mas­cul­ló una maldición en griego mien­tras Dim­itri se de­ja­ba caer so­bre una sil­la.

—¿Me he vuel­to lo­co o el dia­mante Jonas es­tá sien­do ven­di­do en eBay? Alekos as­in­tió con la cabeza. Ver ese anil­lo lo hacía pen­sar en el­la y pen­sar en el­la de­sa­ta­ba una reac­ción en ca­de­na que lo sor­prendió por su in­ten­si­dad. In­clu­so de­spués de tan­tos años de ausen­cia, demi podía hac­er­le eso, pen­só.

-Es el dia­mante Jonas, sí. ¿Se­guro que es el­la quien lo vende?

-Eso parece. Si hu­biera es­ta­do antes en el mer­ca­do nos lo habrían no­ti­fi­ca­do. Ten­go un equipo de gente in­ves­ti­gan­do aho­ra mis­mo, pero la oferta ya ha lle­ga­do al mil­lón de dólares. ¿Por qué
eBay? —in­clinán­dose, Dmitri re­unió los pa­pe­les que había de­ja­do caer al sue­lo—. ¿Por qué no Christie's o Sothe­by's o al­gu­na de las famosas casas de sub­as­tas? Es una de­cisión muy ex­traña.

-No es ex­traña —con la mi­ra­da fi­ja en la pan­talla, Joe son­rió—. Es jus­to lo que haría el­la. Demi nun­ca iría a Christie' s o Sothe­by's. Que fuese una per­sona tan nor­mal era al­go que siem­pre le había pare­ci­do en­can­ta­dor. No era pre­ten­ciosa, un atrib­uto raro en el mun­do fal­so en el que vivía.

—Bueno, da igual —Dim­itri tiró de su cor­ba­ta co­mo si lo es­tu­viera es­tran­gu­lan­do—. Si la oferta ha lle­ga­do al mil­lón de dólares hay muchas posi­bil­idades de que al­guien sepa que se tra­ta del dia­mante Jonas. ¡Ten­emos que de­ten­er­la! ¿Por qué lo hace? ¿Por qué no lo hi­zo hace cu­atro años? En­tonces tenía ra­zones para odi­arte. Joe se echó ha­cia atrás en el sil­lón, con­sideran­do la pre­gun­ta. Y cuan­do habló, lo hi­zo en voz ba­ja: —Ha vis­to las fo­tografías.

—¿De Mar­ian­na y tú ,en el baile bené­fi­co? ¿Crees que habrá oí­do ru­mores de que vues­tra relación es se­ria? Joe miró la pan­talla.

—Sí.

El anil­lo lo decía to­do. Su pres­en­cia en la pan­talla decía: «es­to es lo que pien­so de lo que hubo en­tre nosotros». Era el equiv­alente a tirar el dia­mante al río, pero mu­cho más efec­ti­vo. Es­ta­ba vendién­do­lo al mejor pos­tor de la man­era más públi­ca posi­ble y el men­saje era claro: «este anil­lo no sig­nifi­ca na­da para mí». «Nues­tra relación no sig­nifi­ca na­da». Es­ta­ba fu­riosa. Joe se lev­an­tó abrup­ta­mente, pen­san­do que eso de­ja­ba claro que había he­cho lo que de­bía. Mar­ian­na Kon­stantin jamás haría al­go tan vul­gar co­mo vender un anil­lo en
eBay. Era de­masi­ado disc­re­ta y ed­uca­da co­mo para eso. Siem­pre im­peca­ble, era una chi­ca callada y disc­re­ta. Y, so­bre to­do, no quería casarse. Luego volvió a mi­rar el anil­lo en la pan­talla, imag­inan­do la emo­ción que había de­trás de esa ven­ta. No había na­da con­tenido. La mu­jer que vendía el anil­lo en­tre­ga­ba li­bre­mente sus emo­ciones. Recor­dan­do lo «li­bre­mente» que lo hacía, Joe tu­vo que apre­tar los labios. Sería bueno, pen­só, romper ese úl­ti­mo la­zo en­tre el­los. Y aquél era el mo­men­to.



—Oferta por él, Dim­itri. Su abo­ga­do lo miró con cara de sor­pre­sa. -¿Ofertar? ¿Có­mo? Hace fal­ta ten­er una cuen­ta en
eBay y no hay tiem­po para eso.

-Nece­si­ta­mos un uni­ver­si­tario —Joe pul­só el botón del in­ter­co­mu­ni­cador—. Dile a Eleni que ven­ga aho­ra mis­mo. De in­medi­ato, sin perder un min­uto. Un­os se­gun­dos de­spués, la sec­re­taria más joven del equipo apare­ció en el despa­cho.

-¿Quería hablar con­mi­go, señor Jonas?

—¿Tienes una cuen­ta en eBay? Sor­pren­di­da por la pre­gun­ta, la chi­ca tragó sali­va.

-Pues sí... -Nece­si­to que ofertes por al­go —sin de­jar de mi­rar la pan­talla, Joe le hi­zo un gesto para que se ac­er­case. Dos min­utos, tenía dos min­utos para ofertar por el dia­mante, para re­cu­per­ar al­go que nun­ca de­bería haber de­ja­do de ser suyo—. En­tra en tu cuen­ta y haz lo que ten­gas que hac­er para ofertar.

—Aho­ra mis­mo —nerviosa, la chi­ca se sen­tó en el sil­lón y es­cribió su con­traseña. Pero le tem­bla­ban las manos de tal mo­do que la es­cribió mal y tu­vo que volver a hac­er­lo.

—Tó­mate tu tiem­po, tran­quila —Joseph miró a Dim­itri, que parecía a pun­to de sufrir un in­far­to. Por fin, Eleni es­cribió la con­traseña cor­rec­ta y son­rió, alivi­ada.

—¿Por cuán­to dinero de­bo ofertar?

—Dos mil­lones de dólares. La chi­ca de­jó es­capar un gemi­do.

-¿Cuán­to ha di­cho?

-Dos mil­lones —Joe ob­servó el reloj que ll­ev­aba la cuen­ta atrás. Dos min­utos, tenían dos min­utos para ofertar

—. Ha­zlo aho­ra mis­mo.

—Pero el límite de mi tar­je­ta de crédi­to son quinien­tas li­bras. No puedo...

—Pero yo sí y soy yo quien va a com­prar­lo —Joe se dio cuen­ta de que la chi­ca es­ta­ba muy pál­ida

—. No te des­mayes. Si te des­mayas no po­drás ofertar. Dim­itri, co­mo di­rec­tor ju­rídi­co de la em­pre­sa, será tes­ti­go de este acuer­do. No ten­drás ningún prob­le­ma, no te pre­ocu­pes. Ten­emos trein­ta se­gun­dos y es­to es muy im­por­tante para mí. Ha­zlo, por fa­vor.

—Sí, claro... lo sien­to —con manos tem­blorosas, Eleni es­cribió la can­ti­dad en la casil­la ade­cua­da—. Aho­ra soy... o sea, ust­ed es quien más ha ofertado. Joe lev­an­tó una ce­ja.

—¿Es­tá he­cho en­tonces?

—Mien­tras nadie ha­ga una oferta más al­ta en el úl­ti­mo se­gun­do... Joe, que no quería ar­ries­garse, buscó la casil­la de oferta y es­cribió cu­atro mil­lones de dólares. Cin­co se­gun­dos de­spués, el anil­lo era suyo y es­ta­ba sirvién­dole un va­so de agua a la po­bre Eleni.

—Es­toy im­pre­sion­ado. Re­spon­des bi­en ba­jo pre­sión y has he­cho lo que tenías que hac­er. No lo olvi­daré, Eleni. Y aho­ra dime dónde ten­go que en­viar el dinero. ¿El vende­dor da su nom­bre y su di­rec­ción? Tenía que de­cidir si hacía aque­llo en per­sona o lo ponía en manos de sus abo­ga­dos. Sus abo­ga­dos, le decía el sen­ti­do común. Por la mis­ma razón por la que no había in­ten­ta­do en­con­trar­la en es­os cu­atro años.

—Puede en­viar por e-?mail las pre­gun­tas que quiera —di­jo Eleni, mi­ran­do el dia­mante en la pan­talla—. Es un anil­lo pre­cioso, por cier­to. Muy román­ti­co. Joe no se mo­lestó en de­silu­sion­arla. ¿Había si­do él román­ti­co al­gu­na vez? Si ser román­ti­co con­sistía en ten­er un im­pul­si­vo y ver­tig­inoso ro­mance con al­guien, en­tonces sí lo era. Una vez. O tal vez «ce­ga­do por el de­seo» sería una mejor man­era de de­scribir­lo. Afor­tu­nada­mente, había re­cu­per­ado a tiem­po el sen­ti­do común. Y des­de en­tonces había trata­do las rela­ciones sen­ti­men­tales co­mo si fuer­an acuer­dos com­er­ciales... co­mo su relación con Mar­ian­na. Era mu­cho más sensato. No sen­tía el menor de­seo de en­ten­der­la y Mar­ian­na no había mostra­do la menor in­ten­ción de en­ten­der­lo a él. •-Eso era mu­cho mejor que una chi­ca que se te metía en la piel y te volvía lo­co. Joe miró ha­cia la ven­tana mien­tras Dim­itri saca­ba a Eleni del despa­cho, prome­tien­do lidiar con el as­pec­to fi­nanciero de la transac­ción más tarde. Su abo­ga­do cer­ró la puer­ta y se volvió ha­cia él.

—Haré que trans­fier­an el dinero y re­co­jan el anil­lo.

—No —em­pu­ja­do por al­go que prefer­ía no analizar, Joe metió una mano en el bol­sil­lo de la cha­que­ta—. No quiero ese anil­lo en las manos de nadie. Iré a buscar­lo yo mis­mo.

—¿En per­sona? —ex­clamó Dmitri—. No has vis­to a esa chi­ca en cu­atro años porque de­cidiste que era mejor no volver a ver­la nun­ca. ¿Tú crees que es bue­na idea?

—Yo siem­pre ten­go bue­nas ideas. Tenía que ter­mi­nar con aque­llo para siem­pre, pen­só mientras se dirigía a la puer­ta. Le daría el dinero, se ll­evaría el anil­lo y seguiría ade­lante con su vi­da co­mo si no hu­biera pasa­do na­da. ***



—Res­pi­ra, res­pi­ra, res­pi­ra. Pon la cabeza en­tre las rodil­las... eso es. No vas a des­ma­yarte. Muy bi­en, muy bi­en. Y aho­ra, in­ten­ta de­cirme qué ha pasa­do. demi_ in­ten­tó hablar, pero ningún sonido salía de su gar­gan­ta y se pre­gun­tó si sería posi­ble quedarse mu­da de una sor­pre­sa. Su ami­ga la miró, ex­as­per­ada.