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sábado, 3 de agosto de 2013

Atraccion - capitulo 9 - jemi en español

Capitulo 9



Como al día siguiente no tenía que trabajar, durmió hasta tarde. Había vuelto a tener la pesadilla poco antes del amanecer, y se había despertado entre sollozos. En ese momento había recordado las manos de Joe en sus hombros cuando se había despertado aterrada en su casa. Se sentía atraída hacia él, pero la embargaba un pánico irracional cuando un hombre se le acercaba demasiado. Era una lástima que fuera prisionera de sus propios recuerdos, porque parecía un hombre decente y de buen corazón.

Después de comer un poco, pasó la tarde trabajando en su propio proyecto, en el cuarto de costura que su abuela solía usar años atrás. Estaba satisfecha con los avances que había hecho, y esperaba que con un poco de suerte aquello llegara a ser otra fuente de ingresos.

La tarde era fría, y soplaba un viento bastante fuerte. Empezó a preocuparse al ver que empezaba a oscurecer y que Wilbur, su viejo gato, aún no había vuelto a casa, así que salió al jardín a buscarlo. Oyó un sonido cada vez más fuerte, pero tardó unos segundos en darse cuenta de que se trataba de unos maullidos frenéticos que procedían de la parte posterior de la casa.

Echó a correr hacia allí mientras lo llamaba a gritos, y el animal maulló de nuevo. Aceleró aún más el paso, pero tuvo que detenerse por un segundo para recobrar el aliento antes de obligarse a seguir. Cuando se acercó al borde del campo arado, vio al gato corriendo como un loco, perseguido por un animal grande de color marrón rojizo que estaba a punto de atraparlo.

De forma instintiva, agarró una rama caída y exclamó:

—¡Wilbur!

El viejo gato viró con una rapidez sorprendente teniendo en cuenta su edad, y fue directo hacia ella. Demi  se dio cuenta de que el animal que lo perseguía era un coyote. Había oído decir que comían gatos y mataban a los perros, así que aferró la rama con más fuerza. ¡Aquel ******* no iba a comerse a Wilbur!

Fue hacia él sin pensar en el riesgo que corría, y le golpeó en la cabeza con la rama. El coyote se detuvo en seco, pero entonces la miró y empezó a gruñir.

—¡Sal de mis tierras!, ¡no te acerques a mi gato!

El animal soltó un chillido cuando le golpeó en el lomo, pero estaba demasiado enfadada para tener miedo. Fue hacia él con la rama en alto y gritando, y él empezó a retroceder sin dejar de gruñir.

—¡Lárgate!

El coyote se sacudió, le lanzó una última mirada cargada de indignación, y se alejó de allí.

Demi  se apoyó en la rama. Le dolía el tobillo, porque había tropezado con un matorral mientras corría. Soltó un pequeño gemido, y se inclinó para frotárselo.

—¡Wilbur!

El viejo gato se le acercó tan tranquilo, y empezó a frotarse contra su pierna ronroneando.

—Eres un sinvergüenza, mira lo que he hecho por tu culpa.

El gato se limitó a ronronear con más fuerza.

demi se volvió para volver a la casa, pero se cayó al suelo. Se aferró el tobillo y Wilbur se le subió en el regazo para seguir frotándose contra ella, y se le encogió el estómago al darse cuenta de que no podía levantarse. Vaya forma de acabar el día. Seguro que iba a tener que pasar allí fuera toda la noche, a no ser que consiguiera arrastrarse hasta el porche; bueno, al menos el coyote se había ido…

—¡demi!

Frunció el ceño, desconcertada, al darse cuenta de que parecía la voz de Joe.

—¡Estoy aquí!

Él apareció de inmediato desde el otro lado de la casa. Aún llevaba el traje con el que había ido a trabajar.

—¿Qué demonios te ha pasado?

—Un coyote estaba persiguiendo a Wilbur. Lo eché con una rama, pero me he hecho daño en el tobillo —demi soltó una pequeña carcajada al darse cuenta de lo absurda que era la situación.

—Al llegar al porche delantero te he oído gritar, pensaba que estaban atacándote —murmuró él, mientras se agachaba a su lado—.Venga, te llevaré…

Ella se tensó de inmediato, lo miró con los ojos de par en par, y se echó hacia atrás bruscamente.

Joe masculló una imprecación, y se levantó de golpe.

—¿Qué demonios te pasa?

Demi  sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. La mortificaba la reacción instintiva que tenía cada vez que se le acercaba un hombre. Sabía que Joe sólo quería ayudarla, pero era incapaz de soportar el contacto de un hombre y no sabía cómo explicárselo.

—No… no me gusta que… que me toquen —susurró sin mirarlo.

Joe había tenido un día muy largo y frustrante, y no estaba de buen humor. Estuvo a punto de largarse sin más para que se las arreglara sola, pero entonces se acordó de la pesadilla que había tenido cuando se había quedado a dormir en su casa, y pensó en el hecho de que siempre se ponía ropa ancha, en que nunca se maquillaba, en la inquietud que mostraba cuando estaba cerca de un hombre. Hacía muchos años que era agente, y sabía reconocer aquellas señales. La verdad lo golpeó de lleno. Tendría que haberse dado cuenta antes.

Se arrodilló delante de ella, la miró a los ojos, y le dijo con voz suave:

—demi, te prometo que no voy a hacerte daño, pero no puedes caminar, y no creo que quieras quedarte aquí toda la noche.

Ella seguía tensa, pero su tono de voz calmado la tranquilizó un poco. Se dio cuenta de que ya no parecía enfadado; de hecho, ni siquiera le resultaba amenazador. Hizo acopio de valor, y le dijo con voz ronca:

—No es… nada personal.

—Ya lo sé. Venga, vamos.

Demi aceptó la mano que le ofreció, y se puso de pie. Creía que iba a limitarse a ayudarla a ir hacia la casa, pero cuando la tomó en brazos y echó a andar hacia el porche, soltó un pequeño sonido gutural y se tensó de pies a cabeza.

Joe se detuvo de inmediato, y la miró de nuevo a los ojos.

—No te gusta que te lleven en brazos… te da miedo, ¿verdad?

Ella tragó con dificultad, y lo miró con una expresión cargada de dolor. No podía decirle lo que había pasado, así que respiró hondo varias veces mientras intentaba tranquilizarse. Sabía que Joe no iba a hacerle daño, que era un buen hombre.

Se obligó a relajarse, y alzó las manos hasta rodearle el cuello.

—Lo… lo siento —le dijo, con voz temblorosa.

Joe se preguntó qué demonios le habría pasado, por qué se mostraba tan temerosa e inquieta cuando se le acercaba un hombre. A lo mejor la habían atacado… era posible que la hubieran violado. Como apenas la conocía, no podía hacerle preguntas personales, aunque deseó que las cosas fueran distintas.

—Mira que ahuyentar a un coyote con una rama… lo que me quedaba por oír —murmuró, mientras echaba a andar de nuevo hacia la casa.

—Estaba persiguiendo a Wilbur.

—Claro —Joe esbozó una sonrisa.

—Es un gato bastante viejo, y está indefenso.

—No hace falta que te justifiques, yo también tenía un gato.

—¿Qué le pasó?

—Tuve que regalarlo. Me trasladaron a otra ciudad, y en el apartamento donde fui a vivir no se permitían mascotas.

—Qué pena.

—Se lo di a una vecina mía, a su hija le encantaban los gatos.

Demi  tuvo ganas de saberlo todo sobre él, sobre su pasado, pero intuía que no le gustaba hablar de sí mismo. En ese aspecto eran muy parecidos. El aroma de su loción para después del afeitado era perceptible, y también el del jabón que usaba. Se había dado cuenta de que era un hombre bastante puntilloso, que siempre llevaba las camisas almidonadas y sin una sola arruga y las botas relucientes. Su piel tenía un bronceado oliváceo, sus ojos eran oscuros y misteriosos, y tenía unos pómulos elevados y una boca sensual.

Se sintió avergonzada de sus propios pensamientos, porque era la primera vez que se planteaba la sensualidad de una boca; además, la forma en que la sujetaba apretaba uno de sus senos contra su pecho musculoso, y empezaba a notar unas sensaciones de lo más raras. Se le había acelerado el corazón, y tenía la respiración un poco irregular.

Joe notó su reacción, y se sintió orgulloso. Aunque demi tenía miedo de los hombres, era vulnerable a su presencia.

Cuando la metió en la casa, la sentó en un sillón y le dijo:

—¿Tienes un vendaje elástico?

Ella lo miró como si se hubiera vuelto loco.

—¿Para qué iba a tener algo así?

—Buena pregunta —Joe la miró con calma, y comentó—: supongo que bastará con unas gasas y un poco de esparadrapo.

—Nadie normal utiliza esas cosas en un corte, tengo tiritas.

—Podríamos usar unas medias viejas.

—No llevo…

Joe alzó una mano para interrumpirla, y le dijo:

—Por favor, me da vergüenza hablar de la ropa íntima femenina.

Al principio demi  pensó que hablaba en serio, pero se echó a reír al ver el brillo pícaro de sus ojos.

La risa iluminó su rostro entero, enfatizó la dulzura de sus ojos grises y la belleza de su piel perfecta y de su boca, y Joe se quedó sin aliento. De repente, tuvo ganas de soltarle el pelo para ver si era tan sedoso como parecía.

—Vas a tener que venir a mi casa, seguro que la señorita Turner tiene algo para vendártelo.

—Acabo de llegar a casa, tengo que darle de comer a Wilbur.

—Yo me encargo.

—Supongo que podría dejarlo dentro, he comprado una caja de arena para que haga sus necesidades…

Antes de que acabara de hablar, Joe fue a abrir la puerta. El viejo gato entró de inmediato, y lo siguió hasta la cocina.

Cuando ayudó a demi a entrar en el coche y se inclinó a abrocharle el cinturón, Joe se dio cuenta de que la respiración de ella se aceleraba al tenerlo cerca. Sus miradas se encontraron, y sintió como si acabara de golpearlo un rayo. Entrecerró los ojos al contemplar su boca, y no apartó la mirada de allí hasta que ella soltó una pequeña exclamación gutural.

Tuvo que obligarse a incorporarse. Cerró la puerta y rodeó el coche, y empezó a recitar las tablas de multiplicar cuando se metió en el vehículo y lo puso en marcha. Se dijo que llevaba demasiado tiempo sin estar con una mujer, si alguien tan anodino y desaliñado como ella podía excitarlo.

Cuando llegaron a su casa, la llevó en brazos hasta el porche y llamó al timbre. Mientras esperaban a que la señorita Turner les abriera, bajó la mirada hasta su rostro y la apretó con más fuerza contra sí de forma involuntaria. Demi  se estremeció, pero le rodeó el cuello con los brazos y le devolvió sin dudar la mirada mientras él la contemplaba con una curiosidad patente.

Joe empezó a respirar con dificultad, y tensó la mandíbula. Al mirar su boca, tuvo un insensato deseo febril de devorarla.

Demi  no sabía gran cosa sobre los hombres, pero a pesar de su inocencia, sintió la calidez y la sensualidad de aquella mirada, y su cuerpo respondió como por voluntad propia.

—Estás jugando con fuego, muchachita —susurró él con aspereza.

La tensión de su voz profunda y aterciopelada la recorrió como si fuera fuego líquido, y se aferró con más fuerza a su cuello. Empezó a alzar la cabeza hacia él sin apenas darse cuenta de lo que hacía, pero se separaron de golpe cuando la puerta se abrió.

—¿Qué ha pasado? —les preguntó la señorita Turner con preocupación, al ver que Joe la llevaba en brazos.

—demi ha tropezado mientras ahuyentaba a un coyote con una rama —murmuró él, mientras pasaba junto al ama de llaves y entraba en la casa—. Necesito un vendaje elástico.

—Voy a por uno. Tengo para los trabajadores, siempre hay alguien que se hace un esguince. ¿Has ahuyentado a un coyote?

—Quería comerse a mi gato.

—Lo habría escupido enseguida —comentó Joe, mientras la sentaba en el sofá de la sala de estar—. Tu gato parece muy viejo, y apesta.

—¡Eso no es verdad!

—Nada en su sano juicio intentaría comérselo, te lo aseguro.

Joe se metió las manos en los bolsillos, y se quedó mirándola totalmente confundido. demi llevaba unos vaqueros anchos y una sudadera rosa, y se preguntó cómo estaría con algo de encaje negro y seda. Parpadeó con perplejidad, y se preguntó por qué demonios estaba pensando en aquellas cosas.

La señorita Turner regresó enseguida, y le dio el vendaje.

—¿La llevará a su casa cuando la cure, o prefiere que se quede aquí?

Joe se arrodilló a los pies de demi, abrió el vendaje, y la miró con un deseo innegable que no alcanzaba a entender, pero que tampoco podía evitar.

—Va a quedarse —murmuró. Le levantó el pie, y se lo apoyó en el muslo—. Al menos durante un par de días.

—Pero, tengo que ir a trabajar…

—Yo llamaré a la floristería y hablaré con Judy —le dijo el ama de llaves, encantada.

—No puedes trabajar si eres incapaz de caminar —dijo Joe—. En un par de días estarás bien. Sólo necesitas descanso, un poco de hielo, compresión, y elevación. Nosotros te cuidaremos.

demi no tuvo la fuerza de voluntad necesaria para resistirse, porque quería quedarse con él. A pesar de que sabía que aquello iba a acabar en una tragedia, no podía controlar lo que sentía.

—Vale.

Joe sonrió para sus adentros. Se dijo que el extraño deseo que sentía acabaría desvaneciéndose, y se negó a seguir pensando en el asunto.

Joe se fue a trabajar a la mañana siguiente, y demi pasó el día reclinada en la cama con un montón de libros y de revistas. Su tobillo mejoró de forma visible gracias al descanso y a las compresas de hielo que fue poniéndole la señorita Turner.

—Estoy mucho mejor —le dijo al ama de llaves.

—Podrás volver a andar en un par de días —la mujer esbozó una sonrisa, y comentó—: me parece que cada vez le gustas más al señor Grier. Si esto te hubiera pasado hace una semana, le habría pedido a Coltrain que te ingresara en el hospital.

—Lo que pasa es que le doy pena —demi  no quería hacerse ilusiones—. La sobrina de la señora Tabor me trajo comida, y me dijo que estaba preocupada por la posible competencia hasta que me había visto. Fue muy grosera.

—Tendrías que decírselo al jefe.

—Ni hablar, seguro que hay algo entre ellos.

—Ella lo invitó a una fiesta. Puede que al señor Grier le parezca interesante, pero no es la compañera adecuada para alguien como él. Los agentes del orden suelen ser bastante conservadores, y todo el pueblo habla mal de ella. Esa mujer es una ninfómana, y no le importa que un hombre esté casado.

—¿Cómo lo sabe?

—Dicen que se le insinuó a Callaghan Hart, y que Tess fue a verla al despacho de Andy Webb hecha una furia; al parecer, le dijo que la embadurnaría de alquitrán y la emplumaría si volvía a acercarse a su marido. Andy aún sigue riéndose al recordarlo.

—¿Qué le contestó ella?

—Nada. Tess estaba furiosa, y no se molestó en bajar el tono de voz. No creo que esa mujer se sintiera avergonzada, pero Calhoun Ballenger pasaba junto al despacho justo cuando Tess estaba hablando. Parece ser que fulminó con la mirada a esa buscona, y ella se quitó de en medio de inmediato.

Demi  no pudo evitar sonreír. Tess era una pelirroja de armas tomar, y se convertía en toda una tigresa cuando se enfadaba.

Joe y Márquez fueron a las afueras de la ciudad para interrogar, entre muchos otros, a un testigo que afirmaba haber visto cómo una figura misteriosa sacaba a la niña de la casa por la noche. Al igual que el inspector, Joe también tenía una Blackberry, y en ese momento le resultó muy útil.

—No podría asegurarlo, pero me parece que era un vagabundo que había visto cerca de la tienda de informática —les dijo el testigo. Se llamaba Sheldon, y su casa estaba al lado de la de la niña asesinada—. Yo soy programador. Era un hombre alto, delgado y calvo de mediana edad, estaba bastante desaseado, y cojeaba.

—¿Vio a la niña? —le preguntó Joe.

—Bueno, llevaba algo, pero podría tratarse de un fardo de ropa. Era tarde, y lo vi cuando fui a buscar un vaso de agua a la cocina. A la mañana siguiente me enteré de que la niña había desaparecido, y le conté lo que había visto a la policía.

—Sí, tenemos el informe del agente —le dijo Márquez. Observó con atención al hombre, y al ver que llevaba guantes, le preguntó—: ¿por qué lleva guantes en su casa?

—Tuve un accidente de niño. Tengo cicatrices, y la gente se queda mirándolas —los ojos del hombre adquirieron un brillo gélido.

—Lo lamento —le dijo Márquez.

—¿Puede teclear así en el ordenador? —le preguntó Joe, al ver lo blancas que tenía las muñecas por encima de los guantes.

—Sí, son muy finos.

—Gracias por todo —le dijo Joe, mientras se guardaba la Blackberry.

—Estoy a su disposición —le contestó Sheldon, antes de levantarse de la silla.

Era un hombre alto de aspecto tímido, que tenía un ordenador de sobremesa y un portátil de última generación. Les había dicho que tenía novia, pero que vivía solo en aquel pequeño complejo de apartamentos situado a las afueras de San Antonio.

—¿Cuánto lleva viviendo aquí? —le preguntó Márquez.

—Un año, más o menos —el hombre esbozó una sonrisa afable, y añadió—: no suelo quedarme mucho tiempo en el mismo sitio, me harto enseguida; además, puedo trabajar en cualquier sitio, sólo necesito una oficina de correos.

—En fin, gracias de nuevo. Si se acuerda de cualquier otra cosa, llámenos —le dijo Márquez, mientras le daba una tarjeta.

 

—Claro, por supuesto —el hombre los miró con una sonrisa bastante extraña—. ¿Qué tal va la investigación?, ¿han encontrado alguna pista?

—Esperamos que usted acabe de darnos una —le contestó Márquez.

—Es comprensible que necesiten ayuda para encontrar a ese tipo. No se exigen demasiados estudios para entrar en la policía, ¿verdad? A mí me invitaron a entrar en la Mensa.

La Mensa era una organización internacional que agrupaba a genios. Joe lo miró con atención, y le dijo:

—¿En serio?

—Oiga, yo sólo estuve dos años en la universidad, pero el agente federal Joe tiene una licenciatura —protestó Márquez.

Sheldon miró a Joe con una expresión inescrutable, y le preguntó:

—¿Es agente federal?

—Sí, trabaja en el FBI —le contestó Márquez.

—No… no sabía que el FBI estaba investigando este caso.

—Les hemos pedido ayuda —comentó Márquez, sin entrar en detalles.

Por alguna razón, el hombre parecía menos seguro de sí mismo.

—Sí, el FBI cuenta con expertos en asesinatos en serie —murmuró. Parecía estar hablando consigo mismo—. Es normal que necesiten a uno para este caso.

—¿Por qué cree que se trata de un asesinato en serie? —le preguntó Joe.

Sheldon soltó una carcajada, y comentó:

—Por nada en concreto, pero es que… el año pasado salió un caso parecido en los periódicos. Se trataba de una niña de Texas… sólo hacen falta dos casos para que sea un asesinato en serie, ¿verdad?

—Aún no sabemos si se trata del mismo asesino.

—Si necesitan cualquier otra cosa, sólo tienen que pedírmela —les dijo el hombre, muy solícito, mientras los conducía hacia la puerta.

Cuando salieron de la casa y fueron a paso lento hacia el coche de Joe, Sheldon permaneció en la puerta e incluso hizo un gesto de despedida cuando se alejaron en el vehículo.

—Ese tipo no me gusta —dijo Márquez de repente.

—¿Por qué?

Márquez se movió con cierto nerviosismo, y se colocó mejor el cinturón de seguridad antes de contestar.

—No lo sé, pero tiene algo que me da mala espina.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando en homicidios?

—Cuatro años, ¿por qué?

—Llevas pistola cuando sacas la basura, ¿verdad? —le preguntó Joe, con una sonrisa.

—¿Cómo demonios lo sabes?

—Tienes una junto a la cama, otra en el cuarto de baño, otra en la cocina, y llevas una de apoyo en una pistolera de tobillo.

—Oye, que no es a mí a quien tienes que investigar.

—Sabes que tengo razón.

—Nadie va a pillarme desprevenido —dijo Márquez con firmeza.

—Tendrías que trabajar en otra división durante una temporada, estar en homicidios demasiado tiempo quema a cualquiera.

—¿Cómo lo sabes?

—Trabajé en el equipo de rescate de rehenes del FBI, y también en el SWAT. Quería mantener la cabeza ocupada, pero vi demasiados muertos y una noche me desperté y vi a una víctima sentada junto a mi cama, que me preguntó por qué no había disparado antes de que lo hiciera su secuestrador. No es bueno trabajar durante demasiado tiempo en homicidios.

—Puede que tengas razón —Márquez soltó una carcajada carente de humor.

—Pero no pidas que te trasladen hasta que resolvamos este caso. Creo que tienes razón en lo de que los asesinatos están relacionados. Ese malnacido es bueno, muy bueno. Dejó el cuerpo en un campo cerca de la carretera, porque sabía que allí no tardarían en encontrarlo. Según la policía científica, la torturaron durante algún tiempo, así que el asesino tiene que tener un lugar en el que se siente seguro, en el que puede esconder a una niña atada sin miedo a que lo descubran. Está claro que es engreído, y que se cree más listo que nosotros.

—¿Has trabajado en perfiles?

—No, tenemos expertos que se ocupan de eso, pero he leído el informe y he hablado con los padres; además, no es la primera vez que me ocupo de asesinatos en serie. Este tipo es un asesino sádico al que le gusta hacerles daño a las niñas, disfruta de su dolor.

—¿Es organizado?

—Sí, de eso no hay duda —Joe detuvo el coche al llegar a un semáforo en rojo—. Se tomó la molestia de vestir a la niña, hasta le puso los calcetines y los zapatos. La dejó de forma deliberada en el campo donde la encontraron, y le ató un lazo rojo al cuello; de hecho, es probable que la estrangulara con él.

—¿Crees que está relacionado con el caso de Palo Verde?

—Sí, y con el de Del Rio de hace dos años.

—Entonces, estamos hablando de tres asesinatos parecidos en tres años —comentó Márquez.

—Exacto. Así que tenemos un asesino en serie. Será mejor que vayamos a Del Rio ahora mismo —cambió de dirección, y añadió—: como nadie nos contesta ni por teléfono ni por correo electrónico, nos pasaremos a tomar un café.

—Apuesto a que beben instantáneo —rezongó Márquez.

—Seguro.

No tardaron en darse cuenta de que habían acertado. Cuando llegaron sólo encontraron a un agente de servicio, que se ocupaba de todo. El hombre se disculpó por no haber contestado a sus llamadas, y les dijo:

—Hay un payaso que se dedica a llamar noche y día, porque dice que ve fantasmas. Está chalado, y cuando no le hacemos caso, nos amenaza con sus abogados. Su familia es rica. Prefería al tipo del vudú, que intentaba hechizarnos clavándole agujas a su muñeco de G.I.Joe.

Joe no pudo evitar sonreír.

—Necesitamos la información que tengas sobre la niña a la que asesinaron hace dos años.

—Eso sí que es gracioso —al ver sus expresiones, se apresuró a añadir—: no me refiero a lo del asesinato, pero es que otro tipo vino porque quería ver el informe del crimen. Me dijo que era periodista, que trabajaba en uno de los periódicos del este de Texas. Pensé que estaría bien darle algo de publicidad al caso, por si aparecía algún sospechoso, así que lo dejé aquí con el informe y le dije que enseguida volvía. Tenía que ocuparme de un accidente y esperar a que llegara la policía estatal, porque había heridos. Cuando volví el tipo ya no estaba, y el teléfono empezó a sonar. El informe estaba encima de la mesa, así que volví a meterlo en su sitio y me centré en la llamada —tomó un sorbo de café, y añadió—: al día siguiente saqué el informe para echarle un vistazo, pero en la carpeta sólo había diez hojas en blanco. Todo se había esfumado… las pruebas, las fotos de la escena del crimen… todo.

 
 


—¡Mald/ita sea! —dijo Márquez.


—Sí, ya sé que fue una tontería dejar a ese tipo solo, pero pensé que podría encontrarlo. Llamé por teléfono a todos los periódicos del este de Texas…

—Y no trabajaba en ninguno de ellos —dijo Joe.

—Exacto.

—¿Qué había en el informe? —le preguntó Márquez.

—Fotos de la escena del crimen, pruebas, muestras de la tela de las braguitas de la niña.

—¿Nada más? —le preguntó Joe.

—No.

—¿Tenías los negativos de las fotos?

—No, pero supuse que el fotógrafo sí, así que lo llamé. Me dijo que se le había incendiado el estudio, y que todos los negativos habían quedado destruidos.

Joe y Márquez intercambiaron una mirada elocuente. Todo aquello resultaba demasiado extraño para ser pura coincidencia.

—¿Estás seguro de que no había nada más? —insistió Márquez.

—Bueno, también estaba el lazo de seda que usó para estrangularla…—dijo el agente.

—¿De qué color era? —se apresuró a preguntarle Joe.

—Rojo —le contestó el agente—. Rojo como la sangre.




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Capitulos largos espero que les haya gustado :)





Atraccion - capitulo 8 - jemi en español


Capitulo8


Joe apartó la mirada, y comentó:

—Ahora que la vieja está muerta, a lo mejor puede encontrar un trabajo en el que gane un buen sueldo… hasta podría acabar sus estudios.

Cash lo observó en silencio durante unos segundos, y al final le dijo:

—No todas las mujeres quieren crear corporaciones internacionales.

Joe tuvo que admitir para sus adentros que su hermano tenía razón. No podía imaginarse a demi trajeada y dando órdenes a diestro y siniestro a un montón de empleados.

—¿Qué es lo que te pasa? —le preguntó Cash. Empezaba a conocer bien a su hermano, y sabía que no era mezquino ni cruel.

—Estamos investigando el asesinato de una niña de diez años.

—Ya. Hemos oído hablar de ese caso, fue una brutalidad.

—Sí, y parece que puede haber otros similares —Joe miró a su alrededor para asegurarse de que nadie estaba escuchándolos, y añadió—: que esto quede entre nosotros.

—Por supuesto. ¿Alguna pista?

—No, aún es pronto.

—Algunos casos son más duros que otros.

Joe tenía la mirada fija en demi_, que estaba hablando con la gente que se le acercaba a darle sus condolencias. Se mostraba amable, cálida, cordial y agradecida con total naturalidad, y no dejaba entrever el dolor que debía de estar desgarrándola.

—¿Sabes lo que le pasó a su madre? —le preguntó a Cash.

—No, sólo que murió cuando demi era pequeña. Su abuela tenía un carácter avinagrado, pero en el pueblo se la respetaba. Su abuelo fue ayudante del sheriff… su padre también, aunque por poco tiempo.

—Sí, eso había oído.

—Supongo que sabes que todo el mundo va a empezar a chismorrear al verte con ella.

—Ya lo sé, pero los rumores se acallarán cuando todo esto termine.

—Nunca sales con nadie, ¿verdad?

—El viernes que viene voy a una fiesta que se celebra en casa de los Tabor. Me invitó la sobrina, demi  me ha dicho que esta tarde ha ido a llevarle comida —cuando su hermano soltó un pequeño silbido, le preguntó—: ¿qué pasa?

Cash le lanzó una mirada elocuente, y comentó:

—La sobrina de la señora Tabor tiene cierta reputación, a nadie le cae demasiado bien.

—Tengo entendido que han invitado a la fiesta a casi todas las familias fundadoras —le dijo Joe, a la defensiva.

—Sí, pero la mayoría han declinado la invitación. Los Ballenger, los Hart y los Tremayne no van a ir, y el resto seguirá su ejemplo.

—¿Qué tienen en contra de la sobrina?

—¿La conoces? —murmuró Cash con sequedad.

—Sí, vino a mi rancho para invitarme a la fiesta.

—¿Algo en ella te llamó la atención?

Joe pensó en ello durante un momento antes de contestar.

—Es bastante directa, y se viste de forma seductora.

—Exacto. ¿Crees que ese comportamiento encaja en un pueblo conservador?

—Aquí está fuera de lugar, igual que yo. No soporto las intrigas de las poblaciones pequeñas.

—Pues a mí este sitio me encanta, es el primer lugar en el que siento que estoy en casa —le dijo Cash.

—Parece que tu mujer también está a gusto.

—Sí. Y la niña nos ha abierto aún más puertas —Cash esbozó una sonrisa soñadora, y añadió—: nunca pensé que acabaría siendo un hombre de familia.

Joe retrocedió un paso, y murmuró:

—Espero que no sea contagioso, yo estoy casado con mi trabajo.

—¿Dónde he oído eso antes?

En ese momento llegaron los Coltrain. El hijo de la pareja, Joshua, estaba en brazos de su padre, aunque debía de tener unos dos años. Copper era pelirrojo, y su esposa, Lou, rubia. El niño tenía el pelo rubio con reflejos rojizos, y se parecía muchísimo a su padre.

Se acercaron de inmediato a demi, y la abrazaron con afecto.

—¿Qué relación tienen los Coltrain con la señorita Carver? —le preguntó Joe a Cash con curiosidad—. Copper se preocupa más de lo normal por ella, aunque parece estar muy enamorado de su mujer.

—Tiene un apego especial por sus pacientes más antiguos. He oído que demi  fue una de las primeras personas a las que atendió cuando abrió su consulta en el pueblo, cuando ella era aún una niña.

—Vaya.

—¿Siempre piensas lo peor de la gente?

—Soy agente del orden.

—Yo también, pero intento concederles a los demás el beneficio de la duda.

—Sí, me acuerdo de que se lo concediste a nuestra madrastra —al ver que su hermano lo fulminaba con la mirada, Joe suspiró y le dijo—: perdona, se me ha escapado —apartó la mirada, y añadió—: la niña tenía diez años. La violaron, la sodomizaron, y la acuchillaron hasta dejarla hecha pedazos… ¡diez años!

Cash le puso una mano en el hombro.

—Mira, he visto crímenes terribles cuando estaba en el ejército, y también siendo policía, así que sé lo que sientes, pero sabes que tienes que mantener cierta distancia a nivel emocional.

Joe tragó con fuerza. Había cosas que nunca le había contado a su familia, porque apenas habían estado en contacto cuando vivía en el este. Tenía secretos que le resultaba demasiado doloroso sacar a la luz, a pesar del tiempo que había pasado. La muerte del bebé le había destrozado, y aún no lo había superado.

—Es la primera vez que me ocupo del asesinato de un menor —le dijo a Cash con sequedad—. He intervenido en rescates de rehenes y en operaciones especiales, incluso trabajé en el caso de un asesino en serie, pero nunca había tenido que enfrentarme a un caso en el que habían destrozado a una niña, y no estaba preparado.

—Nadie está preparado para algo así. Yo trabajé durante años en misiones encubiertas, y en algunas de ellas había menores de por medio.

—Si no recuerdo mal, eran menores armados con AK—47.

—Sí, pero eso no facilitaba las cosas a la hora de apretar el gatillo.

—Al menos, era una muerte limpia, pero a esta niña la mataron de forma salvaje, deliberada y depravada. No me gusta tener que compartir el planeta con un ser humano capaz de hacerle algo así a una niña.

—Pues atrápalo, y asegúrate de que acabe en el corredor de la muerte.

Joe miró a su hermano, y consiguió esbozar una sonrisa.

—Eres muy optimista, ni siquiera tenemos un sospechoso de momento.

—Interroga a todo el que se te ocurra, y acabarás encontrando algo, te lo aseguro.

Joe asintió, y miró hacia demi  sin verla siquiera.

—Gracias, Cash —le dijo con sequedad.

—¿Para qué están los hermanos? —le contestó él, con una pequeña carcajada.

A pesar de que el velatorio sólo duró dos horas, demi  quedó física y emocionalmente agotada, y entró en el coche con Joe y la señorita Turner sin decir ni una sola palabra.

Cuando llegaron a su casa, entró con él para darle el pastel y algo de comida mientras el ama de llaves esperaba en el coche.

—Os agradezco de verdad que hayáis venido conmigo —le dijo con voz suave, mientras metía la comida en varios recipientes de plástico—. No me había dado cuenta de lo sola que me sentiría.

—Pero si ha ido medio pueblo —murmuró él.

Ella se volvió a mirarlo, y le dijo:

—Uno puede sentirse solo en medio de una ciudad.

—Sí, supongo que sí. Quédate un poco de comida, no nos la des toda.

—Me queda un montón, congelaré lo que no vaya a comerme de momento.

—No hace falta que me des ese pastel de manzana —le dijo, cuando ella empezó a envolverlo.

—Pero… te encanta —comentó, perpleja.

—Me encanta el que haces tú.

Ella se sonrojó, y soltó una risita nerviosa.

—Gracias.

—Ya veo que los cumplidos te avergüenzan.

—No estoy acostumbrada a recibirlos.

Pues no debería ser así, pensó Joe de repente. Por lo que había oído, era muy buena cocinera, y no parecía cansarse de escuchar a los demás. Muy pocas personas tenían esa capacidad.

Demi  metió los recipientes en una enorme bolsa de plástico, se la dio, y le dijo con timidez:

—Gracias de nuevo.

—Gracias a ti —tras una breve vacilación, Joe le preguntó—: ¿a qué hora es el funeral?

—A las once, pero no quiero que te sientas obligado…

Él la interrumpió de inmediato.

—No podré asistir, tengo que ayudar a interrogar a los vecinos de la niña. Lo siento.

—Ya me has ayudado muchísimo.

—La señorita Turner te acompañará —alzó una mano para que no protestara, y añadió—: ella misma se ha ofrecido voluntaria.

—De acuerdo, dale las gracias de mi parte.

—Vale.

Al verla tan triste y desamparada, Joe alargó la mano de forma impulsiva y acarició un mechón de pelo rubio que se le había escapado del moño. Ella contuvo el aliento, y retrocedió un paso de forma instintiva.

Él se sintió molesto por su reacción, y le dijo con voz cortante:

—Buenas noches.

Demi  se mordió el labio con fuerza al ver que se volvía para marcharse. Sabía que sólo estaba siendo amable, pero no podía evitar sus reacciones.

Joe se detuvo al llegar a la puerta, y le dijo:

—Cierra con llave. En el campo también hay gente peligrosa.

—Lo haré —estaba muy rígida, y su postura hablaba por sí sola. En sus enormes ojos grises se reflejaba un miedo visible.

Joe estuvo a punto de marcharse, pero volvió poco a poco hacia ella y se dio cuenta de que iba tensándose aún más conforme se le acercaba. La miró ceñudo, y le preguntó con voz muy suave:

—¿Por qué me tienes miedo?

Demi  intentó encontrar las palabras adecuadas, pero fue incapaz y apartó la mirada, consciente de que aquel hombre era demasiado perspicaz.

—Déjalo —le dijo él, al ver que no respondía—. De todos modos, no estoy interesado en ti —añadió con indiferencia, mientras esbozaba una sonrisita gélida—. Buenas noches.

Salió de la casa con una despreocupación total, como si ya se hubiera olvidado de que ella existía. Demi  sabía que estaba comparándola mentalmente con la despampanante sobrina de la señora Tabor, y se puso furiosa. Deseó ser una mujer completa y hermosa, alguien que lo enloqueciera con su belleza y capaz de hacer que olvidara a la atractiva recién llegada, pero sabía que era una esperanza vana. Ella vestía igual que vivía, se parapetaba tras barreras asexuales. Era una cárcel de la que no iba a poder escapar jamás, a pesar de la atracción que sentía por su sexy vecino.

 

El funeral fue breve, y sólo asistieron unas cuantas personas. Demi  lloró por su abuela en el cementerio, pero se secó los ojos y se dijo que tenía que aprender a cuidar de sí misma, a vivir y a trabajar sola, a no tener nadie con quien hablar. Iba a ser duro hasta que lograra acostumbrarse. Se sorprendió cuando Joe llegó justo a tiempo para la ceremonia, y vio que permanecía un poco apartado de los demás y que miraba con expresión de curiosidad a otro de los asistentes.

Después de que el oficiante le diera sus condolencias, se levantó y se volvió para marcharse, pero estuvo a punto de chocar con Richard Márquez, que estaba junto a Bárbara.

—Gracias por venir, no lo esperaba —les dijo, con una sonrisa.

Bárbara la abrazó con fuerza, y le dijo:

—Claro que hemos venido, eres de la familia.

Márquez asintió y sonrió, pero Joe se dio cuenta de que no se acercaba a demi. Se preguntó qué hacía allí el inspector, y si conocía bien a su misteriosa vecina. No había mencionado que pensaba ir al funeral cuando se habían visto en la reunión del grupo de trabajo.

Cuando se acercó con la señorita Turner, demilo miró con cierta inquietud.

—No sabía que ibas a venir, Joe —le dijo Márquez, mientras le estrechaba la mano—. ¿Conocías a la señora Collier?

—La señorita Turner y él han estado ayudándome estos días —apostilló demi, sin mirar a Joe.

A pesar de que su curiosidad era patente, Márquez no insistió en el tema y se limitó a decir:

—Tengo que volver al trabajo. Mamá quería asistir al funeral, pero no quise que viniera sola.

—Te preocupas demasiado. Seguro que vivo más que tú —le dijo Bárbara.

—Nos vemos —le dijo Márquez a Joe.

Él se limitó a asentir, e incluyó a Bárbara en el gesto de despedida. La mujer le lanzó a demi  una sonrisa elocuente, y se fue del cementerio con su hijo.

—No sabía que conocías a Márquez —comentó Joe, mientras se dirigían hacia los coches con la señorita Turner. El ama de llaves había ido al entierro con demi, y se había adelantado un poco para esperarla junto al Expedition.

—Crecimos juntos… bueno, más o menos, él tiene seis años más que yo —le contestó demi.

Joe no hizo ningún comentario, pero sentía bastante curiosidad.

Al llegar a casa, demi empezó a vaciar la habitación de su abuela para no estar de brazos cruzados, aunque la tarea la entristeció aún más. En el armario había varios vestidos que habían pertenecido a su madre, y cuando encontró un álbum con fotos de sus padres y de sus abuelos, se sentó a mirarlo en una silla y se echó a llorar. La muerte no era algo optativo, todo el mundo tenía que enfrentarse a ella tarde o temprano, pero ella no estaba preparada. A pesar de lo mal que la había tratado su abuela, se sentía sola sin ella.