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jueves, 21 de marzo de 2013

Unfaithful capitulo 1 - jemi en español

 
Unfaithful

CAPITULO 1

El teléfono empezó a sonar cuando Demi, después de dejar a los mellizos acostados, bajaba las escaleras. Maldijo entre dientes, se colocó sobre la cadera al pequeño Frankie y bajó apresuradamente los últimos escalones para descolgar el teléfono del recibidor. Se detuvo paralizada al verse reflejada en el espejo que había sobre la mesita del teléfono.
«¡Dios mío, estás hecha un desastr...
e!», se dijo con desconsuelo. El pelo, de un castaño oscuro y recogido en un moño medio despeinado, estaba húmedo y le caía sobre la frente. Tenía las mejillas coloradas y la camisa azul claro mojada en varios sitios, allí donde sus tres hijos, a los que acababa de bañar, la habían salpicado. Frankie empeoraba el aspecto de su madre todavía más tirando de los botones de su camisa, esforzándose por descubrir uno de sus pechos. Si ya normalmente era un niño inquieto, en aquellos momentos estaba, además, cansado e impaciente.
-No -le dijo Demi con dulzura pero con firmeza, quitándole la mano de la camisa- Espera.
Besó su cabecita y descolgó el teléfono, sin dejar de fruncir el ceño ante lo que veía en el espejo;
-¿Diga? -dijo distraídamente, sin darse cuenta de la pequeña pausa que hizo la otra persona antes de responder.
-¿Demi? Soy Miley.
-¡Hola, Miley!
Demi hizo un gesto de sorpresa y se relajó al escuchar a su amiga, y, al hacerla, se dio cuenta de que, hasta ese momento, había estado muy tensa, lo que hizo que volviera a ponerse tensa de nuevo. Estaba perpleja, últimamente, se había sorprendido muy tensa demasiadas veces.
-¡Frankie, por favor! ¡Espera!
El niño gruñó y ella, en broma, le devolvió otro gruñido. En sus ojos se reflejaba todo el amor y la alegría que sentía por su hijo. Era el más exigente de sus hijos y el de peor carácter, pero lo quería tanto como a los gemelos. ¿Cómo no iba a quererlo si tenía los mismos ojos de su padre?
-¿Todavía no has acostado a esos mocosos? -dijo Miley con un suspiro.
No se molestaba en ocultar que, para ella, los niños eran un incordio. Aunque era el modelo de mujer triun¬fadora, no tenía tiempo para los niños. Era alta y pelirroja, y su vida transcurría en un nivel muy diferente al de Demi. Miley era la sofisticada mujer de mundo, mientras que Demi era la abnegada ama de casa y madre de familia.
Pero era la mejor amiga de Demi. En realidad, era la única amiga que Demi había conservado desde los tiempos del instituto. La única que vivía en Londres, como Joe y ella. Las demás, por lo que ella sabía, seguían viviendo en Cheshire.
-Dos ya están en la cama y uno está a punto -dijo Demi-. Frankie tiene hambre y está impaciente.
-¿Y Joe? ¿Todavía no ha llegado?
Demi detectó el tono de desaprobación de su amiga y sonrió. A Miley no le gustaba Joe. Saltaban chispas entre ellos cada vez que se veían.
-No -respondió Demi, y añadió con cierta tris¬teza-: así que puedes meterte con él cuanto quieras, que no te va a oír.
En realidad, era una vieja broma entre las dos amigas.
Demi nunca se había molestado porque Miley le manifestara su opinión acerca de Joe. Siempre había permitido que le dijera a ella lo que no se atrevía a decirle a Joe a la cara. Pero, aquella vez, un extraño silencio siguió su comentario.
-¿Ocurre algo? -le preguntó a Miley.
-Maldita sea -dijo Miley entre dientes- Sí, la verdad es que sí. Escúchame, Demi. No me siento muy mal por hacer esto, pero tienes derecho a...
Justo en aquel momento, un diablillo en pijama apa¬reció en lo alto de la escalera y la bajó a toda velocidad, convertido en piloto de caza y disparando la ametra¬lladora de su avión.
-Necesitamos agua -informó el piloto a su madre, desapareciendo por el pasillo en dirección a la cocina.
-Mira... -dijo Miley con impaciencia-, ya veo que estás ocupada. Te llamo después... o mañana. Yo...
-¡No! -intervino Demi de repente- ¡No cuelgues! -Estaba distraída, pero no tanto como para no darse cuenta de que lo que Demi quería decirle era impor¬tante.
-Espera un momento que voy a ocuparme de estos mocitos.
Dejó el auricular sobre la mesa y fue a buscar a su hijo mayor.
Demi no era alta, pero era esbelta y tenía una bonita figura. Sorprendentemente bonita, teniendo en cuenta que había dado a luz a tres niños. Sin embargo, no era del todo extraño porque, siempre que encontraba tiempo, acudía al gimnasio local, donde nadaba, hacía aerobic y jugaba al bádminton,
-¡Te pillé con las manos en la masa! dijo
sorprendiendo a su hijo con la mano en la lata de las galletas. Lo miró con severidad y el niño se puso colorado- Está bien, pero llévale una a Kate. Y no quiero ver ni una miga en la cama -dijo viéndolo salir corriendo, con una sonrisa triunfal, por si su madre cambiaba de opinión.
-¡A que estás casada con un sinvergüenza! -exclamó Miley-. ¡Maldita sea, Demi, te está tomando el pelo! ¡No está trabajando, está saliendo con otra mujer!
Aquellas palabras golpearon a Demi como un látigo.

-¿Qué? ¿Esta noche? -se oyó decir, sintiéndose como una estúpida.
-No, no esta noche en particular -respondió Miley con pesar- Algunas noches, no sé si muchas o pocas. Lo único que sé es que tiene una aventura. ¡Y todo Londres lo sabe menos tú!
Se hizo el silencio. A Demi se le heló el aire en los pulmones, fue como si le clavaran alfileres en el pecho.
-Perdóname, Demii... -dijo Miley con voz grave, tratando de hablar con suavidad- No creas que me gusta esto, no importa que...
Miley iba a decir qué poco le gustaba Joe y cuánto le gustaría vedo caer, pero se contuvo. No era ningún secreto que no se gustaban mutuamente, y que sólo se soportaban por Demi.
- Y no creas que te digo esto sin estar segura -añadió-. Los han visto en varios lugares. En algún restaurante... ya sabes, demasiada intimidad para que se tratara de una reunión de negocios. Pero lo peor es que los he visto con mis propios ojos. Mi último novio vive en el mismo bloque que Taylor Swift, los he visto salir y entrar muchas veces...
Demi había dejado de escuchar. No dejaba de recor¬dar ciertas cosas, indicios que convertían lo que Miley decía en algo demasiado probable para que pudiera tomárselo como si fuera una simple habladuría. Detalles en los que debía haber reparado hacía semanas. Pero había estado demasiado ocupada, demasiado absorta en sus propios asuntos para darse cuenta. Nunca había desconfiado del hombre cuyo amor por ella y por sus hijos no había puesto en duda jamás.
En aquellos momentos, se daba cuenta de muchas cosas. El frecuente mal humor de Joe, su irritación con ella y con los niños, las numerosas veces que se había quedado en su estudio en lugar de subir a acostarse con ella.
Se estremeció de la cabeza a los pies. Cerró los ojos y recordó que, otras veces anteriores, Joe había querido hacer el amor y ella le había respondido que estaba demasiado cansada.
Pero ella creía que habían solucionado aquel problema. Pensaba que, desde hacía un par de semanas, desde que Frankie dormía sin despertarse en toda la noche y ella estaba más descansada, todo había vuelto a la normalidad.
Sólo habían pasado unas noches desde que hicieran el amor con tanta ternura que Joe se había estre¬mecido entre sus brazos al despertar.
¡Dios... !
-Demi...
¡No! ¡Ya no podía seguir escuchando a su amiga! -Tengo que colgar -dijo con voz grave-, tengo que dar de comer a Frankie.
En aquel momento, recordó algo mucho más dolo¬so que el mal humor de Joe. Recordó el delicado aroma de un caro perfume de mujer que una mañana descubrió en una de las camisas de su marido al recogerle para echarla a la lavadora. Estaba impregnado en el algodón de la camisa. En el cuello, en los hombros, en la pechera. El mismo delicado aroma que Demi había detectado sin reconocerlo desde hacía algunas noches, cada vez que su marido volvía a casa tarde y la saludaba con un beso. En su mejilla, en el cuello, en el pelo...
¡Qué estúpida había sido!
-No, Demi, por favor, espera...
Colgó bruscamente y el auricular se le cayó de las manos, golpeó sonoramente sobre sus piernas y sobre el suelo y quedó a los pies de la escalera. Imaginaba a Joe. Lo imaginaba con otra mujer, teniendo una aventura, haciendo el amor, ahogándose en suspiros...
Le dieron náuseas y se cubrió la boca con una mano, apretando el puño contra sus fríos y temblorosos labios.
El teléfono sonó otra vez. Un llanto cansado que provenía de la cocina se mezcló con el sonido del teléfono. Se puso de pie. Poseída de una extraña calma, levantó el auricular y lo volvió a colgar. Luego, con la misma calma, que no era más que una manifestación del profundo choque que acababa de sufrir, lo agarró, lo dejó descolgado y se dirigió a la cocina.
Nada más terminar su cena, Frankie se durmió. Se tumbó boca abajo, hecho un ovillo, abrazado a un osito de peluche. Demi se quedó mirándolo un buen rato, aunque sin verlo realmente, sin ver nada en absoluto.
Se le había quedado la mente en blanco.
Echó un vistazo a las habitaciones de los mellizos.
Sammy estaba dormido, con las sábanas arrugadas a los pies de la cama, como siempre, y los brazos cruzados sobre la almohada. Se acercó, le dio un beso y lo tapó. De sus hijos, Sam era el que más se parecía a su padre, moreno y con una barbilla prominente, señal de su carác¬ter decidido, como el de su padre. Era alto y fuerte, igual que Joe a la misma edad, tal y como había visto fotos del álbum de su suegra.
Luego, fue a ver a su hija. Kate era muy diferente a su hermano mellizo. Al entrar por la mañana en su habitación, se la encontraba siempre en la misma posi¬ción en que se había dormido. Kate tenía el pelo sedoso y rubio, esparcido sobre la almohada. Era el ojito derecho de Joe, que no ocultaba su adoración por su princesa de ojos azules. Y la pequeña lo sabía y explotaba la situación al máximo.
¿Cómo podía Joe hacer algo que le pudiera doler a su hija? ¿Cómo podía hacer algo que pudiera rebajarlo a ojos de su hijo mayor? ¿Podía ponerlo todo en peligro sólo por el sexo?
¿Sexo? Le dieron escalofríos. Tal vez era algo más que sexo, tal vez era amor, un amor verdadero. La clase de amor por la que un hombre lo traiciona todo.
Pero, tal vez, fuera todo mentira. Una mentira sucia y estúpida, y ella estaba cometiendo con él la mayor de las indignidades con tan sólo suponerlo capaz de algo así.
Pero recordó el perfume, y las muchas noches que había pasado fuera, echándole las culpas al contrato de Harvey's.
¡Maldito contrato!
Se tambaleó y salió de la habitación de Kate para dirigirse a su cuarto, donde, la semana anterior, se habían encontrado de nuevo y habían hecho el amor de una manera muy tierna por primera vez en muchos meses.
La semana anterior. ¿Qué había pasado la semana anterior para que él volviera a ella de nuevo? Que ella había hecho un esfuerzo, eso es lo que había ocurrido. Ella había estado muy preocupada por cómo iba su matrimonio y había hecho un esfuerzo. Había dejado a los niños con su madre y había cocinado el plato favorito de Joe. Se había puesto un vestido de seda negro y habían cenado con velas.
Sin embargo, recordó la tensión del rostro de Joe al estar desnudos en la cama, una tensión que él achacaba a menudo al estrés, y sintió un escalofrío.
Cerró la puerta y se dirigió al cuarto de estar. Se daba cuenta de muchas cosas, cosas que en su estúpida ceguera no había visto hasta entonces.
La fuerza con que la había agarrado por los hombros,en un intento desesperado, pero evidente de guardar distancias. La triste mirada de sus ojos grises mientras observaba su boca. El suspiro con que había recibido su confesión: «Te quiero, Joe», le había dicho, «siento mucho que haya sido muy difícil vivir con¬migo».
Joe había cerrado los ojos y tragado saliva, frunciendo los labios y apretando los puños sobre sus hom¬bros hasta que ella sintió dolor. Luego, la había estrechado entre sus brazos y había hundido el rostro en su cuello, pero no había dicho una palabra, ni una sola palabra; Ni una disculpa, ni una declaración de amor, nada.
Pero habían hecho el amor con mucha ternura, recordaba con un dolor que recorría todo su ser. Fuera cual fuese su relación con la otra mujer, todavía lo deseaba con pasión, con una pasión que no podría sentir por ningún otro hombre.
¿O tal vez sí? ¿Qué sabía ella de los hombres? Había conocido a Joe con diecisiete años. Había sido su primer amante, su único amante. El...
la no sabía nada de los hombres.
Y, por lo visto, nada de su marido. 
 
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