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Mi nombre es Yesennia ... subo adaptaciones jemi en youtube pero aveces como son largas lo subo a este blog este es mi canal http://www.youtube.com/channel/UC93vtXRXWvbXxe_1js_HRJg/videos?flow=grid&view=0 ...
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jueves, 4 de julio de 2013

Atraccion capitulo 6 - jemi en español

Capitulo 6:

—Mi abuelo era vaquero, pero se retiró cuando un toro lo dejó lisiado, y mi abuela y él se vinieron a vivir aquí cuando mi madre era pequeña.
—Tus raíces están bien asentadas en este lugar.
—Sí, es agradable sentirse en casa.
Joe miró su reloj, y comentó:
—Será mejor que me vaya, tengo que ocuparme de algo de papeleo antes de irme a dormir. Llama si necesitas algo.
—Vale. Gracias.
—Es que el pastel estaba muy bueno.
—Me alegro de que te gustara.
—Cierra con llave —le dijo, antes de meterse en el coche.
—Lo haré. Buenas noches.
Él puso en marcha el coche y se fue, pero demi vio que aminoraba la marcha al final del camino, como si no supiera si debía irse o no. Al final se alejó hasta que lo perdió de vista, pero se sintió extrañamente reconfortada.
demi cerró con llave, echó el cerrojo, y comprobó dos veces que la puerta había quedado bien cerrada. Entonces se aseguró de que los palos de escoba que ponía cruzados en las anticuadas ventanas para evitar que alguien pudiera entrar estaban bien colocados, y comprobó la ventana de su dormitorio cuatro veces. Era un ritual que nunca se le olvidaba.
Su vecino la había sorprendido al aparecer en el hospital. Era una persona solitaria, como ella, y aunque al principio no le había caído bien, parecía tener algunas virtudes.
Se puso su largo camisón blanco, y se peinó hasta que el pelo le cayó por los hombros como un manto de oro, pero no se miró en ningún momento al espejo.
Ya casi había amanecido cuando alguien empezó a aporrear la puerta principal. No dormía en el antiguo dormitorio que había ocupado en la segunda planta, sino en uno de la primera que quedaba cerca de la puerta. Después de ponerse una bata, encendió las luces del porche y miró por la ventana, y le dio un vuelco el corazón al ver a su vecino esperando fuera con expresión muy seria. Sólo se le ocurrió una posible razón que pudiera explicar su presencia allí.
Abrió la puerta, y soltó un pequeño sollozo.
—No… por favor, no… —susurró con voz ronca.
—Lo siento —le dijo él con suavidad.
—¿Se ha… se ha ido?
Cuando él asintió, se quedó mirándolo destrozada y empezó a llorar en silencio. Se sintió aterrada cuando él invadió su espacio personal y la tomó de los hombros, pero empezó a relajarse al darse cuenta de que no la sujetaba con fuerza, y de repente lo abrazó. No recordaba ni una sola vez en la que alguien la hubiera abrazado mientras lloraba.
Él le acarició el pelo, y le dijo con calma:
—Todos tenemos que morir tarde o temprano, demi.
—Tú perdiste a tu madre —comentó ella entre sollozos.
—Sí —Joe no le dijo que no era la única persona a la que había perdido, porque no la conocía lo suficiente para sincerarse con ella.
—¿Ha sido rápido?
—Coltrain me ha dicho que ha inhalado ligeramente, y se ha relajado sin más. Ha sido rápido, y no le ha dolido. Ni siquiera ha recobrado la consciencia.
—Dios, no sé lo que estipuló para su entierro, fue a la funeraria y rellenó ella sola los papeles. Tenía un documento… pero no sé dónde está —demi se echó a llorar de nuevo, pero se sintió reconfortada al poder apoyarse en él. Era un hombre cálido y fuerte, y en ese momento no le resultaba amenazador.
—Yo te ayudaré, pero quiero que ahora te vengas a mi casa. Ve arriba a cambiarte, mañana nos ocuparemos de todo. ¿A qué funeraria fue?
—A Jackson y Williams.
—Llamaré mientras te vistes, y también al hospital.
—No sé cómo agradecerte…
—No quiero tu agradecimiento. Venga, ve a vestirte.
—De acuerdo.
Joe la siguió con la mirada. El doctor Coltrain había insistido en que había que tenerla vigilada, le había dicho que la muerte de su abuela iba a ser un golpe muy duro para ella, y que alguien tenía que cuidarla. Aunque a lo mejor simplemente se preocupaba por ella porque la conocía desde hacía mucho tiempo y la apreciaba.
Sacó el móvil, y marcó el número de información.

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demi  estaba sentada con Joe en el despacho de la funeraria, mientras Henry Jackson repasaba con ella los arreglos concernientes al funeral de su abuela. Joe había pedido el día libre para poder ayudarla, a pesar de que estaba claro que era un hombre muy ocupado.
No había demasiado por hacer. Su abuela había dejado estipulado lo que quería, e incluso había dejado pagado un sencillo ataúd de pino. Iban a enterrarla en el cementerio de una iglesia baptista, al lado de su difunto marido, y el seguro iba a ocuparse de los gastos del funeral.
Después fueron al despacho de Blake Kemp, y Joe se quedó en la sala de espera mientras ella hablaba con el abogado. Se quedó atónita cuando el hombre le dijo que había heredado tanto la casa como las tierras, porque creía que su abuela no iba a dejarle nada.
—No esperaba heredar nada —confesó.
—Se sentía culpable, demi—le dijo Blake—.Te falló en el peor momento. A lo mejor el hecho de que no te tratara bien fue una reacción involuntaria ante su propio comportamiento.
—Me culpaba por lo que le pasó a mi madre.
—Pues fue muy injusta, porque tú no tuviste la culpa de lo que pasó —Blake conocía a su familia desde hacía muchos años, y la trataba con total franqueza.
—Eso mismo me dijo el doctor Coltrain.
—Es que es la verdad. Vamos a encargarnos del papeleo, para que todo quede a tu nombre —al ver que hacía ademán de hablar, alzó una mano para interrumpirla—. No te preocupes, yo me ocuparé de todo. En lo que respecta al funeral…
—El señor Grier está ayudándome con eso.
—¿Cash?
—No, su hermano Joe. Es vecino mío.
El abogado enarcó las cejas. A juzgar por lo que había oído del hermano de Cash, no parecía un hombre demasiado dado a ayudar a los demás.
—Es muy agradable —añadió demi—. Hizo que sus hombres me arreglaran el coche, así que le preparé un pastel de manzana.
—Ya era hora de que empezaras a fijarte en los solteros, demi —le dijo él, con una sonrisa. Ella se puso seria de inmediato.
—No es nada de eso, sólo está siendo amable conmigo. Seguro que la señorita Turner se lo ha pedido.
—Puede ser. En fin, si necesitas algo, ya sabes dónde estoy.
—Gracias.
—De nada. Cuando tenga listos los papeles, te llamaré para que vengas a firmarlos, yo me ocuparé de todo.
Al salir del despacho, demi se despidió con una sonrisa de la nueva recepcionista, que había reemplazado a Violet Hardy cuando ésta se había casado con Kemp. Joe se levantó del sofá y fue hacia ella, pero se sintió molesto al ver que la recepcionista enarcaba las cejas y los miraba con una sonrisa pícara.
—Es lo normal en los pueblos —le dijo demi con incomodidad, cuando salieron a la calle—. La gente empieza a cotillear en cuanto dos personas van juntas a algún sitio, pero no es por malicia.
Él no contestó, pero dejó claro con su actitud que la situación no le hacía ninguna gracia.
—Gracias por ayudarme con todo esto —le dijo ella, cuando iban camino de su casa.
—De nada —Joe le echó un vistazo a su reloj, y comentó—: tengo que volver a mi despacho, estamos investigando el asesinato de una niña y tengo que hacer unas cuantas llamadas.
demi se tensó de inmediato.
—¿Tenéis alguna pista?
—No, aún es muy pronto. La sacaron de su propio dormitorio mientras sus padres dormían en el cuarto de al lado, y la tuvieron secuestrada durante varios días. Un excursionista encontró el cadáver detrás de una iglesia. Tenía diez años, y todos sus familiares cercanos tienen coartada. Abusaron de ella… ¿qué clase de ser humano puede sentirse atraído por una niña?
demi luchó por controlar la respiración, y cruzó los brazos con fuerza.
—Hombres inadaptados, que quieren control.
A Joe le sorprendió su respuesta, y se volvió a mirarla.
—¿Qué quieres decir?
—Son hombres que no pueden estar con mujeres adultas, y como las odian por ello, atacan a las más indefensas.
—Se te da bien —murmuró él, con una pequeña sonrisa—. Sí, creo que tienes razón. Tienes potencial, ¿te has planteado entrar en las fuerzas de seguridad?
—No soporto las pistolas.
Él se echó a reír.
—No tienes que llevar una pistola de forma obligatoria, en el FBI también tenemos personal civil… especialistas en información, ingenieros, lingüistas…
—¿Lingüistas?
—Sí. En los viejos tiempos, había que ser agente para trabajar con nosotros, pero ahora las normas son más flexibles.
demi sonrió a pesar de sí misma, y comentó:
—Tú no eres nada flexible, agente Grier.
—¿Cuántos años tienes? —al ver que ella se limitaba a enarcar las cejas, insistió—: venga, dímelo.
—Veinticuatro.
—Yo tengo treinta y seis, así que no soy ningún vejestorio. Y me llamo Joe.
—Nunca había oído antes ese nombre.
—Mi madre tuvo cuatro hijos, todos varones. Mi padre dice que solía pasarse horas sentada en el porche, consultando libros de nombres; en todo caso, el mío es mejor que el de Cash.
—Cash no es un nombre raro.
—Realmente se llama Cassius —le dijo él con una sonrisa.
—¡Madre mía!
—Por eso quiere que le llamen Cash.
—¿Estáis muy unidos?
—La verdad es que no. Hemos tenido algunos problemas familiares desde la muerte de mi madre, y ahora estamos empezando a conocernos. Cash ingresó en una escuela militar cuando tenía unos ocho o nueve años, y apenas habíamos vuelto a hablar hasta el año pasado.
—Debe de ser muy triste tener una familia y no relacionarse con ella.
Joe se preguntó cómo habían sido los padres de demi, pero era demasiado pronto para hacerle preguntas personales. No quería tener más contacto del necesario con ella, porque estaba casado con su trabajo… aunque acababa de hablarle de ese tema, a pesar de que nunca lo hacía. demi tenía una empatía a la que resultaba muy difícil resistirse y con ella se sentía como en casa, pero eso era muy peligroso. No iba a permitir que surgiera nada entre los dos.
Después de dejar a demi en su casa, Joe se fue a trabajar. Bentley, uno de sus superiores, le llamó a su despacho para informarlo de que el capitán de Márquez se había puesto en contacto con él, y había decidido autorizar que el FBI colaborara en la investigación.
El grupo de trabajo iba a estar encabezado por Joe, y su misión era encontrar al asesino que había matado a la pequeña de diez años; aunque nadie lo había admitido en voz alta de momento, todos sabían que era posible que se tratara de un asesino en serie, porque había cuatro casos por lo menos con crímenes muy parecidos.
—Me pondré manos a la obra de inmediato —le dijo Joe.
—El capitán de Márquez me ha dicho que hay que resolver el caso cuanto antes —le dijo Bentley. Le faltaba poco para jubilarse y había pedido que lo trasladaran a San Antonio, porque allí tenía familia. Era un hombre amable, y un agente muy bueno al que Joe respetaba—. El capitán está dispuesto a tener en cuenta todas las posibilidades, pero el teniente de Márquez cree que se trata de una simple coincidencia.
—Los casos son demasiado parecidos —le dijo Joe con firmeza.
Bentley esbozó una sonrisa. Conocía a Joe desde hacía mucho tiempo, y sabía lo decidido que podía llegar a ser.
—Sí, estoy de acuerdo contigo. No te metas en líos.
—Lo intentaré —parecía sincero al decirlo, pero su sonrisa lo delató.
Llamó por teléfono a Márquez, y quedaron en un restaurante.
—Tienes un aspecto horrible —comentó Joe, al ver sus ojeras y lo cansado que parecía.
Márquez soltó una carcajada carente de humor.
—Me tomo muy en serio estos homicidios. Llamé a la policía de Oklahoma, para preguntar sobre el caso en el que también encontraron un lazo rojo. La víctima fue una niña de once años, la encontraron boca abajo cerca de un cementerio.
—¿Abusaron de ella?
—Sí. La estrangularon y después le dieron veinticinco puñaladas, igual que en nuestro caso. Es demasiado parecido para que sea pura coincidencia.
—Parece un ataque muy personal —comentó Joe.
—Exacto. El malnacido odiaba a la niña, o lo que ella representaba, y se ensañó con ella. Por cierto, he encontrado otro caso… el mismo modus operandi, cerca de Del Rio, hace tres años. La apuñalaron y la dejaron tirada en un campo. Me encontré con uno de nuestros viejos inspectores, que se acordaba del caso. Pasó hace tanto tiempo, que ni siquiera aparecía en las bases de datos. Envié un correo electrónico a la policía de allí, para que me mandaran por fax la información —se pasó una mano por su espesa cabellera negra, y añadió—: son crías, niñas inocentes, y puede que ese monstruo esté actuando desde los noventa a intervalos con total impunidad. Daría lo que fuera por atraparlo —Márquez se detuvo cuando la camarera se les acercó. Después de pedir y de que la mujer le llenara una taza de café, añadió—: tiene que ser un agresor sexual reincidente, es demasiado bueno para ser un novato. Hay que ser un capullo bravucón para llevarse a una niña de su propia habitación, mientras su familia está en la casa. Y lo ha hecho durante años, sin que lo hayan atrapado.
—El lazo rojo debe de tener algo que ver con una fantasía suya —comentó Joe, antes de tomar un trago de café.
—Sí, eso creo. El inspector que me habló del caso de Del Rio recordaba haber oído hablar de un caso que quedó archivado hace unos doce años, pero no se acordaba de dónde había pasado. Cree que fue en el sur de Texas.
—¿Lo buscaste en la base de datos?
—Sí, pero ni siquiera aparecía el caso de Del Rio. Sólo Dios sabe cuántos otros faltarán, sobre todo si sucedieron en pequeñas localidades rurales. Le conté a mi teniente lo de Del Rio, y lo de las dos niñas de Oklahoma que aparecieron muertas después de que las secuestraran de sus casas, y se echó a reír cuando le dije que teníamos que pediros ayuda a los del FBI para que elaborarais un perfil del asesino. Como insistió en que las muertes no están conectadas, tuve que ir a hablar con el capitán, y él llamó a tu superior. Gracias.
—De nada. La mayoría de los polis veteranos no soportan el papeleo y las complicaciones. A nadie le gusta pensar que se trata de un asesino en serie, pero creo que podemos atrapar a éste si nos empeñamos.
—Le pregunté sobre ti a uno de los miembros de tu equipo, y me dijo que eras capaz de perseguir a alguien hasta las mismísimas puertas del infierno.
—No me gusta que los criminales se escapen —se limitó a decirle Joe.
—A mí tampoco. Este tipo es un asesino en serie, y necesito que me ayudes a demostrarlo.
Joe permaneció en silencio mientras la camarera les servía los filetes que habían pedido, y cuando la mujer se fue, le preguntó a Márquez:
—¿Qué similitudes has encontrado con el caso de Del Rio?
—Sólo tengo alguna información poco precisa, pero la metodología del secuestro fue la misma, y fueron descartando sospechosos hasta que sólo quedó un desconocido. Abusaron de la víctima y la apuñalaron, pero no sé si se encontró un lazo rojo en la escena del crimen. He incluido nuestro caso en el VICAP, y he encontrado varios asesinatos de niñas en otros estados, pero como ninguna de ellas fue estrangulada y apuñalada, a lo mejor se trata de otro criminal.
—O a lo mejor este tipo ha cambiado sus hábitos, puede que una pistola le diera más poder en un secuestro.
A pesar de que un asesino podía cambiar de método a la hora de matar, si tenía la costumbre de dejar algún tipo de elemento que lo caracterizara, no solía cambiarlo.
—¿Hay constancia de un lazo rojo en alguno de los otros casos? —añadió Joe.
—No. Al menos, no se mencionaba nada en la información que encontré. Ya sabes que se suelen mantener varios detalles al margen de la prensa, puede que los inspectores que se ocuparon de esos crímenes no mencionaran el lazo a propósito.
—¿Has intentado contactar con los que se ocuparon de los casos de Oklahoma?
—Sí. El primero me tomó por un periodista, y creyó que estaba intentando sonsacarle información para publicarla. Le di el número de mi capitán, pero me dijo que cualquiera podría obtenerlo en Internet y me colgó. Llamé a la otra comisaría, pero nadie sabía nada del segundo caso.
—¿Y el crimen de Texas?
—Eso ha sido rarísimo. Fue en Palo Verde, un pueblo cerca de Austin, pero no he podido contactar con la policía. Incluso he enviado mi número de teléfono por correo electrónico, pero ya hace una semana y aún no sé nada.
—Nos escriben montones de chalados, y recibimos unos doscientos correos basura al día —le dijo Joe—. Algunos parecen engañosamente inocentes, y cuando uno los abre, resulta que se trata de alguna estafa o de un enlace a una página porno. Siempre hay alguno que pasa los filtros. A lo mejor tu mensaje acabó borrado.
—No soporto los correos basura —masculló Márquez.
—Tenemos una división de crímenes cibernéticos, que se pasa horas buscando posibles estafas y acabando con ellas.
—Genial, pero eso no resuelve mi problema.
—Puedes ir a Oklahoma y enseñarles tus credenciales en persona, ¿no?
—Apenas puedo pagar mi hipoteca, no tengo para pagar el billete de avión —le contestó Márquez con resignación.
—Tu departamento se encargaría de los gastos.
—Y un cuerno. Ya te dije que tuve que pagar de mi bolsillo la condenada cámara digital, porque mi teniente dijo que era un gasto innecesario. Le gusta su trabajo, y los mandamases miran con lupa el presupuesto departamental.
—Sí, lo sé de primera mano.
—No creo que hayas tenido que presentar el recibo por una botella de agua, para que te lo incluyan en la cuenta de gastos.
—Lo dirás en broma, ¿no? —Joe se quedó boquiabierto.
—Ojalá. Supongo que me encarcelarían si comprara una botella de coca-cola.
Joe soltó una carcajada, y comentó:
—Tendrías que venirte a trabajar con nosotros, hasta tendrías tu propio coche oficial.
—¿En serio?
—Sí. Yo uso el mío para ir y venir del trabajo, es como tener un sistema de almacenamiento móvil para todo el equipo, incluyendo las armas.
—¿Es que tienes más de una?
—Supongo que tendrás acceso a equipo de blindaje, y a barreras de clavos, y a armas antidisturbios…
—Claro que tengo equipo de blindaje, pero no es de uso exclusivo. En cuanto a lo de las barreras de clavos… intento pinchar las ruedas con mi arma reglamentaria, si el sospechoso no está cerca de alguna otra cosa a la que pueda darle por error. Y lo del arma antidisturbios… —se apartó un poco la chaqueta, y dejó al descubierto su pistolera—. Esto es todo lo que tengo, no me gustan las escopetas.
—¿Te dejan llevar una pistolera al hombro?, a nosotros no.
—Si no puedo llevar una, no sé si me interesa intentar entrar en el FBI. Además, os mandan de un lado a otro, y a mí me gusta quedarme cerca de casa.
—A cada cual lo suyo.
—¿A quién más vas a incluir en el grupo de trabajo? —le preguntó Márquez.
—Al departamento del sheriff, porque el asesinato se perpetró en el condado… también contaremos con una unidad de K—9, y con un ranger de Texas…
—¿Un ranger? Intenté entrar en el cuerpo hace cinco años. Superé todas las pruebas menos la de tiro, pero dos tipos tenían mejor puntuación que yo. Es un equipo impresionante.
—Sí, es verdad. Mi hermano fue uno, antes de venir a San Antonio para trabajar con el fiscal del distrito en calidad de experto en crímenes cibernéticos. Después se fue a Jacobsville.
—Es el jefe de policía, ¿verdad? Es un tipo con agallas, ha desarticulado varias redes de tráfico de drogas.
Joe sintió una oleada de satisfacción, porque se sentía muy orgulloso de su hermano.
—¿Quién más está en el grupo? —le preguntó Márquez.
—Tenemos a un inspector de la oficina del fiscal del distrito, especializado en crímenes contra menores, y podremos usar el laboratorio de Quantico para analizar las pruebas.
—Nosotros tenemos una de las mejores unidades forenses del país.
—Sí, ya lo sé. Pueden ocuparse de procesar la información.
—¿Cuándo vamos a reunimos?
—Mañana a eso de la una de la tarde, en El Chico. He hablado con un policía que conoce a la familia de la víctima, porque antes vivía en el mismo vecindario, y ha accedido a encontrarse con nosotros allí. Llamaré al ranger y al inspector del fiscal para que estén a mano, espero que podamos atrapar a ese malnacido.
—En eso estamos de acuerdo —Márquez miró su reloj, y comentó—: tengo un par de horas libres, pero después estaré en mi despacho, así que puedes llamarme allí si surge algo —se sacó una tarjeta del bolsillo, y añadió—: aquí tienes el número de mi móvil.
—Gracias, estaremos en contacto.
Márquez se sacó la cartera cuando acabaron de comer y la camarera les llevó la cuenta, pero Joe le indicó que volviera a guardársela y le dio su tarjeta de crédito a la mujer.
—Invito yo, ha sido una comida de negocios —le dijo, con una sonrisa.
—Gracias. Me gustaría poder devolverte el gesto, pero mi teniente me mandaría a investigar hurtos en gasolineras si le entregara la factura de una comida.
Joe se echó a reír.
Se le quitaron las ganas de reír cuando llegó a casa y encontró a la señorita Turner junto al teléfono, claramente preocupada.
—¿Qué pasa?
—Espero que nada —le contestó ella—. demi no contesta al teléfono, pero seguro que está bien. A lo mejor no tiene ganas de hablar con nadie.
—Iré a ver qué pasa.
Se fue antes de que su ama de llaves tuviera tiempo de preguntarle si podía acompañarlo, y al llegar a casa de demi, notó de nuevo que la propiedad estaba bastante descuidada. Subió los escalones del porche de dos en dos, y llamó a la puerta con fuerza tres veces, pero nadie contestó.
Empezó a rodear la casa, y la encontró por fin en el jardín, podando los rosales… y hablando con ellos. Era obvio que no le había oído llegar.
—Ya sé que nunca le gustasteis a la abuela, pero yo os adoro. Me aseguraré de que tengáis todo el fertilizante y el fungicida que necesitéis para volver a estar preciosos, como cuando el abuelo os cuidaba —se secó los ojos con la manga de la camisa de franela que llevaba puesta, y añadió—: no sé por qué lloro por ella, porque me odiaba. Por mucho que me esforzara, no me quería, pero se ha ido y sólo quedamos vosotros y yo en esta casa tan enorme…
—¿Los rosales van a vivir dentro contigo? —le preguntó él con curiosidad.
demi  se volvió de golpe, y estuvo a punto de caerse. Se llevó la mano al pecho, y dio la impresión de que le costaba respirar.
—Eres silencioso como el viento, ¿qué haces aquí?
—La señorita Turner estaba preocupada porque no contestabas al teléfono.
—Vaya. Es una mujer muy amable —comentó ella, antes de volverse de nuevo hacia los rosales para seguir podándolos.
Joe recorrió la zona con la mirada. Había una franja de terreno detrás de la casa que parecía recién arada, y se preguntó si demi se ocupaba del jardín o si su abuela había plantado una especie de huerto.
—¿Habéis encontrado al asesino de la niña?
—Aún no. No es tan fácil resolver un asesinato. Este caso es muy parecido a otros crímenes que se remontan a años atrás, y estamos organizando un grupo de trabajo para investigar.
—Mi padre trabajó de ayudante en la oficina del sheriff del pueblo, igual que mi abuelo, pero de eso ya hace mucho tiempo. Lo dejó cuando se casó con mi madre, porque a ella no le gustaba que corriera tanto riesgo.
—¿A qué se dedicó después?
—Consiguió un empleo de conductor de limusinas en San Antonio en el que ganaba bastante, pero se enamoró de una millonaria para la que le tocó trabajar. Le pidió el divorcio a mi madre, y ella no llegó a superarlo nunca. La otra mujer tenía diez años más que ella, y era propietaria de una tienda de lujo.
—¿Tu padre aún está vivo?
—No. Su nueva esposa y él murieron en un accidente, tuvieron un choque frontal con un conductor borracho cuando iban camino de Las Vegas.
—Me dijiste que tu madre no te soportaba.
—Sí, me odiaba porque me parecía a mi padre.
—¿Qué le pasó a ella?
—Murió hace unos doce años, dos años después que mi padre.
—¿A qué se dedicaba?
—Era enfermera.
—Vas a matar a esos rosales si sigues podándolos, y empieza a hacer frío.
demi se estremeció ligeramente, y se puso de pie.
—Sólo quería entretenerme con algo, no soporto estar sola en la casa.
—No hace falta que lo estés. Prepara una bolsa con lo que necesites, te vienes a mi casa. Podrás ver la tele con la señorita Turner hasta que te hartes.
—No hace falta que…
—Sí, sí que hace falta —le dijo él con suavidad, sin apartar la mirada de su rostro húmedo de lágrimas—. Necesitas algo de tiempo para acostumbrarte a vivir sin tu abuela. No tienes ninguna obligación, sólo quiero que tengas algo de compañía.
demi se mordió el labio con indecisión. Era obvio que no entendía por qué quería ayudarla.
—Lo haría por cualquiera, sólo quiero ser un buen vecino.
—Si no voy a molestar…
—Me paso horas trabajando en mi despacho para tener los archivos al día, no me molestarás. Estarás en el cuarto de invitados que hay al lado del de la señorita Turner, para que la tengas cerca si te asustas por la noche.
demi no estaba convencida del todo, porque le costaba mucho confiar en un hombre.
—Si te quedas aquí hablando con las rosas, alguien acabará viéndote. Imagínate el escándalo que se montaría.
Ella no pudo contener una sonrisa, y al final cedió.
—Vale, acepto. Gracias —añadió, un poco incómoda.
—Seguro que tú harías lo mismo por mí.
Sí, aquello era cierto.
La señorita Turner se mostró sorprendida y encantada ante su inesperada llegada.
—El señor Grier no soporta tener compañía —comentó, mientras le servía a demi una taza de té en la cocina.
—Me ha invitado porque me ha pillado hablando con las rosas —le dijo ella. Al ver la mirada de desconcierto del ama de llaves, se sonrojó y añadió—: es que no tengo demasiadas visitas.
—Puedes hablar conmigo. Al menos, yo te contestaré.
La señorita Turner la llevó más tarde al cuarto de invitados, y le mostró la manta que le había dejado a los pies de la cama por si tenía frío.
—El señor Grier dice que no puede dormir si hace calor, así que la casa está helada —refunfuñó el ama de llaves—. Lo más seguro es que te quedes como un témpano de hielo, pero al menos no estarás sola. ¿Has traído tus medicinas?
demi asintió.
—Perfecto. Tienes agua en la jarra que te he dejado junto a la cama. Buenas noches.
—Buenas noches.
Cuando la mujer se fue y cerró la puerta, demi se sentó en la cama y recorrió con la mirada la acogedora habitación, que estaba decorada en tonos azules y beis. Se sentía desconcertada y agradecida por la invitación de su vecino, porque la perspectiva de pasar la noche sola le daba miedo. Para ser un hombre tan poco sociable, era sorprendentemente amable.
Se acostó y cerró los ojos, pero estaba muy alterada por todo lo que había sucedido… no sólo por la muerte de su abuela. No podía dejar de imaginarse a niñas tumbadas en lechos de rosas, con lazos rojos alrededor del cuello…
Cuando los gritos empezaron, ni siquiera se dio cuenta de que salían de su propia boca.

Atraccion - capitullo 5 - jemi en español





Capitulo 5 


—Oye, yo no robo coches, trabajo para el FBI —le contestó él con indignación.
—No te habrían contratado si hubieran sabido lo que hacías. ¿Dónde está mi coche? No me digas que no lo sabes, porque el cartero vio a uno de tus vaqueros llevándoselo esta mañana, después de que me fuera a trabajar.
—Ese trasto es una trampa mortal, le he pedido a uno de mis mecánicos que lo revise. Así podrás volver a conducir tu propio coche.
Ella permaneció en silencio durante unos segundos, y finalmente contestó:
—Ya.
Joe se mordió la lengua para no decir una barbaridad.
—No he querido decir que me importe que la señorita Turner y tú uséis el Expedition, ¡deja de poner palabras en mi boca!
—¡No he dicho nada!
—¡Pero estabas pensándolo!
—Teniendo en cuenta a qué te dedicas, debe de resultarte muy útil poder leerle el pensamiento a la gente —le dijo ella con excesiva dulzura. Al cabo de un segundo, añadió—: perdona, se me ha escapado. Finge que no lo has oído.
—Hay un refrán sobre morder la mano que te da de comer…
—Ni se me ocurriría morderte la tuya, ¡quién sabe dónde habrá estado! —antes de que Joe pudiera reaccionar, le dio las gracias por ayudarle con el coche, y se apresuró a colgar.
Él colgó el teléfono con brusquedad, y masculló una imprecación en voz baja.
La señorita Turner se quedó atónita, porque nunca había visto a su taciturno jefe tan alterado. Mientras se dirigía hacia la cocina, se dijo que así al menos el hombre parecía un poco más vivaracho que de costumbre, y se preguntó qué le había dicho demi para que reaccionara de ese modo.
Al día siguiente, demi empezó a sentirse un poco culpable. Su vecino se había llevado el coche para repararlo, y seguro que no le cobraba nada. Tenía que dejar de hacerle pagar a él su propia frustración, el hecho de que estuviera tan preocupada por la abuela no le daba derecho a tomarla con los demás, aunque aquel hombre no parecía demasiado vulnerable.
Ese día no iba a trabajar, y pensaba dedicarlo por completo al pequeño proyecto que consumía tanto gran parte de su tiempo libre como el poco dinero que podía permitirse.
En cuanto hizo una pausa, fue a la cocina. La señorita Turner había comentado que a Joe le gustaba el pastel de manzana, y los suyos eran famosos.
Cuando el capataz de Joe, Clay Davis, fue a llevarle el coche aquella tarde, salió a darle las gracias con el pastel en una cesta. Clay se dirigía ya hacia una furgoneta conducida por uno de sus hombres, pero al verla se detuvo con una sonrisa y se quitó el sombrero en señal de respeto.
—Hola, señorita demi.
—Hola, Clay. ¿Podrías llevarle este pastel a tu jefe de mi parte?
—¿Le ha echado cicuta, o belladona? —al ver que lo miraba desconcertada, comentó—: hemos oído que los dos no se llevan demasiado bien.
—Es un simple pastel de manzana. Me siento un poco culpable por haber sido un poco grosera con él, y es una especie de ofrenda de paz.
—Se lo diré —le dijo él, mientras tomaba la cesta.
—Gracias por arreglarme el coche —le dijo ella, con una sonrisa.
—La llave está dentro. Tiene que tener controlado el indicador del nivel de aceite. Hemos arreglado el escape, pero es mejor que siempre se asegure de que tiene aceite antes de ir a algún lado. Avísenos si nota que vuelve a perder, y se lo arreglaremos.
—Muchas gracias, Clay.
—Los vecinos tienen que ayudarse.
—Sí, pero no creo que yo pueda hacer gran cosa por tu jefe, porque ya tiene toda la ayuda que necesita.
—Le gustan los dulces, pero a la señorita Turner no se le dan demasiado bien los pasteles. No le comente que se lo he dicho, es una cocinera estupenda.
—Sí, pero no suele hacer dulces. A mí se me da fatal el pollo frito.
—Cada cual tiene sus puntos fuertes.
—Gracias de nuevo.
—De nada —Clay se metió en la furgoneta, y se fue con el pastel.
Esa noche, demi fue al hospital en su coche, y permaneció sentada hasta muy tarde en la sala de espera que había junto a la UCI. Coltrain la encontró allí mientras hacía su última ronda, y le dijo con severidad:
—demi, no puedes pasarte aquí toda la noche y trabajar durante el día.
—Si fuera su abuela, usted haría lo mismo —le contestó ella, con una sonrisa.
—Sí, pero tengo mejor salud que tú…
—No empiece con eso. Me cuido mucho, y tengo un gran médico.
—Las zalamerías no funcionan conmigo, pregúntaselo a mi mujer.
—Bueno, al menos lo he intentado —lo miró con expresión seria, y añadió—: la enfermera me ha dicho que no ha habido ningún cambio.
Él se sentó a su lado y suspiró con cansancio.
—demi, eres consciente de que el tejido del corazón no se regenera, ¿verdad?
—A veces ocurren milagros —insistió ella con testarudez.
—Sí, ya lo sé. Yo mismo he visto alguno. Pero en este caso, la situación es muy difícil, y vas a tener que empezar a aceptar que es probable que tu abuela no vuelva a casa.
demi sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, y apretó las manos con fuerza sobre su regazo.
—Es todo lo que tengo, Copper.
Él se mordió la lengua para no decir lo que pensaba de la anciana, y al final contestó con voz cortante:
—No la santifiques.
—Lamentó lo que pasó. Estoy convencida de que no se emborrachó a propósito aquella noche, pero le dolió mucho que mamá se fuera sin decir palabra y me dejara a su cargo.
—¿Eso te lo dijo ella?
—Supongo que nunca fue una mujer demasiado maternal. No le gustaban los niños, y yo le daba muchos problemas.
—demi, tú nunca le has dado problemas a nadie. Siempre has sido quien se ha ocupado de las tareas domésticas de tu casa, tu abuela se limitaba a ver los culebrones de la tele y a beber ginebra mientras tú te encargabas de todo. Su corazón está tan mal por culpa de la bebida.
—Al menos, estaba conmigo —le dijo ella con voz ronca—. Mi padre no quería tener hijos, así que cuando yo nací, se largó con una mujer sin pensárselo dos veces. Mi madre me odiaba porque mi padre se había ido por mi culpa, y acabó yéndose también porque ningún hombre quería cargar con la hija de otro.
—Te parecías mucho a tu padre —comentó el médico.
—Sí, y mi madre también me odiaba por eso —demi bajó la mirada hacia sus manos—. Creía que yo no le importaba nada, así que lo que hizo me tomó por sorpresa.
—Supongo que se sentía culpable. Le importaba mucho el apellido familiar, igual que a tu abuela, así que seguro que creyó que lo que pasó saldría en todos los periódicos. Y habría sido así, si tu abuela no le hubiera pedido a Chet Blake que enterrara el caso para que nadie se enterara de lo que había pasado exactamente. Pero para entonces ya era demasiado tarde para salvar a tu madre.
demi tragó con dificultad, y dijo con voz queda:
—Nunca lo atraparon.
—A lo mejor ya está muerto, o lo encarcelaron por otro crimen.
Ella lo miró, y comentó con voz seca:
—O a lo mejor le hizo lo mismo a otra niña.
—A tu abuela no le importaba eso, sólo quería silenciar el asunto.
—Supongo que Blake se sentía mal por lo que le había pasado a mi madre. Era un buen policía, seguro que habría investigado a fondo.
—Aquel criminal te dio por muerta, y Chet pensó que estarías más segura si no se enteraba de que habías sobrevivido. Ese tipo sabía que, si te dejaba viva, se exponía a que declararas en su contra en un juicio.
demi se estremeció al recordar lo sucedido, y se rodeó con los brazos.
—¿Cree que Blake guardó el archivo del caso?
—Seguro que sí, pero lo más probable es que lo escondiera bien. No creo que Cash Grier acabe descubriéndolo por casualidad, ¿es eso lo que te preocupa?
—Sí. Joe ha sido muy amable conmigo, aunque un poco a regañadientes. No quiero que se entere de lo que me pasó.
—No fue culpa tuya,demi —le dijo el doctor con voz suave y tierna, como si estuviera hablando con una niña.
Había sido él quien la había atendido cuando la policía la había llevado a Urgencias, porque era residente en aquella época.
—Hay quien dice que yo misma me lo busqué.
—¿Qué demonios…?
—Yo solía llevar pantalones cortos.
—Nunca jamás busques excusas para una alimaña como ésa, ¡ningún hombre normal sentiría deseo por una niña de doce años!
demi consiguió esbozar una sonrisa, y susurró:
—Es muy bueno conmigo, doctor.
—Ojalá fuera bueno para tu vida social. Nunca sales con nadie, demi. Tienes veinticuatro años, tendrías que haber ido a terapia para aprender a seguir adelante con tu vida. Tu abuela tiene la culpa de que no hayas ido, seguro que no quería que alguien relacionado con ella fuera al psicólogo.
—Está chapada a la antigua.
—Es un avestruz. Quería proteger el buen nombre de su familia fingiendo que no había pasado nada.
—Todo el mundo sabe lo que pasó.
—No, sólo de forma general.
—Pero de todas formas me protegen muchísimo —demi sintió una profunda calidez—. En Jacobsville, todos formamos una gran familia. Por ejemplo, mire lo que le pasó al viejo señor Jameson… estuvo en la cárcel por atracar un banco, pero pagó su deuda con la sociedad cumpliendo su pena, y cuando salió volvió aquí y todo el mundo lo ha aceptado de nuevo.
—Es una de las cosas que más me gustan de nuestra pequeña comunidad.
—¿Cree que alguien le contará a Joe…?
—Nadie chismorrea sobre ti, demi. Ni siquiera la señorita Turner.
—Bueno, aunque su hermano es el jefe de policía, es un recién llegado, así que supongo que nadie irá a hablarle de los trapos sucios.
—Tú no eres un trapo sucio —le dijo él con firmeza.
—Gracias, doctor —demi vaciló por un instante antes de preguntarle—: ¿puedo entrar a ver a mi abuela, aunque sea por un minuto?
—Bueno, pero sólo si me prometes que después te irás a casa.
demi estuvo a punto de negarse, pero tenía tantas ganas de ver a su abuela, que acabó cediendo.
—De acuerdo.
—Venga, vamos.
El doctor entró con ella en la UCI, y después de hablar brevemente con la enfermera, la llevó al cubículo de su abuela. demi tuvo que morderse la lengua para contener una exclamación al verla allí tumbada. Estaba tan pálida y quieta, que daba la impresión de que ya estaba muerta. Su respiración trabajosa le resultó aterradoramente familiar, ya que su abuelo había hecho el mismo sonido áspero el día de su muerte, cuando ella era muy pequeña.
Coltrain se colocó a su lado, y le dijo con suavidad:
—demi, recuerda que todos tendremos que pasar por este trance algún día. No es un final, sino un comienzo… como el capullo que da paso a la mariposa.
Ella lo miró con los ojos llorosos, y le dijo:
—Toda mi familia está muerta.
—Aún tienes un primo en Victoria, que te aprecia mucho.
Sí, aquello era cierto, aunque el primo en cuestión tenía casi ochenta años y estaba prácticamente inválido.
demi se acercó a la cama y alargó la mano poco a poco, con un gesto vacilante, hasta posarla en el hombro de su abuela.
—Te quiero, abuela —le dijo con suavidad—. Siento… haber sido una carga para ti… —se le quebró la voz, y empezó a llorar.
Su abuela hizo un ligero movimiento, como si la hubiera escuchado, pero no abrió los ojos. Volvió a quedarse quieta, y su respiración se volvió aún más trabajosa.
Consciente de lo que estaba pasando, Coltrain se llevó a demi de vuelta a la sala de espera.
—Lo siento —le dijo ella, mientras se sacaba un pañuelo del bolso y se secaba los ojos.
—No tienes por qué disculparte. ¡Maldita sea, no tendrías que estar aquí sola!
Cuando apenas había pronunciado aquellas palabras, se quedó atónito al ver que la puerta se abría y que Joe Grier entraba en la sala de espera. Había visto la frialdad con la que aquel hombre había tratado a demi cuando la había llevado al hospital, así que no esperaba verlo allí.
Joe se acercó a ellos, y le dijo a demi con sequedad:
—La señorita Turner me ha dicho que seguramente estarías aquí. He ido a darte las gracias por el pastel de manzana, y me he dado cuenta de que tu coche no estaba.
—¿Le has preparado un pastel de manzana? —el doctor Coltrain la miró sorprendido.
—Fui grosera con él, y me sentía culpable —le contestó demi, a la defensiva—. Hizo que alguien me arreglara el coche.
—Sí, y me acusó de habérselo robado —Joe enarcó una ceja, y añadió—: pero el pastel me ha compensado, está buenísimo.
—Me alegro de que te gustara —le dijo ella, con una sonrisa llorosa.
Joe le lanzó una mirada al médico antes de volverse de nuevo hacia ella.
—He pensado que sería mejor venir para seguirte con mi coche hasta tu casa, Clay me dijo que era posible que el tuyo volviera a perder aceite. Vives en un lugar bastante apartado.
A Coltrain le gustó la consideración de aquel forastero, pero permaneció impasible.
—Deja que te escolte hasta tu casa, y quédate allí. Aquí no puedes hacer nada, demi.
Ella respiró hondo, y finalmente cedió.
—Supongo que tiene razón —se volvió hacia Joe y le dijo—: voy al servicio, ahora mismo vuelvo.
—Aquí te espero.
Cuando ella se fue, Coltrain centró su atención en Joe, y le dijo sin andarse por las ramas:
—La señora Collier no va a durar más de un par de horas. Me parece que demi lo sabe, pero va a ser un golpe muy duro para ella.
—Me aseguraré de que no se quede sola. Cuando su abuela muera, puede quedarse una o dos semanas en mi rancho, hasta que se recupere un poco. La señorita Turner la tratará como si fuera su propia hija.
—Me extraña un poco tu actitud —le dijo Coltrain con cautela—. Hace poco, parecía que te molestaba hasta tener que llevar a demi en coche.
Joe apartó la mirada, y le dijo con sequedad:
—demi tiene buen corazón.
Coltrain vaciló por un momento antes de corregirle.
—Es una buena persona. Por cierto, has trabajado hasta bastante tarde, ¿verdad?
—Sí, estamos investigando el asesinato de una niña en el norte. Como estoy especializado en homicidios, me han asignado el caso —su expresión se volvió tensa—. He sido agente del orden durante la mayor parte de mi vida, y a estas alturas pocas cosas me alteran, pero este caso… el malnacido se la llevó por la ventana, y encontramos señales de violencia en el dormitorio de la pequeña. Ese hombre es un animal, tenemos que encontrarlo.
—¿Tenéis alguna pista?
—No, aún no. Pero soy un tipo persistente, y no pararé hasta que lo atrape.
—Me parece que en ese sentido te pareces mucho a tu hermano —comentó Coltrain con una sonrisa.
—Cuando Cash era ranger de Texas, siguió a un atracador de bancos hasta Alabama.
—Conociéndolo, no me extraña.
—Si alguien me hubiera dicho que acabaría echando raíces en un pueblo y con hijos, me habría reído a carcajadas. Desde que nació su hija a principios de este mes, se ha convertido en un devoto hombre de familia.
Antes de que Coltrain pudiera contestar, demi regresó del lavabo. Al verla tan decaída y desamparada, Joe sintió una punzada de compasión, ya que sabía de primera mano lo mucho que dolía perder a un ser querido.
—Venga, te sigo hasta tu casa —le dijo con voz suave.
Ella miró a Coltrain, y le dijo:
—¿Me llamará…?
—Sí, demi.
Los ojos de los dos hombres se encontraron, y sin necesidad de palabras, el médico le aseguró a Joe que también le llamaría a él.
demi detuvo el coche frente a su casa, y vaciló por un momento antes de salir al ver que Joe se paraba tras ella. Hacía mucho que no estaba a solas con un hombre de noche, porque no confiaba en ellos. Dio varios pasos hacia el porche, pero se detuvo y esperó a que él la alcanzara. Estaba segura de que debía de haber notado lo tensa que estaba.
—¿Quieres que le diga a la señorita Turner que venga a pasar la noche contigo? —le preguntó él.
—No, gracias —le contestó ella con rigidez.
Joe frunció el ceño. Se había mostrado relajada en el hospital, cuando estaban con Coltrain, pero cuando estaban a solas parecía escudarse tras una barrera de espinas. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que no se sentía cómoda con él, y se preguntó si se comportaba así con todos los hombres.
—Tienes nuestro número de teléfono, demi. Llama si necesitas algo.
—Gracias, eres muy amable.
Joe respiró hondo antes de admitir:
—Se me dan muy mal las relaciones de todo tipo. Mi trabajo incomoda a mucha gente, sobre todo cuando se dan cuenta de que llevo un arma a todas horas, incluso cuando no estoy de servicio.
—Yo tampoco estoy acostumbrada a tratar con mucha gente, la abuela y yo no socializamos demasiado. Tengo un par de trabajos a tiempo parcial y unas cuantas amistades, pero no tengo ninguna relación estrecha con nadie.
—¿Por alguna razón en especial?
—Sí, pero no hablo del tema.
Joe sintió una curiosidad creciente. Ella llevaba unos vaqueros y una sudadera, como siempre, además de una chaqueta. Al ver que la ropa parecía bastante usada, y que sus zapatillas de deporte tenían unos cuantos desgarros, supuso que debía de economizar al máximo.
—¿Te gustan las rosas? —le preguntó, al ver los rosales perfectamente cuidados que había junto al porche.
—Me encantan —le contestó ella, sonriente—. Les tengo un cariño especial a mi Audrey Hepburn y a mi Chrysler Imperial.
—Una rosa, y la otra roja.
—¡Exacto! —a demi le sorprendió que lo supiera.
—En los últimos años no he podido cultivar rosales, pero puede que vuelva a hacerlo ahora que tengo el rancho. Era una de mis aficiones.
—Me he ocupado de estos rosales desde que era pequeña. A mi abuelo le encantaba cultivarlos, conocía todas las variedades y me las enseñó. Estábamos muy unidos, pero murió cuando yo tenía nueve años.
—Yo no llegué a conocer a mis abuelos, todos murieron antes de que naciéramos.
—¿Cash y tú?
—Somos cuatro hermanos. Cort y nuestro padre se ocupan de nuestro rancho del oeste de Texas, y Parker es agente del orden.
—¿Tu padre también lo fue?
—No, pero mi abuelo fue agente federal. Aún tengo su cartuchera y su Cok del cuarenta y cinco.
—Mi abuelo era vaquero, pero se retiró cuando un toro lo dejó lisiado, y mi abuela y él se vinieron a vivir aquí cuando mi madre era pequeña.
—Tus raíces están bien asentadas en este lugar.
—Sí, es agradable sentirse en casa.
Joe miró su reloj, y comentó:
—Será mejor que me vaya, tengo que ocuparme de algo de papeleo antes de irme a dormir. Llama si necesitas algo.
—Vale. Gracias.
—Es que el pastel estaba muy bueno.
—Me alegro de que te gustara.
—Cierra con llave —le dijo, antes de meterse en el coche.
—Lo haré. Buenas noches.