—Mi abuelo era vaquero, pero se retiró cuando un toro lo dejó lisiado, y mi abuela y él se vinieron a vivir aquí cuando mi madre era pequeña.
—Tus raíces están bien asentadas en este lugar.
—Sí, es agradable sentirse en casa.
Joe miró su reloj, y comentó:
—Será mejor que me vaya, tengo que ocuparme de algo de papeleo antes de irme a dormir. Llama si necesitas algo.
—Vale. Gracias.
—Es que el pastel estaba muy bueno.
—Me alegro de que te gustara.
—Cierra con llave —le dijo, antes de meterse en el coche.
—Lo haré. Buenas noches.
Él puso en marcha el coche y se fue, pero demi vio que aminoraba la marcha al final del camino, como si no supiera si debía irse o no. Al final se alejó hasta que lo perdió de vista, pero se sintió extrañamente reconfortada.
demi cerró con llave, echó el cerrojo, y comprobó dos veces que la puerta había quedado bien cerrada. Entonces se aseguró de que los palos de escoba que ponía cruzados en las anticuadas ventanas para evitar que alguien pudiera entrar estaban bien colocados, y comprobó la ventana de su dormitorio cuatro veces. Era un ritual que nunca se le olvidaba.
Su vecino la había sorprendido al aparecer en el hospital. Era una persona solitaria, como ella, y aunque al principio no le había caído bien, parecía tener algunas virtudes.
Se puso su largo camisón blanco, y se peinó hasta que el pelo le cayó por los hombros como un manto de oro, pero no se miró en ningún momento al espejo.
Ya casi había amanecido cuando alguien empezó a aporrear la puerta principal. No dormía en el antiguo dormitorio que había ocupado en la segunda planta, sino en uno de la primera que quedaba cerca de la puerta. Después de ponerse una bata, encendió las luces del porche y miró por la ventana, y le dio un vuelco el corazón al ver a su vecino esperando fuera con expresión muy seria. Sólo se le ocurrió una posible razón que pudiera explicar su presencia allí.
Abrió la puerta, y soltó un pequeño sollozo.
—No… por favor, no… —susurró con voz ronca.
—Lo siento —le dijo él con suavidad.
—¿Se ha… se ha ido?
Cuando él asintió, se quedó mirándolo destrozada y empezó a llorar en silencio. Se sintió aterrada cuando él invadió su espacio personal y la tomó de los hombros, pero empezó a relajarse al darse cuenta de que no la sujetaba con fuerza, y de repente lo abrazó. No recordaba ni una sola vez en la que alguien la hubiera abrazado mientras lloraba.
Él le acarició el pelo, y le dijo con calma:
—Todos tenemos que morir tarde o temprano, demi.
—Tú perdiste a tu madre —comentó ella entre sollozos.
—Sí —Joe no le dijo que no era la única persona a la que había perdido, porque no la conocía lo suficiente para sincerarse con ella.
—¿Ha sido rápido?
—Coltrain me ha dicho que ha inhalado ligeramente, y se ha relajado sin más. Ha sido rápido, y no le ha dolido. Ni siquiera ha recobrado la consciencia.
—Dios, no sé lo que estipuló para su entierro, fue a la funeraria y rellenó ella sola los papeles. Tenía un documento… pero no sé dónde está —demi se echó a llorar de nuevo, pero se sintió reconfortada al poder apoyarse en él. Era un hombre cálido y fuerte, y en ese momento no le resultaba amenazador.
—Yo te ayudaré, pero quiero que ahora te vengas a mi casa. Ve arriba a cambiarte, mañana nos ocuparemos de todo. ¿A qué funeraria fue?
—A Jackson y Williams.
—Llamaré mientras te vistes, y también al hospital.
—No sé cómo agradecerte…
—No quiero tu agradecimiento. Venga, ve a vestirte.
—De acuerdo.
Joe la siguió con la mirada. El doctor Coltrain había insistido en que había que tenerla vigilada, le había dicho que la muerte de su abuela iba a ser un golpe muy duro para ella, y que alguien tenía que cuidarla. Aunque a lo mejor simplemente se preocupaba por ella porque la conocía desde hacía mucho tiempo y la apreciaba.
Sacó el móvil, y marcó el número de información.
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demi estaba sentada con Joe en el despacho de la funeraria, mientras Henry Jackson repasaba con ella los arreglos concernientes al funeral de su abuela. Joe había pedido el día libre para poder ayudarla, a pesar de que estaba claro que era un hombre muy ocupado.
No había demasiado por hacer. Su abuela había dejado estipulado lo que quería, e incluso había dejado pagado un sencillo ataúd de pino. Iban a enterrarla en el cementerio de una iglesia baptista, al lado de su difunto marido, y el seguro iba a ocuparse de los gastos del funeral.
Después fueron al despacho de Blake Kemp, y Joe se quedó en la sala de espera mientras ella hablaba con el abogado. Se quedó atónita cuando el hombre le dijo que había heredado tanto la casa como las tierras, porque creía que su abuela no iba a dejarle nada.
—No esperaba heredar nada —confesó.
—Se sentía culpable, demi—le dijo Blake—.Te falló en el peor momento. A lo mejor el hecho de que no te tratara bien fue una reacción involuntaria ante su propio comportamiento.
—Me culpaba por lo que le pasó a mi madre.
—Pues fue muy injusta, porque tú no tuviste la culpa de lo que pasó —Blake conocía a su familia desde hacía muchos años, y la trataba con total franqueza.
—Eso mismo me dijo el doctor Coltrain.
—Es que es la verdad. Vamos a encargarnos del papeleo, para que todo quede a tu nombre —al ver que hacía ademán de hablar, alzó una mano para interrumpirla—. No te preocupes, yo me ocuparé de todo. En lo que respecta al funeral…
—El señor Grier está ayudándome con eso.
—¿Cash?
—No, su hermano Joe. Es vecino mío.
El abogado enarcó las cejas. A juzgar por lo que había oído del hermano de Cash, no parecía un hombre demasiado dado a ayudar a los demás.
—Es muy agradable —añadió demi—. Hizo que sus hombres me arreglaran el coche, así que le preparé un pastel de manzana.
—Ya era hora de que empezaras a fijarte en los solteros, demi —le dijo él, con una sonrisa. Ella se puso seria de inmediato.
—No es nada de eso, sólo está siendo amable conmigo. Seguro que la señorita Turner se lo ha pedido.
—Puede ser. En fin, si necesitas algo, ya sabes dónde estoy.
—Gracias.
—De nada. Cuando tenga listos los papeles, te llamaré para que vengas a firmarlos, yo me ocuparé de todo.
Al salir del despacho, demi se despidió con una sonrisa de la nueva recepcionista, que había reemplazado a Violet Hardy cuando ésta se había casado con Kemp. Joe se levantó del sofá y fue hacia ella, pero se sintió molesto al ver que la recepcionista enarcaba las cejas y los miraba con una sonrisa pícara.
—Es lo normal en los pueblos —le dijo demi con incomodidad, cuando salieron a la calle—. La gente empieza a cotillear en cuanto dos personas van juntas a algún sitio, pero no es por malicia.
Él no contestó, pero dejó claro con su actitud que la situación no le hacía ninguna gracia.
—Gracias por ayudarme con todo esto —le dijo ella, cuando iban camino de su casa.
—De nada —Joe le echó un vistazo a su reloj, y comentó—: tengo que volver a mi despacho, estamos investigando el asesinato de una niña y tengo que hacer unas cuantas llamadas.
demi se tensó de inmediato.
—¿Tenéis alguna pista?
—No, aún es muy pronto. La sacaron de su propio dormitorio mientras sus padres dormían en el cuarto de al lado, y la tuvieron secuestrada durante varios días. Un excursionista encontró el cadáver detrás de una iglesia. Tenía diez años, y todos sus familiares cercanos tienen coartada. Abusaron de ella… ¿qué clase de ser humano puede sentirse atraído por una niña?
demi luchó por controlar la respiración, y cruzó los brazos con fuerza.
—Hombres inadaptados, que quieren control.
A Joe le sorprendió su respuesta, y se volvió a mirarla.
—¿Qué quieres decir?
—Son hombres que no pueden estar con mujeres adultas, y como las odian por ello, atacan a las más indefensas.
—Se te da bien —murmuró él, con una pequeña sonrisa—. Sí, creo que tienes razón. Tienes potencial, ¿te has planteado entrar en las fuerzas de seguridad?
—No soporto las pistolas.
Él se echó a reír.
—No tienes que llevar una pistola de forma obligatoria, en el FBI también tenemos personal civil… especialistas en información, ingenieros, lingüistas…
—¿Lingüistas?
—Sí. En los viejos tiempos, había que ser agente para trabajar con nosotros, pero ahora las normas son más flexibles.
demi sonrió a pesar de sí misma, y comentó:
—Tú no eres nada flexible, agente Grier.
—¿Cuántos años tienes? —al ver que ella se limitaba a enarcar las cejas, insistió—: venga, dímelo.
—Veinticuatro.
—Yo tengo treinta y seis, así que no soy ningún vejestorio. Y me llamo Joe.
—Nunca había oído antes ese nombre.
—Mi madre tuvo cuatro hijos, todos varones. Mi padre dice que solía pasarse horas sentada en el porche, consultando libros de nombres; en todo caso, el mío es mejor que el de Cash.
—Cash no es un nombre raro.
—Realmente se llama Cassius —le dijo él con una sonrisa.
—¡Madre mía!
—Por eso quiere que le llamen Cash.
—¿Estáis muy unidos?
—La verdad es que no. Hemos tenido algunos problemas familiares desde la muerte de mi madre, y ahora estamos empezando a conocernos. Cash ingresó en una escuela militar cuando tenía unos ocho o nueve años, y apenas habíamos vuelto a hablar hasta el año pasado.
—Debe de ser muy triste tener una familia y no relacionarse con ella.
Joe se preguntó cómo habían sido los padres de demi, pero era demasiado pronto para hacerle preguntas personales. No quería tener más contacto del necesario con ella, porque estaba casado con su trabajo… aunque acababa de hablarle de ese tema, a pesar de que nunca lo hacía. demi tenía una empatía a la que resultaba muy difícil resistirse y con ella se sentía como en casa, pero eso era muy peligroso. No iba a permitir que surgiera nada entre los dos.
Después de dejar a demi en su casa, Joe se fue a trabajar. Bentley, uno de sus superiores, le llamó a su despacho para informarlo de que el capitán de Márquez se había puesto en contacto con él, y había decidido autorizar que el FBI colaborara en la investigación.
El grupo de trabajo iba a estar encabezado por Joe, y su misión era encontrar al asesino que había matado a la pequeña de diez años; aunque nadie lo había admitido en voz alta de momento, todos sabían que era posible que se tratara de un asesino en serie, porque había cuatro casos por lo menos con crímenes muy parecidos.
—Me pondré manos a la obra de inmediato —le dijo Joe.
—El capitán de Márquez me ha dicho que hay que resolver el caso cuanto antes —le dijo Bentley. Le faltaba poco para jubilarse y había pedido que lo trasladaran a San Antonio, porque allí tenía familia. Era un hombre amable, y un agente muy bueno al que Joe respetaba—. El capitán está dispuesto a tener en cuenta todas las posibilidades, pero el teniente de Márquez cree que se trata de una simple coincidencia.
—Los casos son demasiado parecidos —le dijo Joe con firmeza.
Bentley esbozó una sonrisa. Conocía a Joe desde hacía mucho tiempo, y sabía lo decidido que podía llegar a ser.
—Sí, estoy de acuerdo contigo. No te metas en líos.
—Lo intentaré —parecía sincero al decirlo, pero su sonrisa lo delató.
Llamó por teléfono a Márquez, y quedaron en un restaurante.
—Tienes un aspecto horrible —comentó Joe, al ver sus ojeras y lo cansado que parecía.
Márquez soltó una carcajada carente de humor.
—Me tomo muy en serio estos homicidios. Llamé a la policía de Oklahoma, para preguntar sobre el caso en el que también encontraron un lazo rojo. La víctima fue una niña de once años, la encontraron boca abajo cerca de un cementerio.
—¿Abusaron de ella?
—Sí. La estrangularon y después le dieron veinticinco puñaladas, igual que en nuestro caso. Es demasiado parecido para que sea pura coincidencia.
—Parece un ataque muy personal —comentó Joe.
—Exacto. El malnacido odiaba a la niña, o lo que ella representaba, y se ensañó con ella. Por cierto, he encontrado otro caso… el mismo modus operandi, cerca de Del Rio, hace tres años. La apuñalaron y la dejaron tirada en un campo. Me encontré con uno de nuestros viejos inspectores, que se acordaba del caso. Pasó hace tanto tiempo, que ni siquiera aparecía en las bases de datos. Envié un correo electrónico a la policía de allí, para que me mandaran por fax la información —se pasó una mano por su espesa cabellera negra, y añadió—: son crías, niñas inocentes, y puede que ese monstruo esté actuando desde los noventa a intervalos con total impunidad. Daría lo que fuera por atraparlo —Márquez se detuvo cuando la camarera se les acercó. Después de pedir y de que la mujer le llenara una taza de café, añadió—: tiene que ser un agresor sexual reincidente, es demasiado bueno para ser un novato. Hay que ser un capullo bravucón para llevarse a una niña de su propia habitación, mientras su familia está en la casa. Y lo ha hecho durante años, sin que lo hayan atrapado.
—El lazo rojo debe de tener algo que ver con una fantasía suya —comentó Joe, antes de tomar un trago de café.
—Sí, eso creo. El inspector que me habló del caso de Del Rio recordaba haber oído hablar de un caso que quedó archivado hace unos doce años, pero no se acordaba de dónde había pasado. Cree que fue en el sur de Texas.
—¿Lo buscaste en la base de datos?
—Sí, pero ni siquiera aparecía el caso de Del Rio. Sólo Dios sabe cuántos otros faltarán, sobre todo si sucedieron en pequeñas localidades rurales. Le conté a mi teniente lo de Del Rio, y lo de las dos niñas de Oklahoma que aparecieron muertas después de que las secuestraran de sus casas, y se echó a reír cuando le dije que teníamos que pediros ayuda a los del FBI para que elaborarais un perfil del asesino. Como insistió en que las muertes no están conectadas, tuve que ir a hablar con el capitán, y él llamó a tu superior. Gracias.
—De nada. La mayoría de los polis veteranos no soportan el papeleo y las complicaciones. A nadie le gusta pensar que se trata de un asesino en serie, pero creo que podemos atrapar a éste si nos empeñamos.
—Le pregunté sobre ti a uno de los miembros de tu equipo, y me dijo que eras capaz de perseguir a alguien hasta las mismísimas puertas del infierno.
—No me gusta que los criminales se escapen —se limitó a decirle Joe.
—A mí tampoco. Este tipo es un asesino en serie, y necesito que me ayudes a demostrarlo.
Joe permaneció en silencio mientras la camarera les servía los filetes que habían pedido, y cuando la mujer se fue, le preguntó a Márquez:
—¿Qué similitudes has encontrado con el caso de Del Rio?
—Sólo tengo alguna información poco precisa, pero la metodología del secuestro fue la misma, y fueron descartando sospechosos hasta que sólo quedó un desconocido. Abusaron de la víctima y la apuñalaron, pero no sé si se encontró un lazo rojo en la escena del crimen. He incluido nuestro caso en el VICAP, y he encontrado varios asesinatos de niñas en otros estados, pero como ninguna de ellas fue estrangulada y apuñalada, a lo mejor se trata de otro criminal.
—O a lo mejor este tipo ha cambiado sus hábitos, puede que una pistola le diera más poder en un secuestro.
A pesar de que un asesino podía cambiar de método a la hora de matar, si tenía la costumbre de dejar algún tipo de elemento que lo caracterizara, no solía cambiarlo.
—¿Hay constancia de un lazo rojo en alguno de los otros casos? —añadió Joe.
—No. Al menos, no se mencionaba nada en la información que encontré. Ya sabes que se suelen mantener varios detalles al margen de la prensa, puede que los inspectores que se ocuparon de esos crímenes no mencionaran el lazo a propósito.
—¿Has intentado contactar con los que se ocuparon de los casos de Oklahoma?
—Sí. El primero me tomó por un periodista, y creyó que estaba intentando sonsacarle información para publicarla. Le di el número de mi capitán, pero me dijo que cualquiera podría obtenerlo en Internet y me colgó. Llamé a la otra comisaría, pero nadie sabía nada del segundo caso.
—¿Y el crimen de Texas?
—Eso ha sido rarísimo. Fue en Palo Verde, un pueblo cerca de Austin, pero no he podido contactar con la policía. Incluso he enviado mi número de teléfono por correo electrónico, pero ya hace una semana y aún no sé nada.
—Nos escriben montones de chalados, y recibimos unos doscientos correos basura al día —le dijo Joe—. Algunos parecen engañosamente inocentes, y cuando uno los abre, resulta que se trata de alguna estafa o de un enlace a una página porno. Siempre hay alguno que pasa los filtros. A lo mejor tu mensaje acabó borrado.
—No soporto los correos basura —masculló Márquez.
—Tenemos una división de crímenes cibernéticos, que se pasa horas buscando posibles estafas y acabando con ellas.
—Genial, pero eso no resuelve mi problema.
—Puedes ir a Oklahoma y enseñarles tus credenciales en persona, ¿no?
—Apenas puedo pagar mi hipoteca, no tengo para pagar el billete de avión —le contestó Márquez con resignación.
—Tu departamento se encargaría de los gastos.
—Y un cuerno. Ya te dije que tuve que pagar de mi bolsillo la condenada cámara digital, porque mi teniente dijo que era un gasto innecesario. Le gusta su trabajo, y los mandamases miran con lupa el presupuesto departamental.
—Sí, lo sé de primera mano.
—No creo que hayas tenido que presentar el recibo por una botella de agua, para que te lo incluyan en la cuenta de gastos.
—Lo dirás en broma, ¿no? —Joe se quedó boquiabierto.
—Ojalá. Supongo que me encarcelarían si comprara una botella de coca-cola.
Joe soltó una carcajada, y comentó:
—Tendrías que venirte a trabajar con nosotros, hasta tendrías tu propio coche oficial.
—¿En serio?
—Sí. Yo uso el mío para ir y venir del trabajo, es como tener un sistema de almacenamiento móvil para todo el equipo, incluyendo las armas.
—¿Es que tienes más de una?
—Supongo que tendrás acceso a equipo de blindaje, y a barreras de clavos, y a armas antidisturbios…
—Claro que tengo equipo de blindaje, pero no es de uso exclusivo. En cuanto a lo de las barreras de clavos… intento pinchar las ruedas con mi arma reglamentaria, si el sospechoso no está cerca de alguna otra cosa a la que pueda darle por error. Y lo del arma antidisturbios… —se apartó un poco la chaqueta, y dejó al descubierto su pistolera—. Esto es todo lo que tengo, no me gustan las escopetas.
—¿Te dejan llevar una pistolera al hombro?, a nosotros no.
—Si no puedo llevar una, no sé si me interesa intentar entrar en el FBI. Además, os mandan de un lado a otro, y a mí me gusta quedarme cerca de casa.
—A cada cual lo suyo.
—¿A quién más vas a incluir en el grupo de trabajo? —le preguntó Márquez.
—Al departamento del sheriff, porque el asesinato se perpetró en el condado… también contaremos con una unidad de K—9, y con un ranger de Texas…
—¿Un ranger? Intenté entrar en el cuerpo hace cinco años. Superé todas las pruebas menos la de tiro, pero dos tipos tenían mejor puntuación que yo. Es un equipo impresionante.
—Sí, es verdad. Mi hermano fue uno, antes de venir a San Antonio para trabajar con el fiscal del distrito en calidad de experto en crímenes cibernéticos. Después se fue a Jacobsville.
—Es el jefe de policía, ¿verdad? Es un tipo con agallas, ha desarticulado varias redes de tráfico de drogas.
Joe sintió una oleada de satisfacción, porque se sentía muy orgulloso de su hermano.
—¿Quién más está en el grupo? —le preguntó Márquez.
—Tenemos a un inspector de la oficina del fiscal del distrito, especializado en crímenes contra menores, y podremos usar el laboratorio de Quantico para analizar las pruebas.
—Nosotros tenemos una de las mejores unidades forenses del país.
—Sí, ya lo sé. Pueden ocuparse de procesar la información.
—¿Cuándo vamos a reunimos?
—Mañana a eso de la una de la tarde, en El Chico. He hablado con un policía que conoce a la familia de la víctima, porque antes vivía en el mismo vecindario, y ha accedido a encontrarse con nosotros allí. Llamaré al ranger y al inspector del fiscal para que estén a mano, espero que podamos atrapar a ese malnacido.
—En eso estamos de acuerdo —Márquez miró su reloj, y comentó—: tengo un par de horas libres, pero después estaré en mi despacho, así que puedes llamarme allí si surge algo —se sacó una tarjeta del bolsillo, y añadió—: aquí tienes el número de mi móvil.
—Gracias, estaremos en contacto.
Márquez se sacó la cartera cuando acabaron de comer y la camarera les llevó la cuenta, pero Joe le indicó que volviera a guardársela y le dio su tarjeta de crédito a la mujer.
—Invito yo, ha sido una comida de negocios —le dijo, con una sonrisa.
—Gracias. Me gustaría poder devolverte el gesto, pero mi teniente me mandaría a investigar hurtos en gasolineras si le entregara la factura de una comida.
Joe se echó a reír.
Se le quitaron las ganas de reír cuando llegó a casa y encontró a la señorita Turner junto al teléfono, claramente preocupada.
—¿Qué pasa?
—Espero que nada —le contestó ella—. demi no contesta al teléfono, pero seguro que está bien. A lo mejor no tiene ganas de hablar con nadie.
—Iré a ver qué pasa.
Se fue antes de que su ama de llaves tuviera tiempo de preguntarle si podía acompañarlo, y al llegar a casa de demi, notó de nuevo que la propiedad estaba bastante descuidada. Subió los escalones del porche de dos en dos, y llamó a la puerta con fuerza tres veces, pero nadie contestó.
Empezó a rodear la casa, y la encontró por fin en el jardín, podando los rosales… y hablando con ellos. Era obvio que no le había oído llegar.
—Ya sé que nunca le gustasteis a la abuela, pero yo os adoro. Me aseguraré de que tengáis todo el fertilizante y el fungicida que necesitéis para volver a estar preciosos, como cuando el abuelo os cuidaba —se secó los ojos con la manga de la camisa de franela que llevaba puesta, y añadió—: no sé por qué lloro por ella, porque me odiaba. Por mucho que me esforzara, no me quería, pero se ha ido y sólo quedamos vosotros y yo en esta casa tan enorme…
—¿Los rosales van a vivir dentro contigo? —le preguntó él con curiosidad.
demi se volvió de golpe, y estuvo a punto de caerse. Se llevó la mano al pecho, y dio la impresión de que le costaba respirar.
—Eres silencioso como el viento, ¿qué haces aquí?
—La señorita Turner estaba preocupada porque no contestabas al teléfono.
—Vaya. Es una mujer muy amable —comentó ella, antes de volverse de nuevo hacia los rosales para seguir podándolos.
Joe recorrió la zona con la mirada. Había una franja de terreno detrás de la casa que parecía recién arada, y se preguntó si demi se ocupaba del jardín o si su abuela había plantado una especie de huerto.
—¿Habéis encontrado al asesino de la niña?
—Aún no. No es tan fácil resolver un asesinato. Este caso es muy parecido a otros crímenes que se remontan a años atrás, y estamos organizando un grupo de trabajo para investigar.
—Mi padre trabajó de ayudante en la oficina del sheriff del pueblo, igual que mi abuelo, pero de eso ya hace mucho tiempo. Lo dejó cuando se casó con mi madre, porque a ella no le gustaba que corriera tanto riesgo.
—¿A qué se dedicó después?
—Consiguió un empleo de conductor de limusinas en San Antonio en el que ganaba bastante, pero se enamoró de una millonaria para la que le tocó trabajar. Le pidió el divorcio a mi madre, y ella no llegó a superarlo nunca. La otra mujer tenía diez años más que ella, y era propietaria de una tienda de lujo.
—¿Tu padre aún está vivo?
—No. Su nueva esposa y él murieron en un accidente, tuvieron un choque frontal con un conductor borracho cuando iban camino de Las Vegas.
—Me dijiste que tu madre no te soportaba.
—Sí, me odiaba porque me parecía a mi padre.
—¿Qué le pasó a ella?
—Murió hace unos doce años, dos años después que mi padre.
—¿A qué se dedicaba?
—Era enfermera.
—Vas a matar a esos rosales si sigues podándolos, y empieza a hacer frío.
demi se estremeció ligeramente, y se puso de pie.
—Sólo quería entretenerme con algo, no soporto estar sola en la casa.
—No hace falta que lo estés. Prepara una bolsa con lo que necesites, te vienes a mi casa. Podrás ver la tele con la señorita Turner hasta que te hartes.
—No hace falta que…
—Sí, sí que hace falta —le dijo él con suavidad, sin apartar la mirada de su rostro húmedo de lágrimas—. Necesitas algo de tiempo para acostumbrarte a vivir sin tu abuela. No tienes ninguna obligación, sólo quiero que tengas algo de compañía.
demi se mordió el labio con indecisión. Era obvio que no entendía por qué quería ayudarla.
—Lo haría por cualquiera, sólo quiero ser un buen vecino.
—Si no voy a molestar…
—Me paso horas trabajando en mi despacho para tener los archivos al día, no me molestarás. Estarás en el cuarto de invitados que hay al lado del de la señorita Turner, para que la tengas cerca si te asustas por la noche.
demi no estaba convencida del todo, porque le costaba mucho confiar en un hombre.
—Si te quedas aquí hablando con las rosas, alguien acabará viéndote. Imagínate el escándalo que se montaría.
Ella no pudo contener una sonrisa, y al final cedió.
—Vale, acepto. Gracias —añadió, un poco incómoda.
—Seguro que tú harías lo mismo por mí.
Sí, aquello era cierto.
La señorita Turner se mostró sorprendida y encantada ante su inesperada llegada.
—El señor Grier no soporta tener compañía —comentó, mientras le servía a demi una taza de té en la cocina.
—Me ha invitado porque me ha pillado hablando con las rosas —le dijo ella. Al ver la mirada de desconcierto del ama de llaves, se sonrojó y añadió—: es que no tengo demasiadas visitas.
—Puedes hablar conmigo. Al menos, yo te contestaré.
La señorita Turner la llevó más tarde al cuarto de invitados, y le mostró la manta que le había dejado a los pies de la cama por si tenía frío.
—El señor Grier dice que no puede dormir si hace calor, así que la casa está helada —refunfuñó el ama de llaves—. Lo más seguro es que te quedes como un témpano de hielo, pero al menos no estarás sola. ¿Has traído tus medicinas?
demi asintió.
—Perfecto. Tienes agua en la jarra que te he dejado junto a la cama. Buenas noches.
—Buenas noches.
Cuando la mujer se fue y cerró la puerta, demi se sentó en la cama y recorrió con la mirada la acogedora habitación, que estaba decorada en tonos azules y beis. Se sentía desconcertada y agradecida por la invitación de su vecino, porque la perspectiva de pasar la noche sola le daba miedo. Para ser un hombre tan poco sociable, era sorprendentemente amable.
Se acostó y cerró los ojos, pero estaba muy alterada por todo lo que había sucedido… no sólo por la muerte de su abuela. No podía dejar de imaginarse a niñas tumbadas en lechos de rosas, con lazos rojos alrededor del cuello…
Cuando los gritos empezaron, ni siquiera se dio cuenta de que salían de su propia boca.

