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viernes, 5 de abril de 2013

Unfaithful - capitulo 5 - jemi en español





Capitulo 5:


Cada noche, durante la cena, Joe hacía algún intento por mantener una conversación, pero Demi permanecía en silencio, de modo que él desaparecía en su estudio en cuanto terminaban de cenar. Demi reco­gía la mesa y subía a acostarse a la habitación de Frankie, sintiéndose cada día un poco más sola, un poco más deprimida.
Saber que su marido la engañaba había supuesto para ella un golpe brutal que había conseguido anular su voluntad, de modo que su vida transcurría en una lenta monotonía y no se daba cuenta de lo que hacía. Joe la observaba, serio y en silencio, esperando que Demi saliera de su letargo y estallara.
En aquellos momentos, la pregunta de su hija la devolvía a su cruda situación. Se sonrojó ligeramente, y se las ingenió para dar una respuesta coherente.
-A Frankie le están saliendo los dientes otra vez.
Joe arrugó ligeramente el periódico que estaba leyendo, y Demi se dio cuenta de que estaba escuchando. Y puede que también la estuviera mirando de reojo. Ella no lo miró. En realidad, le importaba muy poco lo que pudiera hacer.
Rubia y con ojos azules, Kate tenía, además, la misma mirada inteligente de su madre. Asintió, como si comprendiera perfectamente lo que decía Demi. Los dientes de Frankie habían sido un tormento para todos en las noches anteriores. Aunque a Demi no se le había ocurrido irse a dormir a su habitación. Pero aquello no se le había ocurrido a Kate, que prestaba atención a su querido padre.
-Seguro que echas de menos no poder abrazar a mamá, ¿verdad, papá? -dijo bajándose de la silla y acercándose a Joe-. Si me lo hubieras dicho, habría ido a darte un abrazo -dijo y fue a sentarse sobre las rodillas de su padre, sabiendo que sería bien recibida.
La tensión se apoderó de la habitación.
-Muchas gracias, mi reina -dijo Joe, doblando el periódico para prestar atención a su hija- Pero creo que puedo estar solo unos días más antes de que me sienta completamente triste.
Si aquel comentario iba dirigido a ella, Demi lo ignoró, y siguió sentada bebiendo café, sin revelar el esfuerzo que le costaba.
Observó a Joe, allí sentado, con su albornoz azul, que dejaba al descubierto la mata de vello que le cubría el pecho. Besó a Kate en la mejilla y esbozó una sonrisa tan encantadora que a Demi se le hizo un nudo en el estómago, como si tuviera celos de su bija.
“¿Celos de su propia bija! ¿Cómo era posible tanta amargura?”
No pudo evitar dar un respingo mientras recogía los platos. Joe la miró y ella le devolvió la mirada. Joe debió ver algo en sus ojos azules, porque frunció el ceño. Demi se dio la vuelta de inmediato. Estaba incómoda y desconsolada.
Pero su marido y sus hijos parecieron ignorar su reacción. Sam intervino en la conversación que Joe estaba teniendo con Kate, e incluso Frankie insistió en que le sacaran de su silla. Joe lo sacó y lo sentó sobre sus rodillas, mientras el niño alegraba la conversación con sus particulares gorgojeos. Demi no pudo soportarlo. Había algo en aquella atmósfera de cariño que le ponía los nervios de punta. Se sentía incapaz de unirse a ellos, como habría hecho normalmente. Taylor se lo impedía. Su imagen era como un muro infranqueable que la separaba de su familia, del afecto y el amor de los suyos.
Dejó de fregar los platos, porque corría el riesgo de romper alguno y salió de la cocina diciendo entre dientes:
-Voy a hacer las camas.
Nadie la oyó y se sintió aún peor, más apartada de su familia.
Estaba en su dormitorio, el dormitorio de Joe y ella, mirando al vacío, cuando entró Joe. Con un gesto nervioso se dirigió al baño, tratando de aparentar que eso estaba haciendo cuando Joe abrió la puerta. Cuando salió, Joe seguía allí, al lado de la ventana y con las manos metidas en los bolsillos. Era alto y gallardo y, en aquel momento, estaba tan atractivo que a Demi le daban ganas de tirarle algo, de hacer cual­quier cosa para mitigar su profundo dolor.
Haciendo un esfuerzo por ignorar su presencia, comenzó a arreglar la habitación. Se acercó a la cama, que, desde la llamada de Miley, se había convertido en el mueble más odioso de la casa. Cada día era más difícil estirar las sábanas, ahuecar las almohadas, cubrirla con la colcha. Olía a Joe, a su olor limpio y masculino. Despertaba sus sentidos, que creía dor­midos. Al contrario de lo que había esperado, su deseo por Joe no había disminuido, sino todo lo contrario. La traición de Joe no había provocado más que la odiosa actitud de estar siempre pendiente de él. El odio alimentaba el deseo, y el deseo hacía su tormento todavía mayor.
Joe se dio la vuelta lentamente y observó a Demi.
Al cabo de un rato, cuando el silencio comenzaba a hacerse insoportable, se acercó a ella y se interpuso en su camino. -Demi... -dijo con suavidad.
Demi permaneció con la cabeza agachada, sin querer mirarlo a los ojos.
-¿Te acuerdas de que tengo que pasar la semana que viene en Birmingham?
No, no se había acordado hasta aquel momento. Sirvió una ira repentina al comprobar...
que Joe anteponía sus negocios a su vida privada, cuando ésta estaba en crisis
-¿Qué te meto en la maleta?
¿Iba a ir Taylor con él? ¿Iban a dormir en la misma habitación? ¿Iban a pasar toda una preciosa semana sin que nadie les interrumpiera?
Le palpitaba el corazón, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no retroceder para apartarse de él. Retroceder habría sido como otorgarle una especie de victoria, así que se quedó donde estaba, sin mirarlo, con el semblante pálido.
Físicamente, no habían estado más cerca desde la noche en que todo estallara por los aires. Demi sintió escalofríos.
-Cualquier cosa -replicó Joe con impaciencia. Demi solía hacerle la maleta siempre que él se marchaba de viaje. Y le encantaba hacerlo, guardar sus camisas, contar los pares de calcetines, la ropa interior, meter algunos pañuelos, las corbatas y los trajes. Incluso en aquellos momentos, mientras rogaba que se apartara de su camino para poder alejarse de él y con ganas de decirle que se hiciera él la maleta, no podía evitar hacer, mentalmente, una lista con todo lo que necesitaba.
Joe permaneció inmóvil, y la tensión entre ellos se hizo intolerable. No se atrevía a decir nada por miedo a que Demi lo utilizara en su contra.
-¿Vas a estar bien? -preguntó por fin- Puedo llamar a mi madre para que se quede contigo, si no quieres quedarte sola, si te hace falta compañía, o…
-¿Y por qué me iba a hacer falta compañía? -le espetó Demi, dirigiéndole una mirada penetrante- Nunca me ha hecho falta una niñera cuando te vas de viaje y no me va a hacer falta ahora.
Joe apretó la mandíbula, pero mantuvo la tran­quilidad.
-Yo no estaba poniendo en duda tu capacidad -di­jo-, pero estás muy cansada y me preguntaba si, con todo lo que está pasando, no te vendría bien alguna ayuda.
«Muy cansada», se repitió Demi, no estaba sólo cansada, estaba agotada.
-¿Tu secretaria va contigo?
Demi se arrepintió de aquella pregunta nada más hacerla.
-Sí, pero...
-Entonces no tengo por qué preocuparme por ti, ¿verdad?
-Demi -dijo Joe, dando un suspiro-, Taylor no...
-¡No quiero saberlo! -dijo Demi empujándolo, pre­firiendo rozar su cuerpo a permanecer allí quieta por más tiempo soportando aquella conversación.
-Entonces, ¿para qué me lo preguntas? -exclamó Joe en voz alta e, inmediatamente, hizo un gran esfuerzo por controlarse- ¡Demi, tenemos que hablar!
Demi estaba haciendo la cama. Apretaba los dientes y seguía con su trabajo porque era lo único que le que­daba por hacer.
-No podemos seguir así -dijo Joe-. ¡Tienes que darte cuenta! A Kate le parece muy raro que duermas con Frankie, lo que significa que, a partir de ahora, va a estar pendiente de nosotros, que va a vigilarte, a calcular los días que te quedas en la habitación de Frankie...
-Y no debemos molestar a tu querida Kate, ¿verdad? -exclamó Demi, y se avergonzó al instante. ¿Cómo podía sentir celos de su propia hija? Pero era cierto, estaba horriblemente celosa de su hija, porque tenía el amor de su padre.
-No pienso responder a eso, Demi -dijo Joe sobriamente.
Demi terminó de hacer la cama, podía marcharse.
-Deja que te explique qué Taylor no... -dijo Joe.
-¿Qué vas a hacer hoy? ¿Vas a quedarte en casa?
-Sí -dijo Joe, desconcertado-. ¿Por qué?
-Porque yo tengo que salir y, si tú te vas a quedar, no tengo que llamar a tu madre para que se quede con los niños.
Por qué había dicho aquello, Demi no podía saberlo.
Su decisión de salir no había sido una decisión consciente. Pero nada más decirlo pensó que pasar unas horas sola, completamente sola, era vital para su integridad mental.
Abrió el armario, impaciente por salir y alejarse de su familia, y sacó lo primero que encontró, su anorak impermeable. Joe parecía un poco aturdido, y se limitó a quedarse allí de pie, observándola.
-Demi -dijo por fin-, si quieres salir, sólo tienes que decirlo.
Demi no atinaba a cerrar la cremallera y se estaba poniendo cada vez más nerviosa. «¿Es posible sofocar sus propias emociones?», se preguntaba. Porque creía que eso era precisamente lo que estaba haciendo.
-Dame diez minutos y me voy contigo...

¡Los zapatos! ¡No se había puesto los zapatos! Se inclinó y revolvió en la parte baja del armario. Joe seguía quieto en el mismo sitio, cada vez más perplejo.
Demi encontró sus botas de cuero negras y se sentó sobre la moqueta para ponérselas. Luego metió los pantalones en las botas con dedos temblorosos.
-¡Demi... no hagas esto! –dijo Joe.
Demi se dio cuenta de que estaba realmente afectado porque quisiera irse sola, su voz era grave y denotaba impaciencia.

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