Bienvenidos

Mi nombre es Yesennia ... subo adaptaciones jemi en youtube pero aveces como son largas lo subo a este blog este es mi canal http://www.youtube.com/channel/UC93vtXRXWvbXxe_1js_HRJg/videos?flow=grid&view=0 ...
/// Lovatica // Jonatica // nemi friendship// Jemi forever ///

lunes, 3 de febrero de 2014

9 months ♥ ♥ - Capitulo 4 - jemi en español



Capitulo 4
 
Demi  es­ta­ba frente a la pizarra, in­ten­tan­do ll­evar aire a sus pul­mones. ¿Joseph había com­pra­do el anil­lo? ¡No, no, no! Eso no era posi­ble. ¿O sí? ¿Có­mo no se le había ocur­ri­do que él pudiera ser el com­prador? Porque los mul­ti­mil­lonar­ios no us­aban eBay, por eso. Si hu­biera pen­sa­do por un mo­men­to que Joseph se en­ter­aría, no lo habría ven­di­do. demi de­jó es­capar un gemi­do. En lu­gar de apartar­lo de su vi­da para siem­pre, lo había de­vuel­to a el­la. Cuan­do lo vio al otro la­do de la ver­ja es­tu­vo a pun­to de des­ma­yarse. Por un mo­men­to, un mo­men­to lo­co, pen­só que iba a de­cir­le que había cam­bi­ado de opinión, que sabía que había cometi­do un er­ror. Que había ido a pedirle perdón. Perdón.demi_ se cubrió la bo­ca con la mano para con­tener una car­ca­ja­da histéri­ca. ¿Cuán­do había pe­di­do perdón Joseph Jonas? Ni siquiera parecía sen­tirse cul­pa­ble por no haber apare­ci­do en la igle­sia el día de su bo­da. No, no es­ta­ba al­lí para dis­cul­parse.

—¿Se en­cuen­tra bi­en, señori­ta demi? —es­cuchó una vo­cecita en­tonces—. Es­tá muy pál­ida y ha en­tra­do cor­rien­do co­mo si la per­sigu­iera al­guien.

—No, es­toy bi­en — demi se pasó la lengua por los labios.

—Parece co­mo si es­tu­viera es­condién­dose.

—No es­toy es­condién­dome —di­jo el­la, lev­an­tan­do la voz sin darse cuen­ta. ¿Por qué había sali­do cor­rien­do? Joseph creería que seguía im­portán­dole y el­la no quería que pen­sara eso. Quería que pen­sara que es­ta­ba bi­en, que romper con él había mejo­ra­do su vi­da. Que había ven­di­do el anil­lo porque le so­bra­ba o al­go así. demi_in­ten­tó res­pi­rar. Ll­ev­aba cu­atro años soñan­do con volver a ver­lo. Había pasa­do muchas noches en blan­co, imag­inan­do que se en­con­tra­ba con él... al­go que de­safi­aba a la imag­inación da­do que se movían en difer­entes es­tratos­feras. Pero nun­ca, ni una so­la vez, había imag­ina­do que pudiera pasar de ver­dad. Y menos al­lí, en el cole­gio, sin pre­vio avi­so.

—¿Hay un in­cen­dio, señori­ta demi? —un par de ojos pre­ocu­pa­dos se clavaron en el­la: Jessie Prince, que siem­pre es­ta­ba pre­ocu­pa­da por to­do, des­de los exámenes a los ter­ror­is­tas—. Ha venido cor­rien­do y siem­pre nos dice que no debe­mos cor­rer a menos que haya un in­cen­dio.

—Sí, es ver­dad —as­in­tió demi. In­cen­dios y hom­bres a los que una no quería ver—. Y no es­ta­ba cor­rien­do. Iba... cam­inan­do de­prisa. Es bueno para la salud—¿seguiría en la puer­ta del cole­gio? ¿Seguiría al­lí cuan­do saliera?, se pre­gun­tó—. Abrid vue­stros li­bros de lengua en la pági­na doce y seguire­mos donde lo de­jamos ay­er. Va­mos a es­cribir una redac­ción so­bre las va­ca­ciones de ve­ra­no. Tal vez de­bería haber­le da­do el anil­lo sin más, pero en­tonces Joe vería que lo ll­ev­aba col­ga­do al cuel­lo y no pens­aba dar­le la sat­is­fac­ción de saber lo que signifi­ca­ba para el­la. Lo úni­co que le qued­aba era su orgul­lo... Al fon­do de la clase se oyó un ri­fir­rafe y de­spués un golpe.

-¡Ay! ¡Me ha da­do una tor­ta, señori­ta! demi_ se llevó una mano a la frente. Prob­le­mas de dis­ci­plina era lo úl­ti­mo que quería en ese mo­men­to. Nece­sita­ba es­tar so­la para pen­sar, pero si había al­go que una pro­fe­so­ra de pri­maria no tenía era un mo­men­to de tran­quil­idad.



—Tom, sién­tate en uno de los pupitres de de­lante, por fa­vor —demi_ es­peró pa­cien­te­mente mien­tras el niño ar­ras­tra­ba los pies has­ta el­la—. No se pe­ga a nadie, no es­tá bi­en. Quiero que le pi­das perdón.

—¿Por qué?

-Acabo de decírte­lo, porque no es­tá bi­en. Quiero que le di­gas que lo sientes.

-Pero es que no lo sien­to —replicó el niño, sus mejil­las casi del mis­mo tono que su pe­lo—. Me ha lla­ma­do pe­lo de zana­ho­ria, señori­ta demi. In­ten­tan­do con­cen­trarse, demi respiró pro­fun­da­mente.

—Pues en­tonces él tam­bién te va a pedir perdón. Pero no puedes pe­gar a la gente, aunque te lla­men «pe­lo de zana­ho­ria». No se debe pe­gar a nadie. «Ni siquiera a un griego ar­ro­gante que te de­jó plan­ta­da el día de tu bo­da».

—No ha si­do cul­pa mía, ten­go mal carác­ter porque soy pelir­ro­jo.
—No es tu pe­lo el que ha pe­ga­do a Har­ry. ¿Có­mo iba a saber el­la que era Joe quien había com­pra­do el anil­lo?

—Mi padre dice que si al­guien se mete con­ti­go le das una tor­ta y ya no, vuelve a mo­lestarte —di­jo una niña.

-Po­dríamos pen­sar un poco en los sen­timien­tos de los demás —les acon­se­jó demi_

—. No to­do el mun­do es igual y hay que ser tol­er­ante. Ésa va a ser nues­tra pal­abra del día —añadió, toman­do una ti­za para es­cribir en la pizarra, con vein­tiséis pares de ojos clava­dos en su es­pal­da—. To-le-ran-cia. ¿Quién puede de­cirme lo que sig­nifi­ca? Vein­tiséis manos se lev­an­taron a la vez.

—Señori­ta, señori­ta, yo lo sé. demi tu­vo que dis­im­ular una son­risa. Da­ba igual lo es­tre­sa­da que es­tu­viera, los niños siem­pre la hacían son­reír.-¿Ja­son?

—Hay un hom­bre en la puer­ta. Vein­tiséis cabezas se volvieron ha­cia la puer­ta y demi lev­an­tó la mi­ra­da jus­to cuan­do Joe es­ta­ba en­tran­do en el aula. Mu­da de hor­ror, notó que su pul­so se había acel­er­ado. ¿Era eso lo que su madre había sen­ti­do por su padre? ¿Aque­lla emo­ción, aque­lla ex­citación, aunque supiera que la relación no iba a ningún sitio? Joe cam­bi­aba el am­bi­ente del aula, pen­só. Su pres­en­cia ex­igía aten­ción. Los niños em­pezaron a lev­an­tarse, mirán­dola co­mo para saber lo que de­bían hac­er, y el­la tragó sali­va.

-Bi­en he­cho, niños —los fe­lic­itó, antes de vol­verse ha­cia Joe—. Es­toy dan­do una clase, no es buen momento para hablar.



—Es­ buen­ mo­men­to para mí.demi  tu­vo que hac­er un es­fuer­zo so­bre­hu­mano para dis­im­ular que le tembla­ban las pier­nas.


—Niños, ten­emos una visi­ta... ¿qué no ha he­cho este señor?

—No ha lla­ma­do a la puer­ta, señori­ta demi_.

-Eso es —demi con­sigu­ió son­reír—. No ha lla­ma­do a la puer­ta porque ha olvi­da­do sus bue­nas man­eras. Así que este señor y yo va­mos a salir un mo­men­to al pasillo y voy a de­cir­le có­mo debe por­tarse una per­sona que en­tra en un aula cuan­do ya ha em­peza­do una clase mien­tras vosotros ter­mináis vues­tras redac­ciones. Cuan­do iba a salir del aula, Joseph la su­jetó por la muñe­ca.


—Voy a daros una lec­ción im­por­tante en la vi­da, niños —su acen­to griego más pro­nun­ci­ado de lo nor­mal, Joe mira­ba la clase con la mis­ma con­cen­tración con la que sin du­da trata­ba a los miem­bros de un con­se­jo de ad­min­is­tración—. Cuan­do al­go es im­por­tante para ti, hay que ir por el­lo. No de­jéis que os den la es­pal­da y no os quedéis en la puer­ta, es­peran­do que os den per­miso para en­trar só­lo porque ésas son las re­glas. El co­men­tario fue recibido con un si­len­cio, pero en­segui­da em­pezaron a lev­an­tarse manos.

—Dime —Joe señaló a un niño en la se­gun­da fi­la.

-Pero nos han di­cho que ten­emos que re­spetar las re­glas.

-Si no son sen­sa­tas, hay que saltárse­las.

-¡No!—ex­clamó demi_—.Un­o no sepuede saltar ­las ­re­glas. Las re­glas ex­is­ten...

—¿Para ser cues­tion­adas? —la in­ter­rumpió Joe, con su típi­ca ar­ro­gan­cia—. Siem­pre de­béis cues­tionarlas. Al­gu­nas ve­ces hay que saltarse las re­glas para hac­er al­gún pro­gre­so. Aho­ra mis­mo, por ejem­plo. Nece­si­to hablar con la señori­ta demi ur­gen­te­mente y el­la no quiere es­cucharme. ¿Qué puedo hac­er? Un niño lev­an­tó la mano.

—De­pende de lo im­por­tan­teque sea lo que tiene quede­cir­le.

-Es muy im­por­tante. Pero tam­bién es im­por­tante que la otra per­sona dé su opinión, así que de­jaré que el­la eli­ja dónde va­mos a man­ten­er esa con­ver­sación. Dime, demi, ¿aquí o fuera?

—Fuera —con­testó el­la, con los ­di­entes apre­ta­dos. Joe se volvió ha­cia los niños.

-¿Lo veis? Este es el ejem­plo de una ne­go­ciación que sale bi­en. Los dos ten­emos lo que quer­emos y aho­ra, mien­tras la señori­ta demi__ y yo hablam­os, vosotros vais a... es­cribir cien pal­abras so­bre por qué las re­glas siem­pre deben ser cues­tion­adas.

-¡No, de eso na­da! —protestó demi—. Van a es­cribir una redac­ción so­bre las va­ca­ciones.

—O so­bre los ben­efi­cios de saltarse las re­glas —in­sis­tió Joe—. Me ale­gro de haberos cono­ci­do. Tra­ba­jad mu­cho y ten­dréis éx­ito en la vi­da. Pero recor­dad: lo im­por­tante no es de dónde viene uno sino dónde lle­ga —sin soltar la muñe­ca de demi___, la sacó al pasil­lo y el­la no tu­vo más reme­dio que seguir­lo y cer­rar la puer­ta.


—No puedo creer que hayas he­cho eso.

-De na­da —di­jo él—. Mi caché por los dis­cur­sos de mo­ti­vación en el cir­cuito in­ter­na­cional es de medio mil­lón de dólares, pero en este ca­so es­toy dis­puesto a no co­brar... para ben­efi­cio de las nuevas gen­era­ciones.

-No es­ta­ba dán­dote las gra­cias. -

Pues de­berías. Los em­pre­sar­ios del mañana no sal­drán de un grupo de robots in­ca­paces de tomar la iniciati­va. A pun­to de ex­plotar de ra­bia, demi_ se soltó de un tirón.

-¿Es que no sabes na­da so­bre niños?

—No, na­da. Les he habla­do co­mo si fuer­an adul­tos.

—Pero es que no son adul­tos. ¿Tú sabes lo difí­cil que es dis­ci­plinar a vein­tiséis niños? Cuan­do em­pecé a dar­les clase no es­ta­ban sen­ta­dos en su pupitre cin­co min­utos segui­dos.

-Es­tar sen­ta­do es un pasatiem­po ab­sur­do. In­clu­so en los con­se­jos de ad­min­is­tración yo sue­lo pasear, me ayu­da a con­cen­trarme mejor. De­berías an­imar­los a que hicier­an pre­gun­tas...


—No me di­gas có­mo de­bo hac­er mi tra­ba­jo. Tú no sabes ab­so­lu­ta­mente na­da so­bre educación in­fan­til.


—Muy bi­en, ¿por qué has ven­di­do el anil­lo? demi__ parpadeó, sor­pren­di­da por el br­us­co cam­bio de tema. Pero no tu­vo tiem­po de con­tes­tar porque en ese mo­men­to al­guien apare­ció cor­rien­do por el pasil­lo.

-¡Señori­ta demi , se ha in­un­da­do el cole­gio!

Joe de­jó es­capar un sus­piro.

9 months ♥ ♥ - Capitulo 3 - jemi en español


 
Capitulo 3
*** Josep Jonas ba­jó del Fer­rari y miró el viejo ed­ifi­cio de es­ti­lo vic­to­ri­ano: una es­cuela de pri­maria en Hamp­ton Park. Por supuesto,demi_ tra­ba­ja­ba con niños. Era lo más lógi­co. Fue el día que leyó en la pren­sa que pens­aba ten­er cu­atro hi­jos cuan­do la de­jó plan­ta­da. Joe miró el ed­ifi­cio. La ver­ja es­ta­ba ro­ta por var­ios sitios y un­os plás­ti­cos cubrían parte del te­ja­do, pre­sum­ible­mente para evi­tar las goteras. En ese mo­men­to sonó una cam­pani­ta y, un se­gun­do de­spués, un mon­tón de niños salieron al pa­tio, em­pu­ján­dose unos a otros. Una joven los seguía, con­te­stando pre­gun­tas, in­ten­tan­do con­tener dis­cu­siones y, en gen­er­al, con­trolan­do el caos. Ll­ev­aba una sen­cil­la fal­da ne­gra, za­patos planos y una blusa de col­or claro. Joe no la miró dos ve­ces, de­masi­ado ocu­pa­do bus­can­do a demi. De nue­vo, es­tudió el viejo ed­ifi­cio, pen­san­do que de­bía haberse equiv­oca­do. ¿Por qué iba Kel­ly a en­ter­rarse en aquel sitio? Es­ta­ba a pun­to de volver al coche, pen­san­do que le habían da­do una di­rec­ción er­rónea, cuan­do oyó una risa que le re­sulta­ba fa­mil­iar. Y, de re­pente, se en­con­tró mi­ran­do de nue­vo a la joven pro­fe­so­ra de fal­da negra y za­patos planos. No se parecía a la ale­gre ado­les­cente que había cono­ci­do en la playa de Cor­fú y es­ta­ba a pun­to de darse la vuelta cuan­do el­la giró la cabeza. Ll­ev­aba el pe­lo firme­mente su­je­to con un prende­dor, pero era del mis­mo tono cas­taño... Joe ar­rugó el ceño, quitán­dole men­tal­mente esa ropa tan abur­ri­da para ver a la mu­jer que había de­ba­jo. La joven son­rió en­tonces y Joe se quedó sin res­piración porque era im­posi­ble no re­cono­cer esa son­risa. Una son­risa am­plia, gen­erosa, autén­ti­ca. Sin pen­sar, ba­jó la mi­ra­da has­ta sus pier­nas... sí, er­an las mis­mas pier­nas, largas y pre­ciosas. Unas pier­nas hechas para que un hom­bre perdiese la cabeza. Unas pier­nas que una vez se habían enreda­do en su cin­tu­ra... Los gri­tos de los niños in­ter­rumpieron sus pen­samien­tos. Un grupo de chicos había vis­to el Fer­rari y, de in­medi­ato, Joe lamen­tó no haber aparca­do más lejos. Los niños cor­rían por el pa­tio para ac­er­carse a la ver­ja que sep­ara­ba el cole­gio del resto del mun­do y él los miró co­mo otro hom­bre mi­raría a un an­imal peli­groso.



—¡Menudo coc­ha­zo! -¿Es un Porsche? Mi padre dice que el mejor coche del mun­do es el Porsche. -Cuan­do sea may­or voy a ten­er uno co­mo ése. Joseph no sabía qué de­cir, de mo­do que se quedó calla­do. Pero en­segui­da vio que demi_ gira­ba la cabeza. Por supuesto, el­la se daría cuen­ta ráp­ida­mente de que al­gu­na de sus ove­ji­tas había es­capa­do del re­baño, demi era ese tipo de per­sona. Era des­or­de­na­da, rui­dosa y car­iñosa. Y no se habría queda­do calla­da si un­os niños se dirigían a el­la.

Joe vio que es­ta­ba pál­ida, el tono de su piel desta­can­do el inusu­al azul zafiro de sus ojos. Ev­iden­te­mente no conocía a mucha gente que con­du­jera un Fer­rari, pen­só. Y el he­cho de que se sor­pren­dería de ver­lo au­men­tó su fu­ria. ¿Qué había es­per­ado, que se quedara de bra­zos cruza­dos mien­tras vendía el anil­lo, el anil­lo que él había puesto en su de­do, al mejor pos­tor? Des­de el otro la­do del pa­tio sus ojos se en­con­traron. El sol apare­ció por de­trás de una nube, dán­dole re­fle­jos do­ra­dos a su pe­lo. Le record­aba a aque­lla tarde en la playa de Cor­fú. En­tonces Kel­ly ll­ev­aba un minús­cu­lo biki­ni de col­or turque­sa y una son­risa aver­gon­za­da... Pero no quería pen­sar en eso, de mo­do que volvió al pre­sente.



—¡Chicos! —su voz era co­mo choco­late der­reti­do con un poco de canela, suave con un toque de es­pe­cias—. No os sub­áis a la ver­ja, ya sabéis que es peligroso. Joe se sin­tió ab­sur­da­mente de­cep­ciona­do. Cu­atro años antes, demi_ hu­biera sali­do cor­rien­do por el pa­tio con el en­tu­si­as­mo de un ca­chor­ro para echarse en sus bra­zos. Y que es­tu­viera mirán­do­lo co­mo si hu­biera es­capa­do de una reser­va de ti­gres lo ponía aún más ten­so. Alekos miró al niño más cer­cano, la necesi­dad de in­for­ma­ción de­sa­tan­do su lengua.

—¿Es vues­tra pro­fe­so­ra?

—Sí, es nues­tra pro­fe­so­ra —a pe­sar de la ad­ver­ten­cia de demi, el chico pu­so una rodil­la en la pared e in­ten­tó apo­yarse en la ver­ja—. No parece muy es­tric­ta, pero si haces al­go ma­lo... ¡zas!

—¿Os pe­ga?

—¿Qué? —el chaval soltó una car­ca­ja­da—. La señori­ta demi_ no mataría una mosca. Las atra­pa con un va­so para sacar­las de la clase. Ni siquiera nos gri­ta.

—Pero eso de «zas»...

—La señori­ta demi te aplas­ta con una so­la mi­ra­da —el chico se encogió de hom­bros—. Te hace sen­tir mal si has he­cho al­go ma­lo, co­mo si la hu­bieras de­cep­ciona­do. Pero nun­ca le haría daño a nadie. No es na­da vi­olen­ta.

La señori­ta demi_. De mo­do que no se había casa­do. Y no había tenido los cu­atro hi­jos que quería tener. Só­lo aho­ra que la pre­gun­ta es­ta­ba con­tes­ta­da re­cono­ció que había pen­sa­do en esa posi­bil­idad. demi cruzó el pa­tio co­mo si una cuer­da in­vis­ible tirase de el­la. Era ev­idente que, si tu­viera opor­tu­nidad, sal­dría cor­rien­do en di­rec­ción con­traria.

—Fred­die, Kyle, Col­in, ale­jaos de la ver­ja. Los tres chicos em­pezaron a hablar a la vez y Joseph notó que demi_ con­testa­ba uno a uno en lu­gar de man­dar­los callar co­mo harían la may­oría de los adul­tos.

Y era ev­idente que los niños la adora­ban.

—¿Ha vis­to el coche, señori­ta demi? Yo só­lo lo había vis­to en las re­vis­tas.

—Só­lo es un coche, cu­atro ruedas y un mo­tor —demi se volvió por fin ha­cia él—. ¿Querías al­go? Nun­ca había si­do ca­paz de es­con­der sus sen­timien­tos, pen­só Joe. Es­ta­ba hor­ror­iza­da de ver­lo y eso lo saca­ba de quicio.

—¿Te sientes cul­pa­ble, agapi mu?

—¿Cul­pa­ble?

—No pare­ces con­tenta de verme y me pre­gun­to por qué. Dos man­chas ro­jas aparecieron en sus mejil­las y, de re­pente, sus ojos se volvieron sospe­chosa­mente bril­lantes.

—No ten­go na­da que de­cirte y no sé por qué de­bería ale­grarme de verte. Joseph se había olvi­da­do del anil­lo y es­ta­ba pen­san­do en otra cosa com­ple­ta­mente difer­ente. Al­go peli­groso, ar­di­ente y prim­iti­vo que só­lo le ocur­ría cuan­do es­ta­ba con el­la. Cuan­do sus ojos se en­con­traron, supo que demi es­ta­ba pen­san­do lo mis­mo. Pero en­segui­da apartó la mi­ra­da, sus mejil­las ar­di­en­do. Lo trata­ba co­mo si no supiera por qué esta­ba al­lí, co­mo si no se conocier­an ín­ti­ma­mente. Co­mo si no hu­biera un cen­tímetro de su cuer­po que él no hu­biese be­sa­do.

—¿Es su novio, señori­ta? —pre­gun­tó uno de los niños.

—Fred­die Har­ri­son, ésa es una pre­gun­ta muy in­apropi­ada —demi_ em­pu­jó suave­mente a los niños ha­cia el pa­tio—. Se lla­ma Joseph Jonas y no es mi novio. Só­lo es una per­sona a la que conocí hace mu­cho tiem­po.

—¿Un ami­go, señori­ta?

—Sí... bueno, un ami­go.

—¡La señori­ta demi tiene novio, la señori­ta demi tiene novio! —em­pezaron a can­tur­rear los chicos.

—Ami­go y novio son dos cosas muy difer­entes, Fred­die.

—Si es un novio se acues­tan jun­tos, ton­to —di­jo otro de los chicos.

—Señori­ta, Col­in ha di­cho una pal­abro­ta y me ha lla­ma­do ton­to. ¡Y ust­ed dice que no se puede lla­mar ton­to a nadie! demi_ lidió con el asun­to con gran ha­bil­idad, en­vián­do­los de vuelta al pa­tio antes de vol­verse hacia Joe, mi­ran­do un mo­men­to por enci­ma de su hombro para com­pro­bar que no la es­cuch­aba nadie.


—No puedo creer que hayas tenido la cara de volver de­spués de cu­atro años —le es­petó, tem­blan­do—. ¿Có­mo puedes ser tan in­sen­si­ble? Si no fuera porque los niños es­tán mi­ran­do te daría un puñe­ta­zo. Pero se­gu­ra­mente ésa es la razón por la que has venido aquí en lu­gar de in­ten­tar verme en pri­va­do: te da miedo que te ha­ga daño. ¿Qué haces aquí?

—Tú sabes por qué es­toy aquí. Y tú nun­ca le has pe­ga­do a nadie en to­da tu vi­da, no te ha­gas la du­ra. Era una de las cosas que lo había atraí­do de el­la. Su dulzu­ra había si­do el an­tí­do­to al im­pla­ca­ble mun­do de los ne­go­cios en que vivía.

—Hay una primera vez para to­do —demi se llevó una mano al pe­cho, co­mo si quisiera com­pro­bar que su corazón seguía la­tien­do—. Di lo que ten­gas que decir y már­chate.

Dis­traí­do por la pre­sión de sus pe­chos con­tra la sen­cil­la blusa, Joe frun­ció el ceño. La ll­ev­aba abrocha­da has­ta el cuel­lo co­mo una pro­fe­so­ra vic­to­ri­ana. No había na­da, ab­so­lu­ta­mente na­da en su at­uen­do que pudiera ex­plicar la vol­cáni­ca re­spues­ta de su li­bido. Fu­rioso con­si­go mis­mo y con el­la, su tono fue más br­us­co de lo que pre­tendía:

—No juegues con­mi­go porque los dos sabe­mos que no puedes ga­nar. Te com­ería co­mo de­sayuno. Fue una analogía in­apropi­ada y en cuan­to hubo di­cho la frase en su mente apare­ció una im­agen de el­la desnu­da so­bre su ca­ma, el de­sayuno olvi­da­do... Y el col­or de sus mejil­las le di­jo que demi_ es­ta­ba recor­dan­do, la mis­ma es­ce­na.

—Tú no tomas de­sayuno —di­jo con voz ron­ca—. Só­lo tomas ese café griego tan fuerte. Y no es­toy ju­gan­do con­ti­go. Tú no jue­gas con las mis­mas re­glas que el resto del mun­do. Tú... tú eres un canal­la. Joe la miró a los ojos y se dio cuen­ta de que es­ta­ba di­cien­do la ver­dad, no sabía por qué es­ta­ba al­lí. No sabía que era él quien había com­pra­do el anil­lo. Pasán­dose una mano por el pe­lo, mur­muró al­go en griego. Eso era lo que pasa­ba cuan­do olvid­aba que demi lovato no pens­aba co­mo el resto de la gente. Su ha­bil­idad para pen­sar más rápi­do que los demás, para ade­lan­tarse e imag­inar se­gun­das in­ten­ciones le había ayu­da­do mu­cho en su ne­go­cio, pero con demi_ era una ha­bil­idad que nun­ca le sirvió de na­da. El­la no pens­aba co­mo otras mu­jeres y siem­pre lo sor­prendía, co­mo es­ta­ba sor­prendién­do­lo en aquel mo­men­to. Pero al ver que tenía los ojos em­paña­dos con­tu­vo el alien­to. No había ven­di­do el anil­lo para en­viar­le un men­saje, lo había ven­di­do porque él le había he­cho daño. En ese mo­men­to, Joe supo que había cometi­do un grave er­ror. No de­bería haber ido al­lí en per­sona. No había si­do fá­cil para él y no era jus­to para el­la.

—Tienes cu­atro mil­lones de dólares en tu cuen­ta cor­ri­ente —le di­jo, para ter­mi­nar con aque­llo lo antes posi­ble. Y, de in­medi­ato, vio un bril­lo de sor­pre­sa en sus ojos azules—. He venido a bus­car mi anil­lo.

domingo, 2 de febrero de 2014

9 months ♥ ♥ - Capitulo 2 - jemi en español




Capitulo 2

—demi_*, te doy trein­ta se­gun­dos para que di­gas al­go o te tiro un cubo de agua fría por la cabeza. demi_ respiró pro­fun­da­mente y lo in­ten­tó de nue­vo:

—He ven­di­do...

-¿Qué has ven­di­do? —la an­imó Vivien.

 -El anil­lo.

—Ah, por fin hace­mos al­gún pro­gre­so. Has ven­di­do un anil­lo. ¿Qué anil­lo? —los ojos de Viv se ilu­mi­naron de re­pente—. Caray, ¿no habrás ven­di­do el anil­lo? demi_ as­in­tió con la cabeza, in­ten­tan­do res­pi­rar de nue­vo.

-He ven­di­do el anil­lo... en eBay. Se había marea­do y sabía que es­taría tira­da en el sue­lo, des­maya­da, si no es­tu­viera sen­ta­da.


—Muy bi­en, de acuer­do. En­tien­do que es­tés nerviosa. Ll­ev­abas cu­atro años ll­evan­do ese anil­lo al cuel­lo... de­masi­ado tiem­po prob­able­mente da­do que el canal­la que te lo re­galó no se mo­lestó en apare­cer el día de la bo­da —as­in­tió Vivien—. Pero por fin has vis­to la luz y lo has ven­di­do, no pasa na­da. No hay razón para pon­erse en­fer­ma. Es­tás pál­ida co­mo un muer­to y yo no sé na­da de primeros aux­il­ios. Cerra­ba los ojos en las clases porque me da as­co la san­gre, así que no te pon­gas pe­or.—Vivien... -¿Qué ha­go, te doy una bofe­ta­da? ¿Te levan­to las pier­nas para que te llegue la san­gre a la cabeza? Dime qué ten­go que hac­er. Sé que es­to te ha trauma­ti­za­do, pero han pasa­do cu­atro años, por fa­vor. demi_ tragó sali­va, apre­tan­do la mano de su ami­ga.


—Lo he ven­di­do.


—Que sí, que sí, que has ven­di­do el anil­lo, ya lo sé. Olví­date del asun­to y sigue ade­lante con tu vi­da... sal por ahí y acués­tate con un ex­traño para cel­ebrar­lo. Tú no quieres creer­lo, pero te ase­guro que tu novio griego no es el úni­co hom­bre en la Tier­ra.

-Por cu­atro mil­lones de dólares.

—O po­dríamos abrir una botel­la de cham­pán y... ¿qué has di­cho? —Vivien se de­jó caer al sue­lo—. Por un mo­men­to, me había pare­ci­do es­cuchar cu­atro millones de dólares.

—Cu­atro mil­lones —repi­tió demi_—. Vivien, no me en­cuen­tro bi­en.

-Yo tam­poco me en­cuen­tro bi­en, pero no pode­mos des­ma­yarnos las dos. Po­dríamos darnos un golpe en la cabeza y en­con­trarían nue­stros cadáveres de­scom­puestos den­tro de una semana... o no nos en­con­trarían nun­ca porque tu /////********//////******="font-family: verdana, geneva; line-height: normal;">casa siem­pre es­tá co­mo una leon­era.

—Viv sacud­ió la cabeza, in­cré­du­la—. Se­guro que ni siquiera has he­cho tes­ta­men­to. Yo só­lo ten­go una bol­sa llena de ropa su­cia y un mon­tón de fac­turas y tú tienes cu­atro mil­lones de dólares. Cu­atro mil­lones. Dios mío, nun­ca había tenido una ami­ga ri­ca. Aho­ra soy yo la que nece­si­ta res­pi­rar —toman­do una bol­sa de pa­pel del sue­lo, sacó las dos man­zanas que había den­tro y metió la cara en el­la, res­pi­ran­do rui­dosmente... demi__ se miró las manos, pre­gun­tán­dose si de­jarían de tem­blar si se senta­ba so­bre el­las. Le tem­bla­ban des­de que en­cendió el or­de­nador y vio la oferta fi­nal.



—Ten­go que... cal­marme. Y ten­go que re­vis­ar los exámenes de lengua antes de mañana. Vivien se quitó la bol­sa de la cara.

—No di­gas ton­terías. No ten­drás que volver a dar clases en to­da tu vi­da. Puedes dedi­carte a vivir co­mo una reina a par­tir de aho­ra. Ve al cole­gio mañana, pre­sen­ta la re­nun­cia y vete a un spa. ¡Po­drías es­tar diez años en un spa!

-Yo no haría eso, me en­can­ta ser pro­fe­so­ra. Cuan­do lle­gan las va­ca­ciones es­toy de­se­an­do que ter­mi­nen para volver a clase—Ya, ya... —Me en­can­tan los niños. Son lo más pare­ci­do a una fa­mil­ia que voy a ten­er nun­ca.



—Por el amor de Dios, demi_, tienes vein­titrés años, no ochen­ta. Además, aho­ra eres ri­ca, los hom­bres harán co­la para de­jarte em­baraza­da. demi__ hi­zo una mue­ca.

—Tú no sabes lo que es el ro­man­ti­cis­mo, ¿ver­dad?

—Soy re­al­ista. Ya sé que te en­can­tan los niños y me parece muy raro. A mí me gus­taría re­torcer­les el pes­cue­zo... tal vez de­berías darme a mí el dinero y yo pre­sen­taré la re­nun­cia. ¡Cuatro mil­lones de dólares! ¿Có­mo es posi­ble que no supieras que valía tan­to?

-No lo pre­gun­té. El anil­lo era es­pe­cial porque me lo había re­gal­ado él, no por su val­or ma­te­ri­al. No se me ocur­rió que pudiera ser tan caro.

—Tienes que ser prác­ti­ca además de román­ti­ca. Puede que él fuera un canal­la, pero al menos no era un canal­la tacaño —Vivien clavó los di­entes en una man­zana—. Cuan­do me di­jiste que era griego pen­sé que sería ca­marero o al­go así. demi se pu­so col­ora­da. No le gusta­ba hablar de el­lo porque le record­aba lo ton­ta que había si­do. Y lo in­gen­ua.



-No era ca­marero —mur­muró, cubrién­dose la cara con las manos—. No quiero ni pen­sar en ello. ¿Có­mo pude imag­inar que iba a salir bi­en? Él era un hom­bre súper in­teligente, súper sofisti­ca­do, súper ri­co. Yo no soy súper na­da.

-Sí lo eres —ob­jetó Vivien, siem­pre tan leal—. Tú eres súper des­or­de­na­da, súper de­spis­ta­da y... —Cál­late, an­da. No nece­si­to saber las ra­zones por las que no sal­ió bi­en —demi se pre­gunt­aba có­mo podía seguir dolién­dole tan­to de­spués de cu­atro años—. Me gus­taría en­con­trar una razón por la que po­dría haber sali­do bi­en.


Vivien dio otro mordis­co a la man­zana, pen­sati­va. -Tienes un­os súper pe­chos. demi____ se cubrió el pe­cho con los bra­zos.

—Gra­cias —mur­muró, sin saber si reír o llo­rar.

—De na­da. Bueno, ¿y de dónde saca su dinero tu súper ex novio?

—Tiene una naviera... una grande, con muchísi­mos bar­cos.

—No me lo di­gas, súper bar­cos. ¿Por qué no me lo habías con­ta­do antes? —Vivien sacud­ió la cabeza—. O sea, que es mil­lonario, ¿no? -He leí­do en al­gún sitio que es mul­ti­mil­lonario.—Ah, bueno, ¿qué im­por­tan­cia tienen un­os cuan­tos mil­lones en­tre ami­gos? Pero en­tonces, y no te lo tomes a mal, ¿có­mo os cono­cis­teis? Yo lle­vo vivien­do los mis­mos años que tú y nun­ca he cono­ci­do a un mil­lonario. Y mu­cho menos a un mul­ti­mil­lonario. Po­drías darme al­gún con­se­jo.

—Cuan­do ter­miné la car­rera me fui de va­ca­ciones a Cor­fú, en Gre­cia. Sin darme cuen­ta en­tré en una playa pri­va­da, pero yo no sabía que lo fuera. Me había deja­do la guía en el ho­tel y es­ta­ba mi­ran­do aquel paisaje mar­avil­loso, no los carte­les —demi_ de­jó es­capar un sus­piro—. ¿Pode­mos hablar de otra cosa? Ése no es mi tema fa­vorito.

-Sí, claro. Pode­mos hablar de qué vas a hac­er con cu­atro mil­lones de dólares.


-No lo sé —demi__ se encogió de hom­bros—. ¿Pa­gar a un psiquia­tra para que me cure del shock?



—¿Quién ha com­pra­do el anil­lo?

-No lo sé, al­guien con mu­cho dinero ev­iden­te­mente. Vivien la miró, ex­as­per­ada.


—¿Y cuán­do tienes que en­tre­gar­lo?

-Una chi­ca me ha en­vi­ado un men­saje di­cien­do que ven­drían a bus­car­lo en per­sona mañana. Y le he da­do la di­rec­ción del cole­gio por si aca­so er­an gente rara —demi____ tocó el anil­lo, que ll­ev­aba en una ca­denita al cuel­lo ba­jo la blusa, y Vivien sus­piró.

-Nun­ca te lo quitas. In­clu­so duer­mes con él puesto.

-Porque soy muy des­or­de­na­da y me da miedo perder­lo.

—Dé­jate de ex­cusas. Ya sé que eres des­or­de­na­da, pero ll­evas el anil­lo porque sigues en­am­ora­da de él. Has segui­do en­am­ora­da de él es­tos cu­atro años. ¿Por qué de­cidiste vender el anil­lo de re­pente, demi? ¿Qué ha pasa­do? Es­ta úl­ti­ma se­mana has es­ta­do muy rara.

-Vi fo­tografías de él con otra mu­jer. Ru­bia, del­gadísi­ma, ya sabes a qué me re­fiero. La clase de mu­jer que hace que una quiera de­jar de com­er para siem­pre... has­ta que te das cuen­ta de que in­clu­so de­jan­do de com­er nun­ca ten­drías ese as­pec­to —demi sus­piró—. Y pen­sé que con­ser­var el anil­lo es­ta­ba evi­tan­do que re­hiciera mi vi­da. Es una locu­ra, yo es­toy lo­ca.

-No, ya no. Por fin has re­cu­per­ado la cor­du­ra —Vivien se apartó el pe­lo de los ojos con un gesto dramáti­co

—. Tú sabes lo que es­to sig­nifi­ca, ¿ver­dad?

—¿Que ten­go que olvi­darme de él para siem­pre?

-No, que se ter­minó lo de com­er pas­ta bara­ta. Es­ta noche va­mos a pedir una piz­za que lleve de to­do y vas a pa­gar tú. ¡Yupi! —ex­clamó su ami­ga, lev­an­tan­do el telé­fono—. ¡Va­mos a darnos la gran vi­da!