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viernes, 5 de abril de 2013

Unfaithful Capitulo 3 - jemi en español

 


Capitulo 3 :


«Así debe sentirse uno», se decía, «cuando muere un ser querido».-Quiero el divorcio -dijo.
Fue lo primero que le vino a la cabeza y se sorprendió tanto de oírlo como el propio Joe.
-Tú puedes marcharte, yo me quedaré con la casa y los niños. No creo que tengas dificultades para mantenemos -añadió y se encogió de hombros. No cabía en sí de asombro ante su propia tranquilidad, cuando lo normal era gritarle como una esposa ofendida.
-¡No seas estúpida! -gruñó Joe-. Eso no es posible y tú lo sabes.
-No grites, vas a despertar a los niños.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Joe se puso en pie y dejó el vaso sobre la repisa de la chimenea con un sonoro golpe y derramando el líquido sobre el mármol de la repisa.
Joe miró a Demi con furia, pero no pudo sostener por mucho tiempo su mirada. Agachó la cabeza apesadumbrado y se metió las manos en los bolsillos.
-Mira... -dijo al cabo de unos instantes, tratando de recobrar la calma- No era lo que tú crees, lo que esa zorra te ha hecho creer. Sucedió sólo... por casualidad... y se acabó casi antes de empezar -dijo haciendo un seco ademán.
«Pobre Taylor», pensó Demi, «guillotinada de un plumazo».
-Tenía mucha presión en el trabajo. La compra de Harvey's ha sido muy arriesgada y amenazaba todo lo que he conseguido -prosiguió Joe, y tomó el vaso de whisky y dio un largo trago-. He tenido que trabajar día y noche. Tú has tenido que ocuparte de Frankie y he pasado más tiempo con ella que contigo. Luego, los mellizos tuvieron sarampión y no quisiste que contratáramos a una enfermera. Estabas agotada, casi enferma, y yo estaba preocupado por ti, por los mellizos, por Frankie, que no dormía más de media hora seguida, y con más dificultades que nunca en la empresa. Creí que lo mejor para ti era que no te preocupara contándote mis problemas en la oficina...
Joe hablaba de los meses anteriores. Un periodo en que Demi pensó que todo lo que podía ir mal había ido mal. Pero no se le había ocurrido añadir a su lista de problemas que su marido la engañaba con otra mujer.
-Demi... -dijo Joe con voz grave- no era mi intención. Ni siquiera quería hacerlo. Pero ella estaba allí cuando yo necesitaba a alguien, y tú no estabas, y yo...
-¡Cállate! -exclamó Demi.
Le dieron náuseas y tuvo que llevarse la mano a la boca para no vomitar sobre su preciosa -y carísima alfombra. Se levantó, Joe hizo intención de ayudarla y ella le dirigió una mirada hostil. Fue dando tumbos hasta el mueble bar y, con manos temblorosas, se sirvió whisky. Era una bebida que detestaba, pero, en aquellos momentos, sentía la angustiosa necesidad de beber algo fuerte.

Joe seguía de pie. La miró con desconsuelo al veda beberse el whisky de un trago y cerrar los ojos echando la cabeza hacia atrás.
Demi trataba de mantener la calma, pero la tormenta se había desencadenado. Su cuerpo fue sacudido por un mar de emociones violentas. Le palpitaba el corazón y trató de respirar profundamente, pero tenía la sensación de tener los pulmones en...
charcados. Tenía paralizados los músculos del estómago, su cerebro, al contrario, estaba sumido en un torbellino de angustia y dolor.
-¡Se ha acabado, Demi! -dijo Joe con una voz grave que ella nunca le había oído-. ¡Por Dios, Demi, se ha acabado!
-¿Cuándo se acabó? -le preguntó mirándolo a los ojos- ¿Cuando te permitiste el lujo de volver a hacer el amor conmigo? Pobre Taylor.
El whisky comenzaba a. hacer el efecto deseado. -¿Me pregunto a quién de las dos tomas por imbécil? Joe sacudió la cabeza negándose a aceptar la lucha.
-Simplemente, ocurrió -dijo tristemente, pasándose la mano por el pelo-. Ojala no lo hubiera hecho, pero no puedo echar marcha atrás, aunque sea lo que más deseo. Por si te sirve de algo, te diré que me avergüenzo de mi mismo. Pero, y te lo juro por Dios, te doy mi palabra de que no volverá a suceder de nuevo.
-Hasta la próxima vez -dijo Demi y fue a salir de la habitación antes de que los sentimientos sombríos que se agolpaban en su interior estallaran con amargura.
-¡No!-exclamó Joe, agarrándola del brazo y atrayéndola hacia sí-.¡Tenemos que arreglado! Por favor, sé que te he hecho daño pero necesitamos...
-¿Cuántas veces? -le espetó Demi, perdiendo el control- ¿Cuántas veces has venido oliendo a su perfume? ¿Cuántas veces me has hecho el amor por obligación después de haberte acostado con ella?
-¡No, no, no! -dijo agarrándola por ambos brazos mientras ella trataba de liberarse- ¡No, Demi! ¡Nunca! ¡No he dejado que llegara tan lejos!
Se puso pálido ante la mueca de incredulidad de Demi.
-¡Te quiero, Demi! -dijo con voz grave- ¡Te quiero!
Por alguna razón, aquella declaración desesperada la enervó y, llevada por la violencia, le dio una bofetada.
Joe se quedó de piedra. Demi se apartó de él.
Nadie que la conociera la habría creído capaz de sentir tanto odio como revelaban sus ojos. Joe estaba atónito, tratando de digerir el horror que contenía aquella mirada.
Sin decir nada más, Demi dio media vuelta y salió de la habitación. Se detuvo en la puerta de la habitación que compartía con Joe y luego, se dirigió a la habitación de Frankie.
El niño ni se movió cuando entró. Demi se acercó se inclinó sobre la cuna y se quedó mirando a su hijo preguntándose si el intolerable dolor que sentía en su interior la haría enfermar.
Luego, el dique que contenía sus emociones se rompió y con un sollozo cayó sobre la cama que sería Frankie cuando creciera. Se arropó con la manta y ahogó su llanto en la almohada, para que nadie la oyera.
La mañana comenzó con el gorjeo de Frankie, que,completamente despierto, pataleaba alegremente en su cuna. Demi tardó unos instantes en darse cuenta de por qué estaba durmiendo en aquella habitación.
Sintió que algo se rompía en su interior al recordar la noche anterior, pero, a los pocos instantes, experimentó una gran calma, se sentía vacía, hueca.
Se levantó y frunció el ceño al darse cuenta de que llevaba la misma ropa del día anterior. Se llevó la mano a la cabeza. Tenía aún el pelo recogido con una goma. Se la quitó y sacudió la melena. Tenía un aspecto desastroso y se sentía muy mal. Ni siquiera se había molestado en quitarse las zapatillas de deporte para dormir. Se sentó en la cama y se las quitó. En aquel momento, el niño se dio cuenta de su presencia y dio un gritito de alegría.
Demi se inclinó sobre la cuna. La sonrisa de su hijo fue como un bálsamo para su triste corazón. Por unos instantes, se sumergió en la alegría que suponía disfrutar de su hijo. Le dio unos golpecitos en el vientre y murmuró las cosas que las madres suelen decirles a sus hijos, y que sólo ellas y sus hijos entienden.
Aquello le pertenecía, se dijo. No importaba qué cosas querría arrebatarle o concederle la vida, jamás podría quitarle el amor de sus hijos. «Esto», se dijo, «es sólo mío».
Frankie estaba empapado. Demi le quitó el pañal antes de sacarlo de la cuna. Frankie siempre estaba alegre por las mañanas. No dejó de gorjear y moverse cuando lo llevó al baño, para limpiarlo y refrescarlo.
Lo sacó, lo envolvió en una toalla y volvió a su habitación para vestirlo. Normalmente, lo habría llevado a la cocina para darle el desayuno sin siquiera vestirlo y sin vestirse ella. Normalmente, lo hacía cuando los niños se habían ido al colegio y su marido a trabajar, pero no podía despertar a los mellizos con aquel aspecto. Le preguntarían por qué tenía una pinta tan desastrosa sin el menor rubor.
Hizo acopio de valor y abrió la puerta de su habitación. Sabía que Joe sólo estaría medio dormido. Entró sin hacer ruido y miró hacia la cama, sumida en la penumbra del amanecer.


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