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sábado, 30 de marzo de 2013

Unfaithful Capitulo 2 -jemi en español


Capitulo 2 : 


Vio su rostro reflejado en el espejo que había sobre la chimenea de mármol y lo miró fijamente. Estaba pálida y tenía un rictus de tensión en los labios, pero, por lo demás, su aspecto era el normal. Ni sangre ni cicatrices. La misma Demetria Jonas de siempre. Veinticuatro años, madre y esposa, por ese orden. Sonrió amargamente. Aquella era una verdad a la que nunca se había atrevido a enfrentarse. 
«Lo querías», se dijo, «y lo conseguiste, en el corto espacio de seis meses. No está mal para una ingenua muchacha de diecisiete años». Pero Joe tenía vein¬ticuatro años, pensó con cinismo, y la suficiente expe¬riencia como para dejarse atrapar por el truco más viejo del mundo. 
Pero, entonces, el cinismo la abandonó. No había sido ningún truco, no tenía derecho a denigrarse a sí misma llamando truco a algo que en absoluto lo fue. Tenía diecisiete años cuando conoció a Joe, y era muy inocente. Era la primera vez que iba a una discoteca, acompañada de un grupo de amigas que se rieron de su miedo a que les preguntaran la edad y no les dejaran pasar. 
-¡Oh, vamos! -le dijeron- Si te preguntan cuántos años tienes, miénteles, como hacemos nosotras. 
Fue consciente de la presencia de Joe desde el momento de entrar. Era fuerte, delgado y moreno, y muy atractivo, tanto como una estrella de cine. Sus ami¬gas también advirtieron su presencia, y se rieron ton¬tamente al comprobar que no ocultaba su interés por ellas. Pero, en realidad, era a Demi a quien estaba mirando. Demi, con su pelo largo, castaño y ondulado, que le caía hasta los hombros y enmarcaba su preciosa cara. 
Su amiga Julie la había maquillado y le había prestado una de sus minifaldas ajustadas y un pequeño top que dejaba al descubierto su ombligo cada vez que giraba al ritmo de la música. Si sus padres la hubieran visto así vestida, se habrían muerto del susto. Pero estaba pasando el fin de semana en casa de Julie, mientras sus padres se habían ido a visitar a unos parientes, así que no podían ver cómo su única hija pasaba el tiempo mientras ellos estaban fuera. 
Y fue a Demi a quien Joe se acercó cuando pusieron una canción lenta. Le dio un toquecito en el hombro para que se volviera y sonrió, con gracia y con¬fianza en sí mismo. Consciente de la envidia de las otras chicas, dejó que la tomara entre sus brazos sin una pala¬bra de protesta. Demi todavía podía recordar aquel hormigueo al sentir su tacto, su proximidad, su suave pero firme masculinidad. 
Bailaron durante mucho rato antes de que él hablara. -¿Cómo te llamas? 
-Demi -le respondió ella con timidez- Demi Lovato. 
-Hola, Demi Lovato -dijo Joe con un murmu¬llo-. Joe Jonas.
Cuando estaba absorbiendo todavía las dulces resonancias de su voz suavemente modulada, Joe le puso la mano bajo el top y ella se estremeció al sentir su tacto sobre la piel desnuda de la espalda, 
Joe la atrajo hacia sí, pero no hizo ningún Intento de besarla, tampoco le dijo que saliera del local con ella y dejara a sus amigas. Tan sólo le pidió el número de teléfono y prometió llamarla muy pronto. Demi pasó la semana siguiente pegada al teléfono, esperando con impaciencia su llamada. 
En su primera cita, la llevó en coche. Un Ford rojo. -Es el coche de la empresa -le dijo con una sonrisa que no llegó a comprender bien. 
Amablemente, pero con una intensidad que le hacía contener el aliento, Joe le dio confianza para que le hablara de sí misma. De su familia, de sus amigos, de sus gustos. De su ambición de estudiar Arte para dedicarse a la publicidad. Al decirle aquello, Joe frun¬ció el ceño y le preguntó su edad. Incapaz de mentir, Demi se sonrojó y le dijo la verdad. Joe frunció el ceño todavía más y ella se mordió el labio porque sabía que lo había echado todo a perder. Joe la llevó de vuelta a casa y despidió con un escueto «Buenas noches». Demi se quedó destrozada. Durante muchos días, apenas comió y no pudo dormir. Estaba a punto de tener un problema serio de salud cuando Joe la llamó una semana más tarde. 
La invitó al cine. Demi se sentó a su lado en la oscuridad y no dejó de mirar la pantalla, pero no vio nada, sólo podía concentrar su atención en la proximidad de Joe, en el sutil aroma de su colonia, en su rodilla a unos centímetros de la suya, en el tacto de sus hombros, que se rozaban. Con la boca reseca, tensa y con temor a hacer cualquier movimiento por no echarIo todo a perder una segunda vez, no pudo evitar un gritito cuando él le agarró la mano. Con expresión seria entrelazó sus dedos. 
-Tranquila -murmuró-. No voy a morderte. 
El problema era que ella estaba deseando que la mor¬diera. Incluso entonces, ingenua como era, sin saber cómo debía comportarse con un hombre, lo deseaba con una desesperación que debía ser patente en su rostro. Joe murmuró algo y apretó su mano entre la suya mientras volvía a concentrarse en la película. Aquella noche la besó con tal deseo que Demi sintió cierto temor antes de que la dejara marchar. 
En su siguiente salida, la llevó a un restaurante muy tranquilo y no dejó de mirarla durante la cena, mientras le contaba cosas acerca de sí mismo. Acerca de su trabajo como vendedor en una gran empresa de ordenadores que le obligaba a viajar por todo el país. Acerca de su ambición de tener su propia empresa, de cómo ahorra¬ba todas sus comisiones para poder hacerlo algún día. Hablaba con tal calma y suavidad que Demi tenía que inclinarse hacia delante para no perderse palabra de lo que decía. No dejaba de mirarla, no para observarla, sino para absorberla. Cuando la llevó a casa, Demi estaba en peligro de explotar por la tensión sexual acu¬mulada. Sin embargo, se limitaron a darse un beso. Lo mismo sucedió otra media docena de veces, hasta que un día, inevitablemente, en vez de llevarla al cine la llevó a su apartamento. 
Después de aquel día, apenas iban a otros lugares. 
Estar solos y hacer el amor se convirtió en lo más impor¬tante de sus vidas. Joe se convirtió en lo más impor¬tante, por encima de sus notas, de sus ambiciones, de la opinión de sus padres, que no paraban de manifestarle su desaprobación sin menoscabar lo que sentía hacia Joe. 
Tres meses más tarde, y después de que Joe estu¬viera fuera dos semanas, ella le estaba esperando en el apartamento. 
-¿Qué haces aquí? -le preguntó Joe. 
Sólo en el momento de recordarlo, siete años más tarde, se daba cuenta de que no le había gustado encontrarle allí. Tenía el rostro serio y cansado, igual, pensaba Demi sentada en el cuarto de estar de su casa, que en los últimos meses. 
- Tenía que verte -le dijo, agarrándolo de la mano y arrastrándolo al interior del apartamento. Inevitable¬mente, hicieron el amor, luego ella hizo café y lo bebieron en silencio. Joe, que sólo llevaba un albornoz, se sentó en su viejo sillón de orejas y ella se hizo un ovillo a sus pies, y se abrazó a sus rodillas. 
Entonces, le dijo que estaba embarazada. Joe no se movió ni dijo nada y ella no lo miró. Joe le acarició el pelo y ella apoyó la cabeza en la pierna. 
Al cabo de unos momentos, Joe dio un largo y profundo suspiro. Agarró a Demi y la sentó en su regazo. Ella encogió las piernas, como una niña, como Kate cuando se sentaba en brazos de su padre para buscar consuelo. 
-¿Estás segura? 
-Completamente -dijo Demi, asiéndose a él, asiéndose al eje sobre el que giraba su vida- Me retrasé en el período y compré una de esas pruebas que venden en la farmacia. Ha dado positiva. ¿Crees que puede ser incorrecta? ¿Voy al médico antes de que decidamos algo? 
-No -dijo Joe-. Así que estás embarazada. Me pregunto cómo ha ocurrido -añadió pensativamente. 
Demi se rió nerviosamente. 
-Es culpa tuya -le dijo- Eres tú el que tiene que tomar precauciones. 
-Yeso he hecho -replicó él- Bueno, al menos tenemos tiempo de casamos antes de que toda la ciudad se entere de por qué lo hacemos. 
Y aquello fue todo. La decisión estaba tomada. Joe se ocupó de todo, evitando que ella sufriera cualquier pregunta indiscreta, cualquier inconveniente, ayudándola a soportar la decepción que suponía para sus padres. 
Una vez más, fue siete años más tarde, cuando se dio cuenta del verdadero significado de sus palabras: «Al menos tenemos tiempo de casamos antes de que toda la ciudad se entere de por qué lo hacemos». Y, por primera vez, pensó que, tal vez, en otras circunstancias, Joe no se habría casado. 
Ella lo había atrapado. Con su juventud, su inocencia, con su confianza infantil y su ciega adoración. Joe se había casado con ella porque creía que era lo que tenía que hacer. El amor no tenía nada que ver con el asunto. 
El sonido de una llave en la puerta principal la devolvió al presente. Se dio la vuelta. Sentía una extraña calma, un extraño alivio. Miró al reloj de pared. Eran las ocho y media. Joe no iba a volver a casa hasta varias horas después. Tenía una cena de negocios, le había dicho. Qué burda le pareció aquella excusa, se dijo sonriendo amargamente y acercándose a la puerta del cuarto de estar. 
Joe le daba la espalda. Demi se dio cuenta de la tensión de los músculos del cuello y de la rigidez de su espalda bajo la tela de su abrigo negro. 
Se dio la vuelta lentamente y sonrió. Demi observó su rostro cansado, pálido. Joe miró al teléfono des¬colgado. Se acercó, dejó la cartera de cuero en el suelo, y levantó el auricular. La mano le temblaba ligeramente al dejarlo en su lugar. 
Miley debía haberIo llamado. Debía haber sentido pánico al ver que ella se negaba a contestar al teléfono y lo había llamado para decirle lo que había hecho. Le habría gustado oír aquella conversación, pensaba Demi. La acusación, la defensa, la confesión y el veredicto. 
Joe la miró, y ella dejó que la observara durante unos instantes. Luego, sin decir nada, se dio la vuelta y volvió al cuarto de estar. 
Era culpable. Lo llevaba escrito en su aspecto. Culpable sin atenuantes. 

Pasaron algunos minutos antes de que Joe, se reuniera con ella en el cuarto de estar. Necesitaba algún tiempo para prepararse para lo que iba a ocurrir. Demi lo esperaba sentada, pacientemente.
Curiosamente, estaba muy tranquila. Su corazón latía a un ritmo normal y tenía las manos apoyadas relajadamente sobre el regazo.
Joe entró. Se había quitado el abrigo y la chaqueta, y se había desanudado la corbata y desabrochado el cuello de la camisa. No miró a Demi y se dirigió al mueble bar para servirse un whisky.
-¿Quieres uno? -le preguntó a Demi.
Ella negó con la cabeza. Joe no repitió la pregunta, tampoco la miró. Se sirvió una generosa cantidad de whisky y se sentó en el sofá, frente a Demi.
Dio un largo trago.
-Tienes una amiga muy fiel -dijo. «y un marido infiel», pensó Demi.
Joe cerró los ojos. No la había mirado desde que entrara en la habitación. Estiró las piernas y tomó el vaso con ambas manos. Demi se fijó en sus dedos: largos, fuertes y con las uñas perfectamente cortadas.
Era un hombre fuerte y alto, y siempre aseado. Buenos zapatos, trajes elegantes, camisas a medida y corbatas de seda. Estaba más pálido que de costumbre, pero su semblante, que reflejaba tensión, seguía siendo atractivo. Sus rasgos eran bien formados y suaves, tenía la nariz recta y la boca delgada, en un gesto de determinación. Iba a cumplir treinta y dos años y siempre había sido muy masculino, aunque, con el paso de los años, habían ido aflorando otras facetas de su carácter.
Había adquirido una fuerza interior, que, tal vez, suele aparecer siempre con la madurez, y una nueva confianza y conciencia de la propia valía. Su rostro reflejaba su personalidad, es decir, la de un hombre acostumbrado a ejercer el poder y con la capacidad de superar eficazmente las dificultades. En su compañía, se tenía la sensación de estar ante un hombre especial.
Otro rasgo eminente de su personalidad, pensaba Demi, era su dominio de sí mismo. Joe siempre había poseído una gran capacidad para controlar sus emociones, raramente perdía los nervios, raramente se irritaba cuando las cosas no marchaban como él quería. Ante los problemas, tenía la rara habilidad de olvidar los aspectos negativos y extraer lo más positivo de la situación.
Aquél era el rasgo más sobresaliente de Joe Jonas, presidente de Jonas Holdings, una organización que, en pocos años, había crecido de un modo extraordinario. Compraba pequeñas empresas que no marchaban bien y las reconvertía en filiales de la suya, logrando que obtuvieran grandes beneficios.
y lo había hecho todo con sus propios medios. Manteniendo un delicado equilibrio entre el éxito y el desastre, aunque sin llegar a poner en peligro el bienestar de su familia, había construido un pequeño imperio. Por el contrario, la había rodeado de lujo, tanto como podía desear.
-Y ahora, ¿qué? -preguntó de repente, levantando los párpados y revelando la belleza de sus ojos grises y profundos.
Así que no iba a tratar de negar nada, se dijo Demi.
Deseaba encontrar algo que decir, pero no sabía qué. -Dímelo tú -dijo, todavía con aquella tranquilidad asombrosa.
Miley debía haberle dicho que temía que cometiera colgarse de una lámpara. Qué melodramático, qué novelesco. Pobre Miley, pensaba Demi con simpatía, qué mal tenía que haberlo pasado.
-Es una zorra -gruñó Joe.
La idea que tenía de Miley, obviamente, no se parecía a la de Demi. Se inclinó hacia delante apretando el vaso de whisky entre las manos. Tenía el ceño fruncido y le temblaba un músculo de la mandíbula. Apoyaba los codos en las rodillas y no apartaba la vista de la alfombra.
-Si no hubiera metido las narices, podrías haberte ahorrado todo esto. ¡Ya había terminado! -espetó-. ¡Si supiera cerrar la boca, se habría dado cuenta de que todo había terminado! Esa zorra me la tenía jurada. Ha estado esperando a que cayera para hincarme el diente. Pero nunca pensé que caería tan bajo como para hacerlo a través de ti.
Era cierto, pensaba Demi. Maldita Miley, ¿por qué se había metido donde no la llamaban?
-¡Di algo, por Dios! -gruñó Joe.

Demi parpadeó, porque Joe nunca le había levantado la voz, y se dio cuenta de que, desde que Joe había entrado, tenía los ojos fijos en él, pero sin verlo. Sólo se fijó verdaderamente en él en aquellos instantes, como si necesitara que sucediera algo para darse plena cuenta de lo que estaba ocurriendo. Aunque, en realidad, no deseara que sucediera por temor a echarse a llorar y derrumbarse.
«Así debe sentirse uno», se decía, «cuando muere un ser querido».
-Quiero el divorcio -dijo.

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