Bienvenidos

Mi nombre es Yesennia ... subo adaptaciones jemi en youtube pero aveces como son largas lo subo a este blog este es mi canal http://www.youtube.com/channel/UC93vtXRXWvbXxe_1js_HRJg/videos?flow=grid&view=0 ...
/// Lovatica // Jonatica // nemi friendship// Jemi forever ///

lunes, 3 de febrero de 2014

9 months ♥ ♥ - Capitulo 3 - jemi en español


 
Capitulo 3
*** Josep Jonas ba­jó del Fer­rari y miró el viejo ed­ifi­cio de es­ti­lo vic­to­ri­ano: una es­cuela de pri­maria en Hamp­ton Park. Por supuesto,demi_ tra­ba­ja­ba con niños. Era lo más lógi­co. Fue el día que leyó en la pren­sa que pens­aba ten­er cu­atro hi­jos cuan­do la de­jó plan­ta­da. Joe miró el ed­ifi­cio. La ver­ja es­ta­ba ro­ta por var­ios sitios y un­os plás­ti­cos cubrían parte del te­ja­do, pre­sum­ible­mente para evi­tar las goteras. En ese mo­men­to sonó una cam­pani­ta y, un se­gun­do de­spués, un mon­tón de niños salieron al pa­tio, em­pu­ján­dose unos a otros. Una joven los seguía, con­te­stando pre­gun­tas, in­ten­tan­do con­tener dis­cu­siones y, en gen­er­al, con­trolan­do el caos. Ll­ev­aba una sen­cil­la fal­da ne­gra, za­patos planos y una blusa de col­or claro. Joe no la miró dos ve­ces, de­masi­ado ocu­pa­do bus­can­do a demi. De nue­vo, es­tudió el viejo ed­ifi­cio, pen­san­do que de­bía haberse equiv­oca­do. ¿Por qué iba Kel­ly a en­ter­rarse en aquel sitio? Es­ta­ba a pun­to de volver al coche, pen­san­do que le habían da­do una di­rec­ción er­rónea, cuan­do oyó una risa que le re­sulta­ba fa­mil­iar. Y, de re­pente, se en­con­tró mi­ran­do de nue­vo a la joven pro­fe­so­ra de fal­da negra y za­patos planos. No se parecía a la ale­gre ado­les­cente que había cono­ci­do en la playa de Cor­fú y es­ta­ba a pun­to de darse la vuelta cuan­do el­la giró la cabeza. Ll­ev­aba el pe­lo firme­mente su­je­to con un prende­dor, pero era del mis­mo tono cas­taño... Joe ar­rugó el ceño, quitán­dole men­tal­mente esa ropa tan abur­ri­da para ver a la mu­jer que había de­ba­jo. La joven son­rió en­tonces y Joe se quedó sin res­piración porque era im­posi­ble no re­cono­cer esa son­risa. Una son­risa am­plia, gen­erosa, autén­ti­ca. Sin pen­sar, ba­jó la mi­ra­da has­ta sus pier­nas... sí, er­an las mis­mas pier­nas, largas y pre­ciosas. Unas pier­nas hechas para que un hom­bre perdiese la cabeza. Unas pier­nas que una vez se habían enreda­do en su cin­tu­ra... Los gri­tos de los niños in­ter­rumpieron sus pen­samien­tos. Un grupo de chicos había vis­to el Fer­rari y, de in­medi­ato, Joe lamen­tó no haber aparca­do más lejos. Los niños cor­rían por el pa­tio para ac­er­carse a la ver­ja que sep­ara­ba el cole­gio del resto del mun­do y él los miró co­mo otro hom­bre mi­raría a un an­imal peli­groso.



—¡Menudo coc­ha­zo! -¿Es un Porsche? Mi padre dice que el mejor coche del mun­do es el Porsche. -Cuan­do sea may­or voy a ten­er uno co­mo ése. Joseph no sabía qué de­cir, de mo­do que se quedó calla­do. Pero en­segui­da vio que demi_ gira­ba la cabeza. Por supuesto, el­la se daría cuen­ta ráp­ida­mente de que al­gu­na de sus ove­ji­tas había es­capa­do del re­baño, demi era ese tipo de per­sona. Era des­or­de­na­da, rui­dosa y car­iñosa. Y no se habría queda­do calla­da si un­os niños se dirigían a el­la.

Joe vio que es­ta­ba pál­ida, el tono de su piel desta­can­do el inusu­al azul zafiro de sus ojos. Ev­iden­te­mente no conocía a mucha gente que con­du­jera un Fer­rari, pen­só. Y el he­cho de que se sor­pren­dería de ver­lo au­men­tó su fu­ria. ¿Qué había es­per­ado, que se quedara de bra­zos cruza­dos mien­tras vendía el anil­lo, el anil­lo que él había puesto en su de­do, al mejor pos­tor? Des­de el otro la­do del pa­tio sus ojos se en­con­traron. El sol apare­ció por de­trás de una nube, dán­dole re­fle­jos do­ra­dos a su pe­lo. Le record­aba a aque­lla tarde en la playa de Cor­fú. En­tonces Kel­ly ll­ev­aba un minús­cu­lo biki­ni de col­or turque­sa y una son­risa aver­gon­za­da... Pero no quería pen­sar en eso, de mo­do que volvió al pre­sente.



—¡Chicos! —su voz era co­mo choco­late der­reti­do con un poco de canela, suave con un toque de es­pe­cias—. No os sub­áis a la ver­ja, ya sabéis que es peligroso. Joe se sin­tió ab­sur­da­mente de­cep­ciona­do. Cu­atro años antes, demi_ hu­biera sali­do cor­rien­do por el pa­tio con el en­tu­si­as­mo de un ca­chor­ro para echarse en sus bra­zos. Y que es­tu­viera mirán­do­lo co­mo si hu­biera es­capa­do de una reser­va de ti­gres lo ponía aún más ten­so. Alekos miró al niño más cer­cano, la necesi­dad de in­for­ma­ción de­sa­tan­do su lengua.

—¿Es vues­tra pro­fe­so­ra?

—Sí, es nues­tra pro­fe­so­ra —a pe­sar de la ad­ver­ten­cia de demi, el chico pu­so una rodil­la en la pared e in­ten­tó apo­yarse en la ver­ja—. No parece muy es­tric­ta, pero si haces al­go ma­lo... ¡zas!

—¿Os pe­ga?

—¿Qué? —el chaval soltó una car­ca­ja­da—. La señori­ta demi_ no mataría una mosca. Las atra­pa con un va­so para sacar­las de la clase. Ni siquiera nos gri­ta.

—Pero eso de «zas»...

—La señori­ta demi te aplas­ta con una so­la mi­ra­da —el chico se encogió de hom­bros—. Te hace sen­tir mal si has he­cho al­go ma­lo, co­mo si la hu­bieras de­cep­ciona­do. Pero nun­ca le haría daño a nadie. No es na­da vi­olen­ta.

La señori­ta demi_. De mo­do que no se había casa­do. Y no había tenido los cu­atro hi­jos que quería tener. Só­lo aho­ra que la pre­gun­ta es­ta­ba con­tes­ta­da re­cono­ció que había pen­sa­do en esa posi­bil­idad. demi cruzó el pa­tio co­mo si una cuer­da in­vis­ible tirase de el­la. Era ev­idente que, si tu­viera opor­tu­nidad, sal­dría cor­rien­do en di­rec­ción con­traria.

—Fred­die, Kyle, Col­in, ale­jaos de la ver­ja. Los tres chicos em­pezaron a hablar a la vez y Joseph notó que demi_ con­testa­ba uno a uno en lu­gar de man­dar­los callar co­mo harían la may­oría de los adul­tos.

Y era ev­idente que los niños la adora­ban.

—¿Ha vis­to el coche, señori­ta demi? Yo só­lo lo había vis­to en las re­vis­tas.

—Só­lo es un coche, cu­atro ruedas y un mo­tor —demi se volvió por fin ha­cia él—. ¿Querías al­go? Nun­ca había si­do ca­paz de es­con­der sus sen­timien­tos, pen­só Joe. Es­ta­ba hor­ror­iza­da de ver­lo y eso lo saca­ba de quicio.

—¿Te sientes cul­pa­ble, agapi mu?

—¿Cul­pa­ble?

—No pare­ces con­tenta de verme y me pre­gun­to por qué. Dos man­chas ro­jas aparecieron en sus mejil­las y, de re­pente, sus ojos se volvieron sospe­chosa­mente bril­lantes.

—No ten­go na­da que de­cirte y no sé por qué de­bería ale­grarme de verte. Joseph se había olvi­da­do del anil­lo y es­ta­ba pen­san­do en otra cosa com­ple­ta­mente difer­ente. Al­go peli­groso, ar­di­ente y prim­iti­vo que só­lo le ocur­ría cuan­do es­ta­ba con el­la. Cuan­do sus ojos se en­con­traron, supo que demi es­ta­ba pen­san­do lo mis­mo. Pero en­segui­da apartó la mi­ra­da, sus mejil­las ar­di­en­do. Lo trata­ba co­mo si no supiera por qué esta­ba al­lí, co­mo si no se conocier­an ín­ti­ma­mente. Co­mo si no hu­biera un cen­tímetro de su cuer­po que él no hu­biese be­sa­do.

—¿Es su novio, señori­ta? —pre­gun­tó uno de los niños.

—Fred­die Har­ri­son, ésa es una pre­gun­ta muy in­apropi­ada —demi_ em­pu­jó suave­mente a los niños ha­cia el pa­tio—. Se lla­ma Joseph Jonas y no es mi novio. Só­lo es una per­sona a la que conocí hace mu­cho tiem­po.

—¿Un ami­go, señori­ta?

—Sí... bueno, un ami­go.

—¡La señori­ta demi tiene novio, la señori­ta demi tiene novio! —em­pezaron a can­tur­rear los chicos.

—Ami­go y novio son dos cosas muy difer­entes, Fred­die.

—Si es un novio se acues­tan jun­tos, ton­to —di­jo otro de los chicos.

—Señori­ta, Col­in ha di­cho una pal­abro­ta y me ha lla­ma­do ton­to. ¡Y ust­ed dice que no se puede lla­mar ton­to a nadie! demi_ lidió con el asun­to con gran ha­bil­idad, en­vián­do­los de vuelta al pa­tio antes de vol­verse hacia Joe, mi­ran­do un mo­men­to por enci­ma de su hombro para com­pro­bar que no la es­cuch­aba nadie.


—No puedo creer que hayas tenido la cara de volver de­spués de cu­atro años —le es­petó, tem­blan­do—. ¿Có­mo puedes ser tan in­sen­si­ble? Si no fuera porque los niños es­tán mi­ran­do te daría un puñe­ta­zo. Pero se­gu­ra­mente ésa es la razón por la que has venido aquí en lu­gar de in­ten­tar verme en pri­va­do: te da miedo que te ha­ga daño. ¿Qué haces aquí?

—Tú sabes por qué es­toy aquí. Y tú nun­ca le has pe­ga­do a nadie en to­da tu vi­da, no te ha­gas la du­ra. Era una de las cosas que lo había atraí­do de el­la. Su dulzu­ra había si­do el an­tí­do­to al im­pla­ca­ble mun­do de los ne­go­cios en que vivía.

—Hay una primera vez para to­do —demi se llevó una mano al pe­cho, co­mo si quisiera com­pro­bar que su corazón seguía la­tien­do—. Di lo que ten­gas que decir y már­chate.

Dis­traí­do por la pre­sión de sus pe­chos con­tra la sen­cil­la blusa, Joe frun­ció el ceño. La ll­ev­aba abrocha­da has­ta el cuel­lo co­mo una pro­fe­so­ra vic­to­ri­ana. No había na­da, ab­so­lu­ta­mente na­da en su at­uen­do que pudiera ex­plicar la vol­cáni­ca re­spues­ta de su li­bido. Fu­rioso con­si­go mis­mo y con el­la, su tono fue más br­us­co de lo que pre­tendía:

—No juegues con­mi­go porque los dos sabe­mos que no puedes ga­nar. Te com­ería co­mo de­sayuno. Fue una analogía in­apropi­ada y en cuan­to hubo di­cho la frase en su mente apare­ció una im­agen de el­la desnu­da so­bre su ca­ma, el de­sayuno olvi­da­do... Y el col­or de sus mejil­las le di­jo que demi_ es­ta­ba recor­dan­do, la mis­ma es­ce­na.

—Tú no tomas de­sayuno —di­jo con voz ron­ca—. Só­lo tomas ese café griego tan fuerte. Y no es­toy ju­gan­do con­ti­go. Tú no jue­gas con las mis­mas re­glas que el resto del mun­do. Tú... tú eres un canal­la. Joe la miró a los ojos y se dio cuen­ta de que es­ta­ba di­cien­do la ver­dad, no sabía por qué es­ta­ba al­lí. No sabía que era él quien había com­pra­do el anil­lo. Pasán­dose una mano por el pe­lo, mur­muró al­go en griego. Eso era lo que pasa­ba cuan­do olvid­aba que demi lovato no pens­aba co­mo el resto de la gente. Su ha­bil­idad para pen­sar más rápi­do que los demás, para ade­lan­tarse e imag­inar se­gun­das in­ten­ciones le había ayu­da­do mu­cho en su ne­go­cio, pero con demi_ era una ha­bil­idad que nun­ca le sirvió de na­da. El­la no pens­aba co­mo otras mu­jeres y siem­pre lo sor­prendía, co­mo es­ta­ba sor­prendién­do­lo en aquel mo­men­to. Pero al ver que tenía los ojos em­paña­dos con­tu­vo el alien­to. No había ven­di­do el anil­lo para en­viar­le un men­saje, lo había ven­di­do porque él le había he­cho daño. En ese mo­men­to, Joe supo que había cometi­do un grave er­ror. No de­bería haber ido al­lí en per­sona. No había si­do fá­cil para él y no era jus­to para el­la.

—Tienes cu­atro mil­lones de dólares en tu cuen­ta cor­ri­ente —le di­jo, para ter­mi­nar con aque­llo lo antes posi­ble. Y, de in­medi­ato, vio un bril­lo de sor­pre­sa en sus ojos azules—. He venido a bus­car mi anil­lo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario