Respiró hondo y atravesó las puertas giratorias para entrar en
el edificio. El vestíbulo era precioso. En el centro había una gran fuente
y separó
frente a ella para permitir que el sonido del agua le relajara.
Echabade
menos el mar. No salía muy a menudo de la isla y, en medio de la
gran ciudad, sólo pensaba en regresar al tranquilo lugar en el
que había crecido.Se le formó un nudo
en la garganta y el dolor le oprimió el pecho. Por su culpa, las
tierras de la familia estaban en manos de un hombre decidido a construir un
complejo turístico con campo de golf y a saber qué más.Pero la isla Moon era especial. Las familias llevaban viviendo
allí desde hacía generaciones y todo el mundo se conocía. La mitad de la
islas e dedicaba a la pesca o a las gambas y la otra mitad vivía jubilada
tras años trabajando en Houston o Dallas.Entre los residentes había un acuerdo no escrito por el que la
isla seguiría siendo un paraíso para quien buscara una vida más tranquila.Pero todo eso iba a cambiar por su culpa. Las excavadoras iban
a invadirlo todo y, lentamente, el mundo exterior cambiaría su forma
devivir. demi se mordió el labio y se dirigió hacia el ascensor. Le
dolía pensar en lo ingenua y estúpida que había
sido.Furiosa, pulsó el botón de la tercera planta. Le había creído cuando
le había asegurado que quería las tierras con fines
personales. Al firmar los documentos, el
nombre que había aparecido era el suyo, no el de ninguna empresa. Joe Jonas. Y también le había creído cuando le había dicho que la amaba y que
regresaría. Que quería que estuvieran juntos.Se sentía tan humillada por su estupidez que no soportaba
pensa rmás en ello. Y al presentarse en Nueva York se había encontrado con
lahistoria de la pérdida de memoria. Demasiado
oportuno.
—Por favor, que esté diciendo la verdad —susurró.Porque, si decía la verdad, entonces a lo mejor no era tan
mala persona.—¿Tiene cita? —al salir del ascensor, se topó con un mostrador.
La recepcionista sonrió.
—joseph me está esperando —asintió ella tras
unos segundos de incertidumbre.
—¿Es usted la
señorita Morgan?Ella asintió de
nuevo.—Sígame. El señor jonas pidió que la llevara de inmediato a
su despacho. ¿Le apetece un café o té? —miró la enorme barriga—. Si
lo prefiere, tenemos descafeinado.
—Gracias, estoy
bien —demi sonrió.—Señor Jonas la señorita Morgan está aquí —la recepcionista abrió una puerta.
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—Gracias, Tamara —joe alzó la vista del escritorio y se puso
en pie.
—¿Necesitará alguna
cosa más? —preguntó amablemente Tamara.
—Que nadie me
moleste —joe sacudió la cabeza. La mujer sonrió
y se
marchó, cerrando la puerta tras ella. demi miró a joel. Estaban tan cerca que podía olerlo, pero
no sabía cómo actuar. No podía mantener la pose
airada
de amante despechada porque, si no se acordaba de ella no se le podía culpar
por comportarse como si no existiera.Pero tampoco podía retomar la relación donde la habían dejado arrojándose en sus
brazos.
—Antes de que esto vaya más lejos, hay algo que debo hacer
—élsuspiró.—¿Qué? —demi frunció el ceño antes de enarcar las cejas al
verlo aproximarse. joe le tomó el rostro entre las manos ahuecadas y se acercó
aún más
a ella.
—Tengo que besarte.
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demi intentó zafarse, pero joe estaba decidido a no dejarla escapar. La sujetó
por los hombros y la atrajo bruscamente hacia sí antes de besarla
apasionadamente.No estaba muy seguro de
qué esperar. ¿Fuegos artificiales? ¿La memoria milagrosamente recuperada? ¿Imágenes de las semanas perdidas?No sucedió nada de eso. En cambio, lo que sí sucedió lo llenó
depánico. joseph sintió que su cuerpo despertaba. Cada músculo se tensó.
El deseo y la lujuria se enroscaron alrededor del estómago y se puso dolorosamente
duro.¡Cómo le correspondía esa mujer! Tras la resistencia inicial, se
fundió contra él y le devolvió el beso con pasión. Le
rodeó el cuello con los brazos moldeando sus
deliciosas curvas contra su cuerpo. Un cuerpo que pedía a gritos que la
tumbara sobre el escritorio y saciara su
deseo.Pero a medida que la consciencia se abría paso, se contuvo. ¿En
qué estaba pensando? Esa mujer, a la que no recordaba, estaba
embarazada,aunque eso no le impidiera querer arrancarle la
ropa.Bueno, al menos no podría dejarla embarazada otra vez…¿Que no era su tipo? Nunca había conocido a una mujer con la
que tuviera tanta química. demi lo miraba
perpleja con los labios hinchados y la mirada turbia. Y joe tuvo que hacer acopio de toda su capacidad de control para
no terminar lo que había empezado.
—Lo siento —se disculpó apartándose de ella—. Tenía que comprobarlo.
—¿Comprobar el qué? —ella entornó los ojos mientras cruzaba
los brazos sobre el pecho y daba unos impacientes golpecitos en el suelo
con el pie.
—Si conseguía
recordar algo.
—¿Y bien?—Nada —él sacudió
la cabeza. demi se dio media vuelta, dispuesta a salir del
despacho.
—Espera un momento —llamó él.
—¿Cuál es tu
problema?
—¿Cuál es mi problema? Pues no tengo ni idea. Quizás que no
me gusta ser maltratada como una especie de animal de
laboratorio
.—Pero…
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Antes de que
él pudiera protestar, ella ya se había marchado. joe la vio irse sin saber si ir tras ella o no. ¿Qué le diría cuando
la alcanzara? No lamentaba el beso, aunque no hubiera supuesto la
cura milagrosa que había esperado. Pero sí le había aclarado algo
importante:no podía acercarse a esa mujer sin estallar en llamas, y eso hacía
que fuera bastante probable que llevara a su hijo dentro de ella.Regresó al escritorio y descolgó el teléfono. Segundos más
tarde,Ramon contestó
.—La señorita Morgan
acaba de abandonar mi despacho. Procura que llegue bien al
hotel.demisalió a la calle. Las lágrimas le ardían en los ojos.Había esperado ver algún rastro del joe del que se
había enamorado. Quizás también había esperado que
el beso despertara…algo.
El viento fresco le revolvió los cabellos mientras miraba calle
abajo,sin saber muy bien qué dirección tomar. Hacía más frío que antes
y empezó a tiritar.Aún había bastante luz como para regresar caminando al hotel.
El beso de joe la había dejado acalorada y le enfurecía que se
hubiera mostrado tan frío.Se había sentido como… un juguete. Como si no fuera más que
unartículo para divertirle. Y seguramente era
eso lo que había sido desde el principio.Al pararse ante un paso de peatones, un hombre tropezó con
ella violentamente.
—¡Eh! —demi se
volvió asustada.
El hombre murmuró una disculpa mientras el semáforo se ponía
en verde. No fue consciente del tirón en el otro brazo hasta que fue demasiado
tarde.El bolso se deslizó por el brazo que casi fue arrancado del
hombro mientras el ladrón echaba a correr.Instintivamente,
demi agarró la correa del bolso tirando de ella.El ladrón la empujó
con fuerza, haciéndole caer al suelo. El golpe fue muy fuerte, pero la correa del bolso se mantuvo firmemente
enrollada alrededor de su muñeca.El ladrón tiró con
fuerza, arrastrándola varios metros antes de soltar un rugido de rabia y sacudirle una bofetada con el dorso de la
mano.demi percibió un destello plateado.
El pánico hizo
presa de ella al reconocer la navaja que se aproximabaa su cuerpo. Sin embargo, el atacante rajó la correa y en unos
segundos desapareció, fundiéndose con la multitud mientras ella quedaba tirada
enel
suelo.
—¿Está bien, señora? —alguien se arrodilló a su lado.Ella se volvió, demasiado aturdida para responder. Un coche
negro dio un frenazo, parándose frente a ella y una mole de hombre corrió en
suauxilio
.—Señorita
Morgan,
¿se
encuentra bien? —preguntó apresuradamente.
—¿Cómo… cómo sabe
mi nombre?—El señor jonas me envió.
—¿Cómo se ha
enterado él de lo sucedido?—Me pidió que me
asegurara de que llegara sana y salva al hotel. No la alcancé a tiempo
para llevarla en coche y la estaba buscando.
—Entiendo.
—¿Puede ponerse de
pie? —preguntó él. demi asintió
lentamente. Al menos lo intentaría. Mientras el hombre la ayudaba a levantarse, se sujetó la barriga, preocupada por si el
bebé había sufrido algún daño.
—¿Le duele?
—preguntó él.—No lo sé
—contestó ella temblorosa—. Puede que no sea más que el susto. La
caída…—La llevaré de inmediato al hospital. El señor de jonas se reunirá
allí con nosotros.Bryony no protestó al ser empujada al asiento trasero del coche.
El hombre se sentó a su lado y ordenó al conductor
que arrancara
.—¿Le duele algo? —preguntó.—No creo. Sólo
estoy alterada.—Va a tener un buen moretón en el ojo.
—Gracias
—murmuró—. Por su ayuda. Llegó en el
momento justo.—No,
no es verdad —el rostro del hombre se arrugó en una mueca derabia—. De haber
llegado un segundo antes, no la habría
lastimado.
—Aun así, gracias. Llevaba una navaja.Al recordarlo,
empezó a respirar agitadamente. Le subió un escalofríopor la columna hasta los hombros
y empezó a temblar descontroladamente.
—Ni siquiera sé su
nombre —continuó con voz débil.—Ramon —él la miró
con preocupación—. Soy el jefe de seguridad
delseñor jonas
—Me llamo demi —se presentó ella antes de recordar que él
ya conocía su nombre.
—Casi hemos llegado,
demi—la tranquilizó.El coche se paró y la puerta se abrió. Ramon la ayudó a salir y
los recibió un auxiliar de urgencias, que les aguardaba con una silla de ruedas. Sorprendida por la rapidez con que fue atendida, contempló boquiabierta cómo dos enfermeras la tumbaban en una cama yempezaban a
examinarla.Ramon se quedó a su lado sin perder detalle de los movimientos
delpersonal sanitario.
—El señor jonas es benefactor de este hospital —murmuró, como
sicomprendiera el aturdimiento de la joven—. Llamó para informarles de
sullegada.
—El obstetra vendrá enseguida —anunció una enfermera—.Examinará al
bebé.demi asintió y murmuró un agradecimiento. Acababa de cerrar
losojos cuando la puerta se abrió de golpe.
—¿Estás bien? —preguntó angustiado joe—. ¿Estás herida?
¿Te duele algo? —respiró hondo y se mesó los cabellos
—. ¿El… bebé?Antes de que ella
pudiera responder, él se fijó en el ojo y su rostro seenfureció.
Instintivamente le tocó la cara antes de volverse hacia
Ramon.
—¿Qué ha pasado?—Estoy bien —intervino demi, pero joe ya no le prestabaatención a
ella
.—joe…
Él seguía bombardeando al jefe de seguridad con preguntas y
tuvoque tirarle de la manga para recuperar su
atención.
—Estoy bien, en
serio. Ramon apareció justo a tiempo. Me ha cuidado muy
bien.—No debería haberte dejado marchar del despacho —joe rechinó
losdientes—. Estabas alterada y no deberías haber salido a la calle.
Pensaba que Ramon te llevaría al hotel.—Eché a andar —ella se encogió de hombros—. Él no me alcanzóhasta después
de…
—¿Ha venido ya el médico? —joe acercó una silla y se sentó a
su lado—. ¿Qué ha dicho del bebé? ¿Te ha hecho daño ese bastardo
en alguna otra parte?Ella sacudió la cabeza y pestañeó perpleja. Aquél era un joe totalmente
desconocido.
—La enfermera
dijo que el obstetra de guardia vendría en breve para reconocerme y asegurarse de que el bebé está bien. Y no, no me
ha herido en ninguna otra parte.
—No puedes caminar
por las calles de Nueva York tú sola —joel le tomó la mano—. Ni
siquiera me gusta que te alojes en ese hotel.—Pero si es tuyo
—demi sonrió divertida—. ¿Estás diciendo que no es un lugar
seguro?
—Preferiría que te quedaras conmigo, para estar seguro de que no
te pase
nada.
—¿Qué estás diciendo? —ella frunció el ceño.
—Escucha, de todos modos nos íbamos a ir juntos a la isla Moon
en unos días. Lo lógico sería que te quedaras conmigo hasta entonces.
Nos dará más tiempo para… conocernos.Quizás no la
recordaba,
pero sus instintos protectores se habían despertado y desde
luego estaba preocupado por el bebé y su
madre.Al menos era un comienzo, ¿no?
—De acuerdo —accedió demi—. Me alojaré en tu casa hasta
que salgamos hacia la isla.
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