Demi Lovato salió de la ducha, se envolvió
los cabellos en una toalla y se puso una bata. Ni
siquiera el agua caliente había conseguido calmarla.«¿Nos conocemos?».La pregunta resonó una y otra vez en su cabeza
hasta que sintió ganas de estrellar algún objeto… preferiblemente contra
ese hombre. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? Ella no perdía la cabeza por
un tipo atractivo. Se había mostrado inmune a hombres de gran encanto. Pero en cuanto Joseph Jonas había aparecido en su
isla, se había rendido ante él. Sin luchar. Sin resistirse. Lo tenía todo. Era
la perfección en traje de chaqueta. Un traje del que había conseguido
desembarazarle y, para cuando se
marchó de la isla, su piloto privado ni siquiera había sido capaz de
reconocerlo. Había pasado de ser una persona
sobria y estirada a convertirse en alguien relajado, tranquilo y
descansado… En una persona enamorada. El repentino torrente de dolor que la
invadió ante el recuerdo le obligó a cerrar los ojos. Era evidente que no se había enamorado. Había llegado, visto y vencido.
Ella había sido muy ingenua como para ver los verdaderos motivos. Sin embargo, sus mentiras y traición no iban a
salirle gratis. Haría lo que tuviera que hacer, pero no iba a dejarle construir
en las tierras que ella misma le había vendido. Había necesitado de todo su valor para reventarle la fiesta aquella noche,
pero en cuanto había sabido que el motivo de la misma era reunira los
potenciales inversores para el proyecto que pretendía destrozar sus tierras, había decidido hacerle frente, allí
mismo, delante de todos, desafiándole a mentir cuando todos los
asistentes conocían sus planes. Con lo que
no había contado era con que negara conocerla siquiera. Aunque, ¿qué mejor estrategia que la de hacerle
parecer una idiota de pueblo? O una especie de activista chiflada en
contra del progreso. Si no se calmaba, la tensión se le iba a disparar. ¿Había
servicio de habitaciones en ese hotel? Se moría de hambre. Se frotó la barriga
y se esforzó por liberarse de toda ira y estrés. Se obligó a relajarse mientras
se peinaba y secaba los cabellos .Estaba a
punto de terminar cuando alguien golpeó su puerta con fuerza.
—Comida. Por fin —murmuró mientras apagaba el secador.
Corrió a la puerta y la abrió. Sin embargo no había ningún
carrito con comida. Ningún empleado del
hotel. Ante ella estaba joe, con sus sandalias colgando de una mano. demi dio un paso atrás e intentó cerrar la puerta,
pero él adelantó un pie, evitándolo. Indómito, como siempre, se abrió
paso al interior de la habitación y separó
ante ella. demi odiaba lo pequeña y vulnerable que se sentía, aunque
durante un tiempo le había encantado sentirse protegida cuando se acurrucaba
contra su cuerpo.
—Márchate o llamo a seguridad —gruñó.—Hazlo —contestó él con calma—. Pero dado que soy el dueño de este
hotel, puede que te cueste un poquito hacer que me echen de aquí.
—Pues llamaré a la policía. Seas quien
seas, no puedes entrar a la fuerza en mi habitación.
—He venido para devolverte tus zapatos. ¿Me
convierte eso en un criminal?—¡Venga ya, joe! Deja tus jueguecitos. Lo
he pillado, en serio. Medi cuenta en cuanto me miraste hoy. Aunque debo admitir
que lo de «¿nos conocemos?», fue un toque maestro. Demasiado. Tuvo que
hacer verdaderos esfuerzos para no soltarle otro puñetazo.
—¿Sabes qué? Jamás te tomé por un cobarde.
Jugaste conmigo. Me comporté como una monumental idiota. Pero el hecho de que
evitaras la confrontación me pone enferma. Le
golpeó el pecho con un dedo e ignoró la expresión de estupor en su rostro
—Pues que sepas que no te saldrás con la
tuya. Aunque me cueste cada centavo que tengo, lucharé contra ti. Teníamos
un acuerdo verbal, y te vas a ceñir a él. Se
cruzó de brazos, tan furiosa que tenía ganas de sacudirle una patada.
—¿Y bien? ¿Pensabas que no volverías a
verme jamás? ¿Pensabas que me escondería en algún agujero al descubrir que
no me amabas y que sólo te habías acostado
conmigo para que accediera a venderte las tierras? Pues no podrías estar
más equivocado. joe reaccionó como si lo
hubiera golpeado de nuevo. Su rostro palideció y la mirada se volvió
gélida.
—¿Insinúas que tú y yo nos hemos acostado?
—preguntó él en un susurro—. Ni siquiera sé cómo te llamas. No debería sentirse dolida. Hacía tiempo que era
consciente de porqué la había elegido, seducido y mentido. Y no podía echarle
toda la culpa .Se lo había puesto demasiado fácil.
Sin embargo, el hecho de que estuviera allí
de pie, negando siquiera conocer su nombre, le había provocado una herida en
el corazón imposible de curar.
—Deberías marcharte —le indicó con la mayor calma que pudo. Joseph ladeó la cabeza mientras la estudiaba con
atención. Y, para desesperación de joe,
alargó una mano y enjugó una lágrima que rodaba por su mejilla.
—Estás disgustada. Por el
amor de Dios, ese tipo era imbécil. Rezó para que su bebé hubiera heredado el cerebro de su madre y estuvo a
punto de soltar una carcajada, pero lo que surgió fue un sollozo
sofocado.
—Fuera de aquí. Pero él le
tomó el rostro entre las manos y la miró a los ojos. Y de nuevo le
enjugó las lágrimas en un gesto sorprendentemente tierno.
—No podemos habernos acostado. Aparte de que no eres mi tipo, no
olvidaría algo así .demi lo miró
boquiabierta y desistió de intentar hacerle marchar. Laque se iba era ella. Ajustándose la bata, salió al pasillo antes de que
él la agarrara de la muñeca.
—Por el amor de Dios, no intento hacerte daño. joseph la empujó
al interior de la habitación, cerró la puerta y la miró furioso.
—Ya me has hecho daño —murmuró ella entre dientes.
—Es evidente que sientes que te he hecho algún mal —él la miró con
una mezcla de ternura y confusión—. Y te
pido perdón por ello, pero tendría que acordarme de ti y de lo que se supone
que hicimos para poderte ofrecer una compensación.
—¿Compensación? —ella lo miró, perpleja
ante la diferencia entre el Joseph jonas del que se había enamorado y el tipo
que tenía en frente. Se abrió la bata lo justo para mostrar la barriga que se
marcaba bajo el camisón de seda—. Haces que me enamore de ti. Me seduces. Me
dices que
me amas. Consigues que firme los papeles para venderte unas tierras que han pertenecido a mi familia desde hace un
siglo. Me mientes sobre nuestra relación y tus planes para esas tierras. Y, por
si no bastara con eso, encima tuviste que dejarme embarazada. joseph palideció. Dio un paso al frente y, por
primera vez, resultó lo suficientemente atemorizante como para que ella
diera un paso atrás y se apoyara contra la mesa.
—¿Me estás diciendo que nos acostamos juntos y que soy el padre
de tu bebé?
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—¿Me
estás diciendo que no lo hicimos? ¿Insinúas que me he imaginado las semanas que pasamos juntos? ¿Te atreves
a negar que me abandonaste sin decir nada y sin mirar atrás?—No te recuerdo
—anunció joe con voz ronca—. No recuerdo nada de ti. De nosotros. De eso
—señaló la barriga de demi.
—No lo recuerdas…
—Sufrí un… accidente —él deslizó una mano por los
cabellos—. Si lo que dices es cierto, debimos conocernos durante el periodo en
que en mi mente estaba completamente en blanco.
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