Como al día siguiente no tenía que trabajar, durmió hasta
tarde. Había vuelto a tener la pesadilla poco antes del amanecer, y se había
despertado entre sollozos. En ese momento había recordado las manos de Joe en
sus hombros cuando se había despertado aterrada en su casa. Se sentía atraída
hacia él, pero la embargaba un pánico irracional cuando un hombre se le
acercaba demasiado. Era una lástima que fuera prisionera de sus propios
recuerdos, porque parecía un hombre decente y de buen corazón.
Después de comer un poco, pasó la tarde trabajando en su
propio proyecto, en el cuarto de costura que su abuela solía usar años atrás.
Estaba satisfecha con los avances que había hecho, y esperaba que con un poco
de suerte aquello llegara a ser otra fuente de ingresos.
La tarde era fría, y soplaba un viento bastante fuerte.
Empezó a preocuparse al ver que empezaba a oscurecer y que Wilbur, su viejo
gato, aún no había vuelto a casa, así que salió al jardín a buscarlo. Oyó un
sonido cada vez más fuerte, pero tardó unos segundos en darse cuenta de que se
trataba de unos maullidos frenéticos que procedían de la parte posterior de la
casa.
Echó a correr hacia allí mientras lo llamaba a gritos, y el
animal maulló de nuevo. Aceleró aún más el paso, pero tuvo que detenerse por un
segundo para recobrar el aliento antes de obligarse a seguir. Cuando se acercó
al borde del campo arado, vio al gato corriendo como un loco, perseguido por un
animal grande de color marrón rojizo que estaba a punto de atraparlo.
De forma instintiva, agarró una rama caída y exclamó:
—¡Wilbur!
El viejo gato viró con una rapidez sorprendente teniendo en
cuenta su edad, y fue directo hacia ella. Demi se dio cuenta de que el animal que lo
perseguía era un coyote. Había oído decir que comían gatos y mataban a los
perros, así que aferró la rama con más fuerza. ¡Aquel ******* no iba a comerse
a Wilbur!
Fue hacia él sin pensar en el riesgo que corría, y le golpeó
en la cabeza con la rama. El coyote se detuvo en seco, pero entonces la miró y
empezó a gruñir.
—¡Sal de mis tierras!, ¡no te acerques a mi gato!
El animal soltó un chillido cuando le golpeó en el lomo,
pero estaba demasiado enfadada para tener miedo. Fue hacia él con la rama en
alto y gritando, y él empezó a retroceder sin dejar de gruñir.
—¡Lárgate!
El coyote se sacudió, le lanzó una última mirada cargada de
indignación, y se alejó de allí.
Demi se apoyó en la
rama. Le dolía el tobillo, porque había tropezado con un matorral mientras
corría. Soltó un pequeño gemido, y se inclinó para frotárselo.
—¡Wilbur!
El viejo gato se le acercó tan tranquilo, y empezó a
frotarse contra su pierna ronroneando.
—Eres un sinvergüenza, mira lo que he hecho por tu culpa.
El gato se limitó a ronronear con más fuerza.
demi se volvió para volver a la casa, pero se cayó al
suelo. Se aferró el tobillo y Wilbur se le subió en el regazo para seguir
frotándose contra ella, y se le encogió el estómago al darse cuenta de que no
podía levantarse. Vaya forma de acabar el día. Seguro que iba a tener que pasar
allí fuera toda la noche, a no ser que consiguiera arrastrarse hasta el porche;
bueno, al menos el coyote se había ido…
—¡demi!
Frunció el ceño, desconcertada, al darse cuenta de que
parecía la voz de Joe.
—¡Estoy aquí!
Él apareció de inmediato desde el otro lado de la casa. Aún
llevaba el traje con el que había ido a trabajar.
—¿Qué demonios te ha pasado?
—Un coyote estaba persiguiendo a Wilbur. Lo eché con una
rama, pero me he hecho daño en el tobillo —demi soltó una pequeña carcajada al
darse cuenta de lo absurda que era la situación.
—Al llegar al porche delantero te he oído gritar, pensaba
que estaban atacándote —murmuró él, mientras se agachaba a su lado—.Venga, te
llevaré…
Ella se tensó de inmediato, lo miró con los ojos de par en
par, y se echó hacia atrás bruscamente.
Joe masculló una imprecación, y se levantó de golpe.
—¿Qué demonios te pasa?
Demi sintió que se le
llenaban los ojos de lágrimas. La mortificaba la reacción instintiva que tenía
cada vez que se le acercaba un hombre. Sabía que Joe sólo quería ayudarla, pero
era incapaz de soportar el contacto de un hombre y no sabía cómo explicárselo.
—No… no me gusta que… que me toquen —susurró sin mirarlo.
Joe había tenido un día muy largo y frustrante, y no estaba
de buen humor. Estuvo a punto de largarse sin más para que se las arreglara
sola, pero entonces se acordó de la pesadilla que había tenido cuando se había
quedado a dormir en su casa, y pensó en el hecho de que siempre se ponía ropa
ancha, en que nunca se maquillaba, en la inquietud que mostraba cuando estaba
cerca de un hombre. Hacía muchos años que era agente, y sabía reconocer aquellas
señales. La verdad lo golpeó de lleno. Tendría que haberse dado cuenta antes.
Se arrodilló delante de ella, la miró a los ojos, y le dijo
con voz suave:
—demi, te prometo que no voy a hacerte daño, pero no puedes
caminar, y no creo que quieras quedarte aquí toda la noche.
Ella seguía tensa, pero su tono de voz calmado la
tranquilizó un poco. Se dio cuenta de que ya no parecía enfadado; de hecho, ni
siquiera le resultaba amenazador. Hizo acopio de valor, y le dijo con voz
ronca:
—No es… nada personal.
—Ya lo sé. Venga, vamos.
Demi aceptó la mano que le ofreció, y se puso de pie. Creía
que iba a limitarse a ayudarla a ir hacia la casa, pero cuando la tomó en
brazos y echó a andar hacia el porche, soltó un pequeño sonido gutural y se
tensó de pies a cabeza.
Joe se detuvo de inmediato, y la miró de nuevo a los ojos.
—No te gusta que te lleven en brazos… te da miedo, ¿verdad?
Ella tragó con dificultad, y lo miró con una expresión
cargada de dolor. No podía decirle lo que había pasado, así que respiró hondo
varias veces mientras intentaba tranquilizarse. Sabía que Joe no iba a hacerle
daño, que era un buen hombre.
Se obligó a relajarse, y alzó las manos hasta rodearle el
cuello.
—Lo… lo siento —le dijo, con voz temblorosa.
Joe se preguntó qué demonios le habría pasado, por qué se
mostraba tan temerosa e inquieta cuando se le acercaba un hombre. A lo mejor la
habían atacado… era posible que la hubieran violado. Como apenas la conocía, no
podía hacerle preguntas personales, aunque deseó que las cosas fueran
distintas.
—Mira que ahuyentar a un coyote con una rama… lo que me
quedaba por oír —murmuró, mientras echaba a andar de nuevo hacia la casa.
—Estaba persiguiendo a Wilbur.
—Claro —Joe esbozó una sonrisa.
—Es un gato bastante viejo, y está indefenso.
—No hace falta que te justifiques, yo también tenía un gato.
—¿Qué le pasó?
—Tuve que regalarlo. Me trasladaron a otra ciudad, y en el
apartamento donde fui a vivir no se permitían mascotas.
—Qué pena.
—Se lo di a una vecina mía, a su hija le encantaban los
gatos.
Demi tuvo ganas de
saberlo todo sobre él, sobre su pasado, pero intuía que no le gustaba hablar de
sí mismo. En ese aspecto eran muy parecidos. El aroma de su loción para después
del afeitado era perceptible, y también el del jabón que usaba. Se había dado
cuenta de que era un hombre bastante puntilloso, que siempre llevaba las
camisas almidonadas y sin una sola arruga y las botas relucientes. Su piel
tenía un bronceado oliváceo, sus ojos eran oscuros y misteriosos, y tenía unos
pómulos elevados y una boca sensual.
Se sintió avergonzada de sus propios pensamientos, porque
era la primera vez que se planteaba la sensualidad de una boca; además, la
forma en que la sujetaba apretaba uno de sus senos contra su pecho musculoso, y
empezaba a notar unas sensaciones de lo más raras. Se le había acelerado el
corazón, y tenía la respiración un poco irregular.
Joe notó su reacción, y se sintió orgulloso. Aunque demi
tenía miedo de los hombres, era vulnerable a su presencia.
Cuando la metió en la casa, la sentó en un sillón y le dijo:
—¿Tienes un vendaje elástico?
Ella lo miró como si se hubiera vuelto loco.
—¿Para qué iba a tener algo así?
—Buena pregunta —Joe la miró con calma, y comentó—: supongo
que bastará con unas gasas y un poco de esparadrapo.
—Nadie normal utiliza esas cosas en un corte, tengo tiritas.
—Podríamos usar unas medias viejas.
—No llevo…
Joe alzó una mano para interrumpirla, y le dijo:
—Por favor, me da vergüenza hablar de la ropa íntima
femenina.
Al principio demi pensó que hablaba en serio, pero se echó a
reír al ver el brillo pícaro de sus ojos.
La risa iluminó su rostro entero, enfatizó la dulzura de sus
ojos grises y la belleza de su piel perfecta y de su boca, y Joe se quedó sin
aliento. De repente, tuvo ganas de soltarle el pelo para ver si era tan sedoso
como parecía.
—Vas a tener que venir a mi casa, seguro que la señorita
Turner tiene algo para vendártelo.
—Acabo de llegar a casa, tengo que darle de comer a Wilbur.
—Yo me encargo.
—Supongo que podría dejarlo dentro, he comprado una caja de
arena para que haga sus necesidades…
Antes de que acabara de hablar, Joe fue a abrir la puerta.
El viejo gato entró de inmediato, y lo siguió hasta la cocina.
Cuando ayudó a demi a entrar en el coche y se inclinó a
abrocharle el cinturón, Joe se dio cuenta de que la respiración de ella se
aceleraba al tenerlo cerca. Sus miradas se encontraron, y sintió como si
acabara de golpearlo un rayo. Entrecerró los ojos al contemplar su boca, y no
apartó la mirada de allí hasta que ella soltó una pequeña exclamación gutural.
Tuvo que obligarse a incorporarse. Cerró la puerta y rodeó
el coche, y empezó a recitar las tablas de multiplicar cuando se metió en el
vehículo y lo puso en marcha. Se dijo que llevaba demasiado tiempo sin estar
con una mujer, si alguien tan anodino y desaliñado como ella podía excitarlo.
Cuando llegaron a su casa, la llevó en brazos hasta el
porche y llamó al timbre. Mientras esperaban a que la señorita Turner les
abriera, bajó la mirada hasta su rostro y la apretó con más fuerza contra sí de
forma involuntaria. Demi se estremeció,
pero le rodeó el cuello con los brazos y le devolvió sin dudar la mirada
mientras él la contemplaba con una curiosidad patente.
Joe empezó a respirar con dificultad, y tensó la mandíbula.
Al mirar su boca, tuvo un insensato deseo febril de devorarla.
Demi no sabía gran
cosa sobre los hombres, pero a pesar de su inocencia, sintió la calidez y la
sensualidad de aquella mirada, y su cuerpo respondió como por voluntad propia.
—Estás jugando con fuego, muchachita —susurró él con
aspereza.
La tensión de su voz profunda y aterciopelada la recorrió
como si fuera fuego líquido, y se aferró con más fuerza a su cuello. Empezó a
alzar la cabeza hacia él sin apenas darse cuenta de lo que hacía, pero se
separaron de golpe cuando la puerta se abrió.
—¿Qué ha pasado? —les preguntó la señorita Turner con
preocupación, al ver que Joe la llevaba en brazos.
—demi ha tropezado mientras ahuyentaba a un coyote con una
rama —murmuró él, mientras pasaba junto al ama de llaves y entraba en la casa—.
Necesito un vendaje elástico.
—Voy a por uno. Tengo para los trabajadores, siempre hay
alguien que se hace un esguince. ¿Has ahuyentado a un coyote?
—Quería comerse a mi gato.
—Lo habría escupido enseguida —comentó Joe, mientras la
sentaba en el sofá de la sala de estar—. Tu gato parece muy viejo, y apesta.
—¡Eso no es verdad!
—Nada en su sano juicio intentaría comérselo, te lo aseguro.
Joe se metió las manos en los bolsillos, y se quedó
mirándola totalmente confundido. demi llevaba unos vaqueros anchos y una
sudadera rosa, y se preguntó cómo estaría con algo de encaje negro y seda.
Parpadeó con perplejidad, y se preguntó por qué demonios estaba pensando en
aquellas cosas.
La señorita Turner regresó enseguida, y le dio el vendaje.
—¿La llevará a su casa cuando la cure, o prefiere que se
quede aquí?
Joe se arrodilló a los pies de demi, abrió el vendaje, y la
miró con un deseo innegable que no alcanzaba a entender, pero que tampoco podía
evitar.
—Va a quedarse —murmuró. Le levantó el pie, y se lo apoyó en
el muslo—. Al menos durante un par de días.
—Pero, tengo que ir a trabajar…
—Yo llamaré a la floristería y hablaré con Judy —le dijo el
ama de llaves, encantada.
—No puedes trabajar si eres incapaz de caminar —dijo Joe—.
En un par de días estarás bien. Sólo necesitas descanso, un poco de hielo,
compresión, y elevación. Nosotros te cuidaremos.
demi no tuvo la fuerza de voluntad necesaria para
resistirse, porque quería quedarse con él. A pesar de que sabía que aquello iba
a acabar en una tragedia, no podía controlar lo que sentía.
—Vale.
Joe sonrió para sus adentros. Se dijo que el extraño deseo
que sentía acabaría desvaneciéndose, y se negó a seguir pensando en el asunto.
Joe se fue a trabajar a la mañana siguiente, y demi pasó el
día reclinada en la cama con un montón de libros y de revistas. Su tobillo
mejoró de forma visible gracias al descanso y a las compresas de hielo que fue
poniéndole la señorita Turner.
—Estoy mucho mejor —le dijo al ama de llaves.
—Podrás volver a andar en un par de días —la mujer esbozó
una sonrisa, y comentó—: me parece que cada vez le gustas más al señor Grier.
Si esto te hubiera pasado hace una semana, le habría pedido a Coltrain que te
ingresara en el hospital.
—Lo que pasa es que le doy pena —demi no quería hacerse ilusiones—. La sobrina de la
señora Tabor me trajo comida, y me dijo que estaba preocupada por la posible
competencia hasta que me había visto. Fue muy grosera.
—Tendrías que decírselo al jefe.
—Ni hablar, seguro que hay algo entre ellos.
—Ella lo invitó a una fiesta. Puede que al señor Grier le
parezca interesante, pero no es la compañera adecuada para alguien como él. Los
agentes del orden suelen ser bastante conservadores, y todo el pueblo habla mal
de ella. Esa mujer es una ninfómana, y no le importa que un hombre esté casado.
—¿Cómo lo sabe?
—Dicen que se le insinuó a Callaghan Hart, y que Tess fue a
verla al despacho de Andy Webb hecha una furia; al parecer, le dijo que la
embadurnaría de alquitrán y la emplumaría si volvía a acercarse a su marido.
Andy aún sigue riéndose al recordarlo.
—¿Qué le contestó ella?
—Nada. Tess estaba furiosa, y no se molestó en bajar el tono
de voz. No creo que esa mujer se sintiera avergonzada, pero Calhoun Ballenger
pasaba junto al despacho justo cuando Tess estaba hablando. Parece ser que
fulminó con la mirada a esa buscona, y ella se quitó de en medio de inmediato.
Demi no pudo evitar
sonreír. Tess era una pelirroja de armas tomar, y se convertía en toda una
tigresa cuando se enfadaba.
Joe y Márquez fueron a las afueras de la ciudad para
interrogar, entre muchos otros, a un testigo que afirmaba haber visto cómo una
figura misteriosa sacaba a la niña de la casa por la noche. Al igual que el
inspector, Joe también tenía una Blackberry, y en ese momento le resultó muy
útil.
—No podría asegurarlo, pero me parece que era un vagabundo
que había visto cerca de la tienda de informática —les dijo el testigo. Se
llamaba Sheldon, y su casa estaba al lado de la de la niña asesinada—. Yo soy
programador. Era un hombre alto, delgado y calvo de mediana edad, estaba
bastante desaseado, y cojeaba.
—¿Vio a la niña? —le preguntó Joe.
—Bueno, llevaba algo, pero podría tratarse de un fardo de
ropa. Era tarde, y lo vi cuando fui a buscar un vaso de agua a la cocina. A la
mañana siguiente me enteré de que la niña había desaparecido, y le conté lo que
había visto a la policía.
—Sí, tenemos el informe del agente —le dijo Márquez. Observó
con atención al hombre, y al ver que llevaba guantes, le preguntó—: ¿por qué
lleva guantes en su casa?
—Tuve un accidente de niño. Tengo cicatrices, y la gente se
queda mirándolas —los ojos del hombre adquirieron un brillo gélido.
—Lo lamento —le dijo Márquez.
—¿Puede teclear así en el ordenador? —le preguntó Joe, al
ver lo blancas que tenía las muñecas por encima de los guantes.
—Sí, son muy finos.
—Gracias por todo —le dijo Joe, mientras se guardaba la Blackberry.
—Estoy a su disposición —le contestó Sheldon, antes de
levantarse de la silla.
Era un hombre alto de aspecto tímido, que tenía un ordenador
de sobremesa y un portátil de última generación. Les había dicho que tenía
novia, pero que vivía solo en aquel pequeño complejo de apartamentos situado a
las afueras de San Antonio.
—¿Cuánto lleva viviendo aquí? —le preguntó Márquez.
—Un año, más o menos —el hombre esbozó una sonrisa afable, y
añadió—: no suelo quedarme mucho tiempo en el mismo sitio, me harto enseguida;
además, puedo trabajar en cualquier sitio, sólo necesito una oficina de
correos.
—En fin, gracias de nuevo. Si se acuerda de cualquier otra
cosa, llámenos —le dijo Márquez, mientras le daba una tarjeta.
—Claro, por supuesto —el hombre los miró con una sonrisa
bastante extraña—. ¿Qué tal va la investigación?, ¿han encontrado alguna pista?
—Esperamos que usted acabe de darnos una —le contestó
Márquez.
—Es comprensible que necesiten ayuda para encontrar a ese
tipo. No se exigen demasiados estudios para entrar en la policía, ¿verdad? A mí
me invitaron a entrar en la Mensa.
La Mensa era una organización internacional que agrupaba a
genios. Joe lo miró con atención, y le dijo:
—¿En serio?
—Oiga, yo sólo estuve dos años en la universidad, pero el
agente federal Joe tiene una licenciatura —protestó Márquez.
Sheldon miró a Joe con una expresión inescrutable, y le
preguntó:
—¿Es agente federal?
—Sí, trabaja en el FBI —le contestó Márquez.
—No… no sabía que el FBI estaba investigando este caso.
—Les hemos pedido ayuda —comentó Márquez, sin entrar en
detalles.
Por alguna razón, el hombre parecía menos seguro de sí
mismo.
—Sí, el FBI cuenta con expertos en asesinatos en serie
—murmuró. Parecía estar hablando consigo mismo—. Es normal que necesiten a uno
para este caso.
—¿Por qué cree que se trata de un asesinato en serie? —le
preguntó Joe.
Sheldon soltó una carcajada, y comentó:
—Por nada en concreto, pero es que… el año pasado salió un
caso parecido en los periódicos. Se trataba de una niña de Texas… sólo hacen
falta dos casos para que sea un asesinato en serie, ¿verdad?
—Aún no sabemos si se trata del mismo asesino.
—Si necesitan cualquier otra cosa, sólo tienen que pedírmela
—les dijo el hombre, muy solícito, mientras los conducía hacia la puerta.
Cuando salieron de la casa y fueron a paso lento hacia el
coche de Joe, Sheldon permaneció en la puerta e incluso hizo un gesto de
despedida cuando se alejaron en el vehículo.
—Ese tipo no me gusta —dijo Márquez de repente.
—¿Por qué?
Márquez se movió con cierto nerviosismo, y se colocó mejor
el cinturón de seguridad antes de contestar.
—No lo sé, pero tiene algo que me da mala espina.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando en homicidios?
—Cuatro años, ¿por qué?
—Llevas pistola cuando sacas la basura, ¿verdad? —le
preguntó Joe, con una sonrisa.
—¿Cómo demonios lo sabes?
—Tienes una junto a la cama, otra en el cuarto de baño, otra
en la cocina, y llevas una de apoyo en una pistolera de tobillo.
—Oye, que no es a mí a quien tienes que investigar.
—Sabes que tengo razón.
—Nadie va a pillarme desprevenido —dijo Márquez con firmeza.
—Tendrías que trabajar en otra división durante una
temporada, estar en homicidios demasiado tiempo quema a cualquiera.
—¿Cómo lo sabes?
—Trabajé en el equipo de rescate de rehenes del FBI, y
también en el SWAT. Quería mantener la cabeza ocupada, pero vi demasiados
muertos y una noche me desperté y vi a una víctima sentada junto a mi cama, que
me preguntó por qué no había disparado antes de que lo hiciera su secuestrador.
No es bueno trabajar durante demasiado tiempo en homicidios.
—Puede que tengas razón —Márquez soltó una carcajada carente
de humor.
—Pero no pidas que te trasladen hasta que resolvamos este
caso. Creo que tienes razón en lo de que los asesinatos están relacionados. Ese
malnacido es bueno, muy bueno. Dejó el cuerpo en un campo cerca de la
carretera, porque sabía que allí no tardarían en encontrarlo. Según la policía
científica, la torturaron durante algún tiempo, así que el asesino tiene que
tener un lugar en el que se siente seguro, en el que puede esconder a una niña
atada sin miedo a que lo descubran. Está claro que es engreído, y que se cree
más listo que nosotros.
—¿Has trabajado en perfiles?
—No, tenemos expertos que se ocupan de eso, pero he leído el
informe y he hablado con los padres; además, no es la primera vez que me ocupo
de asesinatos en serie. Este tipo es un asesino sádico al que le gusta hacerles
daño a las niñas, disfruta de su dolor.
—¿Es organizado?
—Sí, de eso no hay duda —Joe detuvo el coche al llegar a un
semáforo en rojo—. Se tomó la molestia de vestir a la niña, hasta le puso los
calcetines y los zapatos. La dejó de forma deliberada en el campo donde la
encontraron, y le ató un lazo rojo al cuello; de hecho, es probable que la
estrangulara con él.
—¿Crees que está relacionado con el caso de Palo Verde?
—Sí, y con el de Del Rio de hace dos años.
—Entonces, estamos hablando de tres asesinatos parecidos en
tres años —comentó Márquez.
—Exacto. Así que tenemos un asesino en serie. Será mejor que
vayamos a Del Rio ahora mismo —cambió de dirección, y añadió—: como nadie nos
contesta ni por teléfono ni por correo electrónico, nos pasaremos a tomar un
café.
—Apuesto a que beben instantáneo —rezongó Márquez.
—Seguro.
No tardaron en darse cuenta de que habían acertado. Cuando
llegaron sólo encontraron a un agente de servicio, que se ocupaba de todo. El
hombre se disculpó por no haber contestado a sus llamadas, y les dijo:
—Hay un payaso que se dedica a llamar noche y día, porque
dice que ve fantasmas. Está chalado, y cuando no le hacemos caso, nos amenaza
con sus abogados. Su familia es rica. Prefería al tipo del vudú, que intentaba
hechizarnos clavándole agujas a su muñeco de G.I.Joe.
Joe no pudo evitar sonreír.
—Necesitamos la información que tengas sobre la niña a la
que asesinaron hace dos años.
—Eso sí que es gracioso —al ver sus expresiones, se apresuró
a añadir—: no me refiero a lo del asesinato, pero es que otro tipo vino porque
quería ver el informe del crimen. Me dijo que era periodista, que trabajaba en
uno de los periódicos del este de Texas. Pensé que estaría bien darle algo de
publicidad al caso, por si aparecía algún sospechoso, así que lo dejé aquí con
el informe y le dije que enseguida volvía. Tenía que ocuparme de un accidente y
esperar a que llegara la policía estatal, porque había heridos. Cuando volví el
tipo ya no estaba, y el teléfono empezó a sonar. El informe estaba encima de la
mesa, así que volví a meterlo en su sitio y me centré en la llamada —tomó un
sorbo de café, y añadió—: al día siguiente saqué el informe para echarle un
vistazo, pero en la carpeta sólo había diez hojas en blanco. Todo se había
esfumado… las pruebas, las fotos de la escena del crimen… todo.
—¡Mald/ita sea! —dijo Márquez.
—Sí, ya sé que fue una tontería dejar a ese tipo solo, pero pensé que podría encontrarlo. Llamé por teléfono a todos los periódicos del este de Texas…
—Y no trabajaba en ninguno de ellos —dijo Joe.
—Exacto.
—¿Qué había en el informe? —le preguntó Márquez.
—Fotos de la escena del crimen, pruebas, muestras de la tela de las braguitas de la niña.
—¿Nada más? —le preguntó Joe.
—No.
—¿Tenías los negativos de las fotos?
—No, pero supuse que el fotógrafo sí, así que lo llamé. Me dijo que se le había incendiado el estudio, y que todos los negativos habían quedado destruidos.
Joe y Márquez intercambiaron una mirada elocuente. Todo aquello resultaba demasiado extraño para ser pura coincidencia.
—¿Estás seguro de que no había nada más? —insistió Márquez.
—Bueno, también estaba el lazo de seda que usó para estrangularla…—dijo el agente.
—¿De qué color era? —se apresuró a preguntarle Joe.
—Rojo —le contestó el agente—. Rojo como la sangre.
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Capitulos largos espero que les haya gustado :)

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