Capitulo8
Joe apartó la mirada, y comentó:
—Ahora que la vieja está muerta, a lo mejor puede encontrar
un trabajo en el que gane un buen sueldo… hasta podría acabar sus estudios.
Cash lo observó en silencio durante unos segundos, y al
final le dijo:
—No todas las mujeres quieren crear corporaciones
internacionales.
Joe tuvo que admitir para sus adentros que su hermano tenía
razón. No podía imaginarse a demi trajeada y dando órdenes a diestro y
siniestro a un montón de empleados.
—¿Qué es lo que te pasa? —le preguntó Cash. Empezaba a
conocer bien a su hermano, y sabía que no era mezquino ni cruel.
—Estamos investigando el asesinato de una niña de diez años.
—Ya. Hemos oído hablar de ese caso, fue una brutalidad.
—Sí, y parece que puede haber otros similares —Joe miró a su
alrededor para asegurarse de que nadie estaba escuchándolos, y añadió—: que
esto quede entre nosotros.
—Por supuesto. ¿Alguna pista?
—No, aún es pronto.
—Algunos casos son más duros que otros.
Joe tenía la mirada fija en demi_, que estaba hablando con
la gente que se le acercaba a darle sus condolencias. Se mostraba amable,
cálida, cordial y agradecida con total naturalidad, y no dejaba entrever el
dolor que debía de estar desgarrándola.
—¿Sabes lo que le pasó a su madre? —le preguntó a Cash.
—No, sólo que murió cuando demi era pequeña. Su abuela tenía
un carácter avinagrado, pero en el pueblo se la respetaba. Su abuelo fue
ayudante del sheriff… su padre también, aunque por poco tiempo.
—Sí, eso había oído.
—Supongo que sabes que todo el mundo va a empezar a
chismorrear al verte con ella.
—Ya lo sé, pero los rumores se acallarán cuando todo esto
termine.
—Nunca sales con nadie, ¿verdad?
—El viernes que viene voy a una fiesta que se celebra en
casa de los Tabor. Me invitó la sobrina, demi me ha dicho que esta tarde ha ido a llevarle
comida —cuando su hermano soltó un pequeño silbido, le preguntó—: ¿qué pasa?
Cash le lanzó una mirada elocuente, y comentó:
—La sobrina de la señora Tabor tiene cierta reputación, a
nadie le cae demasiado bien.
—Tengo entendido que han invitado a la fiesta a casi todas
las familias fundadoras —le dijo Joe, a la defensiva.
—Sí, pero la mayoría han declinado la invitación. Los Ballenger,
los Hart y los Tremayne no van a ir, y el resto seguirá su ejemplo.
—¿Qué tienen en contra de la sobrina?
—¿La conoces? —murmuró Cash con sequedad.
—Sí, vino a mi rancho para invitarme a la fiesta.
—¿Algo en ella te llamó la atención?
Joe pensó en ello durante un momento antes de contestar.
—Es bastante directa, y se viste de forma seductora.
—Exacto. ¿Crees que ese comportamiento encaja en un pueblo
conservador?
—Aquí está fuera de lugar, igual que yo. No soporto las
intrigas de las poblaciones pequeñas.
—Pues a mí este sitio me encanta, es el primer lugar en el
que siento que estoy en casa —le dijo Cash.
—Parece que tu mujer también está a gusto.
—Sí. Y la niña nos ha abierto aún más puertas —Cash esbozó
una sonrisa soñadora, y añadió—: nunca pensé que acabaría siendo un hombre de
familia.
Joe retrocedió un paso, y murmuró:
—Espero que no sea contagioso, yo estoy casado con mi
trabajo.
—¿Dónde he oído eso antes?
En ese momento llegaron los Coltrain. El hijo de la pareja,
Joshua, estaba en brazos de su padre, aunque debía de tener unos dos años.
Copper era pelirrojo, y su esposa, Lou, rubia. El niño tenía el pelo rubio con
reflejos rojizos, y se parecía muchísimo a su padre.
Se acercaron de inmediato a demi, y la abrazaron con afecto.
—¿Qué relación tienen los Coltrain con la señorita Carver?
—le preguntó Joe a Cash con curiosidad—. Copper se preocupa más de lo normal
por ella, aunque parece estar muy enamorado de su mujer.
—Tiene un apego especial por sus pacientes más antiguos. He
oído que demi fue una de las primeras
personas a las que atendió cuando abrió su consulta en el pueblo, cuando ella
era aún una niña.
—Vaya.
—¿Siempre piensas lo peor de la gente?
—Soy agente del orden.
—Yo también, pero intento concederles a los demás el
beneficio de la duda.
—Sí, me acuerdo de que se lo concediste a nuestra madrastra
—al ver que su hermano lo fulminaba con la mirada, Joe suspiró y le dijo—:
perdona, se me ha escapado —apartó la mirada, y añadió—: la niña tenía diez
años. La violaron, la sodomizaron, y la acuchillaron hasta dejarla hecha
pedazos… ¡diez años!
Cash le puso una mano en el hombro.
—Mira, he visto crímenes terribles cuando estaba en el
ejército, y también siendo policía, así que sé lo que sientes, pero sabes que
tienes que mantener cierta distancia a nivel emocional.
Joe tragó con fuerza. Había cosas que nunca le había contado
a su familia, porque apenas habían estado en contacto cuando vivía en el este.
Tenía secretos que le resultaba demasiado doloroso sacar a la luz, a pesar del
tiempo que había pasado. La muerte del bebé le había destrozado, y aún no lo
había superado.
—Es la primera vez que me ocupo del asesinato de un menor
—le dijo a Cash con sequedad—. He intervenido en rescates de rehenes y en
operaciones especiales, incluso trabajé en el caso de un asesino en serie, pero
nunca había tenido que enfrentarme a un caso en el que habían destrozado a una
niña, y no estaba preparado.
—Nadie está preparado para algo así. Yo trabajé durante años
en misiones encubiertas, y en algunas de ellas había menores de por medio.
—Si no recuerdo mal, eran menores armados con AK—47.
—Sí, pero eso no facilitaba las cosas a la hora de apretar
el gatillo.
—Al menos, era una muerte limpia, pero a esta niña la
mataron de forma salvaje, deliberada y depravada. No me gusta tener que
compartir el planeta con un ser humano capaz de hacerle algo así a una niña.
—Pues atrápalo, y asegúrate de que acabe en el corredor de
la muerte.
Joe miró a su hermano, y consiguió esbozar una sonrisa.
—Eres muy optimista, ni siquiera tenemos un sospechoso de
momento.
—Interroga a todo el que se te ocurra, y acabarás
encontrando algo, te lo aseguro.
Joe asintió, y miró hacia demi sin verla siquiera.
—Gracias, Cash —le dijo con sequedad.
—¿Para qué están los hermanos? —le contestó él, con una
pequeña carcajada.
A pesar de que el velatorio sólo duró dos horas, demi quedó física y emocionalmente agotada, y entró
en el coche con Joe y la señorita Turner sin decir ni una sola palabra.
Cuando llegaron a su casa, entró con él para darle el pastel
y algo de comida mientras el ama de llaves esperaba en el coche.
—Os agradezco de verdad que hayáis venido conmigo —le dijo
con voz suave, mientras metía la comida en varios recipientes de plástico—. No
me había dado cuenta de lo sola que me sentiría.
—Pero si ha ido medio pueblo —murmuró él.
Ella se volvió a mirarlo, y le dijo:
—Uno puede sentirse solo en medio de una ciudad.
—Sí, supongo que sí. Quédate un poco de comida, no nos la
des toda.
—Me queda un montón, congelaré lo que no vaya a comerme de
momento.
—No hace falta que me des ese pastel de manzana —le dijo,
cuando ella empezó a envolverlo.
—Pero… te encanta —comentó, perpleja.
—Me encanta el que haces tú.
Ella se sonrojó, y soltó una risita nerviosa.
—Gracias.
—Ya veo que los cumplidos te avergüenzan.
—No estoy acostumbrada a recibirlos.
Pues no debería ser así, pensó Joe de repente. Por lo que
había oído, era muy buena cocinera, y no parecía cansarse de escuchar a los
demás. Muy pocas personas tenían esa capacidad.
Demi metió los
recipientes en una enorme bolsa de plástico, se la dio, y le dijo con timidez:
—Gracias de nuevo.
—Gracias a ti —tras una breve vacilación, Joe le preguntó—:
¿a qué hora es el funeral?
—A las once, pero no quiero que te sientas obligado…
Él la interrumpió de inmediato.
—No podré asistir, tengo que ayudar a interrogar a los
vecinos de la niña. Lo siento.
—Ya me has ayudado muchísimo.
—La señorita Turner te acompañará —alzó una mano para que no
protestara, y añadió—: ella misma se ha ofrecido voluntaria.
—De acuerdo, dale las gracias de mi parte.
—Vale.
Al verla tan triste y desamparada, Joe alargó la mano de
forma impulsiva y acarició un mechón de pelo rubio que se le había escapado del
moño. Ella contuvo el aliento, y retrocedió un paso de forma instintiva.
Él se sintió molesto por su reacción, y le dijo con voz
cortante:
—Buenas noches.
Demi se mordió el
labio con fuerza al ver que se volvía para marcharse. Sabía que sólo estaba
siendo amable, pero no podía evitar sus reacciones.
Joe se detuvo al llegar a la puerta, y le dijo:
—Cierra con llave. En el campo también hay gente peligrosa.
—Lo haré —estaba muy rígida, y su postura hablaba por sí
sola. En sus enormes ojos grises se reflejaba un miedo visible.
Joe estuvo a punto de marcharse, pero volvió poco a poco
hacia ella y se dio cuenta de que iba tensándose aún más conforme se le
acercaba. La miró ceñudo, y le preguntó con voz muy suave:
—¿Por qué me tienes miedo?
Demi intentó
encontrar las palabras adecuadas, pero fue incapaz y apartó la mirada,
consciente de que aquel hombre era demasiado perspicaz.
—Déjalo —le dijo él, al ver que no respondía—. De todos
modos, no estoy interesado en ti —añadió con indiferencia, mientras esbozaba
una sonrisita gélida—. Buenas noches.
Salió de la casa con una despreocupación total, como si ya
se hubiera olvidado de que ella existía. Demi sabía que estaba comparándola mentalmente con
la despampanante sobrina de la señora Tabor, y se puso furiosa. Deseó ser una
mujer completa y hermosa, alguien que lo enloqueciera con su belleza y capaz de
hacer que olvidara a la atractiva recién llegada, pero sabía que era una
esperanza vana. Ella vestía igual que vivía, se parapetaba tras barreras
asexuales. Era una cárcel de la que no iba a poder escapar jamás, a pesar de la
atracción que sentía por su sexy vecino.
El funeral fue breve, y sólo asistieron unas cuantas
personas. Demi lloró por su abuela en el
cementerio, pero se secó los ojos y se dijo que tenía que aprender a cuidar de
sí misma, a vivir y a trabajar sola, a no tener nadie con quien hablar. Iba a
ser duro hasta que lograra acostumbrarse. Se sorprendió cuando Joe llegó justo
a tiempo para la ceremonia, y vio que permanecía un poco apartado de los demás y
que miraba con expresión de curiosidad a otro de los asistentes.
Después de que el oficiante le diera sus condolencias, se
levantó y se volvió para marcharse, pero estuvo a punto de chocar con Richard
Márquez, que estaba junto a Bárbara.
—Gracias por venir, no lo esperaba —les dijo, con una
sonrisa.
Bárbara la abrazó con fuerza, y le dijo:
—Claro que hemos venido, eres de la familia.
Márquez asintió y sonrió, pero Joe se dio cuenta de que no
se acercaba a demi. Se preguntó qué hacía allí el inspector, y si conocía bien
a su misteriosa vecina. No había mencionado que pensaba ir al funeral cuando se
habían visto en la reunión del grupo de trabajo.
Cuando se acercó con la señorita Turner, demilo miró con
cierta inquietud.
—No sabía que ibas a venir, Joe —le dijo Márquez, mientras
le estrechaba la mano—. ¿Conocías a la señora Collier?
—La señorita Turner y él han estado ayudándome estos días
—apostilló demi, sin mirar a Joe.
A pesar de que su curiosidad era patente, Márquez no
insistió en el tema y se limitó a decir:
—Tengo que volver al trabajo. Mamá quería asistir al
funeral, pero no quise que viniera sola.
—Te preocupas demasiado. Seguro que vivo más que tú —le dijo
Bárbara.
—Nos vemos —le dijo Márquez a Joe.
Él se limitó a asentir, e incluyó a Bárbara en el gesto de
despedida. La mujer le lanzó a demi una
sonrisa elocuente, y se fue del cementerio con su hijo.
—No sabía que conocías a Márquez —comentó Joe, mientras se
dirigían hacia los coches con la señorita Turner. El ama de llaves había ido al
entierro con demi, y se había adelantado un poco para esperarla junto al
Expedition.
—Crecimos juntos… bueno, más o menos, él tiene seis años más
que yo —le contestó demi.
Joe no hizo ningún comentario, pero sentía bastante
curiosidad.
Al llegar a casa, demi empezó a vaciar la habitación de su
abuela para no estar de brazos cruzados, aunque la tarea la entristeció aún más.
En el armario había varios vestidos que habían pertenecido a su madre, y cuando
encontró un álbum con fotos de sus padres y de sus abuelos, se sentó a mirarlo
en una silla y se echó a llorar. La muerte no era algo optativo, todo el mundo
tenía que enfrentarse a ella tarde o temprano, pero ella no estaba preparada. A
pesar de lo mal que la había tratado su abuela, se sentía sola sin ella.

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