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lunes, 5 de agosto de 2013

Atraccion capitulo10 - jemi en español




Capitulo 10
 
Demi  estaba sentada en la sala de estar viendo las noticias cuando Joe llegó, cansado y hambriento. Era obvio que no tenía un horario normal de ocho horas; de hecho, los agentes del FBI solían trabajar unas diez horas diarias, y eso se reflejaba en el sueldo que recibían.

—Qué día —dijo con pesadez, al sentarse en su enorme sillón.

—¿Aún estás con el caso de la niña? —le preguntó ella.

—Sí. Me he pasado todo el día trabajando en eso, pero mi equipo está intentando atrapar a una banda que atraca bancos con armas automáticas. Además, tengo esperando en mi escritorio un tiroteo en coche, un asesinato relacionado con bandas callejeras, un supuesto suicidio, y un intento de asesinato en el que la esposa de la víctima intentó contratar a un asesino a sueldo—la miró con una sonrisa irónica, y añadió—: tuvo la mala suerte de que el supuesto asesino fuera un agente del FBI.

—Le tendisteis una trampa.

Joe se reclinó en el sofá, y empezó a aflojarse la corbata.

—Eso es lo que dice ella. Uno no va a buscar a un asesino a los bares que suelen frecuentar los agentes de policía, pero el hombre con el que habló del asunto vino a vernos de inmediato.

La señorita Turner lo había oído llegar, y asomó la cabeza por la puerta.

—¿Van a cenar ya?

—Sí.

—Pues ya pueden venir.

—¿Llevo a demi?

—Sí, gracias.

Joe se levantó del sofá, y se acercó a ella. Al ver el rubor que tiñó sus mejillas y aquellos preciosos ojos grises cargados de timidez, se sintió muy extraño.

—Venga, rodéame con los brazos —le dijo con voz suave, mientras se inclinaba hacia ella.

Demi  contuvo el aliento, porque aquel hombre tenía la voz más sexy que había oído en su vida. Le rodeó el cuello con los brazos, y él la levantó como si no pesara más que una pluma.

Joe la miró a los ojos, y cuando bajó la mirada hasta su boca comentó:

—Podría acostumbrarme a esto.

Antes de que demi se diera cuenta de lo que iba a hacer, bajó la cabeza y le rozó los labios con los suyos, y ella sintió que se le aceleraba el corazón.

Joe se apartó para comprobar cómo reaccionaba, y al ver que no intentaba rechazarlo, volvió a inclinar la cabeza y la besó de nuevo, pero en esa ocasión la incitó a abrir los labios con pequeños roces lentos y sensuales, y entonces empezó a mordisquearle el labio superior.

demi se estremeció, y le devolvió el beso mientras se dejaba llevar por la primera oleada de deseo que sentía por un hombre.

Él soltó una pequeña carcajada, y entonces la besó de lleno, profundamente. La acercó más contra su cuerpo, y al sentir sus senos apretados contra su pecho, soltó un gemido y la devoró con un deseo avasallador.

Justo cuando demi le abrazaba con más fuerza, la señorita Turner exclamó desde el pasillo:

—¡La comida está enfriándose!

Joe alzó la cabeza de golpe, y se quedó mirando a demi  con una mezcla de deseo y de irritación. Aquella mujer empezaba a atraerlo cada vez más con sus vulnerabilidades y su sentido del humor, y no le hacía ninguna gracia. No la quería en su vida, pero estaba mirándolo con una expresión increíblemente dulce, y el corazón aún le martilleaba en el pecho por el beso. La llevó por el pasillo hacia el comedor, mientras recitaba para sus adentros raíces cuadradas.

No dejaron de mirarse durante la cena. La señorita Turner se dio cuenta, y sonrió con disimulo.

Después de cenar, Joe la llevó de nuevo a la sala de estar y la sentó con cuidado en el sofá; sin embargo, se dio cuenta de que aún estaba inhibida con él a pesar de lo apasionada que se había mostrado antes, y como quería entender por qué se comportaba así, se sentó en el sillón de enfrente y le dijo con voz suave:

—Te pasó algo —frunció el ceño al ver que ella se sobresaltaba, y se inclinó hacia delante—. Sí, te pasó algo cuando eras pequeña… alguien intentó propasarse contigo, te asustó.

Demi se mordió el labio con fuerza, y apartó la mirada.

—¿Cómo lo sabes? —se tensó mientras esperaba a que le respondiera. Era imposible que se hubiera enterado de lo que había sucedido, ¿no?

—He sido agente durante toda mi vida adulta, sé reconocer los signos.

Ella se relajó un poco, pero lo miró ceñuda cuando se dio cuenta de lo que estaba insinuando.

—¿Qué signos?

—Te cubres el cuerpo todo lo que puedes, no te maquillas, te recoges el pelo, mantienes la mirada gacha, y te tensas si se te acerca un hombre… alguien te tocó de forma inapropiada.

Demi  consiguió tragar a duras penas, y finalmente admitió con voz cortante:

—Sí.

—No fue un novio, ¿verdad?

—No.

—¿Un pariente?

Ella negó con la cabeza. Le resultaba muy difícil hablar del tema, y a pesar del tiempo que había pasado, era incapaz de contarle la verdad… al menos, toda. No podía soportar recordarlo.

—Fue un desconocido.

—¿Se lo contaste a alguien?

Sí, había acabado haciéndolo, cuando estaba en el hospital.

—Sí.

Joe respiró hondo antes de preguntarle:

—¿Lo atraparon?

—No. Ya se había ido cuando llegó la policía.

—Supongo que tu madre no te llevó a terapia, ¿verdad?

—Para entonces ya hacía mucho que ella se había ido, igual que mi padre. Mi abuela me dijo que no había que hablar de esas cosas con desconocidos.

Joe contuvo las ganas de soltar una imprecación. No era de extrañar que estuviera tan traumatizada, ¿por qué tenían que ocultarse tantos secretos en las poblaciones pequeñas?

—¿Hubo algún otro caso como el tuyo en aquella época?

—Quieres saber si buscaron al hombre que lo hizo, ¿no? Sí, lo buscaron, pero no era conocido en la zona y no dejó ninguna pista. Aunque lo hubiera hecho, mi abuela convenció al jefe de policía de la época de que ocultara el archivo del caso.

—Eso fue una estupidez.

—Sí, porque es posible que ese tipo siga haciendo lo mismo en otro sitio.

—Es lo más probable, si aún está vivo —comentó Joe con frialdad—. Los hombres que abusan de menores nunca se rehabilitan.

La realidad era mucho peor de lo que él sospechaba, pero demi  no hablaba del tema con nadie que no perteneciera a su familia, porque se sentía sucia.

—No fue culpa tuya, demi —le dijo, al notar lo incómoda que estaba.

—Eso es lo que me dice todo el mundo —le espetó ella con voz cortante—, pero él me dijo que sí que lo era, porque solía llevar pantalones cortos, tops, y…

—¡Por el amor de Dios! ¿Qué clase de hombre normal se sentiría tentado por una niña, se vista como se vista? —dijo él con indignación.

Demi  se sintió mejor al oír aquello. Lo miró en silencio durante unos segundos, y al final admitió:

—Supongo que un hombre normal no se sentiría atraído por una cría.

Joe luchó por intentar calmarse. Le dolía que un hombre adulto hubiera intentado propasarse con una niña, sobre todo si se trataba de demi .

—¿Alguna vez has hablado del tema con alguien?

—Sólo con el doctor Coltrain.

Eso explicaba la estrecha relación que existía entre ellos; el médico había sido su confidente.

—Apuesto a que le pegó una buena bronca a tu abuela cuando se enteró de que había echado tierra sobre el asunto.

Demi  consiguió esbozar una sonrisa.

—Sí, pero ella no se quedó callada ni mucho menos. Le dijo que yo acabaría superándolo.

Joe asintió, y comentó:

—Casi todas las mujeres acaban sobreponiéndose. La terapia ayuda.

—Eso dicen.

—No sales demasiado, ¿verdad?

—No. Ya te dije que no me gusta que me toquen.

Joe frunció los labios al recordar el apasionado beso que habían compartido antes, y comentó:

—Estoy trabajando en eso.

A ella le sorprendió y le encantó su actitud, y se echó a reír. Joe aceptaba sus limitaciones sin enfadarse, sin vacilar, y era la primera vez que sentía que podía confiar en un hombre y dejar que se acercara.

—Eres un hombre muy bueno.

—¿Cómo que «bueno»? ¡Soy extraordinario!

Demi  se echó a reír de nuevo, pero antes de que pudiera contestar, el busca de Joe empezó a sonar. Él lo sacó, y cuando lo leyó hizo una mueca.

—Maldición —se levantó de inmediato, y se acercó a la mesa donde había dejado su móvil. Marcó un número, y se lo llevó a la oreja—. Grier —escuchó con expresión muy seria, y asintió—. Sí, claro. ¿Cuándo? De acuerdo, nos vemos allí. Será mejor que llames a Márquez. Bien —cerró el teléfono, y se volvió hacia demi _—. Tengo que irme, el forense va a empezar a hacerle la autopsia a la niña y tengo que estar allí. Hay que recoger las pruebas, y necesito la información que va a darnos la autopsia.

—¿Tienes que ver cómo se la hacen? —le preguntó ella, atónita.

—No me hace ninguna gracia, pero a veces tengo que hacerlo. Recogemos pruebas forenses conforme va realizándose, la cadena de pruebas es muy importante. Si rompemos un eslabón, no podremos condenar a ese malnacido si lo atrapamos.

—Claro —demi  se imaginó el cuerpo de la niña, su cadáver rajado, destrozado, golpeado… tragó para intentar contener las náuseas.

Él se inclinó, y le dio un beso muy dulce en los labios.

—Al menos tú estás íntegra, demi . Sufrir tocamientos es desagradable, pero lo que le pasó a esa niña fue mucho peor. Tú tuviste suerte, porque sobreviviste.

Que tuvo suerte…demi  estuvo a punto de echarse a reír. Joe no lo habría entendido, pero sabía que la culpa la tenía ella, porque no le había dicho la verdad.

—¿Quieres que te lleve a tu habitación antes de irme?, puede que vuelva bastante tarde.

—No hace falta, la señorita Turner ha encontrado un bastón. Siento que tengas que ver algo tan desagradable.

—He visto cosas peores —le dijo Joe, mientras recordaba cosas que desearía poder olvidar—. Buenas noches.

—Podría irme a mi casa…

Él le lanzó una mirada elocuente, y comentó:

—El coyote y tú no os lleváis demasiado bien. Será mejor que te quedes aquí uno o dos días, hasta que estés lista para volver a la batalla —sonrió de oreja a oreja, le guiñó el ojo, y se fue.

Demi  sintió que un hormigueo de excitación la recorría de pies a cabeza. Joe quería tenerla en su casa, en su vida. Los dos sabían que era más que capaz de valérselas por sí misma, pero a él le gustaba que estuviera allí. Se sentía como en una nube. De repente, la vida dejó de ser horrible, y se volvió dulce, excitante, y cargada de esperanza.

Jack Peters, el forense, se dispuso a realizar la autopsia. Era patólogo forense, y se distinguía por prestar gran atención a todos los detalles. La inspectora forense, Alice Mayfield Jones, iba a ayudarlo. Joe ya la conocía, porque habían coincidido en otro caso el año anterior, y sabía que había trabajado durante mucho tiempo como técnica en escenas de crímenes, antes de cursar los estudios que le habían permitido trabajar de inspectora forense.

—Vaya, si es uno de los hermanos Grier —murmuró ella con sequedad. Llevaba el pelo corto y oscuro recogido bajo un gorro y tenía parte de la cara tapada con una máscara, pero sus brillantes ojos azules eran inolvidables.

—¿A cuántos hermanos Grier conoces, Jones? —le preguntó Joe.

—Tu hermano Cash estuvo trabajando aquí, en la oficina del fiscal. Era mucho más informal que tú.

—Hombre, no critiques a su hermano —le dijo el forense.

—No, me refiero a su aspecto. Llevaba el pelo recogido en una coleta, y tenía un pendiente.

—Ni muerto me pongo un pendiente —comentó Joe.

Cuando Márquez tosió un poco para disimular una risita, Alice lo miró y le dijo:

—¿Tú llevas pendiente, sargento Márquez? Quedaría muy bien con tu pelo. Algo que cuelgue, y que no te moleste…

—Como no te calles, vas a acabar con un pendiente cerrándote los labios —le dijo el forense con tono firme—. ¿Empezamos?

Cuando apartó la sábana que cubría el cuerpo de la niña, Joe tuvo que apretar los dientes para contener una imprecación. Se dio cuenta de que todos compartían sus sentimientos, ya que no quedaba ni rastro de diversión en el ambiente. Aquello era muy serio.

El forense encendió el micrófono y empezó a describir a la pequeña; después de comentar su altura, su peso y su edad, procedió a enumerar con precisión las heridas, y el daño que había causado cada una de ellas. Mientras trabajaba, Jones fue fotografiando el cuerpo en cada una de las etapas de la autopsia, después de llevar la sábana y la bolsa que habían cubierto el cuerpo al laboratorio de criminalística.

Después de que ella fotografiara el rostro de la pequeña, el forense lo cubrió con un trapo y comentó:

—Así es más fácil —había hecho tantas autopsias, que casi nunca le afectaban, pero como tenía una hija de la edad de la víctima, aquel caso le resultaba muy duro.

Cuando hizo la incisión inicial con forma de «Y», Jones le dio unas tijeras para que cortara la caja torácica y pudiera acceder al interior. El daño que había causado el cuchillo del agresor era patente. Los órganos internos de la niña estaban destrozados, desde sus pulmones hasta el hígado y los intestinos. Los cortes se habían hecho con fuerza, como si el atacante hubiera estado furioso.

—¿La apuñaló antes de matarla, o después? —le preguntó Joe al forense.

—Antes. A juzgar por el sangrado, está claro que la torturó. Si las heridas se las hubieran causado estando muerta, no habrían sangrado. El corazón deja de bombear sangre en el momento de la muerte.

—Tendrías que ver más la televisión, Grier —comentó Jones—. Todas estas cosas salen en las series de medicina forense.

—Ni me hables de eso —le dijo Peters con indignación—. El instrumental y el equipamiento que usan en esas series vale millones de dólares, y mira lo que tengo que usar yo —indicó con un gesto las camillas envejecidas, el fregadero viejo, y un microscopio que parecía sujeto con esparadrapo—. Daría cualquier cosa por tener uno de esos ordenadores…

—Al menos te dieron una investigadora excepcional —dijo Jones—. Además, soy mucho más atractiva que la actriz que hace de asistente del médico forense…

—Cállate mientras aún tienes un empleo —rezongó Peters.

CataloJoe las muestras, y colocaron tejido de debajo de las uñas en una bolsa de pruebas, y exudado de la zona genital en otra.

—Con un poco de suerte, lo atraparemos gracias al ADN —dijo Joe con rigidez.

—Sólo si está en la base de datos —comentó Márquez.

—Es increíble la cantidad de delincuentes sexuales que no están registrados en ninguna base de datos. Lo que se denuncia sólo es la punta del iceberg —apostilló el forense.

—Sí, es verdad —dijo Márquez.

Cuando terminaron por fin, el forense preparó el cuerpo para que fueran a recogerlo los de la funeraria, y comentó:

—Pobrecita, y pobres padres. Espero que el de la funeraria sepa hacer bien su trabajo. Llevaré las muestras al laboratorio, ¿o queréis encargaros vosotros? —les dijo él.

—No, hazlo tú. Márquez recogerá los viales con exudados cuando acabéis con ellos, y los guardará en su comisaría.

—Sí, tendremos mucho cuidado con todo —dijo Márquez.

—Aseguraos de que todo el mundo firme antes de tener acceso a las pruebas.

—Por eso no te preocupes. Si atrapamos al malnacido que hizo esto, no quiero que se nos escape por un problema con la cadena de pruebas —le contestó Márquez.

—¿Cuándo sabrás algo respecto al ADN? —le preguntó Joe al forense.

—Pedidle a Jones que hable con los del laboratorio para que se den prisa, tiene mucha influencia.

—Porque los soborno —apostilló ella—. Al técnico jefe le encantan los profiteroles que hago… como antes trabajábamos juntos, conozco sus debilidades.

Todos se sintieron aliviados al reír un poco, ya que les ayudó a aliviar la tensión que habían sentido durante la autopsia. El humor les ayudaba a soportar los horrores que veían a diario, evitaba que cedieran ante el dolor. Eran los defensores de las víctimas, y tenían que cumplir con su trabajo.

—Mañana tendré el informe redactado, llamad para confirmar que está listo —les dijo Peters—. Pero a juzgar por lo que he visto, la niña murió asfixiada. Las heridas que le hizo el cuchillo habrían acabado matándola, pero no fueron la causa principal de la muerte.

—¿Estás seguro de que la asfixiaron? —le preguntó Márquez.

El forense apartó el trapo con el que había cubierto el rostro de la niña, y le levantó un párpado. El ojo era azul. Probablemente había tenido un tono azul suave, lleno de esperanza…

—¿Veis estas pequeñas hemorragias? —Peters les indicó los pequeños puntos rojos que había en el blanco del ojo. Había más en la piel del rostro—. Son capilares que se han roto por una presión súbita en el cuello. Se trata de hemorragias petequiales, y son uno de los signos que indican que ha habido estrangulación. Por la cantidad de tejido que encontré debajo de las uñas, creo que la niña luchó por su vida, así que el atacante tendrá las manos llenas de arañazos.

Márquez asintió, aunque sabía que era poco probable que encontraran al tipo antes de que los arañazos se curaran.

—Nosotros usamos técnicas parecidas para reducir a individuos peligrosos, el agarre del brazo o de la carótida —comentó.

—Sí, ya lo sé —dijo el forense—. Presionáis sobre la carótida, para que pierdan la consciencia. De vez en cuando me llega alguna víctima de esa técnica, suelen ser menores que la practican sin supervisión. Si no se hace bien, puede ser mortal.

—No me lo recuerdes —Márquez soltó un suspiro, y comentó—: lo intentamos todo para intentar reducir a los criminales, pero a veces no hay manera, y corremos peligro.

—Espero que encontréis al que asesinó a esta niña —les dijo Peters.

—Tenemos que hacerlo, porque volverá a intentarlo —le contestó Joe.

Demi  insistió en volver a casa a la mañana siguiente, porque tenía el tobillo mucho mejor gracias a Joe y apenas cojeaba. Si no trabajaba, no podría pagar los recibos, pero no hizo ningún comentario al respecto porque sabía que él no entendía esa clase de pobreza. Por lo que había oído sobre su hermano Cash, sabía que la familia era muy adinerada.

Joe se sintió aliviado cuando ella le pidió que la llevara a su casa, porque ya había empezado a arrepentirse de lo que había hecho. Se había pasado la noche sin dormir, pensando en lo dulce que era besarla, y estaba muy irritable. No quería correr el riesgo de involucrarse con ella.

demi se sintió extrañamente decepcionada al ver que él accedía encantado a que se fuera. Supuso que quizá habría besado a cualquier otra que hubiera tenido a mano, o que a lo mejor sentía pena por ella por lo que había adivinado de su pasado, y estaba intentando ayudarla a que se acostumbrara a estar cerca de un hombre.

Estaba muy confundida, así que se metió en el coche sin decir palabra y se limitó a mirar por la ventanilla en silencio durante todo el trayecto.

—No persigas a más coyotes —le dijo él, cuando la dejó delante de su casa.

—¿Es que eres un defensor de la vida salvaje? No les haré daño si no se acercan a mi gato —le contestó ella con indignación.

Joe no pudo evitar echarse a reír.

—Si nos necesitas, llámanos.

—Lo mismo te digo —le dijo ella, con una sonrisa.

Joe se sintió irritado al sentir una oleada de calidez en su interior, y masculló:

—Ni lo sueñes —sin más, alzó una mano en señal de despedida y se marchó de allí.

Demi  se sintió entristecida al ver cómo se alejaba. Joe no tendría que haberla tocado nunca, porque las cosas jamás volverían a ser como antes.

Él estaba pensando lo mismo, y por eso llamó por teléfono a Jaqui Jones, la sobrina de la señora Tabor, y le dijo que iría a la fiesta.

Tal y como Cash había predicho, las familias de más solera del pueblo no aparecieron por la fiesta, y sólo asistió gente que no era de la zona. Joe se sintió fuera de lugar, pero se sintió especialmente incómodo con Jaqui, que no dejaba de restregarse contra él a la más mínima oportunidad jadeando casi de deseo. A él no le gustaban las muestras públicas de afecto, y su expresión lo dejó patente.

—Eres un hombre extraño —comentó ella, cuando estaban junto al bufé—. ¿No me encuentras atractiva?

—Sabes que eres muy guapa —Joe esbozó una sonrisa, y añadió—: pero tengo un trabajo conservador, y las invitaciones descaradas me ponen nervioso.

Jaqui enarcó una ceja, y dijo con voz sensual:

—Yo creía que eras un espíritu libre y poco convencional.

—Las apariencias engañan —Joe alzó su copa para brindar con ella.

—No te subestimes… y no creas que voy a darme por vencida, al final siempre consigo lo que quiero.

—¿En serio? —él sonrió de nuevo, y le dijo—: ¿por qué no me presentas a tu tía?

Joe se marchó temprano de la fiesta, a pesar de las protestas de Jaqui.

—Mañana es sábado. No tienes que trabajar, ¿no? —le dijo ella con irritación.

—Tengo que aprovechar los fines de semana para ponerme al día en el rancho —Joe no añadió que en su trabajo tenía que estar disponible los siete días de la semana. Se ocupaba del rancho cuando tenía tiempo, y su capataz se encargaba del día a día.

—Bueno, mientras no pienses ponerte al día con tu vecina… es una mujer muy vulgar, pero me he enterado de que ha estado en tu casa.

—Su abuela ha muerto, y está pasándolo mal —le contestó él con rigidez.

—Es una perdedora, como la mayoría de la gente de por aquí. La compasión ha acabado con más de un hombre, no te dejes manipular —se le acercó hasta rozarlo cuando salieron al porche principal. Le rodeó el cuello con los brazos, hizo que bajara la cabeza, y lo besó de lleno en la boca.

Joe sintió una ligera excitación, pero no fue lo bastante intensa para que aceptara su invitación descarada. Se apartó de inmediato, y le dijo:

—Te llamaré.

—Si no lo haces, iré a buscarte. Buenas noches.

—Buenas noches.

Mientras se metía en su coche, Joe se dio cuenta de que la respuesta tímida de demi  le resultaba mucho más excitante que la agresión ardiente de aquella gata salvaje. Sintió un poco de pena por la tía de Jaqui, que era una mujer dulce, amable y tímida que parecía ansiosa por agradar a los demás. Estaba claro que el comportamiento escandaloso de su sobrina le había costado algunas amistades, porque ninguna de las familias ricas de la zona había asistido a la fiesta. Era un desaire patente, aunque a Jaqui no parecía haberle afectado; en todo caso, a él no le importaban los asuntos ajenos.

El sábado por la tarde, mientras ponía al día varios archivos, la señorita Turner irrumpió en su despacho de repente y le dijo:

—Voy a estar fuera un par de días. Mi padre vive en Austin, y le ha dado un ataque al corazón. Está en el hospital, tengo que ir a verlo.

—Por supuesto. Llévese el Expedition.

—¿Está seguro?

—Claro que sí, ya sabe dónde está la llave. ¿Necesita que le adelante algo de dinero?

—No, pero gracias.

—¿Puedo ayudarla en algo?

—No, gracias. Volveré en cuanto pueda.

—Llámeme si necesita cualquier cosa —le dijo él con firmeza.

—No va a tener a nadie que le cocine…

—Ya me las arreglaré. Venga, váyase ya. Conduzca con cuidado.

—De acuerdo —le dijo ella, con una sonrisa trémula.

—Llámeme cuando llegue, para contarme cómo va todo.

Al ama de llaves la conmovió que se mostrara tan considerado.

—Cuente con ello, señor Joe.

Joe se acostó bastante tarde, y a la mañana siguiente le costó un poco despertarse. La ausencia de la señorita Turner hizo que la casa le pareciera más vacía que de costumbre. Encontró un mensaje suyo en el contestador, en el que le decía que había llegado bien a Austin y que su padre se mantenía estable.

Preparó unas tostadas y café, y se sentó a desayunar. Se sentía un poco culpable por no haber llamado a demi para preguntarle cómo estaba, seguro que se sentía herida porque después de dejarla en su casa no se había molestado en ir a ver cómo tenía el tobillo.

El sentimiento de culpa lo irritó, porque no le debía nada a aquella mujer; sin embargo, pasó junto a su casa de camino a San Antonio, y le pareció extraño que su viejo coche no estuviera allí, porque sólo eran las seis de la mañana. Se preguntó dónde estaba, pero como no vio nada raro en el exterior de la casa, siguió sin detenerse y no pensó más en el tema.

Demi  no vio a Wilbur al llegar a casa, y no tardó en descubrir por qué. Una de las ventanas estaba entreabierta, y era obvio que se había escapado por allí 

mientras ella estaba en casa de Joe. No había tenido tiempo de buscarlo la mañana en que había regresado a casa, porque había tenido que ir a trabajar a la floristería.

El sábado tuvieron mucho trabajo, y cuando regresó a casa después de pasarse casi todo el día preparando arreglos florales sentada, agarró el bastón que le había dejado la señorita Turner y salió a buscar al animal. Lo encontró muerto; al parecer, el coyote había logrado atraparlo. Le gritó a la alimaña, estuviera donde estuviese, que le ajustaría las cuentas tarde o temprano, y se echó a llorar mientras se imaginaba cómo habían sido los últimos momentos del gato. Intentó controlarse, porque sabía de primera mano lo inútil que era llorar. Las lágrimas no iban a devolverle a Wilbur.

Después de cubrirlo con una vieja funda de almohada y de envolverlo en una sábana raída, lo metió en una caja y lo llevó al veterinario, donde había servicio de entierro de animales y ofrecían la posibilidad de incinerar a las mascotas muertas. Cuando le dieron a elegir entre varias urnas, optó por una sencilla que no era demasiado cara. Le aseguraron que le enviarían las cenizas en breve, y pagó con resignación los gastos. Iba a tener que hacer horas extra, porque apenas le quedaba dinero.

El domingo fue a trabajar unas horas por la mañana a la floristería, y allí se enteró de que Joe había ido a la fiesta de Jaqui Jones. Le dolió que se hubiera olvidado de ella sin más después de estar con la exuberante morena. Al mirarse al espejo, se sintió desmoralizada ante su falta de atractivo. El único vestido pasable que tenía era el negro que había llevado al funeral, y que había pertenecido a su abuela. Sólo tenía vaqueros, sudaderas, y camisetas, casi nunca se maquillaba, y solía llevar el pelo recogido en una coleta.

Se lo soltó de forma impulsiva, y después de cepillárselo, se miró de nuevo en el espejo y se sorprendió de lo distinta que parecía con su melena rubia enmarcándole el rostro. Se pintó los labios con un tono malva suave, y cambió la sudadera por una camiseta negra de manga larga que tenía unas letras japonesas estampadas.

Tenía una buena figura, pero no era demasiado guapa. Tenía la boca demasiado grande, los pómulos demasiado elevados, y su nariz era un poco irregular. Deseó ser más atractiva. Era la primera vez en su vida que le habría gustado ser guapa para atraer a un hombre, pero a él le gustaba la Mata Hari del pueblo.

Dejó a un lado el peine, y salió al porche. Aún no había acabado de podar las rosas, y se estaba muy bien al sol.

Al poco de empezar a podar, oyó que un vehículo se acercaba, y se asombró al ver que se trataba de Joe. Se levantó con las tijeras en las manos, y esperó mientras bajaba del coche y se acercaba.

Él se detuvo de golpe, y sus ojos adquirieron un brillo extraño mientras recorrían su rostro y sus hombros y descendían por su cuerpo.

Demi  abrió la boca para preguntarle qué le pasaba, pero antes de que pudiera articular palabra, él la abrazó y empezó a besarla apasionadamente.

 

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