Capitulo 7
—¡Dios del Cielo! ¡demi! ¡demi!
Estaba muriéndose, rodeada de sangre tan roja como las rosas
de su abuela. Estaba tumbada en un campo de girasoles, mirando hacia el cielo.
Le dolía, le dolía tanto… sintió unas manos despiadadas que la agarraban de los
hombros y la sacudían, la sacudían sin cesar…
Abrió los ojos con un súbito jadeo. Joe Grier estaba sentado
en el borde de la cama, vestido con una bata. Su pelo castaño con reflejos
dorados estaba despeinado, y sus ojos oscuros la miraban con preocupación. La
señorita Turner estaba detrás de él con el pelo suelto y muy pálida. También
llevaba una bata, y estaba mordisqueándose el labio con nerviosismo.
Demi respiró hondo,
volvió a hacerlo. No podía dejar de temblar.
—Lo… lo siento, lo siento… —dijo a duras penas.
Las manos que seguían aferrándola de los hombros la ayudaron
a sentarse. El pelo se le había soltado, y le cubría los hombros como un manto
de seda. Llevaba un camisón de algodón blanco que la cubría de pies a cabeza, y
que sólo dejaba al descubierto la cabeza y las manos.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó Joe.
Demi tragó con
dificultad, y miró a su alrededor con alivio. No estaba tumbada en un campo,
sino en una cama, en una casa. Volvió a tragar, y se dio cuenta de que estaba
llorando.
—¿Has tenido una pesadilla? —insistió Joe.
Ella se limitó a asentir mientras intentaba recuperar la
compostura. El sueño le había parecido muy real.
—¿Quieres que te traiga un vaso de leche caliente?, a lo
mejor te ayuda a dormir —le dijo la señorita Turner.
—Nada de leche, tráigale un buen vaso de whisky.
—No me gusta el alcohol —protestó demi.
—Tráigalo ya —Joe le lanzó a su ama de llaves una mirada
acerada que no admitía discusión posible.
—Ahora mismo vuelvo.
Cuando la mujer salió de la habitación, Joe soltó a demi y
la observó con una mirada penetrante.
—No es la primera vez que te pasa, ¿verdad? —le dijo sin
más.
—No, no es la primera vez que tengo una pesadilla —demi se
inclinó hacia delante, encogió las piernas, y apoyó la frente en las rodillas.
El corazón le martilleaba en el pecho, y le costaba respirar—. Hace mucho que
las tengo.
Joe quería hacerle preguntas, exigir respuestas, pero era
una invitada en su casa y no quería invadir su privacidad; además, tampoco
quería saber cosas personales sobre ella, sólo sentía lástima. Aquél era un
breve interludio en sus vidas, ya que ella necesitaba una ayuda que él podía
proporcionarle, pero no iba a permitir que aquella mujer se le acercara
demasiado.
demi respiró hondo de nuevo, y al ver la forma en que la
miraba, hizo una pequeña mueca. No hacía falta ser muy lista para darse cuenta
de que a su vecino no le hacía ninguna gracia la situación. Se apartó el pelo
de la cara, y apartó la mirada antes de decirle:
—Estoy bien, gracias por venir a ayudarme. Sólo ha sido una
pesadilla, las tengo a veces cuando estoy nerviosa. Perder a mi abuela ha sido…
difícil.
Joe no acababa de entender por qué se sentía así, ya que la
anciana se había portado fatal con ella. Aunque quizá era comprensible que le
doliera perderla, si era lo único que le quedaba en el mundo. Sabía de primera
mano el dolor que se sentía al perder a un ser querido, aún lo tenía muy fresco
en su memoria y no lo había compartido con nadie, ni siquiera con su padre o
sus hermanos.
demi era más que consciente de que su vecino sólo llevaba el
pantalón del pijama debajo de la bata negra, porque la prenda se había abierto
y había dejado al descubierto su pecho ancho y musculoso. Se sentía incómoda al
tenerlo tan cerca, y se tensó al lanzarle una mirada de soslayo.
Joe se dio cuenta de su reacción, y se sintió irritado.
Había ido a su cuarto al oírla gritar como una loca, ¿por qué se comportaba
como si estuviera a punto de atacarla?
Se puso de pie con una impaciencia que apenas se molestó en
disimular y la contempló ceñudo, pero ella mantuvo la cabeza gacha. No podía
entenderlo… era un hombre atractivo y sensual que solía despertar el interés de
las mujeres, y le molestaba que aquella desaliñada anodina lo mirara como si
fuera un violador.
La señorita Turner rompió el tenso silencio que se había
creado al regresar con un vaso de whisky.
—Aquí tiene, señor —le dijo a Joe.
Él se lo dio a demi, y le espetó con impaciencia:
—Venga, bébetelo.
Ella hizo una mueca al olisquearlo, y comentó:
—Nunca he bebido alcohol.
—O te lo bebes tú sola, o te lo doy a la fuerza mientras la
señorita Turner te sujeta —le dijo él con voz cortante, ya que le había dolido
cómo le había tratado cuando habían estado a solas.
—No serías capaz…
—Acérquese, señorita Turner. Le enseñaré cómo tiene que
sujetarla.
Al darse cuenta de que hablaba en serio,demi hizo una mueca y contuvo el aliento antes de
tragarse el licor. Sintió que le ardía la garganta, y estuvo a punto de
vomitar.
—Ten, tómate un poco de agua —la señorita Turner se apresuró
a tomar la jarra que había junto a la cama, y le sirvió un vaso.
—¡Esto es peor que la gasolina! —exclamó demi, mientras
fulminaba a Joe con la mirada.
—Muérdete la lengua, es Crown Royal —le dijo él con indignación.
—Pues preferiría un poco de carburante —rezongó ella.
—No se le puede dar una exquisitez a una paleta.
—¡No soy…!
—Oye, que hablas con rosales.
La señorita Turner sonrió de oreja a oreja, y comentó:
—Pero usted habla con los tractores que se estropean, señor
Grier. Le oí diciéndole a uno unas palabrotas que habrían hecho que le
arrestaran.
—A veces hacen falta unas cuantas palabras bien dichas para
que una condenada máquina se dé cuenta de que hablo en serio. Ese trasto tuvo
suerte de que no le pegara un tiro.
—Si le pega un tiro al tractor, el capataz lo enterrará a
usted con él. Está intentando preparar el campo para la siembra, y no deja de
quejarse de que apenas funciona.
—Pero si estamos en febrero —protestó Joe.
—En febrero plantamos las patatas —le espetó ella.
—No me gustan las patatas.
—También plantamos el pasto para el ganado.
Joe soltó un sonoro suspiro.
—Bueno, supongo que necesitará el tractor —miró a demi con
las manos en los bolsillos, y le dijo—: si crees que vas a poder dormir, será
mejor que todos volvamos a acostarnos. Mañana tengo que irme temprano, tengo
una reunión en Lytle.
—No os preocupéis por mí —demi se estremeció al recordar que
al día siguiente tenía que ir a la funeraria.
Joe también se acordó de ello y no pudo evitar sentir cierta
compasión, pero su ego herido se impuso.
—Llegaré a casa a eso de las cinco. Tienes que ir a la
funeraria a las seis, ¿verdad?
Ella se sorprendió al ver que él era capaz de intuir lo que
la inquietaba.
—Yo te llevaré, y la señorita Turner también puede venir si
quiere.
—No hace falta que te tomes tantas molestias —protestó ella
sin demasiada convicción.
—No hay nadie más que pueda hacerse cargo —le dijo él sin
rencor.
—Gracias.
Joe se sintió incómodo de repente, y se limitó a decir:
—De nada. Vamos, señorita Turner.
—Buenas noches, demi—le dijo el ama de llaves con voz suave.
—Buenas noches. Siento haberlos despertado.
—Estoy acostumbrado. Trabajo en homicidios, y no tengo un
horario fijo.
—¿Te llaman por la noche? —le preguntó demi.
—Por la noche, los días festivos, los fines de semana… es mi
trabajo; de hecho, es mi vida, porque me gusta atrapar a criminales.
Ella consiguió esbozar una sonrisa, y comentó:
—Debe de ser todo un desafío.
Joe asintió. Como ella le había dejado muy claro la opinión
que tenía de él, no tenía ganas de quedarse más tiempo charlando, así que le
dijo sin más:
—Buenas noches.
demi sintió cierto pesar al verlo marcharse con la señorita
Turner. Sabía que él sólo había intentado reconfortarla, y sentía haberlo
ofendido. Siempre reaccionaba con una frialdad rígida ante los hombres, y toda
su vida adulta había sido una pesadilla yerma y solitaria. Deseaba poder dormir
y escapar de los recuerdos, pero estaba demasiado nerviosa para poder conciliar
el sueño; además, tenía miedo de volver a tener la pesadilla. De modo que
agarró el libro que había dejado sobre la mesita de noche, y se reclinó contra
la cabecera de la cama. Cuando estuviera muy somnolienta, intentaría dormir de
nuevo.
Joe ya se había marchado cuando se levantó a la mañana
siguiente. Desayunó con la señorita Turner, que después la llevó a su casa.
—No me gusta dejarte aquí sola —le dijo el ama de llaves.
—No estoy sola del todo —le contestó ella con una sonrisa—.
La casa es cálida y acogedora, porque tres generaciones de mi familia han
vivido y muerto aquí.
Demi miró a su
alrededor. El enorme arce que había en el jardín delantero no tenía hojas, pero
en otoño era una gloriosa sinfonía de tonos rojos y dorados. Los vientos fríos
lo desnudaban en lo que ella siempre llamaba una «lluvia de hojas», y le
encantaba correr entre ellas con los brazos abiertos mientras sentía el viento
en el rostro.
—Ese árbol acabará cayéndose encima de la casa —le dijo la
señorita Turner.
—Claro que no. Es fuerte, y tiene muchos años. En otoño es
el árbol más bonito de la zona.
—Me guardaré mi opinión hasta que lo vea. Vendré a buscarte
a eso de las seis, ¿de acuerdo?
—Si está segura de que quiere…
—Claro que sí.
Mientras veía cómo se marchaba, demi se preguntó de nuevo
por qué se sentía tan a gusto con Joe Grier y su ama de llaves. A lo mejor era
porque, en cierto modo, los tres eran más o menos inadaptados. Aunque no
conocía demasiado bien a Joe, sabía que no era demasiado sociable y que
trabajaba a todas horas, y la señorita Turner parecía ser similar. Por su
parte, ella trabajaba bastante, ya que además de sus dos empleos, dedicaba su
tiempo libre al proyecto que parecía inacabable.
Miró en el armario para ver si encontraba algún vestido
negro pasable. Durante los últimos meses se había gastado casi todo su dinero
disponible en las medicinas de su abuela, que en algunos casos valían más de
cien dólares; de hecho, muchas veces no se compraba sus propios medicamentos
para poder pagar los de su abuela. Estaba segura de que el doctor Coltrain no
lo aprobaría, por eso no se lo había dicho.
—¡Wilbur!
Tras unos segundos, su viejo gato salió de debajo de una
vieja jardinera que estaba apoyada en uno de los escalones.
—¿Qué hacías ahí? —le preguntó, mientras se agachaba a
acariciarlo—. ¿Te ha asustado algo?
El gato se limitó a maullar. Demi miró a su alrededor, pero
no vio nada cerca de la casa. Había oído a uno de los hombres de Joe comentando
que se habían visto coyotes en la zona, y como sabía que a veces atacaban a
perros y a gatos, tenía miedo de que se acercaran a la casa. Le tenía mucho
cariño a Wilbur, ya que el animal tenía doce años y los dos habían compartido
épocas muy traumáticas. Su abuela no quería que entrara en la casa, pero ella
solía meterlo a escondidas cuando hacía mal tiempo; en todo caso, eso ya
carecía de importancia, porque había decidido que en adelante el gato iba a
vivir dentro. Le haría compañía, y así no se sentiría tan sola.
Aquella tarde, multitud de gente fue a visitarla con fuentes
de ensalada, bandejas de carne, pasteles, y dulces. Incluso alguien le llevó
dos kilos de café, y a pesar de que ella no podía tomar, preparó una cafetera
para los demás.
En los pueblos era costumbre llevar comida a la familia
cuando había una defunción, era una muestra de apoyo que les ahorraba a los
familiares la tarea de cocinar. Aunque demi no tenía ningún pariente en la
zona, todo el mundo le llevó algo. Bárbara, la dueña de la cafetería, apareció
con carne y verduras, dos de los ayudantes del sheriff fueron con sus
respectivas mujeres a llevarle pasteles, los hermanos Ballenger enviaron a dos
de sus hijos con pan casero, y la esposa de Callaghan Hart, Tess, le llevó una
olla con un delicioso guiso de pollo. La sorprendió que algunas de las personas
más influyentes de la zona hubieran sentido tanto afecto por su abuela, y se lo
comentó a Bárbara.
—No seas tonta —le dijo la mujer, con una carcajada—. Es por
ti por quien sienten afecto. Abby te está muy agradecida porque cuidaste de los
hijos de Calhoun Ballenger, y ayudaste a Tess Hart con su jardín de rosas. Ten
en cuenta que siempre has sido la primera en llevar comida a otras casas, y a
diferencia de algunos de los viejos ricachones, las nuevas familias adineradas
que hay en la zona no son esnobs.
—Supongo que tienes razón —le dijo demi con una sonrisa.
La señora Tabor, uno de los miembros con más solera de la
clase alta de la zona, no se relacionaba con gente sencilla como ella, pero
había mandado a su sobrina con una bandeja de comida. La mujer trabajaba con
Andy Webb, y se decía que era muy descocada.
—Gracias —le había dicho ella al verla dejar la comida en la
mesa, aunque se había sentido un poco incómoda al ver que la observaba con
atención.
—Quería echarte un buen vistazo —le había dicho la mujer con
frialdad. Llevaba unos vaqueros muy ajustados, una blusa con varios botones
desabrochados, y un suéter rojo muy escotado. Después de mirar con expresión
burlona sus vaqueros holgados y su sudadera rosa, había comentado—: está claro
que no es tu aspecto lo que tiene tan fascinado a Joe. No entendía por qué está
ayudándote, supongo que está intentando ser un buen vecino —tras soltar una
carcajada gélida, había añadido—: no puedo creer que estuviera preocupada por
la competencia —y se había ido sin añadir nada más.
Demi se había quedado
boquiabierta. Era inconcebible que su vecino se sintiera atraído por ella, pero
era más que probable que estuviera interesado en la sobrina de la señora Tabor.
Por alguna extraña razón, la idea le había dolido. Joe no había mencionado en
ningún momento a aquella mujer despampanante, y a pesar de que no debería
importarle que pudieran estar saliendo juntos, le dolía imaginárselo con
alguien así, alguien tan egocéntrico y cruel. Sin saber por qué, tenía la
impresión de que la vida ya había sido bastante cruel con Joe.
Invitó a la señorita Turner y a Joe a comer algo antes de ir
a la funeraria, y a pesar de que ambos protestaron al principio, los convenció
diciéndoles que no podía comerse todo aquello sola.
Ya tenía la mesa preparada cuando llegaron, y a pesar de que
no hablaron demasiado, pasaron un rato agradable. Jacobsville contaba con
algunos de los mejores cocineros del condado, y pudieron disfrutar de un enorme
surtido de panes caseros, carne asada, ensaladas, y guarniciones.
—Seguro que este pastel de chocolate lo ha hecho Bárbara
—dijo la señorita Turner con una sonrisa, mientras saboreaba su porción.
Demi soltó una
carcajada, y admitió:
—Es lo único que sabe cocinar.
—Pues entonces es una suerte que no tenga que depender de
sus dotes culinarias para sacar adelante la cafetería, aunque no le faltarían
clientes con este pastel. Está buenísimo.
—Le prepararé un buen trozo para que se lo lleve después del
funeral, no me gusta malgastar comida.
—A mí tampoco —le dijo el ama de llaves.
—La sobrina de la señora Tabor trajo la bandeja de
tentempiés —comentó demi, sin mirar a Joe.
La señorita Turner no comentó nada al respecto, pero su
mirada fue más que elocuente.
A Joe le sorprendió el comentario. No había hablado con
aquella mujer desde que había ido a preguntarle si estaba contento con la casa.
Tendría que llamarla por lo de la fiesta… además, era bastante atractiva, y
últimamente estaba muy estresado con el trabajo.
A pesar de que no comentó nada al respecto, su rostro
reflejó sus pensamientos. Aquella mañana había estado repasando las fotos de la
escena del crimen junto al resto del equipo, y no podía quitárselas de la
cabeza. Nunca era agradable ver un homicidio, pero los que tenían que ver con
menores eran especialmente horribles.
—Está muy callado —comentó la señorita Turner, al verlo
jugueteando con el pastel de manzana sin probar bocado.
—He tenido un día muy largo —se limitó a contestarle él, sin
entrar en detalles.
—No hace falta que vengas con nosotras —le dijo demi.
Él la miró, y le dijo con calma:
—No me importa tener que hacerlo.
—Habrá mucha gente —demi apartó la mirada, y añadió—: puede
que empiecen a cotillear…
—Eso me da igual —le dijo él con indiferencia. Después de
echarle un vistazo a su reloj, comentó—: tendríamos que irnos cuanto antes.
Demi se levantó de
inmediato.
—Voy a taparlo todo y a meterlo en la nevera.
—Yo te ayudo —le dijo la señorita Turner.
No fue tan horrible como demi esperaba. Su abuela llevaba el
vestido morado que solía ponerse para ir a misa, y parecía muy serena. No pudo
controlar las lágrimas, y se las secó con un pañuelo. A pesar de las continuas
críticas de su abuela, iba a sentirse muy sola sin ella.
Su primo, Bob Collier, llegó en una silla de ruedas que
empujaba Tina, la enfermera que lo cuidaba. La mujer debía de tener la edad de
la señorita Turner más o menos, tenía el pelo y los ojos oscuros, y un ligero
acento español. Cuidaba muy bien a su primo, y le tenía mucho aprecio a ella.
—Vendrás a ver a tu primo de vez en cuando, ¿verdad? A veces
se siente muy solo —le dijo, después de abrazarla con afecto.
—Claro que iré —demi se inclinó a abrazar a Bob, que tenía
los ojos oscuros y el pelo plateado.
Él sonrió, y comentó:
—Cada año estás más bonita, muchacha —se puso serio, y
añadió—: siento lo de tu abuela. Aunque no me llevaba bien con ella, la familia
es la familia.
—Claro.
—¿Quién es el hombre del traje gris? —le preguntó él,
mientras señalaba a Joe con un pequeño gesto.
—Mi vecino. Se ha portado muy bien conmigo, y su ama de
llaves también. Es la señorita Turner, la mujer que está a su lado.
—Tienes suerte de tener a alguien cerca. Tina y yo vivimos a
kilómetros de la carretera principal, y a veces me siento un poco solo.
—Te prometo que iré a visitarte más a menudo.
Él le tomó una mano entre las suyas.
—Has tenido una vida dura, ¿verdad? Te mereces un poco de
felicidad… a lo mejor está ahí mismo, con un traje gris.
demi se echó a reír, y no pudo evitar ruborizarse.
—No hay nada entre nosotros, es agente del FBI.
—¿Has hecho algo ilegal, demi? —bromeó él.
—No sabría cómo hacerlo —le contestó ella, con una
carcajada.
Joe la observó mientras hablaba con el anciano en silla de
ruedas. Era una mujer cariñosa, y su ternura innata lo incomodaba. Seguro que
el anciano tenía curiosidad sobre el lugar que ocupaba en la vida de su prima,
pero estaba convencido de que demi iba a ser sincera.
Debía dejar claro que no tenía ningún interés en tener una
relación con ella, pero no era el momento oportuno. demi necesitaba un poco de
apoyo para poder superar aquel momento tan difícil.
Cash Grier, el jefe de policía de Jacobsville, entró en la
funeraria y fue a darle el pésame a demi. Al ver a su hermano cerca del ataúd,
se le acercó y le dijo:
—Creía que nunca ibas a funerales, Joe.
—demi estaba sola, así que la señorita Turner y yo hemos
estado cuidándola.
—Ya veo —le dijo, con una sonrisa pícara.
—No me interesa tener una novia que es un adefesio —masculló
Joe.
Cash dejó de sonreír de golpe, y lo fulminó con la mirada.
—No seas maleducado. demi no gana lo suficiente para llevar
un vestido distinto a cada momento.
Joe no pudo evitar recorrerla con la mirada. Llevaba un
vestido negro demasiado grande que no la favorecía en nada, y que parecía de
segunda mano.
—Su abuela tendría que haberle comprado algo de ropa
—rezongó.
—No tienes ni idea, ¿verdad? La señora Collier tenía que
tomarse una medicación bastante cara. demi y ella tenían que elegir a veces
entre comprar comida o medicinas, ¿crees que iban a malgastar el dinero en ropa
de marca? Seguro que el vestido que lleva era de su abuela, hasta ahora siempre
la había visto con pantalones.
—No lo dirás en serio…
—Sí, claro que sí. La gente mayor del pueblo a veces no
puede comprar comida porque tiene que pagarse las medicinas, que suelen ser
bastante caras. Los que viven con lo que les da la Seguridad Social no tienen
demasiadas opciones. Demi tenía dos
empleos a tiempo parcial para poder pagar la medicación de su abuela, porque a
pesar de que es pobre, tiene mucho orgullo.

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