Capitulo 10
Demi estaba sentada
en la sala de estar viendo las noticias cuando Joe llegó, cansado y hambriento.
Era obvio que no tenía un horario normal de ocho horas; de hecho, los agentes
del FBI solían trabajar unas diez horas diarias, y eso se reflejaba en el sueldo
que recibían.
—Qué día —dijo con pesadez, al sentarse en su enorme sillón.
—¿Aún estás con el caso de la niña? —le preguntó ella.
—Sí. Me he pasado todo el día trabajando en eso, pero mi
equipo está intentando atrapar a una banda que atraca bancos con armas
automáticas. Además, tengo esperando en mi escritorio un tiroteo en coche, un
asesinato relacionado con bandas callejeras, un supuesto suicidio, y un intento
de asesinato en el que la esposa de la víctima intentó contratar a un asesino a
sueldo—la miró con una sonrisa irónica, y añadió—: tuvo la mala suerte de que
el supuesto asesino fuera un agente del FBI.
—Le tendisteis una trampa.
Joe se reclinó en el sofá, y empezó a aflojarse la corbata.
—Eso es lo que dice ella. Uno no va a buscar a un asesino a
los bares que suelen frecuentar los agentes de policía, pero el hombre con el
que habló del asunto vino a vernos de inmediato.
La señorita Turner lo había oído llegar, y asomó la cabeza
por la puerta.
—¿Van a cenar ya?
—Sí.
—Pues ya pueden venir.
—¿Llevo a demi?
—Sí, gracias.
Joe se levantó del sofá, y se acercó a ella. Al ver el rubor
que tiñó sus mejillas y aquellos preciosos ojos grises cargados de timidez, se
sintió muy extraño.
—Venga, rodéame con los brazos —le dijo con voz suave,
mientras se inclinaba hacia ella.
Demi contuvo el
aliento, porque aquel hombre tenía la voz más sexy que había oído en su vida.
Le rodeó el cuello con los brazos, y él la levantó como si no pesara más que
una pluma.
Joe la miró a los ojos, y cuando bajó la mirada hasta su
boca comentó:
—Podría acostumbrarme a esto.
Antes de que demi se diera cuenta de lo que iba a hacer,
bajó la cabeza y le rozó los labios con los suyos, y ella sintió que se le
aceleraba el corazón.
Joe se apartó para comprobar cómo reaccionaba, y al ver que
no intentaba rechazarlo, volvió a inclinar la cabeza y la besó de nuevo, pero
en esa ocasión la incitó a abrir los labios con pequeños roces lentos y
sensuales, y entonces empezó a mordisquearle el labio superior.
demi se estremeció, y le devolvió el beso mientras se dejaba
llevar por la primera oleada de deseo que sentía por un hombre.
Él soltó una pequeña carcajada, y entonces la besó de lleno,
profundamente. La acercó más contra su cuerpo, y al sentir sus senos apretados
contra su pecho, soltó un gemido y la devoró con un deseo avasallador.
Justo cuando demi le abrazaba con más fuerza, la señorita
Turner exclamó desde el pasillo:
—¡La comida está enfriándose!
Joe alzó la cabeza de golpe, y se quedó mirando a demi con una mezcla de deseo y de irritación.
Aquella mujer empezaba a atraerlo cada vez más con sus vulnerabilidades y su
sentido del humor, y no le hacía ninguna gracia. No la quería en su vida, pero
estaba mirándolo con una expresión increíblemente dulce, y el corazón aún le
martilleaba en el pecho por el beso. La llevó por el pasillo hacia el comedor,
mientras recitaba para sus adentros raíces cuadradas.
No dejaron de mirarse durante la cena. La señorita Turner se
dio cuenta, y sonrió con disimulo.
Después de cenar, Joe la llevó de nuevo a la sala de estar y
la sentó con cuidado en el sofá; sin embargo, se dio cuenta de que aún estaba
inhibida con él a pesar de lo apasionada que se había mostrado antes, y como
quería entender por qué se comportaba así, se sentó en el sillón de enfrente y
le dijo con voz suave:
—Te pasó algo —frunció el ceño al ver que ella se
sobresaltaba, y se inclinó hacia delante—. Sí, te pasó algo cuando eras
pequeña… alguien intentó propasarse contigo, te asustó.
Demi se mordió el labio con fuerza, y apartó la mirada.
—¿Cómo lo sabes? —se tensó mientras esperaba a que le
respondiera. Era imposible que se hubiera enterado de lo que había sucedido,
¿no?
—He sido agente durante toda mi vida adulta, sé reconocer
los signos.
Ella se relajó un poco, pero lo miró ceñuda cuando se dio
cuenta de lo que estaba insinuando.
—¿Qué signos?
—Te cubres el cuerpo todo lo que puedes, no te maquillas, te
recoges el pelo, mantienes la mirada gacha, y te tensas si se te acerca un
hombre… alguien te tocó de forma inapropiada.
Demi consiguió tragar
a duras penas, y finalmente admitió con voz cortante:
—Sí.
—No fue un novio, ¿verdad?
—No.
—¿Un pariente?
Ella negó con la cabeza. Le resultaba muy difícil hablar del
tema, y a pesar del tiempo que había pasado, era incapaz de contarle la verdad…
al menos, toda. No podía soportar recordarlo.
—Fue un desconocido.
—¿Se lo contaste a alguien?
Sí, había acabado haciéndolo, cuando estaba en el hospital.
—Sí.
Joe respiró hondo antes de preguntarle:
—¿Lo atraparon?
—No. Ya se había ido cuando llegó la policía.
—Supongo que tu madre no te llevó a terapia, ¿verdad?
—Para entonces ya hacía mucho que ella se había ido, igual
que mi padre. Mi abuela me dijo que no había que hablar de esas cosas con
desconocidos.
Joe contuvo las ganas de soltar una imprecación. No era de
extrañar que estuviera tan traumatizada, ¿por qué tenían que ocultarse tantos
secretos en las poblaciones pequeñas?
—¿Hubo algún otro caso como el tuyo en aquella época?
—Quieres saber si buscaron al hombre que lo hizo, ¿no? Sí,
lo buscaron, pero no era conocido en la zona y no dejó ninguna pista. Aunque lo
hubiera hecho, mi abuela convenció al jefe de policía de la época de que
ocultara el archivo del caso.
—Eso fue una estupidez.
—Sí, porque es posible que ese tipo siga haciendo lo mismo
en otro sitio.
—Es lo más probable, si aún está vivo —comentó Joe con
frialdad—. Los hombres que abusan de menores nunca se rehabilitan.
La realidad era mucho peor de lo que él sospechaba, pero demi
no hablaba del tema con nadie que no
perteneciera a su familia, porque se sentía sucia.
—No fue culpa tuya, demi —le dijo, al notar lo incómoda que
estaba.
—Eso es lo que me dice todo el mundo —le espetó ella con voz
cortante—, pero él me dijo que sí que lo era, porque solía llevar pantalones
cortos, tops, y…
—¡Por el amor de Dios! ¿Qué clase de hombre normal se
sentiría tentado por una niña, se vista como se vista? —dijo él con
indignación.
Demi se sintió mejor
al oír aquello. Lo miró en silencio durante unos segundos, y al final admitió:
—Supongo que un hombre normal no se sentiría atraído por una
cría.
Joe luchó por intentar calmarse. Le dolía que un hombre
adulto hubiera intentado propasarse con una niña, sobre todo si se trataba de demi
.
—¿Alguna vez has hablado del tema con alguien?
—Sólo con el doctor Coltrain.
Eso explicaba la estrecha relación que existía entre ellos;
el médico había sido su confidente.
—Apuesto a que le pegó una buena bronca a tu abuela cuando
se enteró de que había echado tierra sobre el asunto.
Demi consiguió
esbozar una sonrisa.
—Sí, pero ella no se quedó callada ni mucho menos. Le dijo
que yo acabaría superándolo.
Joe asintió, y comentó:
—Casi todas las mujeres acaban sobreponiéndose. La terapia
ayuda.
—Eso dicen.
—No sales demasiado, ¿verdad?
—No. Ya te dije que no me gusta que me toquen.
Joe frunció los labios al recordar el apasionado beso que
habían compartido antes, y comentó:
—Estoy trabajando en eso.
A ella le sorprendió y le encantó su actitud, y se echó a
reír. Joe aceptaba sus limitaciones sin enfadarse, sin vacilar, y era la
primera vez que sentía que podía confiar en un hombre y dejar que se acercara.
—Eres un hombre muy bueno.
—¿Cómo que «bueno»? ¡Soy extraordinario!
Demi se echó a reír
de nuevo, pero antes de que pudiera contestar, el busca de Joe empezó a sonar.
Él lo sacó, y cuando lo leyó hizo una mueca.
—Maldición —se levantó de inmediato, y se acercó a la mesa
donde había dejado su móvil. Marcó un número, y se lo llevó a la oreja—. Grier
—escuchó con expresión muy seria, y asintió—. Sí, claro. ¿Cuándo? De acuerdo,
nos vemos allí. Será mejor que llames a Márquez. Bien —cerró el teléfono, y se
volvió hacia demi _—. Tengo que irme, el forense va a empezar a hacerle la
autopsia a la niña y tengo que estar allí. Hay que recoger las pruebas, y
necesito la información que va a darnos la autopsia.
—¿Tienes que ver cómo se la hacen? —le preguntó ella,
atónita.
—No me hace ninguna gracia, pero a veces tengo que hacerlo.
Recogemos pruebas forenses conforme va realizándose, la cadena de pruebas es
muy importante. Si rompemos un eslabón, no podremos condenar a ese malnacido si
lo atrapamos.
—Claro —demi se imaginó
el cuerpo de la niña, su cadáver rajado, destrozado, golpeado… tragó para
intentar contener las náuseas.
Él se inclinó, y le dio un beso muy dulce en los labios.
—Al menos tú estás íntegra, demi . Sufrir tocamientos es
desagradable, pero lo que le pasó a esa niña fue mucho peor. Tú tuviste suerte,
porque sobreviviste.
Que tuvo suerte…demi estuvo a punto de echarse a reír. Joe no lo
habría entendido, pero sabía que la culpa la tenía ella, porque no le había
dicho la verdad.
—¿Quieres que te lleve a tu habitación antes de irme?, puede
que vuelva bastante tarde.
—No hace falta, la señorita Turner ha encontrado un bastón.
Siento que tengas que ver algo tan desagradable.
—He visto cosas peores —le dijo Joe, mientras recordaba cosas
que desearía poder olvidar—. Buenas noches.
—Podría irme a mi casa…
Él le lanzó una mirada elocuente, y comentó:
—El coyote y tú no os lleváis demasiado bien. Será mejor que
te quedes aquí uno o dos días, hasta que estés lista para volver a la batalla
—sonrió de oreja a oreja, le guiñó el ojo, y se fue.
Demi sintió que un
hormigueo de excitación la recorría de pies a cabeza. Joe quería tenerla en su
casa, en su vida. Los dos sabían que era más que capaz de valérselas por sí
misma, pero a él le gustaba que estuviera allí. Se sentía como en una nube. De
repente, la vida dejó de ser horrible, y se volvió dulce, excitante, y cargada
de esperanza.
Jack Peters, el forense, se dispuso a realizar la autopsia.
Era patólogo forense, y se distinguía por prestar gran atención a todos los
detalles. La inspectora forense, Alice Mayfield Jones, iba a ayudarlo. Joe ya
la conocía, porque habían coincidido en otro caso el año anterior, y sabía que
había trabajado durante mucho tiempo como técnica en escenas de crímenes, antes
de cursar los estudios que le habían permitido trabajar de inspectora forense.
—Vaya, si es uno de los hermanos Grier —murmuró ella con
sequedad. Llevaba el pelo corto y oscuro recogido bajo un gorro y tenía parte
de la cara tapada con una máscara, pero sus brillantes ojos azules eran
inolvidables.
—¿A cuántos hermanos Grier conoces, Jones? —le preguntó Joe.
—Tu hermano Cash estuvo trabajando aquí, en la oficina del
fiscal. Era mucho más informal que tú.
—Hombre, no critiques a su hermano —le dijo el forense.
—No, me refiero a su aspecto. Llevaba el pelo recogido en
una coleta, y tenía un pendiente.
—Ni muerto me pongo un pendiente —comentó Joe.
Cuando Márquez tosió un poco para disimular una risita,
Alice lo miró y le dijo:
—¿Tú llevas pendiente, sargento Márquez? Quedaría muy bien
con tu pelo. Algo que cuelgue, y que no te moleste…
—Como no te calles, vas a acabar con un pendiente cerrándote
los labios —le dijo el forense con tono firme—. ¿Empezamos?
Cuando apartó la sábana que cubría el cuerpo de la niña, Joe
tuvo que apretar los dientes para contener una imprecación. Se dio cuenta de
que todos compartían sus sentimientos, ya que no quedaba ni rastro de diversión
en el ambiente. Aquello era muy serio.
El forense encendió el micrófono y empezó a describir a la
pequeña; después de comentar su altura, su peso y su edad, procedió a enumerar
con precisión las heridas, y el daño que había causado cada una de ellas.
Mientras trabajaba, Jones fue fotografiando el cuerpo en cada una de las etapas
de la autopsia, después de llevar la sábana y la bolsa que habían cubierto el
cuerpo al laboratorio de criminalística.
Después de que ella fotografiara el rostro de la pequeña, el
forense lo cubrió con un trapo y comentó:
—Así es más fácil —había hecho tantas autopsias, que casi
nunca le afectaban, pero como tenía una hija de la edad de la víctima, aquel
caso le resultaba muy duro.
Cuando hizo la incisión inicial con forma de «Y», Jones le
dio unas tijeras para que cortara la caja torácica y pudiera acceder al
interior. El daño que había causado el cuchillo del agresor era patente. Los
órganos internos de la niña estaban destrozados, desde sus pulmones hasta el
hígado y los intestinos. Los cortes se habían hecho con fuerza, como si el
atacante hubiera estado furioso.
—¿La apuñaló antes de matarla, o después? —le preguntó Joe
al forense.
—Antes. A juzgar por el sangrado, está claro que la torturó.
Si las heridas se las hubieran causado estando muerta, no habrían sangrado. El
corazón deja de bombear sangre en el momento de la muerte.
—Tendrías que ver más la televisión, Grier —comentó Jones—.
Todas estas cosas salen en las series de medicina forense.
—Ni me hables de eso —le dijo Peters con indignación—. El
instrumental y el equipamiento que usan en esas series vale millones de
dólares, y mira lo que tengo que usar yo —indicó con un gesto las camillas
envejecidas, el fregadero viejo, y un microscopio que parecía sujeto con
esparadrapo—. Daría cualquier cosa por tener uno de esos ordenadores…
—Al menos te dieron una investigadora excepcional —dijo
Jones—. Además, soy mucho más atractiva que la actriz que hace de asistente del
médico forense…
—Cállate mientras aún tienes un empleo —rezongó Peters.
CataloJoe las muestras, y colocaron tejido de debajo de las
uñas en una bolsa de pruebas, y exudado de la zona genital en otra.
—Con un poco de suerte, lo atraparemos gracias al ADN —dijo
Joe con rigidez.
—Sólo si está en la base de datos —comentó Márquez.
—Es increíble la cantidad de delincuentes sexuales que no
están registrados en ninguna base de datos. Lo que se denuncia sólo es la punta
del iceberg —apostilló el forense.
—Sí, es verdad —dijo Márquez.
Cuando terminaron por fin, el forense preparó el cuerpo para
que fueran a recogerlo los de la funeraria, y comentó:
—Pobrecita, y pobres padres. Espero que el de la funeraria
sepa hacer bien su trabajo. Llevaré las muestras al laboratorio, ¿o queréis
encargaros vosotros? —les dijo él.
—No, hazlo tú. Márquez recogerá los viales con exudados
cuando acabéis con ellos, y los guardará en su comisaría.
—Sí, tendremos mucho cuidado con todo —dijo Márquez.
—Aseguraos de que todo el mundo firme antes de tener acceso
a las pruebas.
—Por eso no te preocupes. Si atrapamos al malnacido que hizo
esto, no quiero que se nos escape por un problema con la cadena de pruebas —le
contestó Márquez.
—¿Cuándo sabrás algo respecto al ADN? —le preguntó Joe al
forense.
—Pedidle a Jones que hable con los del laboratorio para que
se den prisa, tiene mucha influencia.
—Porque los soborno —apostilló ella—. Al técnico jefe le
encantan los profiteroles que hago… como antes trabajábamos juntos, conozco sus
debilidades.
Todos se sintieron aliviados al reír un poco, ya que les
ayudó a aliviar la tensión que habían sentido durante la autopsia. El humor les
ayudaba a soportar los horrores que veían a diario, evitaba que cedieran ante
el dolor. Eran los defensores de las víctimas, y tenían que cumplir con su
trabajo.
—Mañana tendré el informe redactado, llamad para confirmar
que está listo —les dijo Peters—. Pero a juzgar por lo que he visto, la niña
murió asfixiada. Las heridas que le hizo el cuchillo habrían acabado matándola,
pero no fueron la causa principal de la muerte.
—¿Estás seguro de que la asfixiaron? —le preguntó Márquez.
El forense apartó el trapo con el que había cubierto el
rostro de la niña, y le levantó un párpado. El ojo era azul. Probablemente
había tenido un tono azul suave, lleno de esperanza…
—¿Veis estas pequeñas hemorragias? —Peters les indicó los
pequeños puntos rojos que había en el blanco del ojo. Había más en la piel del
rostro—. Son capilares que se han roto por una presión súbita en el cuello. Se
trata de hemorragias petequiales, y son uno de los signos que indican que ha
habido estrangulación. Por la cantidad de tejido que encontré debajo de las
uñas, creo que la niña luchó por su vida, así que el atacante tendrá las manos
llenas de arañazos.
Márquez asintió, aunque sabía que era poco probable que
encontraran al tipo antes de que los arañazos se curaran.
—Nosotros usamos técnicas parecidas para reducir a
individuos peligrosos, el agarre del brazo o de la carótida —comentó.
—Sí, ya lo sé —dijo el forense—. Presionáis sobre la
carótida, para que pierdan la consciencia. De vez en cuando me llega alguna
víctima de esa técnica, suelen ser menores que la practican sin supervisión. Si
no se hace bien, puede ser mortal.
—No me lo recuerdes —Márquez soltó un suspiro, y comentó—:
lo intentamos todo para intentar reducir a los criminales, pero a veces no hay
manera, y corremos peligro.
—Espero que encontréis al que asesinó a esta niña —les dijo
Peters.
—Tenemos que hacerlo, porque volverá a intentarlo —le
contestó Joe.
Demi insistió en
volver a casa a la mañana siguiente, porque tenía el tobillo mucho mejor
gracias a Joe y apenas cojeaba. Si no trabajaba, no podría pagar los recibos,
pero no hizo ningún comentario al respecto porque sabía que él no entendía esa
clase de pobreza. Por lo que había oído sobre su hermano Cash, sabía que la
familia era muy adinerada.
Joe se sintió aliviado cuando ella le pidió que la llevara a
su casa, porque ya había empezado a arrepentirse de lo que había hecho. Se
había pasado la noche sin dormir, pensando en lo dulce que era besarla, y
estaba muy irritable. No quería correr el riesgo de involucrarse con ella.
demi se sintió extrañamente decepcionada al ver que él
accedía encantado a que se fuera. Supuso que quizá habría besado a cualquier
otra que hubiera tenido a mano, o que a lo mejor sentía pena por ella por lo
que había adivinado de su pasado, y estaba intentando ayudarla a que se
acostumbrara a estar cerca de un hombre.
Estaba muy confundida, así que se metió en el coche sin
decir palabra y se limitó a mirar por la ventanilla en silencio durante todo el
trayecto.
—No persigas a más coyotes —le dijo él, cuando la dejó
delante de su casa.
—¿Es que eres un defensor de la vida salvaje? No les haré
daño si no se acercan a mi gato —le contestó ella con indignación.
Joe no pudo evitar echarse a reír.
—Si nos necesitas, llámanos.
—Lo mismo te digo —le dijo ella, con una sonrisa.
Joe se sintió irritado al sentir una oleada de calidez en su
interior, y masculló:
—Ni lo sueñes —sin más, alzó una mano en señal de despedida
y se marchó de allí.
Demi se sintió
entristecida al ver cómo se alejaba. Joe no tendría que haberla tocado nunca,
porque las cosas jamás volverían a ser como antes.
Él estaba pensando lo mismo, y por eso llamó por teléfono a
Jaqui Jones, la sobrina de la señora Tabor, y le dijo que iría a la fiesta.
Tal y como Cash había predicho, las familias de más solera
del pueblo no aparecieron por la fiesta, y sólo asistió gente que no era de la
zona. Joe se sintió fuera de lugar, pero se sintió especialmente incómodo con
Jaqui, que no dejaba de restregarse contra él a la más mínima oportunidad
jadeando casi de deseo. A él no le gustaban las muestras públicas de afecto, y
su expresión lo dejó patente.
—Eres un hombre extraño —comentó ella, cuando estaban junto
al bufé—. ¿No me encuentras atractiva?
—Sabes que eres muy guapa —Joe esbozó una sonrisa, y añadió—:
pero tengo un trabajo conservador, y las invitaciones descaradas me ponen
nervioso.
Jaqui enarcó una ceja, y dijo con voz sensual:
—Yo creía que eras un espíritu libre y poco convencional.
—Las apariencias engañan —Joe alzó su copa para brindar con
ella.
—No te subestimes… y no creas que voy a darme por vencida,
al final siempre consigo lo que quiero.
—¿En serio? —él sonrió de nuevo, y le dijo—: ¿por qué no me
presentas a tu tía?
Joe se marchó temprano de la fiesta, a pesar de las
protestas de Jaqui.
—Mañana es sábado. No tienes que trabajar, ¿no? —le dijo
ella con irritación.
—Tengo que aprovechar los fines de semana para ponerme al
día en el rancho —Joe no añadió que en su trabajo tenía que estar disponible
los siete días de la semana. Se ocupaba del rancho cuando tenía tiempo, y su
capataz se encargaba del día a día.
—Bueno, mientras no pienses ponerte al día con tu vecina… es
una mujer muy vulgar, pero me he enterado de que ha estado en tu casa.
—Su abuela ha muerto, y está pasándolo mal —le contestó él
con rigidez.
—Es una perdedora, como la mayoría de la gente de por aquí.
La compasión ha acabado con más de un hombre, no te dejes manipular —se le
acercó hasta rozarlo cuando salieron al porche principal. Le rodeó el cuello
con los brazos, hizo que bajara la cabeza, y lo besó de lleno en la boca.
Joe sintió una ligera excitación, pero no fue lo bastante
intensa para que aceptara su invitación descarada. Se apartó de inmediato, y le
dijo:
—Te llamaré.
—Si no lo haces, iré a buscarte. Buenas noches.
—Buenas noches.
Mientras se metía en su coche, Joe se dio cuenta de que la
respuesta tímida de demi le resultaba
mucho más excitante que la agresión ardiente de aquella gata salvaje. Sintió un
poco de pena por la tía de Jaqui, que era una mujer dulce, amable y tímida que
parecía ansiosa por agradar a los demás. Estaba claro que el comportamiento
escandaloso de su sobrina le había costado algunas amistades, porque ninguna de
las familias ricas de la zona había asistido a la fiesta. Era un desaire patente,
aunque a Jaqui no parecía haberle afectado; en todo caso, a él no le importaban
los asuntos ajenos.
El sábado por la tarde, mientras ponía al día varios
archivos, la señorita Turner irrumpió en su despacho de repente y le dijo:
—Voy a estar fuera un par de días. Mi padre vive en Austin,
y le ha dado un ataque al corazón. Está en el hospital, tengo que ir a verlo.
—Por supuesto. Llévese el Expedition.
—¿Está seguro?
—Claro que sí, ya sabe dónde está la llave. ¿Necesita que le
adelante algo de dinero?
—No, pero gracias.
—¿Puedo ayudarla en algo?
—No, gracias. Volveré en cuanto pueda.
—Llámeme si necesita cualquier cosa —le dijo él con firmeza.
—No va a tener a nadie que le cocine…
—Ya me las arreglaré. Venga, váyase ya. Conduzca con
cuidado.
—De acuerdo —le dijo ella, con una sonrisa trémula.
—Llámeme cuando llegue, para contarme cómo va todo.
Al ama de llaves la conmovió que se mostrara tan
considerado.
—Cuente con ello, señor Joe.
Joe se acostó bastante tarde, y a la mañana siguiente le
costó un poco despertarse. La ausencia de la señorita Turner hizo que la casa
le pareciera más vacía que de costumbre. Encontró un mensaje suyo en el
contestador, en el que le decía que había llegado bien a Austin y que su padre
se mantenía estable.
Preparó unas tostadas y café, y se sentó a desayunar. Se
sentía un poco culpable por no haber llamado a demi para preguntarle cómo
estaba, seguro que se sentía herida porque después de dejarla en su casa no se
había molestado en ir a ver cómo tenía el tobillo.
El sentimiento de culpa lo irritó, porque no le debía nada a
aquella mujer; sin embargo, pasó junto a su casa de camino a San Antonio, y le
pareció extraño que su viejo coche no estuviera allí, porque sólo eran las seis
de la mañana. Se preguntó dónde estaba, pero como no vio nada raro en el
exterior de la casa, siguió sin detenerse y no pensó más en el tema.
Demi no vio a Wilbur
al llegar a casa, y no tardó en descubrir por qué. Una de las ventanas estaba
entreabierta, y era obvio que se había escapado por allí
mientras ella estaba en casa de Joe. No había tenido tiempo
de buscarlo la mañana en que había regresado a casa, porque había tenido que ir
a trabajar a la floristería.
El sábado tuvieron mucho trabajo, y cuando regresó a casa
después de pasarse casi todo el día preparando arreglos florales sentada,
agarró el bastón que le había dejado la señorita Turner y salió a buscar al
animal. Lo encontró muerto; al parecer, el coyote había logrado atraparlo. Le
gritó a la alimaña, estuviera donde estuviese, que le ajustaría las cuentas
tarde o temprano, y se echó a llorar mientras se imaginaba cómo habían sido los
últimos momentos del gato. Intentó controlarse, porque sabía de primera mano lo
inútil que era llorar. Las lágrimas no iban a devolverle a Wilbur.
Después de cubrirlo con una vieja funda de almohada y de
envolverlo en una sábana raída, lo metió en una caja y lo llevó al veterinario,
donde había servicio de entierro de animales y ofrecían la posibilidad de
incinerar a las mascotas muertas. Cuando le dieron a elegir entre varias urnas,
optó por una sencilla que no era demasiado cara. Le aseguraron que le enviarían
las cenizas en breve, y pagó con resignación los gastos. Iba a tener que hacer
horas extra, porque apenas le quedaba dinero.
El domingo fue a trabajar unas horas por la mañana a la
floristería, y allí se enteró de que Joe había ido a la fiesta de Jaqui Jones.
Le dolió que se hubiera olvidado de ella sin más después de estar con la
exuberante morena. Al mirarse al espejo, se sintió desmoralizada ante su falta
de atractivo. El único vestido pasable que tenía era el negro que había llevado
al funeral, y que había pertenecido a su abuela. Sólo tenía vaqueros,
sudaderas, y camisetas, casi nunca se maquillaba, y solía llevar el pelo
recogido en una coleta.
Se lo soltó de forma impulsiva, y después de cepillárselo,
se miró de nuevo en el espejo y se sorprendió de lo distinta que parecía con su
melena rubia enmarcándole el rostro. Se pintó los labios con un tono malva
suave, y cambió la sudadera por una camiseta negra de manga larga que tenía
unas letras japonesas estampadas.
Tenía una buena figura, pero no era demasiado guapa. Tenía
la boca demasiado grande, los pómulos demasiado elevados, y su nariz era un
poco irregular. Deseó ser más atractiva. Era la primera vez en su vida que le
habría gustado ser guapa para atraer a un hombre, pero a él le gustaba la Mata
Hari del pueblo.
Dejó a un lado el peine, y salió al porche. Aún no había
acabado de podar las rosas, y se estaba muy bien al sol.
Al poco de empezar a podar, oyó que un vehículo se acercaba,
y se asombró al ver que se trataba de Joe. Se levantó con las tijeras en las
manos, y esperó mientras bajaba del coche y se acercaba.
Él se detuvo de golpe, y sus ojos adquirieron un brillo
extraño mientras recorrían su rostro y sus hombros y descendían por su cuerpo.
Demi abrió la boca
para preguntarle qué le pasaba, pero antes de que pudiera articular palabra, él
la abrazó y empezó a besarla apasionadamente.

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