Capitulo 4 :
Solía usar el todoterreno para
desplazarse por el rancho, y tanto el capataz como los vaqueros tenían sus
propios medios de transporte. Pensaba hacer que uno de sus mecánicos le echara
un vistazo al coche de demi, pero prefirió no decírselo porque no quería
responsabilizarse de ella más tiempo del necesario.
No le importaba ayudarla si el trato
personal se limitaba al mínimo posible, aunque le daba un poco de pena porque
parecía ser una especie de inadaptada; en todo caso, era obvio que no estaba
demasiado interesada en él, porque se mantenía lo más alejada posible y no
intentaba atraer su atención. Se había dado cuenta de que se había puesto tensa
cuando Coltrain había estado a punto de ponerle una mano en el hombro, pero a
pesar de que aquel detalle le parecía curioso, estaba demasiado cansado para
darle vueltas al asunto. Cuanto antes la dejara en su casa, antes podría
dormir.
En cuanto lleJoe a su rancho, la
señorita Turner salió con una pequeña maleta y su bolso, y se metió en el
asiento trasero del coche.
—He cerrado la puerta, señor Grier.
Tiene la llave, ¿verdad?
—Por supuesto.
—¿Estás bien, demi? ¿Cómo está tu
abuela?
—Bastante mal, señorita Turner —le
contestó ella, con voz somnolienta—. El doctor Coltrain cree que ha tenido un ataque
al corazón, y no me ha dado demasiadas esperanzas.
—No te preocupes. Es el mejor médico
de la zona, y hará todo lo que pueda.
—Sí, ya lo sé. Gracias por venir a
hacerme compañía, la casa es grande.
—Sí, es verdad.
Cuando llegaron a la vieja casa
victoriana, Joe se dio cuenta de que necesitaba una buena capa de pintura; al
parecer, sus vecinas no podían costearse el mantenimiento de la casa. Era una
pena, porque era una vivienda preciosa.
—Gracias por tu ayuda, y por dejar
que la señorita Turner se quede conmigo —le dijo demi, con obvia reticencia.
Joe se sorprendió al darse cuenta de
que aquella mujer tenía una vena independiente y testaruda, y la opinión que
tenía de ella cambió un poco.
—Cierre la puerta con llave —le dijo
a la señorita Turner, cuando demi y ella se bajaron del coche y fueron hacia la
casa.
—Por supuesto. Iré a prepararle el
desayuno en cuanto me traigan el Expedition —le contestó el ama de llaves.
—De acuerdo. Buenas noches.
Joe se alejó de allí sin más. Empezó
a planear el trabajo que tenía que hacer al día siguiente, y no volvió a pensar
en demi.
Al día siguiente, después de
descansar, se sintió mal por la forma en que la había tratado la noche
anterior. Recordó cómo se había sentido él tras la muerte de su madre, y sobre
todo cuando había muerto la mujer a la que amaba. En aquel entonces, no tenía a
nadie que le ayudara a superar el dolor y la depresión, porque su familia vivía
en Texas y él en Georgia, ya que trabajaba en Atlanta. Tendría que haberse
acordado de lo solo que se había sentido, había sido muy desconsiderado con demi.
De modo que se levantó más temprano
que de costumbre, preparó galletas, tocino frito y huevos revueltos para
desayunar, y llamó a casa de las Collier; al acordarse de que el teléfono no
funcionaba, fue a por el coche y puso rumbo a casa de su vecina.
Tanto demi como la señorita Turner
estaban levantadas. Demi llevaba de nuevo unos vaqueros y una sudadera ancha, y
tenía el pelo recogido en un moño. Las dos parecieron sorprenderse al verlo,
así que les dijo sin preámbulos:
—Vamos, he preparado el desayuno.
—No hacía falta…—empezó a decirle demi.
Joe alargó la mano para tomarla del
brazo y llevarla hasta el coche, pero ella se apresuró a retroceder y lo miró
con los ojos como platos.
—Sólo es un desayuno, no estoy
declarándome —le espetó él con sarcasmo.
—Vaya, gracias a Dios que me he
salvado —al ver que sus palabras lo habían tomado por sorpresa, añadió—: a lo
mejor no tendría que haberlo dicho hasta después de desayunar, ¿no?
El rostro de Joe permaneció
imperturbable, pero sus ojos oscuros brillaron con humor. Hizo un sonido
gutural ininteligible, evitó la mirada llena de diversión de la señorita
Turner, y fue hacia el coche.
Demi intentó mostrarse relajada
mientras comía, pero seguía sintiéndose un poco incómoda junto a su corpulento
y taciturno vecino. Nunca había conocido a nadie parecido. Si tenía el más
mínimo sentido del humor, debía de tenerlo muy bien escondido.
—Todo estaba buenísimo, Joe —le
dijo, al terminar de desayunar—. ¿Puedo llamar al hospital desde tu teléfono?
—Claro. Hay uno en el vestíbulo.
Ella se levantó, se limpió la boca
con una servilleta, y fue a llamar.
—¿Cómo la ve? —le preguntó Joe a su
ama de llaves.
—Va a ser un golpe muy duro para
ella. La señora Collier es una madre sustituta de pesadilla, pero demi lleva
tanto tiempo viviendo con ella, que me parece que se limita a pasar por alto lo
mal que la trata.
—Por lo que vi, su abuela no la
soporta.
—Es incluso peor de lo que parece.
La señora Collier no la ayudó cuando demi la necesitaba más que nunca, y me
parece que la trata tan mal porque se siente culpable.
—¿Qué pasó? —le preguntó él con
curiosidad.
—No soy quién para hablar de los
asuntos de demi.
Joe se limitó a apurar su taza de
café; al parecer, los secretos eran una parte intrínseca de la vida en una
población pequeña.
Demi volvió al cabo de un momento, y
mientras se sentaba de nuevo comentó con abatimiento:
—Está en la UCI. El doctor no me lo
dijo anoche.
—Seguro que tenía sus razones. ¿Vas
a ir a trabajar?
—Tengo que hacerlo. Con la pensión
de la abuela apenas nos alcanza para llegar a fin de mes, tengo que ganar todo
lo que pueda.
—¿No quieres ir a la universidad, ni
aprender un oficio? —le preguntó Joe.
—¿Cómo iba a costeármelo, aunque no
tuviera que cuidar de mi abuela? Está inválida desde que me gradué en el
instituto, soy todo lo que tiene —demi frunció el ceño, y añadió—: para ser un
hombre que quiere que nadie se meta en sus asuntos, pasas bastante tiempo
metiendo las narices en las vidas ajenas.
—Oye, te he prestado a mi ama de
llaves…
—A la señorita Turner no se la
presta, ella es una persona que tiene corazón.
Joe la fulminó con la mirada, y le
contestó indignado:
—Y yo también.
—Pues debes de tenerlo bien
guardado, para que no se te gaste —demi se levantó antes de añadir—: gracias
por el desayuno. No eres una persona demasiado agradable, pero al menos cocinas
bien.
—Qué suerte que tengo.
—Si tú eres desagradable, yo
también. Si algún día logras mostrar algo de amabilidad, puede que incluso
llegue a sonreírte.
La señorita Turner estaba luchando
por contener una sonrisa. A pesar del extraño comportamiento de su jefe, le
gustaba su trabajo.
—No creo que eso llegue a pasar —Joe
se volvió hacia su ama de llaves, y le dijo—: tengo que irme, me esperan un
montón de reuniones. Las llaves del Expedition están colgadas detrás de la
puerta, úselo tanto como quiera —tras una ligera vacilación, añadió—: intente
no atropellar a demi a menos que sea necesario. Es tan punzante, que seguro que
pincha una rueda.
—No me extraña que no estés casado,
pero gracias por dejarme usar tu coche. Haré que me arreglen el mío cuanto
antes —le dijo demi.
—No creo que encuentres a ningún
mecánico que trabaje gratis.
Ella lo fulminó con la mirada. Sus
ojos chispeaban cuando estaba enfadada, y sus mejillas adquirían un precioso
rubor.
—Jerry, el chico que trabaja en la
gasolinera, me cambiará una puesta a punto por huevos y pasteles.
—¿Hacéis trueques?, ¿en qué siglo
vivís? —le preguntó él, atónito.
—En uno mejor que el tuyo, te lo
aseguro. Por aquí no somos números en los archivos de registros, sino personas.
—Me extraña que no seas un número en
el archivo de algún manicomio —masculló él en voz baja.
—Podemos irnos en cuanto quieras, demi
—se apresuró a decir la señorita Turner, al darse cuenta de que estaba a punto
de producirse una explosión.
—Estoy lista, señorita Turner.
—¿Vas a trabajar con esa pinta? —le
preguntó Joe.
Demi examinó los vaqueros impecables y la sudadera
de un blanco inmaculado que se había puesto, y le preguntó:
—¿Qué quieres que me ponga para
trabajar en una floristería, un traje de noche?
—Las mujeres de mi despacho llevan
traje chaqueta, y se maquillan.
—Claro, porque creen que estás
disponible y quieren impresionarte. Mi jefa se viste igual que yo.
—A cada cual lo suyo. Señorita
Turner, llegaré bastante tarde. Déjeme cualquier cosa para comer en la nevera.
—De acuerdo.
Al llegar a la puerta, Joe se volvió
y miró a demi con expresión seria.
—Espero que tu abuela mejore.
—Gracias.
Demi sintió una extraña sensación en
la boca del estómago. Esperaba no tener que tener demasiado contacto con su
taciturno vecino, y que su abuela mejorara lo antes posible.
Cuando llegó a la floristería, Judy
le dio todo su apoyo y se mostró de lo más compasiva; de hecho, incluso le dijo
que se fuera a hacerle compañía a su abuela y que le pagaría las horas de todas
formas.
—Gracias, pero al doctor Coltrain no
le haría ninguna gracia —le dijo demi, mientras preparaba una corona para un
funeral—. No quiere que me pase el día pululando cerca de la UCI, sólo puedo
entrar durante unos minutos tres veces al día. Judy, tengo miedo. Mi abuela
está muy mal.
—Hace mucho tiempo que es tu única
familia, pero hay todo un mundo que aún no has visto. Tienes que pensar en
salir adelante, en tu futuro.
—No sé lo que haría si… en fin, mi
primo Bob podría venir a visitarme, pero está bastante mal y una enfermera lo
cuida día y noche. Me quedaría completamente sola en Jacobsville.
Judy le dio unas palmaditas en la
mano, y le dijo con una sonrisa:
—Nunca estarás sola aquí, sabes que
todos nosotros somos tu familia.
demi consiguió esbozar una sonrisa
llorosa, y susurró:
—Gracias.
—Conseguirás salir adelante, todos
te cuidaremos. Aunque la verdad es que ya no lo necesitas, porque con el paso
de los años has llegado a ser muy independiente. Estoy orgullosa de ti, eres
todo un ejemplo.
—¿Quién, yo?
—Sí. No todo el mundo habría
conseguido superar tan bien lo que te pasó, demi. Eres una mujer con agallas.
A demi no le gustaba hablar del
pasado, así que se acercó unas cuantas rosas rojas más y desvió la conversación
hacia las nuevas tarifas del agua. Estuvieron hablando del tema durante una
hora.
Cuando demi se fue del hospital
después de que anocheciera, su abuela aún estaba en coma. La señorita Turner
había ido a buscarla con el Expedition, y había insistido en que regresara a
casa.
—No puedes pasarte el día entero
esperando en el hospital y trabajando. Además, el teléfono ya está arreglado
—se volvió hacia la enfermera que estaba cubriendo el turno de noche, y le
dijo—: Jolie, la llamarás si hay cualquier novedad, ¿verdad?
—Claro que sí —le dijo la mujer, con
una sonrisa tranquilizadora.
—De acuerdo, me iré a casa. Gracias,
Jolie.
Después de despedirse de la
enfermera, demi y la señorita Turner salieron y fueron a por el Expedition.
A pesar de que había llegado a casa
un poco más tarde de lo habitual, Joe había salido a ayudar a los vaqueros con
algunas vacas que iban a parir por primera vez. Finales de febrero era el
momento perfecto para la llegada de las nuevas reses, ya que la hierba empezaba
a brotar de nuevo. Sus reses eran preciosas, y como las criaba para la
producción de carne, quería potenciar algunos rasgos específicos. Era una
suerte que los Jacob, los anteriores propietarios del rancho, hubieran criado
caballos, porque el establo estaba muy bien cuidado y las cercas que habían
construido estaban como nuevas. De modo que sólo había tenido que poner cables
eléctricos alrededor de los pastos para que los animales no se escaparan.
Salió al porche justo cuando llegaba
la señorita Turner, y en cuanto ella se le acercó, le preguntó:
—¿Cómo está la señora Collier?
—No ha habido ningún cambio. Demi está aguantando bien, pero me parece que se
derrumbará si su abuela muere. No está acostumbrada a vivir sola.
—No me diga que le tiene miedo a la
oscuridad —le dijo él, con una carcajada.
Ella lo miró muy seria, y le dijo:
—Si la señora Collier muere, tendré
que encontrar a alguien que pueda quedarse con demi durante una temporada, hasta que se acostumbre
a estar sola. Aunque a lo mejor prefiere irse a pasar unos días con su primo de
Victoria.
—Habrá que ir viendo cómo van las
cosas, no hay que adelantar acontecimientos.
—Sí, tiene razón —tras vacilar por
un segundo, el ama de llaves comentó—: el coche de demi no está en su casa.
—Sí, le pedí a Brady que lo trajera
para repararlo. He estado a punto de mandarlo al desguace, pero supongo que
aguantará un par de kilómetros más…
El teléfono empezó a sonar, y Joe
contestó antes de que la señorita Turner pudiera hacerlo.
—Grier.
—¡Me has robado el coche! —le dijo demi
Carver, hecha una furia.

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