Capitulo 5
—Oye, yo no robo coches, trabajo para el FBI —le contestó él con indignación.
—No te habrían contratado si hubieran sabido lo que hacías. ¿Dónde está mi coche? No me digas que no lo sabes, porque el cartero vio a uno de tus vaqueros llevándoselo esta mañana, después de que me fuera a trabajar.
—Ese trasto es una trampa mortal, le he pedido a uno de mis mecánicos que lo revise. Así podrás volver a conducir tu propio coche.
Ella permaneció en silencio durante unos segundos, y finalmente contestó:
—Ya.
Joe se mordió la lengua para no decir una barbaridad.
—No he querido decir que me importe que la señorita Turner y tú uséis el Expedition, ¡deja de poner palabras en mi boca!
—¡No he dicho nada!
—¡Pero estabas pensándolo!
—Teniendo en cuenta a qué te dedicas, debe de resultarte muy útil poder leerle el pensamiento a la gente —le dijo ella con excesiva dulzura. Al cabo de un segundo, añadió—: perdona, se me ha escapado. Finge que no lo has oído.
—Hay un refrán sobre morder la mano que te da de comer…
—Ni se me ocurriría morderte la tuya, ¡quién sabe dónde habrá estado! —antes de que Joe pudiera reaccionar, le dio las gracias por ayudarle con el coche, y se apresuró a colgar.
Él colgó el teléfono con brusquedad, y masculló una imprecación en voz baja.
La señorita Turner se quedó atónita, porque nunca había visto a su taciturno jefe tan alterado. Mientras se dirigía hacia la cocina, se dijo que así al menos el hombre parecía un poco más vivaracho que de costumbre, y se preguntó qué le había dicho demi para que reaccionara de ese modo.
Al día siguiente, demi empezó a sentirse un poco culpable. Su vecino se había llevado el coche para repararlo, y seguro que no le cobraba nada. Tenía que dejar de hacerle pagar a él su propia frustración, el hecho de que estuviera tan preocupada por la abuela no le daba derecho a tomarla con los demás, aunque aquel hombre no parecía demasiado vulnerable.
Ese día no iba a trabajar, y pensaba dedicarlo por completo al pequeño proyecto que consumía tanto gran parte de su tiempo libre como el poco dinero que podía permitirse.
En cuanto hizo una pausa, fue a la cocina. La señorita Turner había comentado que a Joe le gustaba el pastel de manzana, y los suyos eran famosos.
Cuando el capataz de Joe, Clay Davis, fue a llevarle el coche aquella tarde, salió a darle las gracias con el pastel en una cesta. Clay se dirigía ya hacia una furgoneta conducida por uno de sus hombres, pero al verla se detuvo con una sonrisa y se quitó el sombrero en señal de respeto.
—Hola, señorita demi.
—Hola, Clay. ¿Podrías llevarle este pastel a tu jefe de mi parte?
—¿Le ha echado cicuta, o belladona? —al ver que lo miraba desconcertada, comentó—: hemos oído que los dos no se llevan demasiado bien.
—Es un simple pastel de manzana. Me siento un poco culpable por haber sido un poco grosera con él, y es una especie de ofrenda de paz.
—Se lo diré —le dijo él, mientras tomaba la cesta.
—Gracias por arreglarme el coche —le dijo ella, con una sonrisa.
—La llave está dentro. Tiene que tener controlado el indicador del nivel de aceite. Hemos arreglado el escape, pero es mejor que siempre se asegure de que tiene aceite antes de ir a algún lado. Avísenos si nota que vuelve a perder, y se lo arreglaremos.
—Muchas gracias, Clay.
—Los vecinos tienen que ayudarse.
—Sí, pero no creo que yo pueda hacer gran cosa por tu jefe, porque ya tiene toda la ayuda que necesita.
—Le gustan los dulces, pero a la señorita Turner no se le dan demasiado bien los pasteles. No le comente que se lo he dicho, es una cocinera estupenda.
—Sí, pero no suele hacer dulces. A mí se me da fatal el pollo frito.
—Cada cual tiene sus puntos fuertes.
—Gracias de nuevo.
—De nada —Clay se metió en la furgoneta, y se fue con el pastel.
Esa noche, demi fue al hospital en su coche, y permaneció sentada hasta muy tarde en la sala de espera que había junto a la UCI. Coltrain la encontró allí mientras hacía su última ronda, y le dijo con severidad:
—demi, no puedes pasarte aquí toda la noche y trabajar durante el día.
—Si fuera su abuela, usted haría lo mismo —le contestó ella, con una sonrisa.
—Sí, pero tengo mejor salud que tú…
—No empiece con eso. Me cuido mucho, y tengo un gran médico.
—Las zalamerías no funcionan conmigo, pregúntaselo a mi mujer.
—Bueno, al menos lo he intentado —lo miró con expresión seria, y añadió—: la enfermera me ha dicho que no ha habido ningún cambio.
Él se sentó a su lado y suspiró con cansancio.
—demi, eres consciente de que el tejido del corazón no se regenera, ¿verdad?
—A veces ocurren milagros —insistió ella con testarudez.
—Sí, ya lo sé. Yo mismo he visto alguno. Pero en este caso, la situación es muy difícil, y vas a tener que empezar a aceptar que es probable que tu abuela no vuelva a casa.
demi sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, y apretó las manos con fuerza sobre su regazo.
—Es todo lo que tengo, Copper.
Él se mordió la lengua para no decir lo que pensaba de la anciana, y al final contestó con voz cortante:
—No la santifiques.
—Lamentó lo que pasó. Estoy convencida de que no se emborrachó a propósito aquella noche, pero le dolió mucho que mamá se fuera sin decir palabra y me dejara a su cargo.
—¿Eso te lo dijo ella?
—Supongo que nunca fue una mujer demasiado maternal. No le gustaban los niños, y yo le daba muchos problemas.
—demi, tú nunca le has dado problemas a nadie. Siempre has sido quien se ha ocupado de las tareas domésticas de tu casa, tu abuela se limitaba a ver los culebrones de la tele y a beber ginebra mientras tú te encargabas de todo. Su corazón está tan mal por culpa de la bebida.
—Al menos, estaba conmigo —le dijo ella con voz ronca—. Mi padre no quería tener hijos, así que cuando yo nací, se largó con una mujer sin pensárselo dos veces. Mi madre me odiaba porque mi padre se había ido por mi culpa, y acabó yéndose también porque ningún hombre quería cargar con la hija de otro.
—Te parecías mucho a tu padre —comentó el médico.
—Sí, y mi madre también me odiaba por eso —demi bajó la mirada hacia sus manos—. Creía que yo no le importaba nada, así que lo que hizo me tomó por sorpresa.
—Supongo que se sentía culpable. Le importaba mucho el apellido familiar, igual que a tu abuela, así que seguro que creyó que lo que pasó saldría en todos los periódicos. Y habría sido así, si tu abuela no le hubiera pedido a Chet Blake que enterrara el caso para que nadie se enterara de lo que había pasado exactamente. Pero para entonces ya era demasiado tarde para salvar a tu madre.
demi tragó con dificultad, y dijo con voz queda:
—Nunca lo atraparon.
—A lo mejor ya está muerto, o lo encarcelaron por otro crimen.
Ella lo miró, y comentó con voz seca:
—O a lo mejor le hizo lo mismo a otra niña.
—A tu abuela no le importaba eso, sólo quería silenciar el asunto.
—Supongo que Blake se sentía mal por lo que le había pasado a mi madre. Era un buen policía, seguro que habría investigado a fondo.
—Aquel criminal te dio por muerta, y Chet pensó que estarías más segura si no se enteraba de que habías sobrevivido. Ese tipo sabía que, si te dejaba viva, se exponía a que declararas en su contra en un juicio.
demi se estremeció al recordar lo sucedido, y se rodeó con los brazos.
—¿Cree que Blake guardó el archivo del caso?
—Seguro que sí, pero lo más probable es que lo escondiera bien. No creo que Cash Grier acabe descubriéndolo por casualidad, ¿es eso lo que te preocupa?
—Sí. Joe ha sido muy amable conmigo, aunque un poco a regañadientes. No quiero que se entere de lo que me pasó.
—No fue culpa tuya,demi —le dijo el doctor con voz suave y tierna, como si estuviera hablando con una niña.
Había sido él quien la había atendido cuando la policía la había llevado a Urgencias, porque era residente en aquella época.
—Hay quien dice que yo misma me lo busqué.
—¿Qué demonios…?
—Yo solía llevar pantalones cortos.
—Nunca jamás busques excusas para una alimaña como ésa, ¡ningún hombre normal sentiría deseo por una niña de doce años!
demi consiguió esbozar una sonrisa, y susurró:
—Es muy bueno conmigo, doctor.
—Ojalá fuera bueno para tu vida social. Nunca sales con nadie, demi. Tienes veinticuatro años, tendrías que haber ido a terapia para aprender a seguir adelante con tu vida. Tu abuela tiene la culpa de que no hayas ido, seguro que no quería que alguien relacionado con ella fuera al psicólogo.
—Está chapada a la antigua.
—Es un avestruz. Quería proteger el buen nombre de su familia fingiendo que no había pasado nada.
—Todo el mundo sabe lo que pasó.
—No, sólo de forma general.
—Pero de todas formas me protegen muchísimo —demi sintió una profunda calidez—. En Jacobsville, todos formamos una gran familia. Por ejemplo, mire lo que le pasó al viejo señor Jameson… estuvo en la cárcel por atracar un banco, pero pagó su deuda con la sociedad cumpliendo su pena, y cuando salió volvió aquí y todo el mundo lo ha aceptado de nuevo.
—Es una de las cosas que más me gustan de nuestra pequeña comunidad.
—¿Cree que alguien le contará a Joe…?
—Nadie chismorrea sobre ti, demi. Ni siquiera la señorita Turner.
—Bueno, aunque su hermano es el jefe de policía, es un recién llegado, así que supongo que nadie irá a hablarle de los trapos sucios.
—Tú no eres un trapo sucio —le dijo él con firmeza.
—Gracias, doctor —demi vaciló por un instante antes de preguntarle—: ¿puedo entrar a ver a mi abuela, aunque sea por un minuto?
—Bueno, pero sólo si me prometes que después te irás a casa.
demi estuvo a punto de negarse, pero tenía tantas ganas de ver a su abuela, que acabó cediendo.
—De acuerdo.
—Venga, vamos.
El doctor entró con ella en la UCI, y después de hablar brevemente con la enfermera, la llevó al cubículo de su abuela. demi tuvo que morderse la lengua para contener una exclamación al verla allí tumbada. Estaba tan pálida y quieta, que daba la impresión de que ya estaba muerta. Su respiración trabajosa le resultó aterradoramente familiar, ya que su abuelo había hecho el mismo sonido áspero el día de su muerte, cuando ella era muy pequeña.
Coltrain se colocó a su lado, y le dijo con suavidad:
—demi, recuerda que todos tendremos que pasar por este trance algún día. No es un final, sino un comienzo… como el capullo que da paso a la mariposa.
Ella lo miró con los ojos llorosos, y le dijo:
—Toda mi familia está muerta.
—Aún tienes un primo en Victoria, que te aprecia mucho.
Sí, aquello era cierto, aunque el primo en cuestión tenía casi ochenta años y estaba prácticamente inválido.
demi se acercó a la cama y alargó la mano poco a poco, con un gesto vacilante, hasta posarla en el hombro de su abuela.
—Te quiero, abuela —le dijo con suavidad—. Siento… haber sido una carga para ti… —se le quebró la voz, y empezó a llorar.
Su abuela hizo un ligero movimiento, como si la hubiera escuchado, pero no abrió los ojos. Volvió a quedarse quieta, y su respiración se volvió aún más trabajosa.
Consciente de lo que estaba pasando, Coltrain se llevó a demi de vuelta a la sala de espera.
—Lo siento —le dijo ella, mientras se sacaba un pañuelo del bolso y se secaba los ojos.
—No tienes por qué disculparte. ¡Maldita sea, no tendrías que estar aquí sola!
Cuando apenas había pronunciado aquellas palabras, se quedó atónito al ver que la puerta se abría y que Joe Grier entraba en la sala de espera. Había visto la frialdad con la que aquel hombre había tratado a demi cuando la había llevado al hospital, así que no esperaba verlo allí.
Joe se acercó a ellos, y le dijo a demi con sequedad:
—La señorita Turner me ha dicho que seguramente estarías aquí. He ido a darte las gracias por el pastel de manzana, y me he dado cuenta de que tu coche no estaba.
—¿Le has preparado un pastel de manzana? —el doctor Coltrain la miró sorprendido.
—Fui grosera con él, y me sentía culpable —le contestó demi, a la defensiva—. Hizo que alguien me arreglara el coche.
—Sí, y me acusó de habérselo robado —Joe enarcó una ceja, y añadió—: pero el pastel me ha compensado, está buenísimo.
—Me alegro de que te gustara —le dijo ella, con una sonrisa llorosa.
Joe le lanzó una mirada al médico antes de volverse de nuevo hacia ella.
—He pensado que sería mejor venir para seguirte con mi coche hasta tu casa, Clay me dijo que era posible que el tuyo volviera a perder aceite. Vives en un lugar bastante apartado.
A Coltrain le gustó la consideración de aquel forastero, pero permaneció impasible.
—Deja que te escolte hasta tu casa, y quédate allí. Aquí no puedes hacer nada, demi.
Ella respiró hondo, y finalmente cedió.
—Supongo que tiene razón —se volvió hacia Joe y le dijo—: voy al servicio, ahora mismo vuelvo.
—Aquí te espero.
Cuando ella se fue, Coltrain centró su atención en Joe, y le dijo sin andarse por las ramas:
—La señora Collier no va a durar más de un par de horas. Me parece que demi lo sabe, pero va a ser un golpe muy duro para ella.
—Me aseguraré de que no se quede sola. Cuando su abuela muera, puede quedarse una o dos semanas en mi rancho, hasta que se recupere un poco. La señorita Turner la tratará como si fuera su propia hija.
—Me extraña un poco tu actitud —le dijo Coltrain con cautela—. Hace poco, parecía que te molestaba hasta tener que llevar a demi en coche.
Joe apartó la mirada, y le dijo con sequedad:
—demi tiene buen corazón.
Coltrain vaciló por un momento antes de corregirle.
—Es una buena persona. Por cierto, has trabajado hasta bastante tarde, ¿verdad?
—Sí, estamos investigando el asesinato de una niña en el norte. Como estoy especializado en homicidios, me han asignado el caso —su expresión se volvió tensa—. He sido agente del orden durante la mayor parte de mi vida, y a estas alturas pocas cosas me alteran, pero este caso… el malnacido se la llevó por la ventana, y encontramos señales de violencia en el dormitorio de la pequeña. Ese hombre es un animal, tenemos que encontrarlo.
—¿Tenéis alguna pista?
—No, aún no. Pero soy un tipo persistente, y no pararé hasta que lo atrape.
—Me parece que en ese sentido te pareces mucho a tu hermano —comentó Coltrain con una sonrisa.
—Cuando Cash era ranger de Texas, siguió a un atracador de bancos hasta Alabama.
—Conociéndolo, no me extraña.
—Si alguien me hubiera dicho que acabaría echando raíces en un pueblo y con hijos, me habría reído a carcajadas. Desde que nació su hija a principios de este mes, se ha convertido en un devoto hombre de familia.
Antes de que Coltrain pudiera contestar, demi regresó del lavabo. Al verla tan decaída y desamparada, Joe sintió una punzada de compasión, ya que sabía de primera mano lo mucho que dolía perder a un ser querido.
—Venga, te sigo hasta tu casa —le dijo con voz suave.
Ella miró a Coltrain, y le dijo:
—¿Me llamará…?
—Sí, demi.
Los ojos de los dos hombres se encontraron, y sin necesidad de palabras, el médico le aseguró a Joe que también le llamaría a él.
demi detuvo el coche frente a su casa, y vaciló por un momento antes de salir al ver que Joe se paraba tras ella. Hacía mucho que no estaba a solas con un hombre de noche, porque no confiaba en ellos. Dio varios pasos hacia el porche, pero se detuvo y esperó a que él la alcanzara. Estaba segura de que debía de haber notado lo tensa que estaba.
—¿Quieres que le diga a la señorita Turner que venga a pasar la noche contigo? —le preguntó él.
—No, gracias —le contestó ella con rigidez.
Joe frunció el ceño. Se había mostrado relajada en el hospital, cuando estaban con Coltrain, pero cuando estaban a solas parecía escudarse tras una barrera de espinas. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que no se sentía cómoda con él, y se preguntó si se comportaba así con todos los hombres.
—Tienes nuestro número de teléfono, demi. Llama si necesitas algo.
—Gracias, eres muy amable.
Joe respiró hondo antes de admitir:
—Se me dan muy mal las relaciones de todo tipo. Mi trabajo incomoda a mucha gente, sobre todo cuando se dan cuenta de que llevo un arma a todas horas, incluso cuando no estoy de servicio.
—Yo tampoco estoy acostumbrada a tratar con mucha gente, la abuela y yo no socializamos demasiado. Tengo un par de trabajos a tiempo parcial y unas cuantas amistades, pero no tengo ninguna relación estrecha con nadie.
—¿Por alguna razón en especial?
—Sí, pero no hablo del tema.
Joe sintió una curiosidad creciente. Ella llevaba unos vaqueros y una sudadera, como siempre, además de una chaqueta. Al ver que la ropa parecía bastante usada, y que sus zapatillas de deporte tenían unos cuantos desgarros, supuso que debía de economizar al máximo.
—¿Te gustan las rosas? —le preguntó, al ver los rosales perfectamente cuidados que había junto al porche.
—Me encantan —le contestó ella, sonriente—. Les tengo un cariño especial a mi Audrey Hepburn y a mi Chrysler Imperial.
—Una rosa, y la otra roja.
—¡Exacto! —a demi le sorprendió que lo supiera.
—En los últimos años no he podido cultivar rosales, pero puede que vuelva a hacerlo ahora que tengo el rancho. Era una de mis aficiones.
—Me he ocupado de estos rosales desde que era pequeña. A mi abuelo le encantaba cultivarlos, conocía todas las variedades y me las enseñó. Estábamos muy unidos, pero murió cuando yo tenía nueve años.
—Yo no llegué a conocer a mis abuelos, todos murieron antes de que naciéramos.
—¿Cash y tú?
—Somos cuatro hermanos. Cort y nuestro padre se ocupan de nuestro rancho del oeste de Texas, y Parker es agente del orden.
—¿Tu padre también lo fue?
—No, pero mi abuelo fue agente federal. Aún tengo su cartuchera y su Cok del cuarenta y cinco.
—Mi abuelo era vaquero, pero se retiró cuando un toro lo dejó lisiado, y mi abuela y él se vinieron a vivir aquí cuando mi madre era pequeña.
—Tus raíces están bien asentadas en este lugar.
—Sí, es agradable sentirse en casa.
Joe miró su reloj, y comentó:
—Será mejor que me vaya, tengo que ocuparme de algo de papeleo antes de irme a dormir. Llama si necesitas algo.
—Vale. Gracias.
—Es que el pastel estaba muy bueno.
—Me alegro de que te gustara.
—Cierra con llave —le dijo, antes de meterse en el coche.
—Lo haré. Buenas noches.

No hay comentarios:
Publicar un comentario