Bienvenidos

Mi nombre es Yesennia ... subo adaptaciones jemi en youtube pero aveces como son largas lo subo a este blog este es mi canal http://www.youtube.com/channel/UC93vtXRXWvbXxe_1js_HRJg/videos?flow=grid&view=0 ...
/// Lovatica // Jonatica // nemi friendship// Jemi forever ///

lunes, 3 de febrero de 2014

9 months ♥ ♥ - Capitulo 4 - jemi en español



Capitulo 4
 
Demi  es­ta­ba frente a la pizarra, in­ten­tan­do ll­evar aire a sus pul­mones. ¿Joseph había com­pra­do el anil­lo? ¡No, no, no! Eso no era posi­ble. ¿O sí? ¿Có­mo no se le había ocur­ri­do que él pudiera ser el com­prador? Porque los mul­ti­mil­lonar­ios no us­aban eBay, por eso. Si hu­biera pen­sa­do por un mo­men­to que Joseph se en­ter­aría, no lo habría ven­di­do. demi de­jó es­capar un gemi­do. En lu­gar de apartar­lo de su vi­da para siem­pre, lo había de­vuel­to a el­la. Cuan­do lo vio al otro la­do de la ver­ja es­tu­vo a pun­to de des­ma­yarse. Por un mo­men­to, un mo­men­to lo­co, pen­só que iba a de­cir­le que había cam­bi­ado de opinión, que sabía que había cometi­do un er­ror. Que había ido a pedirle perdón. Perdón.demi_ se cubrió la bo­ca con la mano para con­tener una car­ca­ja­da histéri­ca. ¿Cuán­do había pe­di­do perdón Joseph Jonas? Ni siquiera parecía sen­tirse cul­pa­ble por no haber apare­ci­do en la igle­sia el día de su bo­da. No, no es­ta­ba al­lí para dis­cul­parse.

—¿Se en­cuen­tra bi­en, señori­ta demi? —es­cuchó una vo­cecita en­tonces—. Es­tá muy pál­ida y ha en­tra­do cor­rien­do co­mo si la per­sigu­iera al­guien.

—No, es­toy bi­en — demi se pasó la lengua por los labios.

—Parece co­mo si es­tu­viera es­condién­dose.

—No es­toy es­condién­dome —di­jo el­la, lev­an­tan­do la voz sin darse cuen­ta. ¿Por qué había sali­do cor­rien­do? Joseph creería que seguía im­portán­dole y el­la no quería que pen­sara eso. Quería que pen­sara que es­ta­ba bi­en, que romper con él había mejo­ra­do su vi­da. Que había ven­di­do el anil­lo porque le so­bra­ba o al­go así. demi_in­ten­tó res­pi­rar. Ll­ev­aba cu­atro años soñan­do con volver a ver­lo. Había pasa­do muchas noches en blan­co, imag­inan­do que se en­con­tra­ba con él... al­go que de­safi­aba a la imag­inación da­do que se movían en difer­entes es­tratos­feras. Pero nun­ca, ni una so­la vez, había imag­ina­do que pudiera pasar de ver­dad. Y menos al­lí, en el cole­gio, sin pre­vio avi­so.

—¿Hay un in­cen­dio, señori­ta demi? —un par de ojos pre­ocu­pa­dos se clavaron en el­la: Jessie Prince, que siem­pre es­ta­ba pre­ocu­pa­da por to­do, des­de los exámenes a los ter­ror­is­tas—. Ha venido cor­rien­do y siem­pre nos dice que no debe­mos cor­rer a menos que haya un in­cen­dio.

—Sí, es ver­dad —as­in­tió demi. In­cen­dios y hom­bres a los que una no quería ver—. Y no es­ta­ba cor­rien­do. Iba... cam­inan­do de­prisa. Es bueno para la salud—¿seguiría en la puer­ta del cole­gio? ¿Seguiría al­lí cuan­do saliera?, se pre­gun­tó—. Abrid vue­stros li­bros de lengua en la pági­na doce y seguire­mos donde lo de­jamos ay­er. Va­mos a es­cribir una redac­ción so­bre las va­ca­ciones de ve­ra­no. Tal vez de­bería haber­le da­do el anil­lo sin más, pero en­tonces Joe vería que lo ll­ev­aba col­ga­do al cuel­lo y no pens­aba dar­le la sat­is­fac­ción de saber lo que signifi­ca­ba para el­la. Lo úni­co que le qued­aba era su orgul­lo... Al fon­do de la clase se oyó un ri­fir­rafe y de­spués un golpe.

-¡Ay! ¡Me ha da­do una tor­ta, señori­ta! demi_ se llevó una mano a la frente. Prob­le­mas de dis­ci­plina era lo úl­ti­mo que quería en ese mo­men­to. Nece­sita­ba es­tar so­la para pen­sar, pero si había al­go que una pro­fe­so­ra de pri­maria no tenía era un mo­men­to de tran­quil­idad.



—Tom, sién­tate en uno de los pupitres de de­lante, por fa­vor —demi_ es­peró pa­cien­te­mente mien­tras el niño ar­ras­tra­ba los pies has­ta el­la—. No se pe­ga a nadie, no es­tá bi­en. Quiero que le pi­das perdón.

—¿Por qué?

-Acabo de decírte­lo, porque no es­tá bi­en. Quiero que le di­gas que lo sientes.

-Pero es que no lo sien­to —replicó el niño, sus mejil­las casi del mis­mo tono que su pe­lo—. Me ha lla­ma­do pe­lo de zana­ho­ria, señori­ta demi. In­ten­tan­do con­cen­trarse, demi respiró pro­fun­da­mente.

—Pues en­tonces él tam­bién te va a pedir perdón. Pero no puedes pe­gar a la gente, aunque te lla­men «pe­lo de zana­ho­ria». No se debe pe­gar a nadie. «Ni siquiera a un griego ar­ro­gante que te de­jó plan­ta­da el día de tu bo­da».

—No ha si­do cul­pa mía, ten­go mal carác­ter porque soy pelir­ro­jo.
—No es tu pe­lo el que ha pe­ga­do a Har­ry. ¿Có­mo iba a saber el­la que era Joe quien había com­pra­do el anil­lo?

—Mi padre dice que si al­guien se mete con­ti­go le das una tor­ta y ya no, vuelve a mo­lestarte —di­jo una niña.

-Po­dríamos pen­sar un poco en los sen­timien­tos de los demás —les acon­se­jó demi_

—. No to­do el mun­do es igual y hay que ser tol­er­ante. Ésa va a ser nues­tra pal­abra del día —añadió, toman­do una ti­za para es­cribir en la pizarra, con vein­tiséis pares de ojos clava­dos en su es­pal­da—. To-le-ran-cia. ¿Quién puede de­cirme lo que sig­nifi­ca? Vein­tiséis manos se lev­an­taron a la vez.

—Señori­ta, señori­ta, yo lo sé. demi tu­vo que dis­im­ular una son­risa. Da­ba igual lo es­tre­sa­da que es­tu­viera, los niños siem­pre la hacían son­reír.-¿Ja­son?

—Hay un hom­bre en la puer­ta. Vein­tiséis cabezas se volvieron ha­cia la puer­ta y demi lev­an­tó la mi­ra­da jus­to cuan­do Joe es­ta­ba en­tran­do en el aula. Mu­da de hor­ror, notó que su pul­so se había acel­er­ado. ¿Era eso lo que su madre había sen­ti­do por su padre? ¿Aque­lla emo­ción, aque­lla ex­citación, aunque supiera que la relación no iba a ningún sitio? Joe cam­bi­aba el am­bi­ente del aula, pen­só. Su pres­en­cia ex­igía aten­ción. Los niños em­pezaron a lev­an­tarse, mirán­dola co­mo para saber lo que de­bían hac­er, y el­la tragó sali­va.

-Bi­en he­cho, niños —los fe­lic­itó, antes de vol­verse ha­cia Joe—. Es­toy dan­do una clase, no es buen momento para hablar.



—Es­ buen­ mo­men­to para mí.demi  tu­vo que hac­er un es­fuer­zo so­bre­hu­mano para dis­im­ular que le tembla­ban las pier­nas.


—Niños, ten­emos una visi­ta... ¿qué no ha he­cho este señor?

—No ha lla­ma­do a la puer­ta, señori­ta demi_.

-Eso es —demi con­sigu­ió son­reír—. No ha lla­ma­do a la puer­ta porque ha olvi­da­do sus bue­nas man­eras. Así que este señor y yo va­mos a salir un mo­men­to al pasillo y voy a de­cir­le có­mo debe por­tarse una per­sona que en­tra en un aula cuan­do ya ha em­peza­do una clase mien­tras vosotros ter­mináis vues­tras redac­ciones. Cuan­do iba a salir del aula, Joseph la su­jetó por la muñe­ca.


—Voy a daros una lec­ción im­por­tante en la vi­da, niños —su acen­to griego más pro­nun­ci­ado de lo nor­mal, Joe mira­ba la clase con la mis­ma con­cen­tración con la que sin du­da trata­ba a los miem­bros de un con­se­jo de ad­min­is­tración—. Cuan­do al­go es im­por­tante para ti, hay que ir por el­lo. No de­jéis que os den la es­pal­da y no os quedéis en la puer­ta, es­peran­do que os den per­miso para en­trar só­lo porque ésas son las re­glas. El co­men­tario fue recibido con un si­len­cio, pero en­segui­da em­pezaron a lev­an­tarse manos.

—Dime —Joe señaló a un niño en la se­gun­da fi­la.

-Pero nos han di­cho que ten­emos que re­spetar las re­glas.

-Si no son sen­sa­tas, hay que saltárse­las.

-¡No!—ex­clamó demi_—.Un­o no sepuede saltar ­las ­re­glas. Las re­glas ex­is­ten...

—¿Para ser cues­tion­adas? —la in­ter­rumpió Joe, con su típi­ca ar­ro­gan­cia—. Siem­pre de­béis cues­tionarlas. Al­gu­nas ve­ces hay que saltarse las re­glas para hac­er al­gún pro­gre­so. Aho­ra mis­mo, por ejem­plo. Nece­si­to hablar con la señori­ta demi ur­gen­te­mente y el­la no quiere es­cucharme. ¿Qué puedo hac­er? Un niño lev­an­tó la mano.

—De­pende de lo im­por­tan­teque sea lo que tiene quede­cir­le.

-Es muy im­por­tante. Pero tam­bién es im­por­tante que la otra per­sona dé su opinión, así que de­jaré que el­la eli­ja dónde va­mos a man­ten­er esa con­ver­sación. Dime, demi, ¿aquí o fuera?

—Fuera —con­testó el­la, con los ­di­entes apre­ta­dos. Joe se volvió ha­cia los niños.

-¿Lo veis? Este es el ejem­plo de una ne­go­ciación que sale bi­en. Los dos ten­emos lo que quer­emos y aho­ra, mien­tras la señori­ta demi__ y yo hablam­os, vosotros vais a... es­cribir cien pal­abras so­bre por qué las re­glas siem­pre deben ser cues­tion­adas.

-¡No, de eso na­da! —protestó demi—. Van a es­cribir una redac­ción so­bre las va­ca­ciones.

—O so­bre los ben­efi­cios de saltarse las re­glas —in­sis­tió Joe—. Me ale­gro de haberos cono­ci­do. Tra­ba­jad mu­cho y ten­dréis éx­ito en la vi­da. Pero recor­dad: lo im­por­tante no es de dónde viene uno sino dónde lle­ga —sin soltar la muñe­ca de demi___, la sacó al pasil­lo y el­la no tu­vo más reme­dio que seguir­lo y cer­rar la puer­ta.


—No puedo creer que hayas he­cho eso.

-De na­da —di­jo él—. Mi caché por los dis­cur­sos de mo­ti­vación en el cir­cuito in­ter­na­cional es de medio mil­lón de dólares, pero en este ca­so es­toy dis­puesto a no co­brar... para ben­efi­cio de las nuevas gen­era­ciones.

-No es­ta­ba dán­dote las gra­cias. -

Pues de­berías. Los em­pre­sar­ios del mañana no sal­drán de un grupo de robots in­ca­paces de tomar la iniciati­va. A pun­to de ex­plotar de ra­bia, demi_ se soltó de un tirón.

-¿Es que no sabes na­da so­bre niños?

—No, na­da. Les he habla­do co­mo si fuer­an adul­tos.

—Pero es que no son adul­tos. ¿Tú sabes lo difí­cil que es dis­ci­plinar a vein­tiséis niños? Cuan­do em­pecé a dar­les clase no es­ta­ban sen­ta­dos en su pupitre cin­co min­utos segui­dos.

-Es­tar sen­ta­do es un pasatiem­po ab­sur­do. In­clu­so en los con­se­jos de ad­min­is­tración yo sue­lo pasear, me ayu­da a con­cen­trarme mejor. De­berías an­imar­los a que hicier­an pre­gun­tas...


—No me di­gas có­mo de­bo hac­er mi tra­ba­jo. Tú no sabes ab­so­lu­ta­mente na­da so­bre educación in­fan­til.


—Muy bi­en, ¿por qué has ven­di­do el anil­lo? demi__ parpadeó, sor­pren­di­da por el br­us­co cam­bio de tema. Pero no tu­vo tiem­po de con­tes­tar porque en ese mo­men­to al­guien apare­ció cor­rien­do por el pasil­lo.

-¡Señori­ta demi , se ha in­un­da­do el cole­gio!

Joe de­jó es­capar un sus­piro.

1 comentario: