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domingo, 2 de febrero de 2014

9 months ♥ ♥ - Capitulo 2 - jemi en español




Capitulo 2

—demi_*, te doy trein­ta se­gun­dos para que di­gas al­go o te tiro un cubo de agua fría por la cabeza. demi_ respiró pro­fun­da­mente y lo in­ten­tó de nue­vo:

—He ven­di­do...

-¿Qué has ven­di­do? —la an­imó Vivien.

 -El anil­lo.

—Ah, por fin hace­mos al­gún pro­gre­so. Has ven­di­do un anil­lo. ¿Qué anil­lo? —los ojos de Viv se ilu­mi­naron de re­pente—. Caray, ¿no habrás ven­di­do el anil­lo? demi_ as­in­tió con la cabeza, in­ten­tan­do res­pi­rar de nue­vo.

-He ven­di­do el anil­lo... en eBay. Se había marea­do y sabía que es­taría tira­da en el sue­lo, des­maya­da, si no es­tu­viera sen­ta­da.


—Muy bi­en, de acuer­do. En­tien­do que es­tés nerviosa. Ll­ev­abas cu­atro años ll­evan­do ese anil­lo al cuel­lo... de­masi­ado tiem­po prob­able­mente da­do que el canal­la que te lo re­galó no se mo­lestó en apare­cer el día de la bo­da —as­in­tió Vivien—. Pero por fin has vis­to la luz y lo has ven­di­do, no pasa na­da. No hay razón para pon­erse en­fer­ma. Es­tás pál­ida co­mo un muer­to y yo no sé na­da de primeros aux­il­ios. Cerra­ba los ojos en las clases porque me da as­co la san­gre, así que no te pon­gas pe­or.—Vivien... -¿Qué ha­go, te doy una bofe­ta­da? ¿Te levan­to las pier­nas para que te llegue la san­gre a la cabeza? Dime qué ten­go que hac­er. Sé que es­to te ha trauma­ti­za­do, pero han pasa­do cu­atro años, por fa­vor. demi_ tragó sali­va, apre­tan­do la mano de su ami­ga.


—Lo he ven­di­do.


—Que sí, que sí, que has ven­di­do el anil­lo, ya lo sé. Olví­date del asun­to y sigue ade­lante con tu vi­da... sal por ahí y acués­tate con un ex­traño para cel­ebrar­lo. Tú no quieres creer­lo, pero te ase­guro que tu novio griego no es el úni­co hom­bre en la Tier­ra.

-Por cu­atro mil­lones de dólares.

—O po­dríamos abrir una botel­la de cham­pán y... ¿qué has di­cho? —Vivien se de­jó caer al sue­lo—. Por un mo­men­to, me había pare­ci­do es­cuchar cu­atro millones de dólares.

—Cu­atro mil­lones —repi­tió demi_—. Vivien, no me en­cuen­tro bi­en.

-Yo tam­poco me en­cuen­tro bi­en, pero no pode­mos des­ma­yarnos las dos. Po­dríamos darnos un golpe en la cabeza y en­con­trarían nue­stros cadáveres de­scom­puestos den­tro de una semana... o no nos en­con­trarían nun­ca porque tu /////********//////******="font-family: verdana, geneva; line-height: normal;">casa siem­pre es­tá co­mo una leon­era.

—Viv sacud­ió la cabeza, in­cré­du­la—. Se­guro que ni siquiera has he­cho tes­ta­men­to. Yo só­lo ten­go una bol­sa llena de ropa su­cia y un mon­tón de fac­turas y tú tienes cu­atro mil­lones de dólares. Cu­atro mil­lones. Dios mío, nun­ca había tenido una ami­ga ri­ca. Aho­ra soy yo la que nece­si­ta res­pi­rar —toman­do una bol­sa de pa­pel del sue­lo, sacó las dos man­zanas que había den­tro y metió la cara en el­la, res­pi­ran­do rui­dosmente... demi__ se miró las manos, pre­gun­tán­dose si de­jarían de tem­blar si se senta­ba so­bre el­las. Le tem­bla­ban des­de que en­cendió el or­de­nador y vio la oferta fi­nal.



—Ten­go que... cal­marme. Y ten­go que re­vis­ar los exámenes de lengua antes de mañana. Vivien se quitó la bol­sa de la cara.

—No di­gas ton­terías. No ten­drás que volver a dar clases en to­da tu vi­da. Puedes dedi­carte a vivir co­mo una reina a par­tir de aho­ra. Ve al cole­gio mañana, pre­sen­ta la re­nun­cia y vete a un spa. ¡Po­drías es­tar diez años en un spa!

-Yo no haría eso, me en­can­ta ser pro­fe­so­ra. Cuan­do lle­gan las va­ca­ciones es­toy de­se­an­do que ter­mi­nen para volver a clase—Ya, ya... —Me en­can­tan los niños. Son lo más pare­ci­do a una fa­mil­ia que voy a ten­er nun­ca.



—Por el amor de Dios, demi_, tienes vein­titrés años, no ochen­ta. Además, aho­ra eres ri­ca, los hom­bres harán co­la para de­jarte em­baraza­da. demi__ hi­zo una mue­ca.

—Tú no sabes lo que es el ro­man­ti­cis­mo, ¿ver­dad?

—Soy re­al­ista. Ya sé que te en­can­tan los niños y me parece muy raro. A mí me gus­taría re­torcer­les el pes­cue­zo... tal vez de­berías darme a mí el dinero y yo pre­sen­taré la re­nun­cia. ¡Cuatro mil­lones de dólares! ¿Có­mo es posi­ble que no supieras que valía tan­to?

-No lo pre­gun­té. El anil­lo era es­pe­cial porque me lo había re­gal­ado él, no por su val­or ma­te­ri­al. No se me ocur­rió que pudiera ser tan caro.

—Tienes que ser prác­ti­ca además de román­ti­ca. Puede que él fuera un canal­la, pero al menos no era un canal­la tacaño —Vivien clavó los di­entes en una man­zana—. Cuan­do me di­jiste que era griego pen­sé que sería ca­marero o al­go así. demi se pu­so col­ora­da. No le gusta­ba hablar de el­lo porque le record­aba lo ton­ta que había si­do. Y lo in­gen­ua.



-No era ca­marero —mur­muró, cubrién­dose la cara con las manos—. No quiero ni pen­sar en ello. ¿Có­mo pude imag­inar que iba a salir bi­en? Él era un hom­bre súper in­teligente, súper sofisti­ca­do, súper ri­co. Yo no soy súper na­da.

-Sí lo eres —ob­jetó Vivien, siem­pre tan leal—. Tú eres súper des­or­de­na­da, súper de­spis­ta­da y... —Cál­late, an­da. No nece­si­to saber las ra­zones por las que no sal­ió bi­en —demi se pre­gunt­aba có­mo podía seguir dolién­dole tan­to de­spués de cu­atro años—. Me gus­taría en­con­trar una razón por la que po­dría haber sali­do bi­en.


Vivien dio otro mordis­co a la man­zana, pen­sati­va. -Tienes un­os súper pe­chos. demi____ se cubrió el pe­cho con los bra­zos.

—Gra­cias —mur­muró, sin saber si reír o llo­rar.

—De na­da. Bueno, ¿y de dónde saca su dinero tu súper ex novio?

—Tiene una naviera... una grande, con muchísi­mos bar­cos.

—No me lo di­gas, súper bar­cos. ¿Por qué no me lo habías con­ta­do antes? —Vivien sacud­ió la cabeza—. O sea, que es mil­lonario, ¿no? -He leí­do en al­gún sitio que es mul­ti­mil­lonario.—Ah, bueno, ¿qué im­por­tan­cia tienen un­os cuan­tos mil­lones en­tre ami­gos? Pero en­tonces, y no te lo tomes a mal, ¿có­mo os cono­cis­teis? Yo lle­vo vivien­do los mis­mos años que tú y nun­ca he cono­ci­do a un mil­lonario. Y mu­cho menos a un mul­ti­mil­lonario. Po­drías darme al­gún con­se­jo.

—Cuan­do ter­miné la car­rera me fui de va­ca­ciones a Cor­fú, en Gre­cia. Sin darme cuen­ta en­tré en una playa pri­va­da, pero yo no sabía que lo fuera. Me había deja­do la guía en el ho­tel y es­ta­ba mi­ran­do aquel paisaje mar­avil­loso, no los carte­les —demi_ de­jó es­capar un sus­piro—. ¿Pode­mos hablar de otra cosa? Ése no es mi tema fa­vorito.

-Sí, claro. Pode­mos hablar de qué vas a hac­er con cu­atro mil­lones de dólares.


-No lo sé —demi__ se encogió de hom­bros—. ¿Pa­gar a un psiquia­tra para que me cure del shock?



—¿Quién ha com­pra­do el anil­lo?

-No lo sé, al­guien con mu­cho dinero ev­iden­te­mente. Vivien la miró, ex­as­per­ada.


—¿Y cuán­do tienes que en­tre­gar­lo?

-Una chi­ca me ha en­vi­ado un men­saje di­cien­do que ven­drían a bus­car­lo en per­sona mañana. Y le he da­do la di­rec­ción del cole­gio por si aca­so er­an gente rara —demi____ tocó el anil­lo, que ll­ev­aba en una ca­denita al cuel­lo ba­jo la blusa, y Vivien sus­piró.

-Nun­ca te lo quitas. In­clu­so duer­mes con él puesto.

-Porque soy muy des­or­de­na­da y me da miedo perder­lo.

—Dé­jate de ex­cusas. Ya sé que eres des­or­de­na­da, pero ll­evas el anil­lo porque sigues en­am­ora­da de él. Has segui­do en­am­ora­da de él es­tos cu­atro años. ¿Por qué de­cidiste vender el anil­lo de re­pente, demi? ¿Qué ha pasa­do? Es­ta úl­ti­ma se­mana has es­ta­do muy rara.

-Vi fo­tografías de él con otra mu­jer. Ru­bia, del­gadísi­ma, ya sabes a qué me re­fiero. La clase de mu­jer que hace que una quiera de­jar de com­er para siem­pre... has­ta que te das cuen­ta de que in­clu­so de­jan­do de com­er nun­ca ten­drías ese as­pec­to —demi sus­piró—. Y pen­sé que con­ser­var el anil­lo es­ta­ba evi­tan­do que re­hiciera mi vi­da. Es una locu­ra, yo es­toy lo­ca.

-No, ya no. Por fin has re­cu­per­ado la cor­du­ra —Vivien se apartó el pe­lo de los ojos con un gesto dramáti­co

—. Tú sabes lo que es­to sig­nifi­ca, ¿ver­dad?

—¿Que ten­go que olvi­darme de él para siem­pre?

-No, que se ter­minó lo de com­er pas­ta bara­ta. Es­ta noche va­mos a pedir una piz­za que lleve de to­do y vas a pa­gar tú. ¡Yupi! —ex­clamó su ami­ga, lev­an­tan­do el telé­fono—. ¡Va­mos a darnos la gran vi­da!

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