More to love when your hands are free Baby put your pom poms down for me Come on shake it up 1-2-3 Baby put your pom poms down for me Never put my love out on the line Never said yes to the right guy Never had trouble getting what I want But when it comes to you I'm never good enough
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Mi nombre es Yesennia ... subo adaptaciones jemi en youtube pero aveces como son largas lo subo a este blog este es mi canal http://www.youtube.com/channel/UC93vtXRXWvbXxe_1js_HRJg/videos?flow=grid&view=0 ...
/// Lovatica // Jonatica // nemi friendship// Jemi forever ///
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viernes, 28 de junio de 2013
Atraccion capitulo 2 - jemi en español
Capitulo 2:
Joe regresó a Jacobsville bastante satisfecho. Su brigada estaba interrogando a los testigos del último robo para intentar encontrar alguna información útil, ya que aquellos tipos con armas automáticas eran un peligro para toda la comunidad de San Antonio. Había estado hablando con uno de los ayudantes del agente especial al mando, le había propuesto organizar un grupo de trabajo junto con los inspectores de homicidios de San Antonio para investigar el asesinato de la niña, y había recibido luz verde. Su superior incluso le había dado el número de teléfono de un ranger de Texas al que conocía; al fin y al cabo, iban a necesitar toda la ayuda que pudieran conseguir.
Al pasar por delante de la propiedad de demi Carver, vio el coche en el camino de entrada, y se preguntó si podría volver a ponerlo en marcha. Era un milagro que aquel montón de chatarra funcionara.
Al enfilar por el camino de entrada de su casa, estuvo a punto de chocar contra un Mercedes descapotable. Una morena de ojos oscuros que le resultaba familiar salió del coche de inmediato. Llevaba un traje de chaqueta, y la falda corta enfatizaba sus largas piernas. Era la agente inmobiliaria que trabajaba desde hacía poco con Andy Webb, el hombre que le había vendido el rancho. Su tía era la vieja lady Talbot, una millonaria que vivía en una mansión en la calle principal del pueblo.
¿Cómo se llamaba…? Jaqui, Jaqui Jones. Era fácil de recordar, su figura escultural la hacía memorable.
—Hola —lo saludó, con voz insinuante—. Me he pasado por aquí para ver si estás satisfecho con el rancho.
—Mucho, gracias —le dijo él, con una sonrisa.
—¡Genial! —Jaqui se le acercó aún más. Era casi tan alta como él, a pesar de que él medía más de metro ochenta y cinco—. Celebro una fiesta en casa de mi tía el viernes de la semana que viene, me encantaría que vinieras. Así podrás conocer a la gente influyente de la zona.
—¿Dónde, y a qué hora?
—Espera un segundo, voy a escribirte la dirección —le dijo ella, con una enorme sonrisa.
Volvió a su coche, y le mostró a la perfección su cuerpo al inclinarse para buscar un bolígrafo y una libreta. Era obvio que estaba disponible e interesada… igual que él. Hacía bastante que no estaba con una mujer.
Después de anotar la dirección en una hoja, se la dio y le dijo:
—A eso de las seis. Es pronto, pero podemos tomar un trago mientras esperamos a que lleguen los demás.
—No bebo.
Lo miró asombrada, y al darse cuenta de que no estaba bromeando, sonrió y comentó:
—Bueno, pues podemos tomar un café.
—Perfecto. Nos vemos allí —al ver que vacilaba por un momento, como si quisiera quedarse, Joe añadió—: he llegado desde Washington muy temprano, y he tenido un día muy duro en el despacho. Estoy bastante cansado.
—Entonces, será mejor que me vaya y te deje descansar. No te olvides de lo de la fiesta.
—Claro que no.
Como él había rodeado el Mercedes para aparcar su coche delante de la casa, Jaqui no tuvo problemas para retroceder, y le saludó con la mano mientras se alejaba de allí.
Al entrar en la casa, Joe estuvo a punto de chocar con la señorita Jane, que le dijo con un tono ligeramente beligerante:
—Esa mujer tan elegante me ha dicho que le esperaría, pero no la he invitado a entrar. Sólo lleva dos meses en el pueblo, y ya se ha ganado cierta reputación. ¡Un día, cuando estaba en el despacho de Ben Smith, le metió la mano en los pantalones!
Al parecer, se trataba de un pecado horrible. Joe no hizo ningún comentario, y se limitó a esperar a que continuara.
—Él le sacó la mano enseguida, abrió la puerta del despacho y la echó a la calle. Su mujer trabaja con él, y cuando le contó lo que había pasado, ella fue a ver a Andy Webb y le dijo dónde podía meterse la propiedad que habían estado a punto de comprarle.
—Jaqui no pierde el tiempo, ¿no? —comentó Joe con ironía.
—Es una buscona, una mujer decente no se comportaría así —le contestó la señorita Jane con frialdad.
—Estamos en el siglo veintiuno.
—¿Su madre habría hecho algo así?
Joe contuvo el aliento. Su madre había sido una santa, y no podía imaginársela insinuándose a otro hombre que no fuera su padre… hasta que él le había sido infiel y había precipitado su muerte.
El ama de llaves leyó la respuesta en su mirada, y comentó:
—Mi madre tampoco. Una mujer que se porta así con hombres a los que apenas conoce será así siempre, aunque esté casada. Lo mismo que los hombres que tratan a las mujeres como si fueran juguetes de usar y tirar.
—Entonces, ¿todos los solteros de Jacobsville se mantienen célibes?
Ella lo fulminó con la mirada.
—En las poblaciones pequeñas, casi todo el mundo suele casarse y tener hijos, nuestra forma de ser es distinta a la de la gente de ciudad. Aquí, el honor y el amor propio son mucho más importantes que cerrar un acuerdo de negocios y quedar para comer en un restaurante de lujo. Somos gente sencilla, señor Grier, pero no nos fijamos sólo en las apariencias y juzgamos lo que vemos.
—¿No hay un pasaje en la Biblia sobre lo de juzgar a los demás?
—También hay varios sobre el bien y el mal. Las civilizaciones se desmoronan cuando las artes y la religión se convierten en algo superfluo —al verlo enarcar las cejas, añadió con una sonrisa—: ¿creía que soy estúpida porque trabajo de ama de llaves? Tengo un master en Historia, y trabajé de maestra en la gran ciudad hasta que un alumno me dio una paliza que por poco me mata delante del resto de la clase. No quise retomar la docencia cuando salí del hospital, así que ahora me dedico a cuidar de las casas ajenas. Es un trabajo más seguro, sobre todo cuando trabajo para agentes de la ley. Tiene la cena en la mesa.
—Gracias.
Ella se fue antes de que pudiera añadir algo más, aunque lo cierto era que Joe se había quedado sin palabras. Había sido Hayes Carson, el sheriff del condado de Jacobs, quien se la había recomendado; al parecer, la había empleado de forma temporal hasta que había encontrado un ama de llaves a tiempo parcial. Teniendo en cuenta lo que le había pasado, no era de extrañar que hubiera dejado la enseñanza. Hacía unas dos décadas que él se había graduado en el instituto y había ido a la universidad, pero en sus tiempos, eran los profesores los que controlaban las aulas.
Más tarde, mientras permanecía tumbado en la cama con la vista fija en el techo, oyó que alguien golpeaba la puerta principal con fuerza. Se levantó de inmediato, y después de ponerse una bata, bajó la escalera descalzo. La señorita Jane se le había adelantado, y al ver que encendía la luz del porche y que hacía ademán de abrir la puerta, le gritó:
—¡No abra si no sabe quién es! —se apresuró a acercarse a ella, mientras se sacaba del bolsillo una Glock del calibre cuarenta.
—Sé quién es —le dijo ella, mientras abría sin más.
Se trataba de demi Carver, la vecina. Llevaba una bata un poco raída, unas zapatillas viejas, su largo pelo rubio estaba recogido en una descuidada cola de caballo, y sus ojos grises e inundados de lágrimas reflejaban una profunda ansiedad.
—Por favor, ¿puedo usar tu teléfono? A mi abuela le cuesta respirar, y le duele el pecho. Me parece que tiene un ataque al corazón, pero mi teléfono no funciona y el coche no se pone en marcha, ¡se va a morir!
Antes de que acabara de hablar, Joe ya había marcado el número de Urgencias y le había dicho a la telefonista lo que pasaba. Después de darle la dirección de la casa, se volvió hacia demi y le dijo con firmeza:
—Espérame, ahora mismo vuelvo.
Subió las escaleras a la carrera, se puso unos vaqueros, una camisa y las botas sin molestarse en perder el tiempo con los calcetines, agarró una chaqueta, y bajó cuando no habían pasado ni cinco minutos.
—Eres rápido —comentó demi.
—Por mi trabajo, estoy acostumbrado a que me llamen a cualquier hora —la tomó del codo, y se volvió hacia el ama de llaves—. No sé cuánto tardaré, pero tengo mis llaves. Cierre la puerta, y váyase a dormir.
—De acuerdo. demi , rezaré por tu abuela y por ti.
—Gracias, señorita Jane —le contestó ella con voz suave. Tenía un ligero acento texano que resultaba muy dulce.
Joe la llevó al Jaguar negro, y la ayudó a entrar. Ella se sentía bastante incómoda, ya que además de ir en bata, no estaba acostumbrada a estar a solas con un hombre.
Los dos permanecieron en silencio durante el corto trayecto, y en cuanto lleJoe, salieron del coche y entraron corriendo en la casa. La señora Jessie Collier estaba sentada en su cama, vestida con un tupido camisón azul que parecía sacado de los años veinte. Era una mujer corpulenta, con el pelo blanco recogido y los ojos color verde pálido, y estaba respirando con dificultad.
—demi, por el amor de Dios, ¡ve a por mí bata!
—Claro —demi se acercó al armario de inmediato.
—Qué muchacha tan estúpida, nunca hace nada bien —la anciana miró a Joe con expresión huraña, y le preguntó—: ¿quién es usted?
—Su vecino. La ambulancia viene de camino.
—¿Una ambulancia? —fulminó con la mirada a demi, que se le acercaba con una bata blanca de felpa, y le espetó—: ¡te… te he dicho que… iríamos en el coche! ¡Una ambulancia nos… costará dinero!
—El coche no se pone en marcha, abuela.
—Lo has averiado, ¿verdad? Eres… una estúpida… —la mujer gimió, y se llevó la mano al pecho.
—Por favor, abuela, no te alteres. ¡Vas a empeorar las cosas! —le dijo demi, angustiada.
—Te encantaría que me muriera, ¿verdad? Así… tendrías toda la casa para ti, y no tendrías que cuidar de una anciana.
—No digas eso, sabes que te quiero —le dijo su nieta con suavidad.
—Sí, claro. Da igual, yo no te quiero a ti. Por tu culpa… perdí a mi hija, sufrí el escarnio público, tuve que… que sufrir una tremenda vergüenza cada vez que iba al pueblo…
—Abuela… —susurró demi. Su rostro reflejaba lo mucho que le dolían aquellas palabras.
—Ojalá me muriera, ¡así no tendría que aguantarte! —le espetó la anciana, jadeante.
Cuando oyeron las sirenas de la ambulancia, demi se sintió más que aliviada. La avergonzaba tanto que su vecino hubiera oído todo aquello, que no se atrevía ni a mirarlo. Como estaba deseando escapar de la habitación, se apresuró a decir:
—Ya bajo yo.
—Estúpida, arruinaste mi vida… —refunfuñó la anciana.
Joe la miró con desagrado. Su nieta estaba haciendo todo lo posible por ella, pero aquella vieja parecía tan cariñosa como una pitón. A lo mejor se comportaba así por el súbito ataque que había sufrido, aunque la mujer de su vida había muerto pidiéndoles perdón a las enfermeras porque tenían que ayudarla a usar el orinal… había sido un ángel dulce y amable hasta el final. Qué contraste.
Los paramédicos llegaron tras demi con una camilla, y empezaron a atender de inmediato a la señora Collier.
—¿Es un ataque al corazón?, ¿va a recuperarse? —les preguntó demi con preocupación.
—¿Es usted su hija?
—Su nieta.
—¿Ha sufrido algún ataque así antes?
—Sí. El doctor Coltrain le recetó unas pastillas de nitroglicerina, pero no se las toma. Y tampoco quiere tomarse la medicación que le recetó para controlarle la tensión sanguínea.
—¡Las medicinas cuestan dinero! —les espetó la anciana—. Sólo cuento con mi pensión, porque con lo que ella gana no podría dar de comer ni a un ratón. Trabaja a tiempo parcial en la floristería, y cocina…
—Si trabajara a jornada completa tendría que dejarte sola todo el día, y no puedo hacerlo —le dijo demi con calma. No añadió que entonces tendría que contratar a alguien para que la cuidara, y que nadie que la conociera aceptaría ese trabajo.
—Es una buena excusa, ¿verdad? —la señora Collier se llevó la mano al pecho, y soltó una exclamación ahogada.
—¿Dónde están las pastillas de nitroglicerina? —se apresuró a preguntar uno de los paramédicos.
demi rodeó la cama corriendo, sacó una caja de la mesita de noche, y se la dio. El hombre hizo caso omiso de las protestas de la anciana y le colocó una pastilla debajo de la lengua, pero a pesar de que la mujer se estremeció cuando empezó a hacerle efecto, el paramédico que estaba controlando las constantes vitales le lanzó a su compañero una mirada que hablaba por sí misma.
—Vamos a tener que llevarla al hospital —comentó. Miró a demi, y le preguntó—: ¿puede venir con ella?
—Sí, pero… tengo que cambiarme de ropa, sólo tardo un segundo.
Fue a su habitación de inmediato, se puso a toda prisa unos vaqueros, una sudadera y sus viejas zapatillas de deporte, y regresó de inmediato sin perder el tiempo en maquillarse ni en peinarse.
Joe la miró con atención. Estaba claro que no ganaría un concurso de belleza, pero se había vestido con una rapidez sorprendente. La mayoría de las mujeres a las que conocía tardaban horas en arreglarse.
—Os seguiré en mi coche, y os traeré de vuelta —le dijo.
Ella hizo ademán de protestar, pero uno de los paramédicos comentó:
—Lo más seguro es que tenga que quedarse en el hospital esta noche por lo menos.
—¡No pienso quedarme allí! —protestó la señora Collier, a pesar de que seguía jadeando y aferrándose el pecho.
—Pues va a tener que hacerlo —le contestó el hombre con una sonrisa cargada de paciencia—.Vamos a ponerla en la camilla, Jake.
—Sí, vamos.
demi permaneció junto a Joe mientras colocaban en la camilla a su abuela, que no dejó de refunfuñar. Siguieron a los paramédicos en silencio cuando la llevaron a la ambulancia, y entonces se dirigieron hacia el Jaguar.
—¿No necesitarás tu bolso? —le preguntó él, cuando entraron en el coche.
Ella indicó con un gesto la riñonera que llevaba alrededor de la cintura, y le dijo sin inflexión alguna en la voz:
—Llevo las tarjetas sanitarias de la abuela. No puede morir… es todo lo que tengo en el mundo.
Joe pensó que, si aquello era cierto, aquella mujer no tenía gran cosa. Había creído que esa noche podría dormir y descansar, pero estaba claro que no iba a ser así.
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