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Joseph
Yo dije que Vic iba a pagarlo, pero no sabía cómo hacerlo... legalmente. Es decir, hasta que ayer mientras estaba hablando con los chicos en el almuerzo me dijeron que Vic competiría hoy con su escuela en nuestro torneo de lucha.
Soy oficialmente un luchador de Paradise Panther ahora. Y sólo tengo que vencer a cuatro chicos hasta que esté cara a cara en la colchoneta con Medonia. Como yo sospechaba, nosotros estamos todavía en la misma clase de peso. Creo que es lo que le pasa a los chicos que consumen esteroides en grandes
cantidades.
Estoy en el vestuario con el resto del equipo, preparándome para el partido.
—Joseph , te ves como si estuvieras a punto de matar a alguien —me dice Brian mientras estoy saltando a la cuerda para calentarme.
—Él está en la zona —dice Drew—. ¿No es así?
No respondo. El entrenador Wenner me detiene y me da una palmadita en la espalda. —No has estado practicando, jonas. ¿Seguro que estás listo?
Puse mi protector bucal —Si entrenador.
Gano mis dos primeras peleas inmovilizándolos en el primer minuto. El tercer encuentro me llevó un poco más. Creo que lo inmovilicé en noventa segundos.
—Nick estás que te sales —grita Tristán mientras está tapando un sangrado por la nariz de su pelea anterior.
Yo me enfoco mientras ellos me llaman y Medonia sube a la colchoneta. No puedo esperar para quitarle esa sonrisa de suficiencia de su cara.
—¿Cómo está tu novia? —pregunta.
—Mejor que la tuya cualquier día.
—Ella está lisiada jonas.
—Tú serás el cojo después de esta pelea.
El árbitro coloca las manos entre nosotros. —Juego limpio, chicos.
Cuando la pelea comienza, yo lo empujo con todas mis fuerzas hasta que cae. Desafortunadamente, él rueda fuera de la colchoneta y el árbitro toca el silbato.
—Precaución, Panthers. Punto para Fremont.
La siguiente vez que comenzamos, Medonia lo hizo lentamente. Me moví fuera de la colchoneta cuando la competencia inició y Medonia paso volando junto a mí. El árbitro toco su silbato.
Cuando la pelea comienza otra vez, tengo una advertencia más por el control ilegal que terminó con mi codo en la cara de Medonia.
Una advertencia más y estaré descalificado.
Suena el silbato, y el árbitro dice en voz alta, —Tenemos a un Fremont sangrando profusamente. Dos minutos de descanso.
El entrenador Wenner viene hacia mí, sus ojos llameantes.
—¿Qué estás haciendo? Mi equipo no juega sucio, jonas. Ahora, o sales ahí y tratas de ganar ese juego o lo pierdo por ti. ¿Cuál escoges?
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Demetria
La señora Reynolds va ser la muerte para mí. Ella está decidida a ponerme al volante de su negra monstruosidad guardada en el garaje.
—Es un clásico —dice la Sra. Reynolds, con la barbilla en alto mientras la puerta del garaje se abre y se revela el Cadillac.
—Yo… yo realmente no estoy lista para conducir todavía —digo—, pero usted puede conducir y yo me montaré en el lado del pasajero.
La Sra. Reynolds abre la puerta del pasajero y se desliza en el asiento.
—Cariño, mis ojos no pueden ver a más de dos pies en frente de mí. Vamos, ahora. Estamos perdiendo tiempo.
Ella baja su mano por la ventana, las llaves colgando de sus dedos. Ella bate los dedos, las llaves tintinean unas con otras.
Estoy jadeando y resoplando mientras deslizo las llaves de su mano, esperando que ella entienda la indirecta. Ella no lo hace. Abro la puerta del lado del conductor y me deslizo en el asiento delantero. Wow. El cuero blanco es suave, y la parte posterior del asiento es tan grande como un viejo sillón reclinable Lay-Z-Boy. Miro por la ventana del frente. El capó es ancho y tiene ese brillante símbolo de Cadillac.
Me vuelvo a la Sra. Reynolds, que tiene su pequeño bolso perfectamente apretado en su regazo, lista para salir. Hacer sentir a la señora orgullosa de mí sería tan magnífico. Pero… no estoy lista. Eso creo.
—No puedo hacer esto —le explico, esperando a que ella lo entienda. Ella no está atendiendo nada. Solo por la severa mirada de su cara, lo sé.
—demi, mete la llave en el encendido —lo hago.
—Ahora gira la llave y arranca el auto —giro la llave.
—¿De qué tienes miedo, cariño?
—De golpear a alguien. Estar en un accidente —trago.
—Esta parte de ti tiene que cambiar, lo sabes. Estar asustada de asumir riesgos es mucho más espeluznante que estar haciendo cosas que te reten
—No he conducido desde el accidente.
—Es hora de que lo hagas, entonces —sacudo la cabeza—. Retrocede despacio para no golpear la valla —la Sra. Reynolds se voltea hacia el frente y abrocha su cinturón de seguridad.
Abrocho el mío también. No tengo ni idea de por qué la señora me hace hacer cosas que no quiero hacer.
Es como si ella tuviera poder sobre mí.
Tomo un respiro profundo, presiono mi pie sobre el freno, y pongo el auto en reversa. Poco a poco suelto el freno, retrocedo y me aseguro de que todo está limpio para retroceder a la calzada.
—Cuidado con el buzón de correo —aconseja la Sra. Reynolds.
Estamos a salvo en la parte inferior de la calzada y yo retrocedo hacia la calle. Estoy tratando de convencerme a mí misma de no tener un ataque de pánico, pero no creo que esté teniendo demasiado éxito. Una parte de mí está emocionada por volver a manejar y sacar el miedo de mi vida, por el otro lado quiero poner el auto en el estacionamiento y cojear a casa. Oigo la voz de joseph dentro de mi cabeza, empujándome a hacerlo.
La Sra. Reynolds me da una palmadita en la rodilla. —Bien hecho, demi
Con ese voto de confianza, puse el auto en inicio y lentamente conduje por la calle.
Mis pies no están acostumbrados a los pedales y es muy difícil parar y acelerar demasiado rápido. —Lo siento —le digo después de haber llegado a una señal de alto y la Sra. Reynolds se sacude hacia adelante.
Ella se aclara la garganta. —No hay problema. Vamos a tomarlo con un poco más de calma con el acelerador y el freno, ¿bien?
—Uh, seguro —pero cuando es mi turno de cruzar la intersección, quito el pie del freno y presiono suavemente el acelerador. Empujo un poco porque no quiero que la Señora Reynolds se sacuda hacia adelante.
Pero ahora estoy haciéndolo peor. Ups. —Usted probablemente sería una mejor piloto, aún con sus problemas de visión —digo seriamente.
—Yo podría estar de acuerdo contigo, querida. La próxima vez intentaremos eso, recuérdame tomar
algo de Dramamine para el mareo.
Le doy una mirada de soslayo. —Usted luce como si fuera a estar enferma.
—Sólo mira a la carretera, no a mí —ella ordena—. Mi aspecto enfermizo no tiene nada que ver con tu forma de conducir.
Ella me dirige a un lugar llamado Monique’s. Éste tiene hermosos vestidos en el mostrador. En el momento en que llegamos allí mis nervios han pasado de sobre estimulados a marchar lentamente. Sigo a la Sra. Reynolds a la tienda. Vestidos de todos los colores y diseños están colocados en los bastidores de la tienda.
La Sra. Reynolds pasa sus dedos sobre un vestido corto, de seda azul claro.
La señora Reynolds va ser la muerte para mí. Ella está decidida a ponerme al volante de su negra monstruosidad guardada en el garaje.
—Es un clásico —dice la Sra. Reynolds, con la barbilla en alto mientras la puerta del garaje se abre y se revela el Cadillac.
—Yo… yo realmente no estoy lista para conducir todavía —digo—, pero usted puede conducir y yo me montaré en el lado del pasajero.
La Sra. Reynolds abre la puerta del pasajero y se desliza en el asiento.
—Cariño, mis ojos no pueden ver a más de dos pies en frente de mí. Vamos, ahora. Estamos perdiendo tiempo.
Ella baja su mano por la ventana, las llaves colgando de sus dedos. Ella bate los dedos, las llaves tintinean unas con otras.
Estoy jadeando y resoplando mientras deslizo las llaves de su mano, esperando que ella entienda la indirecta. Ella no lo hace. Abro la puerta del lado del conductor y me deslizo en el asiento delantero. Wow. El cuero blanco es suave, y la parte posterior del asiento es tan grande como un viejo sillón reclinable Lay-Z-Boy. Miro por la ventana del frente. El capó es ancho y tiene ese brillante símbolo de Cadillac.
Me vuelvo a la Sra. Reynolds, que tiene su pequeño bolso perfectamente apretado en su regazo, lista para salir. Hacer sentir a la señora orgullosa de mí sería tan magnífico. Pero… no estoy lista. Eso creo.
—No puedo hacer esto —le explico, esperando a que ella lo entienda. Ella no está atendiendo nada. Solo por la severa mirada de su cara, lo sé.
—demi, mete la llave en el encendido —lo hago.
—Ahora gira la llave y arranca el auto —giro la llave.
—¿De qué tienes miedo, cariño?
—De golpear a alguien. Estar en un accidente —trago.
—Esta parte de ti tiene que cambiar, lo sabes. Estar asustada de asumir riesgos es mucho más espeluznante que estar haciendo cosas que te reten
—No he conducido desde el accidente.
—Es hora de que lo hagas, entonces —sacudo la cabeza—. Retrocede despacio para no golpear la valla —la Sra. Reynolds se voltea hacia el frente y abrocha su cinturón de seguridad.
Abrocho el mío también. No tengo ni idea de por qué la señora me hace hacer cosas que no quiero hacer.
Es como si ella tuviera poder sobre mí.
Tomo un respiro profundo, presiono mi pie sobre el freno, y pongo el auto en reversa. Poco a poco suelto el freno, retrocedo y me aseguro de que todo está limpio para retroceder a la calzada.
—Cuidado con el buzón de correo —aconseja la Sra. Reynolds.
Estamos a salvo en la parte inferior de la calzada y yo retrocedo hacia la calle. Estoy tratando de convencerme a mí misma de no tener un ataque de pánico, pero no creo que esté teniendo demasiado éxito. Una parte de mí está emocionada por volver a manejar y sacar el miedo de mi vida, por el otro lado quiero poner el auto en el estacionamiento y cojear a casa. Oigo la voz de joseph dentro de mi cabeza, empujándome a hacerlo.
La Sra. Reynolds me da una palmadita en la rodilla. —Bien hecho, demi
Con ese voto de confianza, puse el auto en inicio y lentamente conduje por la calle.
Mis pies no están acostumbrados a los pedales y es muy difícil parar y acelerar demasiado rápido. —Lo siento —le digo después de haber llegado a una señal de alto y la Sra. Reynolds se sacude hacia adelante.
Ella se aclara la garganta. —No hay problema. Vamos a tomarlo con un poco más de calma con el acelerador y el freno, ¿bien?
—Uh, seguro —pero cuando es mi turno de cruzar la intersección, quito el pie del freno y presiono suavemente el acelerador. Empujo un poco porque no quiero que la Señora Reynolds se sacuda hacia adelante.
Pero ahora estoy haciéndolo peor. Ups. —Usted probablemente sería una mejor piloto, aún con sus problemas de visión —digo seriamente.
—Yo podría estar de acuerdo contigo, querida. La próxima vez intentaremos eso, recuérdame tomar
algo de Dramamine para el mareo.
Le doy una mirada de soslayo. —Usted luce como si fuera a estar enferma.
—Sólo mira a la carretera, no a mí —ella ordena—. Mi aspecto enfermizo no tiene nada que ver con tu forma de conducir.
Ella me dirige a un lugar llamado Monique’s. Éste tiene hermosos vestidos en el mostrador. En el momento en que llegamos allí mis nervios han pasado de sobre estimulados a marchar lentamente. Sigo a la Sra. Reynolds a la tienda. Vestidos de todos los colores y diseños están colocados en los bastidores de la tienda.
La Sra. Reynolds pasa sus dedos sobre un vestido corto, de seda azul claro.
—¿Sabes cómo detectar el material de calidad?
Levanto mi mano y recorro el tejido suave con mis dedos. —Nunca he prestado atención a las telas.
—Cada tejido tiene su propia personalidad, al igual que mis narcisos. Para algunos, la suavidad y el peso importan. Para otros, es la forma en que se mueva la tela… y no puedes descartar los colores vibrantes.
—¿Cómo sabe tanto?
—Cariño, cuando estás tan vieja como yo, sabes más de lo que quisieras saber.
Una mujer que trabaja en la tienda viene a nosotras, vistiendo un pantalón color ciruela y el cabello rubio bien peinado y rizado en las puntas.
Levanto mi mano y recorro el tejido suave con mis dedos. —Nunca he prestado atención a las telas.
—Cada tejido tiene su propia personalidad, al igual que mis narcisos. Para algunos, la suavidad y el peso importan. Para otros, es la forma en que se mueva la tela… y no puedes descartar los colores vibrantes.
—¿Cómo sabe tanto?
—Cariño, cuando estás tan vieja como yo, sabes más de lo que quisieras saber.
Una mujer que trabaja en la tienda viene a nosotras, vistiendo un pantalón color ciruela y el cabello rubio bien peinado y rizado en las puntas.
—¿Puedo ayudarlas, señoras?
—Estamos buscando un vestido —dice la Sra. Reynolds, entonces apunta hacia mí—. Para esta jovencita.
—¿Para mí? —digo, siguiéndola mientras la señorita nos conduce a través de la tienda.
La Sra. Reynolds se detiene y se vuelve hacia mí. —Necesitas algo para darle vida a tu guardarropa, demi. Todo lo que vistes es sólido, y para ser completamente honesta, la ropa es un poco grande y casual.
Miro mis pantalones de algodón y mi camiseta gris. —Son cómodas.
—Y totalmente apropiadas para descansar en casa. Pero vamos a tener una cena esta noche y quiero vestirte. Considéralo un regalo adelantado de navidad.
La vendedora nos lleva a un stand con vestidos de coctel cortos. —Estos acaban de llegar de Europa. Es una nueva mezcla de seda/lavable.
La Sra. Reynolds desliza el vestido de seda, de color verde azulado entre sus dedos. —Demasiado rígido. Está acostumbrada al algodón, así que me gustaría una tela más suave.
—Yo no me pongo vestidos cortos —les digo.
La mujer nos lleva a la otra esquina de la tienda. —¿Qué tal una mezcla de algodón/lana?
La Sra. Reynolds sacude la cabeza —Demasiado caliente.
—¿Rayón?
—Demasiado pegajoso.
Yo esperaba que la señorita estuviera frustrada, pero ella sólo puso su mano en su barbilla, pensando. —Puede que tenga algo que les guste en la parte de atrás. Esperen aquí —ella va a la parte trasera de la tienda y sale un minuto después con un vestido amarillo colgando de su brazo. Se lo tiende a la Sra. Reynolds, y dice—: Es de Suecia. Un nuevo proveedor nos lo envió para su evaluación.
La Sra. Reynolds ojea el vestido, a continuación, frota el borde de la tela entre su dedo pulgar e índice.
—Amo la tela, pero el color es atroz. Ella se vería como un limón agrio en esto.
—Viene también en color ciruela. Voy a buscarlo.
—Es un tono hermoso —digo cuando ella saca el vestido de color ciruela. Me lo pruebo en el vestidor.
Éste tiene tirantes delgados y escote recogido. El centro está ajustado en la cintura antes de que las ondas del material caigan y paren justo encima de mi tobillo. Cuando camino delante del espejo difícilmente puedes notar que cojeo.
La mujer sonríe cuando modelo para ellas. —Creo que tenemos un ganador.
La señora Reynolds chasquea sus labios. —Es perfecto. Vamos a llevarlo.
—Tienes una abuela muy generosa —la vendedora me dice.
Miro a la Sra. Reynolds, que está al otro lado de la tienda, mirando otro vestido. —Lo sé. Yo no podría haber elegido una mejor.
Cuando regreso al vestuario para quitarme el vestido, la señora Reynolds me detiene. —Mantenlo puesto, demi. Vamos a ir a cenar de aquí y no tendrás tiempo de cambiarte
—¿Qué vestido se está probando?
—Las ancianas no necesitan vestidos nuevos. Ahora deja la charla y vamos a seguir adelante.
Puse mis manos en mis caderas ceñidas en color ciruela. —Yo no voy a dejar esta tienda hasta que usted también compre un vestido nuevo.
La boca de la Señora Reynolds se abre en estado de shock. —No ponga ese gesto de asustada, abuela —digo, copiando su famoso dicho—. No se ajusta a su cara.
Su boca se cierra. Entonces echa la cabeza hacia atrás y suelta una risa descarada.
Media hora más tarde estamos de vuelta en el Cadillac. Podría añadir que la Sra. Reynolds está vistiendo un nuevo conjunto azul pálido de satén y rayón con una chaqueta a juego.
—Quiero que deduzca dinero de mi cheque por el vestido. Insisto —le digo. La Sra. Reynolds solo sonríe sin responder—. Hablo en serio, Sra. Reynolds.
—Sé que lo haces, querida, y aprecio eso. Pero yo lo estoy comprando con mis propios fondos.
Sacudo la cabeza en señal de frustración.
—Estamos buscando un vestido —dice la Sra. Reynolds, entonces apunta hacia mí—. Para esta jovencita.
—¿Para mí? —digo, siguiéndola mientras la señorita nos conduce a través de la tienda.
La Sra. Reynolds se detiene y se vuelve hacia mí. —Necesitas algo para darle vida a tu guardarropa, demi. Todo lo que vistes es sólido, y para ser completamente honesta, la ropa es un poco grande y casual.
Miro mis pantalones de algodón y mi camiseta gris. —Son cómodas.
—Y totalmente apropiadas para descansar en casa. Pero vamos a tener una cena esta noche y quiero vestirte. Considéralo un regalo adelantado de navidad.
La vendedora nos lleva a un stand con vestidos de coctel cortos. —Estos acaban de llegar de Europa. Es una nueva mezcla de seda/lavable.
La Sra. Reynolds desliza el vestido de seda, de color verde azulado entre sus dedos. —Demasiado rígido. Está acostumbrada al algodón, así que me gustaría una tela más suave.
—Yo no me pongo vestidos cortos —les digo.
La mujer nos lleva a la otra esquina de la tienda. —¿Qué tal una mezcla de algodón/lana?
La Sra. Reynolds sacude la cabeza —Demasiado caliente.
—¿Rayón?
—Demasiado pegajoso.
Yo esperaba que la señorita estuviera frustrada, pero ella sólo puso su mano en su barbilla, pensando. —Puede que tenga algo que les guste en la parte de atrás. Esperen aquí —ella va a la parte trasera de la tienda y sale un minuto después con un vestido amarillo colgando de su brazo. Se lo tiende a la Sra. Reynolds, y dice—: Es de Suecia. Un nuevo proveedor nos lo envió para su evaluación.
La Sra. Reynolds ojea el vestido, a continuación, frota el borde de la tela entre su dedo pulgar e índice.
—Amo la tela, pero el color es atroz. Ella se vería como un limón agrio en esto.
—Viene también en color ciruela. Voy a buscarlo.
—Es un tono hermoso —digo cuando ella saca el vestido de color ciruela. Me lo pruebo en el vestidor.
Éste tiene tirantes delgados y escote recogido. El centro está ajustado en la cintura antes de que las ondas del material caigan y paren justo encima de mi tobillo. Cuando camino delante del espejo difícilmente puedes notar que cojeo.
La mujer sonríe cuando modelo para ellas. —Creo que tenemos un ganador.
La señora Reynolds chasquea sus labios. —Es perfecto. Vamos a llevarlo.
—Tienes una abuela muy generosa —la vendedora me dice.
Miro a la Sra. Reynolds, que está al otro lado de la tienda, mirando otro vestido. —Lo sé. Yo no podría haber elegido una mejor.
Cuando regreso al vestuario para quitarme el vestido, la señora Reynolds me detiene. —Mantenlo puesto, demi. Vamos a ir a cenar de aquí y no tendrás tiempo de cambiarte
—¿Qué vestido se está probando?
—Las ancianas no necesitan vestidos nuevos. Ahora deja la charla y vamos a seguir adelante.
Puse mis manos en mis caderas ceñidas en color ciruela. —Yo no voy a dejar esta tienda hasta que usted también compre un vestido nuevo.
La boca de la Señora Reynolds se abre en estado de shock. —No ponga ese gesto de asustada, abuela —digo, copiando su famoso dicho—. No se ajusta a su cara.
Su boca se cierra. Entonces echa la cabeza hacia atrás y suelta una risa descarada.
Media hora más tarde estamos de vuelta en el Cadillac. Podría añadir que la Sra. Reynolds está vistiendo un nuevo conjunto azul pálido de satén y rayón con una chaqueta a juego.
—Quiero que deduzca dinero de mi cheque por el vestido. Insisto —le digo. La Sra. Reynolds solo sonríe sin responder—. Hablo en serio, Sra. Reynolds.
—Sé que lo haces, querida, y aprecio eso. Pero yo lo estoy comprando con mis propios fondos.
Sacudo la cabeza en señal de frustración.
—¿Y ahora?
—Un recorrido circular.
—¿Eh?
—Solo dirígete hacia la Tía Mae y verás.
Yo giro el auto y conduzco a la cafetería. La Sra. Reynolds se agacha. —Ve a la parte de atrás, donde está el contenedor —susurra—. Y no dejes que nadie te vea.
La mujer está seria. Me deslizo en el asiento y conduzco el auto hacia la parte trasera del restaurante, como si estuviéramos aquí para robar el lugar. Me detengo cerca de los contenedores de basura.
—Un recorrido circular.
—¿Eh?
—Solo dirígete hacia la Tía Mae y verás.
Yo giro el auto y conduzco a la cafetería. La Sra. Reynolds se agacha. —Ve a la parte de atrás, donde está el contenedor —susurra—. Y no dejes que nadie te vea.
La mujer está seria. Me deslizo en el asiento y conduzco el auto hacia la parte trasera del restaurante, como si estuviéramos aquí para robar el lugar. Me detengo cerca de los contenedores de basura.
—¿Qué estamos haciendo
aquí? —digo en voz baja, y luego me pregunto por qué estoy susurrando. Su hijo
es dueño del restaurante.
—Mantén el auto en marcha, solo sal y toca la puerta de atrás tres veces. Luego haz una pausa dos segundos y después golpea otras tres veces —la Sra. Reynolds se hunde más en su asiento—. Cuando alguien responda, di, La gallina roja ha volado del gallinero.
—No lo entiendo.
—Lo harás si sigues mis instrucciones. ¡Ve ahora!
Esto es cómico. Estuve a punto de orinarme en mi vestido mientras caminaba hasta la puerta de atrás y llamaba. Toc, toc, toc. Pausa. Toc, toc, toc.
Juan, uno de los chicos, abre un poco la puerta. Me echo a reír cuando digo, —El pájaro rojo ha volado del gallinero.
—¿No querrás decir gallina?
—Oh, sí. Lo siento, lo siento, lo siento. Me refiero a que la gallina roja ha volado del gallinero.
Creo que Juan se ríe cuando dice, —Espera aquí —y cierra la puerta. Cuando la puerta se abre, Irina me entrega dos cajas.
—¿Qué hay dentro? —pregunto.
—No preguntes, demi. Una sorpresa para ti y para la Sra. Reynolds.
Cuando ella cierra la puerta, llevo las cajas al auto y me deslizo en el asiento del conductor. —Tenemos la mercancía
—Bien, ahora conduce de vuelta a mi casa.
La Sra. Reynolds está sonriendo mientras conduzco hasta su casa. Cuando aparco en el garaje, finalmente descubro de qué se trata todo esto.
El mirador está terminado, y joseph ha colgado luces blancas por todo el alrededor. Velas blancas están encendidas, haciendo que la luz del mirador crezca. joseph está de pie junto a éste, con pantalones color caqui y una camisa blanca y con corbata. Cuando él me guiña el ojo y muestra su sonrisa, siento que otra pieza de mi armadura cae.
—Mantén el auto en marcha, solo sal y toca la puerta de atrás tres veces. Luego haz una pausa dos segundos y después golpea otras tres veces —la Sra. Reynolds se hunde más en su asiento—. Cuando alguien responda, di, La gallina roja ha volado del gallinero.
—No lo entiendo.
—Lo harás si sigues mis instrucciones. ¡Ve ahora!
Esto es cómico. Estuve a punto de orinarme en mi vestido mientras caminaba hasta la puerta de atrás y llamaba. Toc, toc, toc. Pausa. Toc, toc, toc.
Juan, uno de los chicos, abre un poco la puerta. Me echo a reír cuando digo, —El pájaro rojo ha volado del gallinero.
—¿No querrás decir gallina?
—Oh, sí. Lo siento, lo siento, lo siento. Me refiero a que la gallina roja ha volado del gallinero.
Creo que Juan se ríe cuando dice, —Espera aquí —y cierra la puerta. Cuando la puerta se abre, Irina me entrega dos cajas.
—¿Qué hay dentro? —pregunto.
—No preguntes, demi. Una sorpresa para ti y para la Sra. Reynolds.
Cuando ella cierra la puerta, llevo las cajas al auto y me deslizo en el asiento del conductor. —Tenemos la mercancía
—Bien, ahora conduce de vuelta a mi casa.
La Sra. Reynolds está sonriendo mientras conduzco hasta su casa. Cuando aparco en el garaje, finalmente descubro de qué se trata todo esto.
El mirador está terminado, y joseph ha colgado luces blancas por todo el alrededor. Velas blancas están encendidas, haciendo que la luz del mirador crezca. joseph está de pie junto a éste, con pantalones color caqui y una camisa blanca y con corbata. Cuando él me guiña el ojo y muestra su sonrisa, siento que otra pieza de mi armadura cae.
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El amor en mayo cumplo 5 meses en youtube tengo una gran sorpresa muajajajja!!!
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